—¿Vamos a comer hoy? – El padre entra en la cocina y se deja caer en el taburete de la mesa. Las patas raspan desagradablemente el suelo. La madre calla, y Rocío se tensa en su habitación.
—¿Con quién hablo? ¡Mírame! – grita el padre y golpea la mesa con el puño.
Rocío sabe que la madre se ha girado, el miedo le brota de los ojos.
—¿Qué miras? ¡Dame de comer! El hombre llega del trabajo. Ya sé yo cómo sois las mujeres, solo queréis dar la lata y coquetear – refunfuña él, ya más bajo.
La madre hace ruido con los platos, quitando nerviosa un plato del escurridor sobre el fregadero.
—¿Otra vez macarrones? Estoy harto – ladra el padre. Rocío se encoge en su cuarto, esperando oír el estrépito de un plato roto. No, esta vez no pasa… Durante un rato no se oye nada desde la cocina. Rocío sale de su cuarto y asoma la cabeza. El padre está sentado de espaldas a ella. La madre le hace un gesto con la mano: vete. Rocío desaparece del hueco de la puerta como si nunca hubiera estado. Se encierra en su cuarto y se hunde en el libro de texto, pero después de cada frase se detiene y escucha. Parece que está tranquilo. Hoy el padre se comporta bastante calmado. Luego oye que pasa por delante de su puerta hacia la habitación de ellos, mascullando algo, y allí se queda en silencio.
Ella oye esto casi todos los días. Por los sonidos sabe lo que ocurre en la cocina. El padre no tiene un trabajo fijo. No puede aguantar mucho en ningún sitio por las borracheras; se apaña con trabajos temporales. Cuando la madre no está en casa, Rocío procura no quedarse con él en el piso; va a casa de amigas después del colegio o se sienta en los escalones de la escalera esperando a su madre.
—Hola. ¿Qué haces sentada en la escalera? ¿Has olvidado las llaves? – Javier se detiene frente a Rocío. Él vive en el quinto piso.
—Algo así – murmura ella. Le da vergüenza que él la haya encontrado en la escalera.
Javier pasa de largo, sube dos escalones y se para.
—Te vas a enfriar, no se puede sentar en los escalones de cemento. Ven a mi casa.
Rocío no responde.
—Vamos – dice Javier con firmeza, y ella obedece. Él es un curso mayor, y ella está acostumbrada a hacer caso a los mayores.
Javier abre la puerta de su piso y deja pasar a Rocío.
—Mamá, he llegado. ¡Y no vengo solo! – grita él, cerrando la puerta de entrada.
—¿Y con quién? – María López sale al recibidor.
—Hola – saluda Rocío en voz baja.
—Hola. Rocío, ¿verdad?
—Figúrate, subo por la escalera y la veo sentada en los escalones – dice Javier mientras se quita la chaqueta.
—¿Has olvidado las llaves? – pregunta María López. – Quitaos los abrigos y lavaos las manos, que mientras pongo la comida a calentar.
Rocío pasa al salón y mira alrededor. El piso es igual que el de ellos, pero más acogedor y bonito. La comida le parece riquísima, aunque solo es sopa de pollo y macarrones con salchichas.
—Gracias, está muy bueno – agradece ella.
—La próxima vez no te sientes en la escalera, sube directamente a casa – dice María López. ¿De acuerdo?
Rocío asiente.
—Gracias, mamá. Vamos a mi cuarto – Javier se levanta y hace un gesto con la mano a Rocío. Ella mira a María López, que asiente con la cabeza.
Al entrar en la habitación de Javier, Rocío se sorprende: está ordenada, sin ropa tirada, limpia, con pósteres de grupos famosos y de motos de colores en la pared.
—¿Te gustan las motos? – pregunta ella.
—No especialmente, solo son pósteres bonitos.
—Yo no tengo ordenador. Bueno, lo tengo, pero mi padre rompió el monitor. No hay dinero para comprar uno nuevo.
—Yo tengo una tablet, ¿quieres que te la preste? – ofrece Javier enseguida.
