—«Necesito un perro muy viejo», pidió una mujer en el refugio.

La voluntaria Carmen levantó la mirada del libro de registro y se quedó mirando a la visitante. En tres años trabajando en el refugio «El Amigo», había oído peticiones de todo tipo. Pedían perros pequeños, pedían cariñosos, pedían «que no suelte pelo» y «que se lleve bien con niños». Un señor exigió un perro «con ojos tristes, para una sesión de fotos». Pero así, de sopetón, era la primera vez.

– Necesito un perro muy viejo – dijo la mujer.

– ¿Qué tan viejo? – preguntó Carmen con cuidado.

– El más viejo que tenga. Diez, doce años. Cuanto más mayor, mejor.

La mujer estaba de pie junto al mostrador, con un bolso de tela en las manos. Bajita, delgada, de unos sesenta y tantos. Llevaba el pelo recogido en un moño apretado del que se escapaba un mechón. En los pies, zapatillas desgastadas con la suciedad incrustada; en los hombros, una cazadora caqui, descolorida por las costuras. La cara tranquila, sin sonrisa pero sin tensión. La cara de alguien que sabe de sobra a lo que viene.

– Espere un momento, que pregunto a doña Marina Serrano – dijo Carmen, y se fue al cuarto de atrás.

Doña Marina Serrano, la directora del refugio, cortaba pan para la comida de la tarde. El cuchillo golpeaba la tabla de cortar con la regularidad de un metrónomo. Sobre la mesa, una olla de gachas frías y una pila de cuencos de aluminio.

– Ahí fuera hay una mujer. Pide el perro más viejo.

Doña Marina paró el cuchillo.

– ¿El más viejo?

– Sí. Dice que cuanto más mayor, mejor.

– Qué cosa más rara. Hazla pasar.

* * *

La mujer se llamaba Lurdes Carrión. Se sentó en una silla del despacho de la directora, dejó el bolso sobre las piernas y entrelazó los dedos. Las manos, secas, fibrosas, con las uñas cortas y pequeñas grietas en los nudillos. Manos de alguien que trabaja mucho con ellas: lava, friega, cava, cura.

– Doña Lurdes, ¿sabe usted que los perros viejos requieren cuidados especiales? – Doña Marina hablaba con suavidad, pero en la voz se notaba la cautela. – Gastos de veterinario, pienso especial, a menudo enfermedades crónicas. Articulaciones, riñones, corazón. No es fácil ni barato.

– Lo sé.

– ¿Tiene experiencia con animales?

– Sí.

– Cuénteme, si no es molestia.

Doña Lurdes se quedó callada. Miró por la ventana, donde se veían las jaulas y un trozo de valla con la pintura verde descascarillada. Al fondo, más allá de las jaulas, sonaba la carretera.

– Ahora tengo en casa a Conde. Tiene catorce años. Mezcla de labrador con algo peludo. Lo recogí de un refugio en Toledo hace dos años. Iban a sacrificarlo porque tiene artritis en las patas traseras y nadie lo quería. Antes de Conde tuve a Tito, un mestizo ciego de los dos ojos. Cataratas avanzadas. Lo cogí con once años. Vivió conmigo un año y medio. Antes de Tito, Naya, una pastor alemán vieja con displasia de cadera. Naya estuvo conmigo ocho meses.

Lo enumeraba con calma, sin dramatismo, como si leyera la lista de la compra. Pero cada nombre lo pronunciaba un poco más despacio que las demás palabras. Como si concediera a cada uno un segundo más de presencia.

Doña Marina dejó el bolígrafo y se quitó las gafas.

– ¿O sea que usted busca expresamente perros mayores?

– Sí.

– ¿Puedo preguntarle por qué?

Doña Lurdes la miró directamente. Los ojos grises, tranquilos, sin desafío y sin explicación.

– Porque nadie más los va a coger. Todo el mundo quiere cachorros. O jóvenes, como mucho hasta los tres años. Y un perro viejo se queda en su jaula esperando. Y no entiende por qué. Ha querido a alguien toda su vida, ha dormido a los pies de alguien, ha recibido a alguien en la puerta. Y luego ha acabado aquí. El dueño se murió, o se mudó, o simplemente decidió que ya bastaba. Y le queda, igual, un año, quizá dos. No quiero que ese año lo pase sobre un suelo de cemento.

En el despacho se hizo el silencio. Se oía ladrar a un perro al otro lado de la pared, sordo, rítmico, sin rabia. Solo de pena.

– Venga conmigo – dijo doña Marina, levantándose. – Le voy a enseñar a alguien.

Las jaulas estaban en dos filas, cubiertas de uralita. Olía a perro, a pienso y a lejía, con la que fregaban los suelos por las mañanas. Bajo los pies, charcos; había llovido de noche y el agua se acumulaba en los surcos de la carretilla con la que llevaban la comida.

