¿Dónde está mi hijo?

**Diario de Miguel, 15 de septiembre**

Hoy he vuelto a vivir el mismo instante de aquella mañana. Estaba en el mismo sitio donde dejé a Carmen hace cinco minutos, mirando a todos lados, y dentro de mí crecía una angustia que no sabía explicar. No estaba por ningún lado… Entre tantos niños no encontraba a una sola. A mi hija.

«No entiendo nada», murmuraba para mis adentros. «¿Dónde se ha metido? Si solo me he ausentado cinco minutos». Entonces vi a doña Aurora, su tutora, que alineaba a los niños de primero por estaturas, y corrí hacia ella.

—¿Dónde está mi niña? Lleva lazos blancos. Tenía que estar con usted. Y no aparece.

Estaba tan nervioso que no reparé en que había alzado la voz.

La joven maestra se sobresaltó y me miró desconcertada.

—Perdone… ¿quién exactamente? Todos mis alumnos están aquí.

—Mi hija, Carmen. Hace un momento estaba aquí y ahora no está. Está matriculada en su clase. ¿No se acuerda de nosotros?

—Disculpe, tengo veintinueve niños y apenas nos hemos visto un par de veces.

—¿Y eso qué?

—Aún no he memorizado las caras de todos los padres y los niños.

—¿Eso le parece justificación?

—Mire, cada padre me ha traído a su hijo personalmente. Usted no lo hizo. Acaba de llegar ahora mismo. Entiendo el caos, pero… dígame, ¿por qué dejó sola a su hija? ¿No ve cuánta gente hay hoy en el colegio? Aquí hasta un adulto se puede perder.

—Solo salí un momento a la tienda a por agua. Carmen tenía sed. Y al volver, ya no estaba. ¡Pero usted es la maestra! ¿No debería vigilar a los niños? ¿Dónde la busco ahora? ¿Adónde pudo ir?

Aurora respiró hondo. Era su primer día de trabajo, su primera clase, y todo parecía una pesadilla.

—Cálmese, señor. ¿Cómo iba vestida su hija?

—Se lo he dicho: con lazos blancos grandes.

—Perdone, pero en mi clase hay quince niñas con lazos blancos. ¿Alguna otra seña? ¿Qué ropa llevaba?

Miguel calló un segundo. Estaba tan aturdido que no sabía qué decir. Por la mañana le había atado esos lazos, le había arreglado el cuello, se había preocupado de que no manchara los leotardos blancos… y ahora no sabía describirla.

—Pues… una niña de siete años, ojos castaños, pelo largo y oscuro.

—Ya es algo. ¿Recuerda algo más?

—Bueno… tiene una mochila amarilla con patitos. Es muy aficionada a los animales, por eso la eligió. Ningún otro niño tiene una igual. Dios mío, ¿dónde se habrá metido? —balbuceaba yo, mirando a todas partes.

—No se preocupe, la buscaremos. Seguro que no ha salido del recinto. Su Carmen está aquí. Espéreme, vuelvo enseguida.

Aurora fue hacia sus alumnos, que cambiaban el peso de un pie a otro esperando el acto, contó a los niños otra vez, fijándose en las niñas. Pero entre las de lazos blancos no estaba Carmen, y nadie había visto a una niña con mochila amarilla de patitos.

Pidió a una compañera de otra clase que vigilara a sus niños y volvió junto a mí.

—Ningún compañero la ha visto. No pudo entrar al edificio. Así que debe estar en el patio. Busquemos juntos.

—¿Y si avisamos a la policía?

—Creo que no hace falta. La encontraremos —dijo Aurora, procurando sonar tranquila, aunque también estaba preocupada.

Y así, el padre y la maestra empezaron la búsqueda.

Recorrimos el patio, miramos en las pistas deportivas, preguntamos al conserje de la verja. Nadie la había visto.

—¿Su hija no tiene móvil? —preguntó Aurora cuando nos dirigíamos al jardín trasero, el único sitio que faltaba.

—Sí —suspiré—. Pero se me olvidó dárselo.

—Qué lástima…

—Ojalá no le haya pasado nada… —repetía yo casi en voz baja.

Aurora no respondía. Pensaba que ahora respondía no solo de los niños, sino de la confianza de los padres. Si algo grave le hubiera ocurrido…

Mientras tanto, la niña de lazos blancos y mochila amarilla estaba bajo un gran árbol en el jardín trasero, hablando con un gatito que se había subido a una rama y no podía bajar. Por más que le pedía que saltara, el minino solo maullaba lastimero.

—Vamos, pequeño, salta —decía Carmen—. Te cojo, de verdad.

El gato intentaba saltar, pero el miedo le helaba, y se agarraba a la rama maullando. Tan triste que a Carmen se le saltaban las lágrimas.

Al ver que no podía, fue a buscar ayuda.

Y al doblar la esquina del colegio, se encontró de frente conmigo y con doña Aurora. Tenían cara de angustia.

—Hija, ¿dónde te habías metido? —corrí hacia ella—. Casi me vuelvo loco. ¿Qué haces aquí?

—Papá, ya me regañas luego, ¿vale? —respondió Carmen—. Ahora necesito tu ayuda.

—¿Qué ha pasado?

—Ven conmigo.

Me cogió de la mano, y con la otra tiró de Aurora, llevándonos detrás del colegio.

Sin entender nada, nos miramos y la seguimos en silencio. Al fin nos llevó al árbol y señaló arriba:

—Ahí hay un gatito pequeño. ¿Lo veis? Papá, bájalo, por favor.

