— ¡No entreguéis al perro a la protectora! — suplicaba el niño. Los adultos no le hicieron caso — y se arrepintieron.

Gonzalo está seguro: la reforma es más importante, su hijo sobrevivirá. Han llevado al perro a la perrera, a pesar de las súplicas del niño. Pero once días después, Mariana entra en la habitación de su hijo y encuentra un dibujo, y todo da un vuelco.

La bolsa está junto a la puerta de entrada. Dos bolsas, para ser exactos: en una, los cuencos; en la otra, los restos de comida y una pelota de goma que Coco arrastra por el piso desde que aprendió a andar.

Alejo las ve antes de quitarse las zapatillas.

Coco le clava el hocico en la rodilla al chico y mueve la cola con tanta fuerza que golpea la bolsa. Dentro, el cuenco suena. El pelo rojizo huele a calle, a hojas de otoño y a ese calor solo de perro que siempre le oprime algo a Alejo debajo de las costillas. Se agacha, abraza al perro con los dos brazos. Coco se queda quieto, pega el costado a la camisa de cuadros y apoya el morro en el hombro del niño.

La pata trasera izquierda se le dobla torpemente. El perro cojea de ella desde que era cachorro, y Alejo está acostumbrado a sujetarlo por el costado cuando se sienta.

En la cocina, el hervidor zumba. La madre está junto a los fogones, girando el anillo de casada en el dedo anular. Rápido, con un gesto de costumbre, como hace siempre que quiere decir algo pero no encuentra las palabras. El padre está sentado a la mesa, espalda recta, manos cruzadas delante de él. La taza de café descansa justo en el centro del plato.

—Mamá, ¿esto para qué?

Mariana no se da la vuelta. Los dedos sobre el anillo se aceleran.

—Papá, ¿para qué están las bolsas en la puerta?

Gonzalo se bebe el café de un trago. Deja la taza en el plato con tanta precisión que no suena.

—Alejo, lo hemos decidido. Llevaremos al perro hoy.

—¿Adónde?

—A la perrera. Buenas condiciones, me he informado. Jaulas cálidas, comida decente.

El niño mira a su madre. Ella contempla la ventana; al otro lado del cristal, un cielo gris de octubre aplasta los tejados. El anillo sigue girando.

—¿Mamá?

El hervidor chasquea y se apaga. Se oye cómo respira Coco en el pasillo.

—Mamá, dile algo.

Mariana arregla el paño del horno en el gancho. Lo quita, lo vuelve a colgar, aunque está derecho.

—Papá tiene razón, Alejito. Tenemos que hacer la reforma. Para el perro aquí será…

—¡Coco! Se llama Coco.

—Para Coco será complicado. Pintura, polvo, herramientas en el suelo. Puede sentirse mal.

Ella habla con voz plana, y cada palabra suena como si no la pronunciara por primera vez. Como si ella y el padre hubieran ensayado la noche anterior, mientras Alejo dormía.

El niño se agarra al borde de la silla. Los nudillos se le blanquean.

—Yo lo sacaré tres veces al día. Me quedaré con él en mi cuarto. No molestará. Por favor.

Gonzalo se levanta. La silla se desplaza con un chirrido breve sobre el linóleo.

—Lo he dicho, y así será. Salimos en media hora.

—Por favor. Por favor, no.

La voz se vuelve fina. Ni siquiera infantil: transparente, como si las palabras atravesaran al niño sin detenerse. Coco rasca las uñas contra el suelo de baldosas, llega cojeando a la cocina y se sienta al lado, apoyando el costado contra la pierna de Alejo. Pone el morro sobre su rodilla.

Y se queda quieto. Los ojos del perro son marrones, con motas rojizas, y miran hacia arriba con tranquilidad. No entiende. Confía en todos en esta casa.

Mariana cierra los ojos. Un segundo, tal vez dos. Luego los abre y mete la mano en el bolsillo para sacar las llaves del coche.

Alejo se pone la chaqueta.

—Alejo, es mejor que te quedes en casa. No hace falta que vengas.

—No, voy —dice Alejo, casi llorando.

En el coche huele a gasolina y a plástico caliente. El sol no sale, y la ciudad al otro lado de la ventana parece dibujada con lápiz gris sobre papel mojado. Coco está tumbado en el asiento trasero, con el hocico apoyado en las piernas de Alejo. El niño no llora. Está sentado derecho, acariciando la cabeza rojiza, y los dedos se mueven despacio, firmes, como si memorizaran cada protuberancia, cada rizo de pelo.

Gonzalo echa un vistazo al espejo retrovisor. Aparta la mirada rápido.

Mariana conduce y piensa en el papel pintado del pasillo. En los rodillos, en el color «marfil» que eligieron el sábado en la tienda de bricolaje. Dentro de un mes, el piso estará luminoso. Limpio. Sin pelos en el sofá, sin el taconeo de las uñas por las mañanas.

