Yo también sentí que me faltaba el aire

Yo también me ahogaba

Fernando lo anunció un domingo al atardecer, justo mientras Blanca apilaba camisas perfectamente planchadas en montoncitos sobre la cama. Entró en el dormitorio, se sentó en el borde, y lo soltó como quien dice que gotea un grifo.

Blanca, me ahogo.

Ella no levantó la cabeza. Colocó una camisa, cogió otra.

¿De qué?

De todo esto. De la rutina. De que cada día es igual al anterior. Te despiertas, comes, trabajas, vuelves, cenas, te acuestas. Y vuelta a empezar.

Blanca dobló cuidadosamente las mangas, acomodó el cuello. Tenía cincuenta y un años, Fernando cincuenta y tres. Llevaban veintiséis compartiendo aquel piso en la calle Mayor; su hijo Mateo hacía ya cinco años que vivía en Salamanca y solo llamaba en Navidad o en los cumpleaños.

¿Y qué propones? preguntó ella con voz firme.

Quiero irme.

Ahí sí se detuvo, pero no por miedo. Solo le miró como se mira a quien dice algo largamente esperado.

¿Irte adónde?

Alquilarme un piso. Estar solo. Respirar.

Vale dijo Blanca, recogiendo otra camisa.

Fernando esperaba otra reacción. Se inclinó hacia ella.

¿No vas a decir nada?

¿Qué quieres que diga? Eres mayorcito, Fer. Si te quieres ir, vete.

¿No vas a montar una escena?

Ella dobló la camisa, la puso en la pila y le miró, directa por fin.

No. Solo te voy a poner una condición.

¿Qué condición?

No me llames para preguntarme dónde está esto, cómo funciona aquello, dónde guardo lo otro. Si te vas, te las arreglas tú solito.

Guardó silencio.

¿Eso es todo?

Eso es todo.

Fernando se quedó descolocado. Se había preparado para lágrimas, reproches, para que le sujetara por la manga y le hablará de los años juntos, de su hijo, de que así no se hace. Incluso tenía respuestas listo en la cabeza. Y ella ahí, planchando camisas.

Bueno dijo, por fin. Pues iré haciendo la maleta.

Haz la maleta.

Se fue al armario. Se quedó allí parado un buen rato, mirando las estanterías. Luego empezó a meter vaqueros, camisetas, calcetines. Cogió la maquinilla de afeitar, el cargador del móvil, un libro que llevaba meses sin tocar. Al salir al pasillo, Blanca ya estaba en la cocina, haciendo ruido con los cacharros.

Me voy dijo, desde allí.

Suerte contestó ella, sin asomarse.

La puerta se cerró silenciosa. Fernando esperó un rato en el rellano. Nada. Ni pasos, ni el mínimo movimiento. Silencio.

Pulsó el botón del ascensor.

***

No tardó en encontrar piso: dos días, gracias a un amigo. Un estudio pequeño en el barrio de Chamberí, cuarto piso, vistas al patio interior. El casero, un hombre mayor con bigote, le enseñó el lugar, cobró dos meses por adelantado mil euros y se fue. Había allí un sofá, una mesa, dos sillas, un frigorífico de los de los años ochenta y cocina de gas. En la ventana cortinas de color mostaza rancio.

Fernando soltó el macuto, se dejó caer en el sofá y miró a su alrededor.

El silencio era total. Nadie deambulando en la otra habitación, ningún televisor encendido, nadie llamándole a cenar. Se tumbó de espaldas y pensó: esto es. Libertad.

Los dos primeros días casi fueron buenos. Se despertaba cuando le apetecía, comía lo que pillaba, es decir, lo que compraba deprisa en la tienda de la esquina, iba en calcetines por la casa, sin dar cuentas a nadie. Por la noche llamaba a su amigo Pablo, charlaban largo rato; Pablo se reía y le decía: bien hecho, Fer, hacía falta.

Al tercer día Fernando descubrió que se le habían acabado los calcetines limpios.

Miró la lavadora, una redonda que estaba junto al lavabo. Abrió la puerta, echó un vistazo. Cerró. Volvió a abrir. El casero le había dicho algo del detergente, que estaba en el mueble bajo el fregadero. Lo encontró: una bolsita pequeña, ponía “para ropa blanca y de color”. Echó un buen puñado a voleo en el compartimento más plausible. Seleccionó un programa y pulsó el botón.

Rugió la máquina.

Pasada una hora, abrió la puerta. Sacó los calcetines: estaban húmedos, casi mojados y…, un poco rosados. Tardó en entender por qué, hasta que recordó la camiseta roja nueva que había echado también.

Colgó los calcetines en el radiador. Estuvieron secando hasta el día siguiente.

El cuarto día decidió cocinar de verdad. Compró pechuga de pollo, patatas, cebollas. En los armarios encontró una sartén con el teflón peleado. Puso aceite, este crepitó escandaloso. Echar la pechuga entera fue mala idea: se pegó enseguida. Pelar patatas le llevó rato y en la operación perdió casi la mitad. La cebolla le hizo llorar.

En el plato quedó algo marrón afuera y crudo por dentro.

Comió la mitad, tiró el resto y pidió comida a domicilio.