Los perros recibían de distinta manera. Los jóvenes se lanzaban contra la reja, gimoteaban, brincaban, metían el hocico entre los barrotes. Un macho flaco, de rabo cercenado, se quedaba quieto y golpeaba el metal con la pata delantera, acompasado, insistente, como si llamara a una puerta cerrada.

Doña Lurdes caminaba y miraba. No se detenía en los jóvenes. Ni siquiera aminoraba el paso.

Doña Marina se paró ante la penúltima jaula.

– Aquí. Dulce. Tiene trece años. La trajeron hace un mes. El dueño murió, la hija dijo: «No podemos, el niño tiene alergia». La dejaron en el pasillo del refugio, dentro de una caja de televisor.

Dulce yacía en un rincón, sobre un trozo de cartón. Grande, de color rojizo y pardo, con las papadas caídas y los ojos algo nublados. Las orejas colgantes, con manchas rojizas. La cara, canosa: del hocico a la frente, como espolvoreada de harina. Las patas traseras, estiradas de forma torpe, en ángulo, y se notaba que levantarse le costaba. A su lado, un cuenco con agua sin tocar.

Doña Lurdes se acercó a la reja y se puso en cuclillas.

– Dulce.

La perra levantó la cabeza. No se levantó. Solo levantó la cabeza y miró. Los ojos húmedos, cansados, con el blanco rojizo. El rabo se movió una vez, pesadamente, con esfuerzo, y se quedó quieto.

– Tiene problemas de riñón – dijo doña Marina en voz baja. – Y del corazón. Miocardiopatía. El veterinario dice que un año, quizá año y medio. Y eso, con buenos cuidados y medicación continua.

Doña Lurdes no se volvió. Miraba a Dulce, y Dulce la miraba a ella. Luego la perra, con un esfuerzo visible, se incorporó sobre las patas delanteras, arrastró las traseras y dio tres pasos hacia la reja. Metió el hocico entre los barrotes. El hocico, caliente y seco.

Doña Lurdes introdujo los dedos por la reja y acarició a Dulce en el puente de la nariz, del hocico a la frente, despacio, como se acaricia a un niño dormido. La perra cerró los ojos.

– Me la llevo – dijo doña Lurdes.

El papeleo duró media hora. Carmen rellenaba formularios, ponía sellos y miraba de reojo por la ventana a doña Lurdes, sentada en un banco del patio, sujetando a Dulce con una correa. La perra se apretaba contra su pierna, inmóvil. Solo el hocico se movía: olfateaba la rodilla, el borde de la cazadora, los cordones de las zapatillas, los dedos de la mano que reposaba sobre su lomo.

– Doña Marina – llamó Carmen en voz baja. – ¿Está usted segura de que esa mujer es normal? Digo… ¿de verdad?

Doña Marina se acercó a la ventana y miró al patio.

– Normal, Carmen. Más que normal.

– Pero ¿para qué quiere perros viejos? Es que… bueno… se van a morir pronto. Eso duele siempre. Te encariñas y luego… se acabó.

Doña Marina se quedó callada. Cruzó los brazos. Luego dijo, sin apartar la vista de la ventana:

– Mira, llevo veinte años en el refugio. He visto a cientos de personas. Vienen, eligen, se llevan al perro. La mitad llama al mes: «Recójanlo, que muerde los muebles». O: «Nos mudamos y no podemos llevárnoslo». O dejan de contestar al teléfono y punto. Pero esta mujer no elige. Ella coge a los que todo el mundo ha abandonado. A los que nadie mira siquiera. Eso, Carmen, es otra cosa.

Carmen bajó la vista y no dijo nada. Firmó la última página, puso la fecha y salió al patio.

– Doña Lurdes, ya está todo. Aquí tiene las instrucciones de la medicación de Dulce. El veterinario ha escrito la pauta. Las pastillas para el riñón, mañana y noche, con la comida. Lo del corazón, una vez al día, en ayunas. Y revisión en dos semanas, con nuestro veterinario o con el suyo.

Doña Lurdes cogió los papeles, los dobló con cuidado en cuatro y los guardó en el bolso. De ahí sacó un collar viejo, ancho, blando, de lona gastada, con una hebilla gruesa. Se lo cambió a Dulce.

– Este le irá mejor. No le aprieta el cuello. Se los compro así a todos los míos.

Carmen las vio alejarse. Doña Lurdes caminaba despacio, adaptándose al paso corto y arrastrado del perro. Dulce cojeaba a su lado, cargando un poco la pata trasera izquierda. En la puerta, doña Lurdes se detuvo, se inclinó y ajustó el collar. Luego dijo algo a Dulce en voz muy baja, casi moviendo solo los labios, tan bajo que Carmen no lo oyó. Dulce levantó el hocico canoso y le lamió la mano.