La perrera está en las afueras, detrás de los garajes. Un edificio gris con una puerta de hierro; al otro lado huele a lejía, a cemento húmedo y a algo agrio, denso, que obliga a respirar por la boca. Desde el interior llegan ladridos. No fuertes, no agresivos. Tristes, como si alguien llamara sin creer ya que lo oigan.

Una mujer con un delantal verde sale al encuentro. Sonríe a Coco, le acaricia la oreja.

—Qué chico más bueno, pelirrojo. Lo acomodaremos, no se preocupen.

Alejo sujeta la correa. Con las dos manos, fuerte, tanto que la tira de cuero se le clava en las palmas. Los dedos se le enrojecen por la tensión.

—Alejo, suelta.

El padre extiende la mano. Una palma grande, con olor a aceite de máquina, se abre delante del rostro del niño.

Alejo mira la correa. Luego a Coco. Luego otra vez la correa.

Y abre los dedos. Despacio.

La mujer toma la correa y conduce a Coco por el pasillo. El perro cojea de la pata trasera izquierda, y las uñas golpean el azulejo, y ese sonido se expande, hueco, porque el pasillo es largo y vacío. Al girar la esquina, Coco se vuelve.

La mujer dobla la esquina. Los golpecitos se vuelven más suaves, más suaves. Y desaparecen.

De vuelta en el coche, el niño se sienta detrás del asiento del conductor. Donde hace diez minutos estaba Coco. La tapicería aún guarda su olor: pelo caliente, calle, hojas de otoño. Alejo aprieta la mejilla contra el asiento y cierra los ojos.

Mariana acerca la mano a la radio. Gonzalo niega con la cabeza. Tardan veinte minutos en llegar a casa. Ni una palabra.

En casa, Alejo se descalza, pasa por delante de la cocina y se encierra en su cuarto. La puerta chasquea suavemente. Solo se cierra.

Mariana guarda las bolsas vacías, las dobla con cuidado y las mete en el cubo de la basura. Luego ve el cuenco.

Un cuenco de plástico rojo con marcas de dientes en el borde. Coco lo mordía de cachorro, cuando aún no sabía que los cuencos no son para eso. Mariana lo coge, lo sostiene en las manos. El plástico es ligero y liso, y las marcas de los dientes raspan bajo los dedos. Lo vuelve a dejar en el suelo.

Al día siguiente notan rarezas.

Alejo no pregunta qué hay de cena. No enciende la tele. No saca la agenda de la mochila. Vuelve del colegio, se descalza, se va a su cuarto. En silencio, como una sombra en la pared.

Mariana llama a la puerta.

—Alejo, ¿quieres macarrones? Con queso, como te gustan.

Del otro lado, la cama cruje. Y nada más.

Ella se queda medio minuto junto a la puerta. Escucha el silencio. Se va.

Por la noche, Gonzalo dice: se acostumbrará. Los niños olvidan rápido. En una semana correteará como antes. Lo dice con seguridad, de pie en el pasillo, donde aún se ve en la pared una marca de uñas que dejó Coco el primer mes.

Al quinto día llama la tutora. Su voz es cautelosa, como la de alguien que pisa hielo fino.

—¿Todo bien en casa?

—Sí, claro. ¿Por qué?

—Alejo no responde en clase. En absoluto. Se sienta, mira por la ventana. En el recreo se queda solo junto a la pared. Los niños se acercan, él calla.

Mariana se muerde el labio.

—Es que… hemos dado al perro. A una perrera. Se acostumbrará.

La tutora calla. Unos segundos, y en esa pausa Mariana oye más que en cualquier palabra. Luego la voz al otro lado dice:

—Entendido.

Ese «entendido» flota en el piso toda la noche. Como el olor de la pintura que aún no han abierto, pero que ya está.

Al séptimo día, Alejo deja de salir a cenar. Mariana le pone un plato. Lo recoge intacto. Los macarrones se enfrían y se cubren de una película, y eso, por alguna razón, resulta insoportable.

Gonzalo compra rodillos e imprimación. Arranca el papel pintado viejo del pasillo. Debajo, las paredes aparecen grises, con manchas de cola antigua y una grieta del suelo al techo que antes ocultaba un dibujo de un velero. Huele a humedad. No se ha vuelto bonito. Y tampoco se ha vuelto silencio, porque el silencio no es el que él planeaba.

El cuenco rojo sigue en la cocina. Mariana no puede guardarlo. Tres veces lo coge, tres veces lo devuelve. A la cuarta lo pone boca abajo. Luego lo vuelve a colocar como estaba.

Un día, Mariana entra en el cuarto de su hijo mientras él está en el colegio. Quiere ordenar.

