– ¡Déjame en paz! – insistía Sofía. Pero la gata la seguía sin tregua.

Carmen no vivía. Solo sobrevivía.

Setenta y dos años, un piso pequeño en las afueras de Valladolid, una pensión que a veinte de mes ya eran solo céntimos. Y silencio.

Hacía un año que Pepe se había ido. No a otra mujer — se fue del todo. En silencio, mientras dormía, sin un quejido. Carmen despertó una mañana y él ya estaba frío. Su mano descansaba en el borde de la cama, como si hubiera intentado alcanzarla sin conseguirlo.

Su hija Lucía llegó desde Madrid para el entierro, se quedó tres días, dejó pastillas para la tensión en la nevera y se marchó diciendo: «Mamá, llama si pasa algo». Carmen no llamaba. Lucía sí llamaba. Cada dos semanas, como un reloj.

— Mamá, ¿cómo estás?
— Bien.
— Pues me alegro. Un beso.

Eso era todo. Toda la conversación. Todo el vínculo. Todo el sentido.

Carmen iba a la tienda. A la farmacia. A veces al centro de salud, donde le tomaban la tensión y le decían «no se ponga nerviosa». No se ponía nerviosa. No sentía nada. Como un mueble. Como aquel armario viejo del pasillo que Pepe siempre decía que iba a tirar y nunca tiró.

Aquel día, un día normal de noviembre, con el cielo bajo y una llovizna fina, Carmen volvía del centro de salud. La tensión había vuelto a subir. La doctora negó con la cabeza, le dio otro papel. Carmen guardó la receta en el bolsillo sin mirarla.

Junto a los contenedores algo se movió.

Una gata. Flaca, tricolor, con una oreja rasgada. Estaba sentada en el asfalto mojado y miraba a Carmen. No con lástima, no. No pedía. Más bien… evaluaba. Como si calculara: ¿es ella o no?

Carmen pasó de largo.

La gata se levantó y la siguió. En silencio. No maulló, no se adelantó, solo caminaba tres pasos atrás, como una sombra.

Carmen se giró en el portal.
— Déjame en paz.

La gata se sentó. Parpadeó. Y se quedó allí.

Carmen subió a su tercer piso, cerró la puerta, puso el hervidor. Se asomó a la ventana — abajo, en el banco del portal, estaba la misma gata.

Una gata chiflada.

A la mañana siguiente, Carmen abrió la puerta y casi tropieza. En el felpudo, hecha un ovillo, dormía la misma gata. No se sabía cómo había subido al tercero. Pero estaba allí, como si ese fuera su sitio.

— ¿Y qué hago yo contigo? — preguntó Carmen.

La gata abrió un ojo. Y lo cerró.

Como si la respuesta fuera obvia.

Carmen no la dejó entrar. Bueno, eso creía ella. Solo le puso un platillo con leche. Solo dejó la puerta entreabierta porque hacía bochorno en noviembre y los radiadores echaban fuego. Y la gata entró.

Carmen se quedó en el pasillo viendo cómo aquella desgraciada flaca olfateaba la entrada. Luego la cocina. Luego el salón. Y de repente se paró.

El sillón de Pepe. Viejo, hundido, con los reposabrazos gastados. Aquel en el que él se sentaba cada noche, daba al mando y decía: «Carmen, mira qué hacen estos». Carmen llevaba un año rodeándolo. No podía sentarse ni tirarlo. Estaba como un monumento. Como un agujero en la habitación.

La gata saltó. Dio vueltas sobre la huella de Pepe y se tumbó. Hecha una bola, con el rabo tapándole el hocico.

Y se puso a ronronear.

A Carmen le temblaron los labios. Quiso gritar: «¡Quítate de ahí!», pero la garganta se le cerró y en lugar de un grito salió algo ronco, confuso. Se sentó en el sofá y se quedó un buen rato mirando cómo la gata dormía en el sillón de su marido.

— Esta noche te quedas — dijo Carmen con voz áspera. — Mañana te echo.

Mañana no la echó. Ni pasado. La gata se quedó.

La llamó Lola.

— Lola, ven a comer — decía Carmen poniendo el platillo en el suelo.

Lola comía. Y miraba a Carmen desde abajo con aquella misma mirada. Evaluadora. Tranquila. La mirada de quien sabe algo que tú aún no has entendido.

