«¡Yo ya no quiero una nuera, y tú haz lo que quieras!» – le dijo la madre a su hijo.

Martín acababa de terminar la universidad en Salamanca y sintió, como ocurre en los sueños de los peces que hablan con campanas, que ese era el momento idóneo para casarse con su primer amor del instituto, Lucía. Lucía era simpática, pero sobre todo era una muchacha lista y con una mirada como la de los gatos perdidos en la niebla de la meseta. Por entonces, ella malabareaba con su tesis de máster entre los portales de piedra y los olores de café. El joven par de soñadores acordó en una noche hecha de relojes suaves que la boda sería justo después de la defensa de su trabajo académico.

Martín, aferrado a su jersey de cuadros y sumido en un surrealismo cotidiano, decidió contárselo a su madre, Doña Dolores, que siempre olía a incienso y a mermelada de membrillo. Pero Doña Dolores no traía consigo vientos favorables: le anunció a su hijo que tenía que casarse con Beatriz, la vecina del entresuelo, o con nadie. Luego le preguntó, con ojos de aceituna penetrante, qué era más importante: una vida con prestigio o una vida con amor, mientras por la ventana cruzaban patos con corbatas. Siempre había soñado ver a su hijo convertido en alguien ilustre.

Beatriz provenía de una familia adinerada con viñedos en La Rioja y además, desde hacía años, andaba tras Martín como las cigüeñas tras las lluvias. Pero él sólo tenía en el pecho a Lucía, nacida en un rincón humilde de Zamora, con una madre conocida por sus historias de fantasmas en la aldea… ¿Qué diría la gente en la plaza mayor? Las lenguas en los bares son más afiladas que los cuchillos de Albacete.

No quiero otra nuera, haz lo que te venga en gana, le dijo su madre con voz de campana apagada.

Martín intentó mil noches de persuasión entre sueño y sueño a su madre, que se mantenía tan inflexible como una estatua de granito en la Plaza Mayor. Si te casas con Lucía, será vuestra perdición, soltó al final, y el muchacho sintió un frío como de ángeles extraviados. Siguió viendo a Lucía seis meses, en tardes donde los relojes iban hacia atrás, pero todo se fue apagando como velas bajo la lluvia.

Al fin, Martín accedió a casarse con Beatriz. Ella le amaba como quien ama la salida del tren nocturno, pero decidieron que no habría boda ni mantilla; Martín no quería que, por casualidad, Lucía viera ningún retrato en los escaparates de la Gran Vía. Beatriz, acostumbrada a cenas de plata y aceite de oliva virgen, le alojó en la enorme casa familiar rodeada de tapices y jarrones antiguos. Los padres de ella impulsaron la carrera de Martín entre banquetes y toques de campana dorada. Pero la felicidad era un humo que desaparece al soplar el cierzo.

Martín no deseaba hijos. Cuando Beatriz comprendió, tras tres veranos de intentarlo bajo el cielo de Segovia, que jamás la convencería, pidió el divorcio. Al ocurrir esto, Martín contaba ya cuarenta años y Beatriz treinta y ocho. Beatriz formó otra familia, tuvo un niño de ojos grandes y fue feliz como sólo los niños sueñan con serlo.

Martín, enredado en una siesta interminable, soñaba cada noche con casarse con Lucía, intentó buscarla en las calles empedradas y los bares donde los relojes corrían en sentido opuesto… pero ella era humo, nada. Un conocido con vista de lechuza le susurró que Lucía, tras aquella separación, se casó a la ligera con el primer hombre que le apartó la silla, resultó ser un malnacido. La golpeó hasta dejarla tan sola como una campana muda.

Enterarse de aquello sumió a Martín en un abismo de vinos baratos y paseos circulares por el antiguo piso de sus padres en el barrio de Chamberí. Cada noche hablaba con el retrato de Lucía, atrapado en un marco como de cuento sin final, y nunca, ni en los sueños más disparatados, pudo perdonar a su madre.

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Elena Gante
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«¡Yo ya no quiero una nuera, y tú haz lo que quieras!» – le dijo la madre a su hijo.
The Compass That Made the Room Go Silent