Sobre la mesa hay un dibujo.

Una casa con tejado triangular y una chimenea de la que sale humo. Normal, como dibujan todos los niños. Al lado, un niño: palitos por piernas, cabeza redonda, brazos abiertos. Y junto al niño, una mancha rojiza con cuatro patas y una cola en forma de gancho. El niño y el perro están pintados con colores vivos, rotulador rojo y lápiz naranja, apretando tanto que el papel se ha marcado.

Pero la casa está vacía. Ventanas sin cortinas, puerta abierta de par en par. Dentro, ni figuras ni muebles. Blanco.

Ni mamá. Ni papá. Solo espacio blanco tras la puerta abierta.

Mariana se sienta en la cama de su hijo. Levanta el dibujo, lo acerca. Abajo, bajo la casa, con letras torcidas y pequeñas: «Coco yo vendré».

Sin coma. Sin punto. Una promesa escrita por una mano que aún no sabe trazar bien las «j» y las «z».

El anillo en el dedo aprieta tanto que Mariana se lo quita. Lo deja sobre la mesa, junto al dibujo. Y se queda sentada, mirando la pared, porque no piensa en el papel pintado. Ni en el color marfil. Ni en el pelo ni en las uñas.

Piensa en que su hijo ha dibujado una casa en la que ella no existe.

Por la noche, Mariana pone el dibujo delante de Gonzalo. No explica nada. Solo lo deja sobre la mesa, junto al plato.

Él mira largo rato. Luego aparta el plato.

—Lo recogeremos.

Mariana parpadea.

—A Coco. Mañana por la mañana.

Y lo dice él, no ella. Ella esperaba tener que discutir, convencer, señalar el dibujo. Pero Gonzalo mira la casa vacía sin personas, y en su cara algo se mueve, como si los músculos no supieran qué expresión adoptar.

—Mañana. Por la mañana.

Mariana asiente. Quiere decir «gracias», pero la palabra se atasca. No hay nada que agradecer. No es un regalo. Es un intento de reparar lo que ellos mismos rompieron.

Por la mañana llegan a la perrera. La misma puerta de hierro. El mismo olor a lejía y cemento mojado. La mujer sale a su encuentro; esta vez lleva un delantal azul, pero la cara es la misma.

Coco los reconoce desde la entrada. Se lanza contra la reja de la jaula, gime, mueve la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo tiembla. Ha adelgazado estos días: las costillas se le marcan bajo el pelo rojizo, y la pata trasera izquierda se le dobla más que antes. Cojea hacia ellos más rápido de lo que puede.

Gonzalo coge la correa. La misma, de cuero, desgastada. La palma rodea la tira con familiaridad.

En casa, Alejo está en su cuarto. La puerta, cerrada.

Las uñas golpean las baldosas del pasillo. Bajo. Desigual, con un tropiezo cada cuatro pasos.

La puerta del cuarto infantil se abre.

El niño está en el umbral. Coco se lanza hacia él, le clava el hocico en el estómago, le lame la mano, la rodilla, otra vez la mano. La cola golpea la pared.

Alejo se sienta en el suelo. Los dedos se hunden en el pelo rojizo, que huele a perrera, a lejía, a ajeno. Pero bajo ese olor hay otro, viejo, verdadero, ese que siempre le oprime algo bajo las costillas.

Dice la primera palabra en esos días:

—Coco.

Luego levanta la cabeza. Mira a su madre. A su padre.

Mariana se agacha a su lado.

—Alejito…

No se aparta. Pero tampoco se aprieta contra ella. Solo se queda sentado en el suelo, abrazando al perro, y los mira como si los viera por primera vez. Y no está seguro de reconocerlos.

Coco lame al niño la barbilla y se calma. Se tumba a su lado, pegado con el costado caliente.

Mariana echa comida en el cuenco rojo de plástico con las marcas de dientes en el borde. Coco cojea hacia la cocina, golpea con las uñas, empieza a comer con ansia, apresurado. Alejo se sienta a su lado.

Y Gonzalo está de pie en el pasillo, donde las paredes peladas huelen a humedad y a cola vieja. El rodillo yace en un rincón, cubierto de polvo. La imprimación se ha secado en el bote. La grieta del suelo al techo no ha desaparecido.

Desde la cocina llega el golpeteo del cuenco contra el suelo y las lametadas.

Gonzalo está de pie, mirando las paredes. La reforma no ha avanzado. Y ahora ya no importa si avanza o no. Porque en esta casa, lo que había que reparar era otra cosa.

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Elena Gante
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— ¡No entreguéis al perro a la protectora! — suplicaba el niño. Los adultos no le hicieron caso — y se arrepintieron.
— Miguel, llevamos cinco años esperándolo. Cinco. Los médicos afirman que no tendremos hijos. Y aquí…