A la semana, Carmen compró pienso. El más barato, en un paquete amarillo, en oferta. Estaba en la tienda de animales sintiéndose idiota. La dependienta, una chica de veinte años con las uñas rosas, le preguntó:

— ¿De qué raza es?
— De ninguna. Se me pegó — refunfuñó Carmen, y salió sin despedirse.

Luego compró una bandeja. Luego un cuenco. Uno de cerámica de verdad, porque del platillo Lola siempre derramaba. Luego un rascador de ciento noventa céntimos, porque la gata empezó a arañar el sofá, y el sofá era lo único que Carmen tenía en condiciones.

«Temporal», se repetía. «Todo esto es temporal».

Pero la vida ya cambiaba. Sin hacer ruido, a escondidas, como el agua que desgasta la piedra.

Antes Carmen se despertaba a las nueve, se quedaba mirando el techo. Ahora, a las siete y media, Lola se sentaba junto a la almohada, la miraba a la cara y callaba. No maullaba. Solo se sentaba y esperaba. Y de aquella espera silenciosa era imposible no levantarse.

Carmen se levantaba. Iba a la cocina. Echaba pienso. Ponía el hervidor. Y de repente se daba cuenta de que llevaba diez minutos en la ventana mirando el patio. Sin más. Sin pensar en la tensión, sin pensar en la pensión, sin pensar en Pepe.

Las tardes se volvieron más curiosas. Antes Carmen encendía la tele — no para ver, sino para no oír aquel silencio muerto. Las voces de la pantalla llenaban el vacío y parecía que no estaba sola. Ahora Lola se tumbaba a su lado en el sofá, pegada al muslo, y ronroneaba. Bajo, constante, como un motorcito. Y Carmen, por primera vez en un año, apagó la tele.

El silencio no daba miedo. El silencio con ronroneo era otro silencio.

Se sorprendió hablando con la gata. No con mimos, no; Carmen nunca supo hacer mimos, ni siquiera a Lucía de pequeña. Hablaba. Como con una persona.

— Otra vez la tensión a ciento sesenta. Esa doctora, la señora Rosalía, me mira como si ya estuviera muerta. Pues yo igual aún vivo. Para fastidiar a todos vivo.

Lola parpadeaba.

— Ha llamado Lucía. Otra vez con lo mismo: «Mamá, ¿cómo estás?». ¿Y cómo estoy? Pues nada. Aunque… antes nada. Y ahora… ahora no sé.

La gata se frotaba la cabeza contra su mano. Y Carmen se callaba, porque la garganta se le volvía a apretar.

La vecina, doña Rosario, pasó a tomar un té, vio a Lola y dio una palmada:
— ¡Carmen! Si decías que nunca, jamás.
— Y sigo diciendo: es temporal.
— Claro, temporal — se rió doña Rosario, viendo cómo la gata se enredaba en las piernas de Carmen. — Tienes pienso en tres sitios, cuenco de cerámica y rascador. Muy temporal.

Carmen se giró hacia la ventana para que Rosario no viera que sonreía. Primera vez en un año.

Luego llamó Lucía. Carmen no supo por qué le contó lo de la gata. Se le escapó. Quizá quería compartir algo — por primera vez en mucho tiempo tenía algo que compartir.

— ¿Has recogido una gata? — repitió Lucía. — Bueno, al menos tienes algo que hacer, mamá.

Algo que hacer.

Carmen colgó y sintió rabia. Rabia de verdad, caliente, viva. No pena — la pena era vieja, de algodón, sin forma. Rabia. Esa que da ganas de dar un puñetazo en la mesa y decir: «¿¡Es que no entiendes nada!?».

En diciembre todo se vino abajo.

Lola empezó a comer menos. Al principio Carmen no lo notó — bueno, no se lo acabó, pasa. Luego no tocó la comida. El cuenco estaba lleno de mañana a noche y el pienso se secaba formando una costra marrón. Lola se quedaba en el sillón de Pepe casi sin moverse. Solo respiraba — rápido, superficial, como si le faltara el aire.

— Eh — Carmen se agachó, miró a la gata a los ojos. — ¿Qué te pasa?