—No, si la ve mi padre, la vende.
—Entonces ven a mi casa y estudia cuando necesites.
—¿Ya has decidido qué vas a estudiar después del instituto? – Rocío toca una maqueta de avión. – ¿La has hecho tú?
—Claro. Quiero entrar en la escuela de aeronáutica.
—¿Serás piloto?
—No, diseñar aviones – sonríe Javier con superioridad.
A todas sus compañeras de clase les gusta Javier. Es guapísimo. Mañana en el colegio les contará a las chicas que ha estado en casa de Javier López, se morirán de envidia.
El tiempo vuela charlando. Rocío mira el reloj y se levanta de un salto.
—Me tengo que ir, mi madre ya habrá llegado.
No quiere irse, pero tampoco abusar de la hospitalidad. Javier la acompaña al recibidor.
—Ven, no te sientes en la escalera – dice al despedirse.
Rocío entra en su piso y ve el abrigo de su madre en el perchero. Desde la cocina llega ruido de platos: su madre está preparando la cena.
—¿De dónde vienes tan tarde? – la madre asoma la cabeza.
—He estado en el quinto piso, en el quince.
—No deberías andar por casas ajenas. ¿Qué va a pensar la gente? ¿Cenas?
—No, la tía María ya me ha dado de comer. Voy a hacer los deberes. ¿Está él en casa? – ¿No oyes? Ronca como una locomotora. ¿Y de dónde sacó el dinero? Otra vez borracho – suspira la madre.
Desde entonces, Rocío va a menudo a casa de Javier. Si se lo encuentra en el recreo, saluda con la cabeza y se sonroja. Él la saluda y pasa de largo.
A veces Rocío no encuentra a Javier en casa; por las tardes entrena en el club deportivo. Entonces la tía María le cuenta cosas de su hijo, de su marido, que murió hace unos años.
El invierno da paso a la primavera, llega el verano. Rocío ya no sube a casa de Javier, sale con amigas o se sienta en el banco del portal.
—¿Por qué no vienes? – pregunta Javier un día que se la encuentra en la calle. Rocío se encoge de hombros.
—¿Ya has terminado los exámenes? ¿Cuándo te vas a estudiar fuera?
—No me voy. Estudiaré aquí, en la politécnica. No quiero dejar sola a mi madre.
—¡Qué bien! – se alegra Rocío.
Y en otoño, un día ella sube a su casa, como si no pudiera resolver un problema. Pero, por alguna razón, no consiguen charlar como antes. Rocío siente vergüenza de Javier, se siente tensa e incómoda. Él ha cambiado, ha madurado y está aún más guapo.
Ese invierno muere el padre, envenenado con alcohol adulterado. La madre no llora ni en el entierro, y Rocío, por alguna razón, siente pena por él. Ahora no hace falta esperar a la madre del trabajo, no hay motivo para subir a casa de Javier.
La madre todavía se sobresalta con el timbre, y en sus ojos aparece el miedo.
—Mamá, ¿qué te pasa? Ya no está – dice Rocío.
—Costumbre – responde la madre.
Rocío ya está en el último curso. Una noche está en la ventana esperando a Javier.
—¿Qué haces a oscuras? ¿Esperando a Javier? – la madre entra en la habitación y enciende la luz.
—Solo miro por la ventana – responde Rocío enfadada, sorprendida.
—Él ya es mayor, tiene novia. Muy guapa. Mejor harías estudiando – suspira la madre.
¡Javier tiene novia! El corazón se rompe de dolor y celos. Rocío no ha visto a la novia de Javier, pero ya la odia. Un día se topa con ellos en el patio.
—¿Rocío? Hola, ¿por qué no vienes? – pregunta Javier amablemente. Su novia está a su lado y mira a Rocío con ojos de hielo. Por su altura, la mira por encima, casi con desprecio, como a un ratón. Javier también es alto, pero él mira a Rocío de otra manera.
—¿En qué curso estás ahora?
—En el último.
—Cómo pasa el tiempo. Veo que te has puesto guapa, has madurado, no te reconozco. ¿Qué vas a estudiar?
