El gato llevaba tres noches sin probar bocado cuando Aurora llamó al veterinario. Era un domingo por la tarde y el doctor Ramírez estaba a punto de cerrar el consultorio en su pequeña clínica de San Antonio. Pero algo en la voz entrecortada de aquella mujer lo hizo tomar su maletín y subirse a la camioneta.
La dirección correspondía a un complejo de apartamentos nuevísimo al norte de la ciudad, ese tipo de edificios con gimnasio en la planta baja y jardineras impecables donde nunca se ve a nadie. En el tercer piso lo recibió un hombre de unos cuarenta y cinco años, camisa de lino arrugada y ojeras profundas.
—Pase, doctor. Mi mamá está desesperada. No sé qué hacer con el gato.
El apartamento olía a pintura fresca y a ese silencio denso de los lugares donde las ventanas nunca se abren. En el sofá, una mujer mayor sostenía un gato naranja entre los brazos. El animal estaba inmóvil, con el pelaje opaco y los ojos entrecerrados. Ni siquiera levantó la cabeza cuando el veterinario se acercó.
—Buenas tardes, señora. ¿Cómo se llama el paciente?
—Canelo —murmuró ella sin levantar la vista—. Antes era un gato alegre, doctor. Corría por todo el jardín, se subía a los árboles.
El veterinario hizo la revisión completa. Temperatura normal, sin dolor abdominal, mucosas hidratadas.
—Físicamente está bien. ¿Cuánto hace que llegaron aquí?
—Cinco días —respondió el hijo, que se llamaba Gabriel—. Por fin convencí a mi mamá de que se viniera a vivir conmigo. Allá en el valle, sola en aquella casa tan grande, ya no era seguro. Y el gato desde que llegó no ha querido comer.
Aurora acariciaba el lomo del felino con la yema de los dedos, como si tocara algo que pudiera romperse.
—Es estrés por el cambio de ambiente —explicó el doctor Ramírez—. Los gatos desarrollan un vínculo muy fuerte con su territorio. Mudarse para ellos es perderlo todo. ¿Trajeron algo del otro lugar? ¿Su cama, sus platos?
—Gabriel dijo que para qué íbamos a andar cargando cosas viejas —respondió Aurora—. Me compró todo nuevo. Hasta una torre con tres pisos para que juegue.
—Ahí está el problema. Para Canelo esta casa no huele a nada conocido.
El hijo resopló con cierto fastidio.
—O sea que ¿el gato va a enfermarse porque no tiene sus trastos viejos? Suena un poco exagerado, ¿no le parece?
—Imagínese que a usted lo mudan mañana a otro país sin avisarle. Sin su cama, sin sus fotos, sin su café de siempre. Todo es mejor, más moderno, pero no es suyo. ¿Cuánto tardaría en sentirse mal?
Aurora emitió un sollozo breve y apretó al gato contra el pecho. Los dos hombres la miraron.
—Mamá, ¿qué te pasa?
—Nada, nada —se secó los ojos con el dorso de la mano—. Es que el doctor habla de Canelo y parece que estuviera hablando de mí.
Gabriel se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Pero si tú misma dijiste que sí. Que querías estar más cerca de nosotros, de los niños.
—Dije que sí porque sé cuánto te preocupas. Pero cada mañana me despierto y no reconozco nada. Allá tenía mi huerto, mis rosas, a la vecina Carmen que venía a tomar café todas las tardes. Aquí no conozco a nadie. Me paso el día mirando la televisión sin entender qué veo.
—En el valle te quedaba todo lejos —insistió Gabriel—. El supermercado, el hospital.
—Allá nunca me sentí sola. Aquí estoy rodeada de gente y es como si estuviera en una isla.
El veterinario guardó silencio un instante y luego carraspeó con delicadeza.
—Disculpe, señora. En todos mis años de profesión he visto algo muy curioso. Los animales a veces somatizan lo que sienten sus dueños. Tal vez Canelo no coma porque usted también está dejando de alimentarse de lo que le daba vida.
El zumbido del aire acondicionado llenó la sala.
—Mamá, ¿tú eres feliz aquí? —preguntó Gabriel en voz baja.