Lola parpadeó. Y volvió la cabeza hacia la pared.

A Carmen se le rompió algo dentro.

Nunca había ido al veterinario. Pepe tuvo un perro de niño, pero Carmen no, nunca; ella no entendía a la gente que llevaba animales al médico, gastaba dinero, nervios. «Si para los humanos no alcanza», decía antes. Lo decía no hacía tanto.

Y ahora estaba en el pasillo con un transportín en las manos. Lo había comprado ayer. Cuatrocientos céntimos en liquidación — de plástico, con la rejilla desconchada. Metía a Lola dentro, y la gata no oponía resistencia. Eso era lo peor. Antes habría arañado, se habría retorcido, siseado; ahora yacía como un trapo y miraba.

La clínica veterinaria San Roque, al otro lado del río. Pequeña, estrecha, olía a medicinas y a pelo mojado. Carmen se sentó en una silla de plástico, apretando el transportín contra las rodillas, fuera de lugar. A su alrededor, clientes jóvenes, con perros de raza, con gatos peludos en bolsos caros. Y ella, una jubilada con un abrigo viejo y un transportín desgastado donde dentro iba una gata de ninguna parte con la oreja rota.

El veterinario era joven. Un chaval de treinta años, con gafas y bata azul. Se llamaba Pablo. Examinó a Lola, le palpó el vientre y se quedó callado. La cara cambió.

— ¿Qué? — preguntó Carmen.
— Habrá que hacerle una ecografía.

La hizo. Pasó el aparato largo rato por el vientre de Lola, hizo clics con el ratón, frunció el ceño. Luego se volvió hacia Carmen y habló con cuidado, como se habla a quien da pena:

— Tiene un tumor en la cavidad abdominal. Necesita cirugía. Si no la operamos, dos o tres meses, quizá un poco más.
— ¿Cuánto cuesta? — preguntó Carmen.
— Doscientos ochenta euros, con anestesia y cuidados postoperatorios.

Carmen asintió, cogió el transportín y salió.

Doscientos ochenta euros. Su pensión. Entera. Sin un céntimo de más.

Se sentó en un banco junto a la clínica. Diciembre, un frío de perros, los dedos se le helaban. Lola dentro del transportín, callada, quieta, solo los ojos brillaban tras la rejilla. Miraba. Sin pedir, sin quejarse, solo miraba.

Carmen sacó el móvil y llamó a Lucía. Uno, dos, tres tonos.

— Mamá, estoy trabajando, dime rápido.
— Lucía, necesito ayuda. La gata necesita una operación. Doscientos ochenta euros.

Silencio. Luego un suspiro. Y una voz que heló a Carmen más que el viento de diciembre:

— Mamá, ¿hablas en serio? ¿Doscientos ochenta euros por una gata callejera?
— No es callejera. Es mía.
— Mamá. Es una gata. Solo una gata. Si se muere, coges otra. Hay un patio lleno.

Carmen cerró los ojos. De repente vio claro, como una foto, a Pepe en su sillón. Cambiando de canal y diciéndole: «Carmen, eres la persona más testaruda del mundo. Si te lo propones, mueves montañas». Lo repetía tan a menudo que ella se enfadaba. Ahora daría cualquier cosa por oírlo otra vez.

— ¿Mamá? ¿Me oyes?
— Te oigo — dijo Carmen. — Gracias, Lucía.

Y colgó.

Tres días estuvo pensando. Tres días son mucho tiempo cuando alguien se muere a tu lado.

Lola yacía en el sillón y se consumía. Como una vela. Comía una cucharadita. Bebía poco. Había dejado de ronronear. Carmen se sentaba en el suelo, en una manta vieja, y acariciaba a la gata en la cabeza — suave, con la punta de los dedos.

— Dije que eras mía. Pues eres mía.

Al cuarto día, Carmen se levantó a las seis de la mañana. Se vistió. Fue a la oficina de Correos. Hizo cola para cobrar la pensión — tres ancianas delante, todas con sus papeles, todas lentas, todas eternas.

Los billetes estaban en el bolsillo del abrigo, y Carmen caminaba apretando la mano contra el costado, como si llevara algo frágil. En cierto modo, así era.

En la clínica puso el dinero sobre el mostrador. Le temblaban las manos — del frío o del miedo, no lo sabía.