—Javier, vamos – la novia tira de su brazo con enfado.
—Adiós, ¡suerte! – dice Javier, y se van cogidos del brazo.
Rocío los sigue con la mirada. «Fría como un pez, y en vez de ojos tiene trocitos de hielo – piensa con rabia. – Claro, le iría mejor el nombre de Reina de las Nieves, pero es demasiado honor». Y Rocío empieza a llamarla para sus adentros «el Pez».
Pasa el tiempo, Rocío termina el instituto y entra en la facultad de Medicina. Javier se gradúa y encuentra trabajo, pronto se compra un coche. Rocío aprende a reconocerlo por el sonido del motor, se lanza a la ventana cuando él llega al portal.
Un día Rocío vuelve de la facultad y se encuentra en el patio a María López. La señora camina despacio con un bastón, cojeando notablemente.
—Hola, tía María – saluda Rocío. – ¿Qué le pasa, por qué cojea?
—La pierna me duele, no aguanto. El médico dice que hay que operar, poner una prótesis de cadera, pero tengo miedo – se queja María López.
—Dígame qué necesita comprar, yo voy a la tienda, no me cuesta nada – ofrece Rocío enseguida.
—Ve, que Javier nunca está en casa…
Así Rocío vuelve a entrar en casa de Javier, aunque rara vez se encuentra con él. Va a la compra, ayuda a limpiar a su madre.
Un día se atreve a preguntar por la novia de Javier.
—Laura es guapa, claro, pero demasiado estirada. Siempre callada, no sabes cómo acercarte a ella. Es como una extraña. Tú eres de las nuestras. No es la novia que necesita mi hijo – suspira María López. – ¿Y por qué preguntas? ¿No te habrás enamorado de él?
Rocío baja la mirada.
—No estés triste. Si fueras un poco mayor, no habría mejor mujer para Javier. Tú también encontrarás tu amor.
—No necesito otro amor – dice Rocío en voz baja y sale corriendo.
Un día sube a preguntar a María López qué comprar. Abre la puerta el Pez.
—¿Qué quieres? – pregunta con malos modos.
—Vengo a ver a la tía María…
—No está. Javier la ha llevado al hospital en el coche.
Parece que el Pez levanta la barba a propósito para mirar a Rocío por encima.
—¿Por qué entras aquí sin parar? – el Pez brilla con sus ojos de hielo.
—No entro sin parar, ayudo a la tía María, voy a la compra.
—Vaya ayudante. No vengas más. Si hace falta, ayudo yo. Pronto Javier y yo nos casaremos y viviremos aquí. Vete, que después de ti desaparecen cosas – dice el Pez con brusquedad.
—¿Qué cosas? – se sonroja Rocío.
—Un anillo. Lo dejé en el lavabo del baño. Luego entré y no estaba. Lo cogiste tú, no pudo ser otro.
—¡Yo no paso del recibidor! – exclama Rocío indignada.
—Y yo qué sé, igual has entrado cuando yo no estaba. Mejor devuélvelo y no llamo a la policía – el Pez se acerca y baja la cabeza. Sus ojos malvados de hielo están muy cerca. Rocío retrocede.
—¡No he cogido tu anillo!
—Demuéstralo – el Pez da un paso hacia ella, los ojos de hielo otra vez cerca. Rocío no aguanta, se da la vuelta, tira de la puerta y se topa con Javier.
—¿Por qué habláis tan alto? Se oye en la escalera – Javier mira de Rocío al Pez. Rocío también se vuelve.
El Pez se endereza y sonríe dulcemente a Javier.
—¿Ya has vuelto? – pregunta como si nada.
Rocío quiere salir corriendo, pero Javier la sujeta del brazo.
—¿Qué ha pasado?
—Ella… Me ha acusado de haber cogido su anillo. No he cogido nada, ni siquiera he entrado al baño.
—¿Qué anillo? – Javier sujeta fuerte a Rocío y mira al Pez.
—El de la piedra rosa. Creo que lo he perdido, no sé dónde lo dejé. Le he preguntado si lo había visto – explica el Pez con voz melosa.