Aurora tardó en responder. Acarició al gato una vez, dos veces. Canelo maulló quedamente, como si quisiera contestar por ella.
—Hijo, tú eres bueno. Me diste una casa preciosa, con baño amplio y calefacción. Pero la felicidad no son los mosaicos del piso. Mi lugar está en el valle, en la casa que construí con tu papá. Ahí cada grieta de la pared cuenta una historia.
—Pero ya casi firmamos la venta. El comprador dio el anticipo la semana pasada.
—Devuelve el dinero. No quiero vender. Lo siento, sé que te molestaste mucho en esto. Pero no puedo vivir donde no me late el corazón.
Gabriel se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera atardecía sobre el estacionamiento. Autos, asfalto, luces de neón. Se quedó así un buen rato, con las manos en los bolsillos, antes de hablar.
—El sábado te llevo de vuelta. Ahora mismo llamo al abogado.
Diez días después, el doctor Ramírez atendía a un labrador con otitis cuando sonó su teléfono. Era Aurora.
—¡Doctor, no sabe qué alegría! Canelo volvió a comer ese mismo día. Ahora está como loco persiguiendo lagartijas por el jardín. Le quería dar las gracias. Usted me ayudó más de lo que imagina.
—Me alegro mucho, señora Aurora. ¿Gabriel cómo está?
—Está bien, enojado un poquito al principio. Pero luego vino el fin de semana con los niños y se quedó hasta el domingo. Lo vi diferente, más tranquilo. Como cuando era chico y se sentaba conmigo a pelar elotes en el porche. Yo creo que ni él sabía cuánto necesitaba volver.
Esa noche, el veterinario cerró la clínica y se quedó pensando. Cuántas veces hacemos planes perfectos para los demás sin preguntarles dónde tienen puesta el alma. Mudamos padres, reubicamos abuelos, regalamos jaulas preciosas. Y luego no entendemos por qué se apagan.
El sábado siguiente, Gabriel llegó al valle con el maletero lleno de bolsas del súper. Trajo a Mateo y a Emilia, los gemelos de ocho años, que se bajaron del auto gritando y corrieron directo al huerto.
—¡Abuela, las calabazas están enormes!
—¿Nos dejas regar?
Aurora salió al porche secándose las manos en el delantal. Canelo la seguía con la cola en alto, como un escolta diminuto y anaranjado.
Esa tarde almorzaron todos juntos bajo la higuera. Gabriel partió el pan, sirvió el agua de jamaica y escuchó las historias que su madre contaba sobre los pájaros que anidaban en el tejado. En un momento, se quedó callado mirando hacia el horizonte, donde el sol empezaba a teñir de naranja los cerros.
—¿En qué piensas? —le preguntó Aurora.
—En que tenía razón el veterinario. Todo esto también me hacía falta a mí.
Canelo saltó al regazo de la anciana, se enroscó en un ovillo perfecto y empezó a ronronear con un sonido parecido al motor de un refrigerador viejo. Un ronroneo de gato que está exactamente donde debe estar.
Los niños corrieron a perseguir mariposas. Gabriel se quedó un rato más, mirando a su madre acariciar al felino, sintiendo por primera vez en meses que el pecho se le ensanchaba. Carmen, la vecina de al lado, se asomó por la barda y saludó con la mano.
—¡Doña Aurora! Mañana le traigo pan de elote, ¿eh? Acabo de hornear.
—Te espero a las cinco, como siempre.
A la mañana siguiente, Gabriel despertó temprano y encontró a su madre en la cocina, friendo huevos con frijoles. Canelo dormía en el alféizar de la ventana, con una pata colgando y el bigote moviéndose apenas con cada sueño.
—¿Sabes qué, mamá? Voy a cancelar la firma definitiva. Y de paso, voy a arreglar la tubería del baño de atrás, que ya vi que gotea.
Aurora le sirvió el café en una taza de barro desconchada, la misma que usaba el papá de Gabriel todas las mañanas durante treinta años. El mismo color, la misma grieta fina en el borde.
—Date tu tiempo —dijo ella—. Aquí siempre hay café.
El gato se estiró, bostezó con toda la boca y volvió a cerrar los ojos. En el jardín, los girasoles empezaban a abrirse hacia el sol de la mañana.