Salieron por la verja y giraron a la derecha, hacia la parada del autobús.

Un mes después, doña Marina recibió un mensaje. Una foto: Dulce tumbada en una gruesa manta de cuadros, con las patas estiradas. Al lado, un cuenco de agua y un viejo pato de peluche al que le faltaba un ojo. La cara, igual de canosa, pero los ojos más limpios, más vivos. Sin esa turbiedad que tenía en la jaula. El rabo, en la foto, aparecía borroso. Debía de estar moviéndolo.

Debajo de la foto, un texto: «Dulce se ha adaptado. La primera semana tenía miedo, se pegaba a la pared. Luego una noche se subió a mi cama y desde entonces duerme allí, aunque yo le pongo la cama abajo. Le gusta que le rasquen detrás de la oreja derecha. La izquierda no deja, le duele, creo. Los riñones estables, el veterinario contento. Conde se ha acostumbrado a ella, no tiene celos. Se echan juntos en el balcón cuando sale el sol. Gracias».

Doña Marina lo leyó. Luego lo leyó otra vez. Guardó el móvil, se recostó en la silla y se quedó mirando al techo, donde se extendía una vieja mancha de humedad.

Sobre la mesa, la lista de perros para trasladar a otro módulo. Veintitrés nombres. Edades de dos a cinco años. Jóvenes, fuertes, con buenas posibilidades. Cada uno, su historia, su esperanza.

Y al final, escrito a lápiz, añadido a mano, figuraba Barón. Catorce años, macho, mestizo, traído de un piso tras la muerte de su dueña. Sordo del oído izquierdo. Anda despacio. Come poco. En la columna «interés de visitantes», un guion.

Doña Marina cogió el móvil y escribió: «Doña Lurdes, tenemos a Barón. 14 años. Tranquilo, sosegado. Si se anima, dígame».

La respuesta llegó a los cuatro minutos. No al cabo de una hora, ni al día siguiente. A los cuatro minutos: «Estaré el sábado. Le preparo un sitio».

Doña Marina sonrió. Guardó el móvil en el bolsillo de la bata.

Al otro lado de la pared, Barón ladró sordamente. No a nadie. Solo al vacío, como ladran los perros viejos cuando sueñan con algo. Algo del pasado, de cuando la casa era todavía un hogar y no un recuerdo.

Doña Lurdes llegó el sábado, tal como dijo. Entró en el refugio a las diez en punto, con las mismas zapatillas, el mismo bolso. En la cara, la misma expresión tranquila.

Carmen la esperaba en la entrada. Iba a decir algo, pero en vez de eso asintió y la condujo a la tercera jaula.

Por el camino, no pudo contenerse.

– Doña Lurdes, ¿puedo preguntarle una cosa?

– Puedes.

– ¿No le cuesta? Cuando se… van.

Doña Lurdes seguía andando, sin aminorar el paso. Las zapatillas chapoteaban en los ya conocidos charcos.

– Cuesta.

– Y aun así, ¿coge a otros?

– Aun así.

Carmen se calló. Luego, en voz baja:

– ¿Por qué?

Doña Lurdes se detuvo. Se volvió hacia Carmen y la miró con calma, sin resentimiento, sin aspavientos.

– Cuando Naya se estaba muriendo, estaba echada sobre mis rodillas, sobre una sábana limpia, y yo le acariciaba la cabeza. Toda la noche. Y podría haberse muerto aquí, en una jaula, sobre un cartón. Sola. A mí me costó después. Todavía me cuesta cuando lo recuerdo. Pero a ella no. Ella se fue tranquila. Lo vi en sus ojos, en su respiración, en cómo aflojó las patas. No se trata de mí, Carmen. Se trata de ellos.

Carmen apartó la mirada y se frotó los ojos rápidamente con el dorso de la mano. Luego dijo, ya con voz profesional:

– Venga. Barón la espera.

Barón yacía en el rincón de la jaula, oscuro, pesado, con la barriga caída y una barba canosa en la mandíbula inferior. Al ver gente, no se levantó. Alzó una oreja, la sana, la derecha, y miró. Con esa expresión que tienen los perros viejos cuando ya no esperan nada, pero aún no han dejado de fijarse.

Doña Lurdes se puso en cuclillas junto a la reja. Sacó del bolso un trozo de pollo envuelto en una servilleta. Lo ofreció entre los barrotes.

Barón lo olió. Lo cogió con cuidado, con los labios suaves, como quien coge algo frágil. Masticó despacio.

Doña Lurdes le acarició la frente. Pelo áspero, piel caliente, bultos viejos en las cejas.

– Pues nada – dijo doña Lurdes en voz baja. – Vámonos a casa.

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Elena Gante
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—«Necesito un perro muy viejo», pidió una mujer en el refugio.
The Smile That Finally Broke