—¡Miente! Ha dicho que lo cogí yo, quería llamar a la policía – Rocío suelta el brazo y echa a correr escaleras abajo. Las lágrimas la ahogan.
—¡Váyanse los dos al cuerno! – dice Rocío desesperada al entrar en su piso y cerrar la puerta.
—¿Qué te pasa? – la madre asoma al recibidor.
—¡Mamá! – Rocío se lanza a sus brazos y le cuenta todo.
—El anillo aparecerá, no llores. Javier lo aclarará – la consuela la madre mientras abraza a su hija.
Al día siguiente, Javier viene él mismo. La madre no está en casa.
—Tenemos que hablar – dice él.
Rocío lo lleva a su cuarto. Al ver su propia foto en la repisa del secreter, Javier sonríe. Rocío la había olvidado por completo. Se sonroja y baja la mirada.
—¿Me la has robado? ¿Y dices que no robas? – Rocío se queda confusa y se pone aún más colorada.
—Vale, no me quejo. He venido a disculparme. El anillo ha aparecido.
—¿Dónde?
—¿Qué más da? – ahora Javier desvía la mirada.
—Sí importa. Ella me acusó de robo. ¿Crees que es agradable? – la voz de Rocío tiembla de rabia.
Javier la toma por los hombros.
—Siento, Rocío. No creí ni un segundo que lo hubieras cogido. De verdad. Verás, a Laura no le gustaba que vinieras tanto a casa, así que decidió acusarte para que no volvieras. Y el anillo… Se le cayó del bolsillo cuando dejó caer la chaqueta.
—¿Y la perdonas? ¿Y si acusa a tu madre de robo? Cualquier cosa se puede esperar de ella. ¡El Pez es frío!
—¡Basta! Solo me tiene celos – Javier la mira con severidad y retira las manos de sus hombros.
—¡Javier! ¿Es que no ves nada?
—¿Qué no veo? – Javier la mira con lástima. Se nota que está harto de la conversación.
—¡Te quiero! – suelta Rocío, y ella misma se asusta de su atrevimiento. – Te quiero desde quinto curso. Javier, no te cases con ella, por favor – las lágrimas tiemblan en sus ojos, la cara de Javier se nubla.
—Rocío, ¿estás llorando? No habrá boda. Rompimos.
—¿De verdad? – Rocío parpadea, y las lágrimas le ruedan por las mejillas.
—Eres tonta – Javier la abraza. – Mamá sale del hospital en una semana. Ven a ayudarla si hace falta.
—¡Claro! No tenía que pedirlo.
Javier se va triste y pensativo, y Rocío casi brinca de alegría. ¡No habrá boda!
Rocío sube cada día a casa de la tía María, va a la compra, friega los suelos, incluso ayuda a cocinar. No ve a Javier, llega tarde. Todas las tardes las pasa en el quinto piso. La madre solo mueve la cabeza.
Un día Rocío se topa con Javier en la escalera. Huele claramente a alcohol.
—Javier, ¿has bebido? – Rocío lo mira con horror, recordando a su padre, el miedo en los ojos de su madre…
—¿Y qué? – dice él, tambaleándose hacia ella. Rocío retrocede, sin dejar de mirarlo con los ojos asustados. – Rocío, ¿por qué me miras así? No tengas miedo, no voy a ser como tu padre… – dice de repente con voz completamente sobria.
Y el sábado viene a casa de Rocío con un ramo de flores y la invita al cine. ¡Qué feliz es ella!
Ahora Javier no se entretiene por las tardes, vuelve rápido a casa, donde Rocío lo espera con su madre. Ya no bebe. Van a menudo al cine, pasean, se sientan en su cuarto y se besan…
Al final, el amor de Rocío derrite el corazón de Javier.
—Sed felices, hijos. Tú no la hagas sufrir, Javier – pide la madre cuando él le pide la mano a Rocío.
—Te prometo que nunca te haré daño… – Rocío se pega a él como un árbol joven a un roble alto.