—Carmen, ¿y no quieres contarme cómo has llegado aquí? ¿Dónde te dije que esperaras?

—Cuando estaba junto a la valla esperándote, vi que un perro perseguía al gatito y corrí tras ellos. El gato se subió al árbol de miedo, y el perro le ladraba. Ahuyenté al perro… pero no puedo bajar al gato.

—¿Ahuyentaste a un perro grande? —preguntó Aurora asombrada.

—Sí —asintió Carmen—. Le dije que si no se iba, vendría mi papá y le iba a dar un escarmiento. Y se fue. Pero el gatito sigue ahí, pobrecito. Papá, ¿lo bajas? ¿Cuánto tiempo vais a estar parados sin hacer nada? —dijo dando una patada en el suelo—. Tiene miedo…

Miré las ramas finas y supe que con mis noventa y pico kilos no podía. En cambio, Aurora, delgada y ligera, podría.

—¿Por qué me mira así? —preguntó ella extrañada—. Yo no me subo. Ni siquiera alcanzo la rama.

—Yo la subiré —sonreí.

—¡Ni hablar!

—Por favor —Carmen cogió la mano de la maestra—. Mire qué asustado está. ¿Y si se cae?

Aurora levantó la cabeza.

El gatito maulló otra vez, como si entendiera.

—Vale —dijo al fin—. Pero usted —me miró—, agárreme bien y no me deje caer.

—Se lo prometo —sonreí.

Aurora se sentó en mis hombros anchos, yo la levanté con facilidad, luego ella se puso de pie sobre mis hombros, agarró una rama con una mano y con la otra, entre los vítores de la niña y míos, intentó alcanzar al gato.

—Un poco más —la animaba yo—. Casi lo tienes.

El gato primero retrocedió, luego, cobrando valor, dio un paso hacia ella y…

—¡Lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido! —aplaudió Carmen—. ¡Qué valiente es, doña Aurora! Papá, sujétala bien, no la dejes caer.

Cuando Aurora volvió a tierra, Carmen le tendió los brazos al gatito y lo apretó contra su pecho.

El minino empezó a ronronear suavemente.

—Bueno —dije sonriendo—. Gracias a Dios, todos sanos y salvos. Pero, hija, cómo me has asustado con tu desaparición misteriosa.

—Perdona, papá. No quería asustarte. Pero no podía dejarlo solo. No habría podido bajar.

Miré a Carmen y negué con la cabeza.

Por ese corazón bondadoso la quería más que a nada.

—¿Podemos llevarlo a casa? —preguntó ella señalando al gato.

—Después de esta presentación, va a ser difícil negarse —me reí.

—Entonces cuídalo mientras recojo los libros. Y no te pierdas, ¿eh? Que luego tengamos que buscarte doña Aurora y yo.

La maestra no pudo evitar reírse.

—Vaya… me imagino la cara de su madre cuando lleguen a casa con este pequeño.

—No tengo madre… —suspiró la niña—. Pero me gustaría tenerla.

—Lo siento, no lo sabía —dijo Aurora, parpadeando.

—No pasa nada —sonreí—. Nos dejó hace cinco años. Se fue al extranjero. Y no he vuelto a saber de ella. Quiero decir, Carmen y yo no hemos vuelto a saber.

Durante unos segundos reinó el silencio en el patio trasero. Aurora miraba en silencio al hombre grande y un poco torpe de ojos amables, y a la niña pequeña con un gato gris en brazos, y algo le punzó en el pecho.

—Pero ahora tenemos a Cipriano —dijo Carmen con decisión, acariciando al gato.

—¿Ya le has puesto nombre? —sonreí.

—Claro. ¿Se puede vivir sin nombre?

*****

Desde entonces, yo siempre iba a recoger a Carmen. A veces cruzaba solo unas palabras con Aurora, otras la conversación se alargaba hasta que el patio se quedaba vacío. Hablábamos de los progresos de Carmen, anécdotas de clase, libros, películas, mascotas, y poco a poco dejamos de notar que ya no hablábamos solo del colegio.

Un día, esperé en el pasillo a que todos los niños se fueran, y entré decidido al aula.

Aurora primero sonrió ampliamente, luego, al ver el ramo de flores en mis manos, se sorprendió.

—Para usted —dije con voz ronca, tendiéndoselas—. Y además… me gustaría invitarla a cenar esta noche. Bueno, Carmen y yo queremos que cene con nosotros. Los tres. ¿Qué dice, doña Aurora?

La maestra se sonrojó, sintió que le ardían las orejas, pero cogió las flores.

Olían a otoño, a hogar y, por alguna razón, a esperanza.

—De acuerdo —respondió simplemente—. Acepto.

Exactamente igual respondió Aurora cuando, un año después, le pedí que se casara conmigo.

En el juzgado, Carmen agarraba fuerte la mano de Aurora y…

…no podía dejar de sonreír. En ese momento se sentía la niña más feliz del mundo.

—¿Puedo…? ¿Puedo llamarte mamá ahora?

A la joven mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Si tú quieres, claro que sí. Para mí será la palabra más importante.

Carmen la abrazó con fuerza.

Yo estaba al lado, mirándolas con una sonrisa.

Quién iba a pensar que aquel día, de repente, la vida de Carmen y la mía cambiaría tanto.

Pero los milagros existen.

Y ese milagro, un pequeño milagro peludo, ahora está tumbado en el alféizar de la ventana de casa, esperando impaciente a que su familia vuelva por fin.

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Elena Gante
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