— He traído a la gata para la operación.

Pablo miró el dinero, luego a Carmen, luego otra vez el dinero. Asintió. No dijo nada superfluo. Solo:

— El pronóstico es bueno. Si aguanta la anestesia, todo irá bien.

Si.

Carmen se sentó en el pasillo. Silla de plástico, pared blanca, olor a antiséptico.

Intentó recordar la última vez que había esperado así. Lo recordó. Veinte años atrás, en el hospital. Lucía dando a luz. Carmen sentada en el pasillo — igual que ahora, en una silla, apretando un bolso contra el pecho, esperando. Aquello salió bien. Un niño lloró y el mundo cambió.

La puerta se abrió. Salió una auxiliar, joven, de verde, con los ojos cansados.

— ¿Es usted la dueña de la tricolor?
— Sí — dijo Carmen, y se levantó. Las piernas dormidas, las rodillas crujieron.
— Todo bien. La operación ha ido bien. Su gata es toda una luchadora.

Carmen asintió. No pudo hablar — la garganta se le cerró. Asentía y asentía, y la auxiliar le tocó el brazo:

— Oiga, ¿se encuentra bien?
— Sí. Sí. Todo bien.

Sacaron a Lola — envuelta en pañales, somnolienta, con la tripa rapada y una fina sutura rosada. Carmen cogió el transportín con las dos manos, lo apretó contra sí y salió.

En casa, por primera vez, puso a la gata en su cama. En la mitad donde antes dormía Pepe. Lola yacía de lado, respiraba tranquila, y la sutura en su vientre brillaba como un hilo fino. Carmen se tumbó a su lado, puso la palma sobre el costado caliente de la gata y susurró:

— Eres mía.

Lola se recuperó despacio. Las primeras veinticuatro horas no se movió, comía gota a gota, miraba con ojos nublados. Luego empezó a levantar la cabeza. A la semana, fue sola al cuenco y se lo comió todo. Carmen se quedó en la puerta de la cocina viendo cómo la gata lamía el fondo de cerámica y pensó: esto es la felicidad. Una felicidad barata, de cuatro perras, con cuatro patas.

En febrero, Lola era la de siempre. Corría por la casa como una loca, tiraba el salero de la mesa, se afilaba las uñas en el rascador — y acto seguido en el sofá, porque tenía carácter. Carmen la reñía, la amenazaba con el trapo, gritaba: «¡Qué animal!».

Carmen vivía casi solo de sémola y patatas. Doña Rosario le traía cada dos días un tupper de cocido o una bolsa de manzanas — «me sobra, llévatelo». Carmen sabía que no sobraba nada. Que Rosario también contaba los céntimos. Pero lo aceptaba. Porque el orgullo está bien, pero hay que comer.

A finales de febrero llamó Lucía.

— Mamá, mira la cuenta. Te he transferido. Doscientos ochenta euros.

Carmen se quedó muda. Luego:
— ¿Para qué?
— Para eso. — Pausa. Larga, pesada. — Te gastaste toda la pensión en la gata y no me dijiste. Doña Rosario llamó.
— Rosario… — Carmen cerró los ojos.
— Mamá, no debería enterarme de estas cosas por una vecina.

Carmen calló. No porque estuviera dolida — porque no conseguía escoger entre mil palabras una que fuera la adecuada. Y eligió la más sencilla:

— Ven, Lucía. Así, sin más. Ven.

Silencio. Un segundo, dos.
— Iré, mamá. El sábado.

Carmen colgó. Se quedó quieta. Luego se dejó caer en el sillón de Pepe — por primera vez en todo ese tiempo. Simplemente se sentó. Y no pasó nada. Solo que el hundimiento del asiento le quedaba un poco grande.

Lola saltó a su regazo, le dio un cabezazo en la palma y se puso a ronronear — fuerte, tanto que la vibración se le metía dentro.

Fuera nevaba. Carmen se sentó a contemplarlo. No porque antes no hubiera nieve, sino porque antes no la había visto.

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Elena Gante
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– ¡Déjame en paz! – insistía Sofía. Pero la gata la seguía sin tregua.
Los tonos dorados de un atardecer agonizante bañaban el bullicioso parque madrileño en un resplandor cálido, casi mágico.