Echó cuentas a la semana: en comida a domicilio había gastado casi lo mismo que gastaban juntos en toda la compra mensual. Decidió ponerse serio, fue al súper, compró legumbres y arroz. El arroz le salió decente, eso le animó un poco.

Pero el día a día avanzaba como una marea lenta: lo iba anegando todo, sin remedio, por todos lados.

***

El gran desastre llegó al décimo día.

Duchándose, vio que el agua no se iba. Miró abajo: el charquito crecía. Cortó la ducha. Esperó. No bajaba. Puso el pie en el sumidero: atascado.

Le vino el recuerdo vago de la palabra “sifón”. Blanca lo usaba, decía a veces: hay que limpiar el sifón, si no se atasca. Él asentía y se esfumaba.

Fernando se agachó, miró bajo la bañera: tubo, otro tubo, una pieza de plástico blanco. La giró. Salió fácil. El agua brotó a borbotones, fría, sucia. Fernando resbaló, el albornoz cayó al suelo y se empapó. Trató de enroscar de nuevo la pieza, pero el agua seguía corriendo. Al final, dejó todo empapado: alfombrilla, suelos, toallas.

Corriendo, con los pies mojados por la casa, buscó el número del casero, pero recordó que este le habló de una llave bajo el fregadero. Corrió, la cerró, y el agua por fin se detuvo.

Volvió al baño. Entre las gotas del sifón chorreando, se sentó, empapado, en el pasillo, y miró la pared.

El primer impulso fue llamar a Blanca. No pensamiento, sino acto reflejo: llamar a Blanca y que ella le dijera qué hacer. Descolgó el móvil, casi marcaba, pero recordó la advertencia: no llames por temas domésticos.

Dejó el móvil.

Acabó llamando a Pablo.

Pablo, ¿sabes arreglar un sifón?

¿El qué? Pablo sonaba ocupado, de fondo se oía un barullo.

El sifón, el del baño. Está todo inundado.

Ni idea, tío. Yo siempre llamo a un fontanero. Te paso el teléfono de uno bueno.

El fontanero vino al día siguiente. Miró el sifón, en quince minutos puso una junta nueva. Le cobró lo suficiente como para que Fernando se quedara mirándole sin habla un buen rato.

¿Eso es lo que se cobra? preguntó por fin.

Eso es lo normal dijo el fontanero, sin entusiasmo, y se fue.

Fernando cerró la puerta y pensó que Blanca jamás habría llamado a un fontanero por una chorrada así. Ella lo apañaba sola, se apañaba en mil detalles, comprando piezas en la ferretería, arreglándolo sin que él se enterara, como la lluvia en la ventana.

***

Durante esos días también le vino una idea. Llamó a Carmen, con la que, veinte años atrás, tuvo algo parecido a un romance, antes de conocer a Blanca. Carmen llevaba siete años divorciada lo sabía por amigos comunes. A veces coincidían en cumpleaños y charlaban cordialmente.

Carmen, soy Fer.

¿Fer? Cuánto tiempo sorprendida, sin desagrado.

Ahora vivo solo. Pensé, si te apetece, podríamos cenar un día.

Dudó uno segundos.

¿Solo de quién?

De mi mujer.

¿Os habéis separado?

En ello estamos, digamos.

Entiendo su voz cambió, se hizo cautelosa. Vale, ¿por qué no?

Cenaron por el centro. Carmen llevaba abrigo elegante, pelo corto, estaba muy bien. Tomaron vino, hablaron de conocidos; luego preguntó ella:

¿Y tú qué tal?

Trabajo en una empresa constructora, como antes. Jefe de compras.

¿Y vives?

Alquilé un piso en Chamberí.

¿Bien entonces?

Quiso decir sí, pero le salió:

Bueno La lavadora no centrifuga muy bien. Y la cocina a veces falla.

La mirada de Carmen cambió a un matiz de compasión, no romántica, sino la que se tiene por quien no termina de apañarse.

Ya

La conversación no fue a más. Hablaron de Mateo, de la hija de Carmen que ya estaba casada. Tomaron otra copa, ella dijo que madrugaba, se despidieron en la puerta del restaurante.

Fernando volvió a su piso. El frigorífico estaba vacío, al supermercado casi cerrado; preparó una sopa instantánea y se acostó.

Carmen no volvió a llamar. Ni él a ella.

***

Poco después intentó ver a los amigos. Llamó a Pablo, que accedió solo hasta las ocho, porque luego tenía reunión en el colegio. Llamó a Diego, que dijo: “vale, pero me llevas de vuelta en coche, que no bebo, que voy con mi mujer el sábado a casa de sus padres”.

Se reunieron los tres en una taberna cerca del Metro. Tomaron cervezas, hablaron de fútbol, del curro. Luego Pablo preguntó:

¿Y tú qué tal en la libertad?

Bien contestó Fernando.

¿Blanca no te llama?

No.

Pablo y Diego se miraron.

¿Nada de nada?

Nada.

Otra mirada. Pablo giró la jarra en su mano.

Eso es raro. La mía ya me habría llamado diez veces al día.

Blanca no llama insistió Fernando.

Eso es bueno o muy malo dijo Diego, pensativo.

¿Por?

Por si le va mejor sin ti.

Fernando apuró la cerveza. No le apetecía pensar en ello. Bueno, sí pensaba, pero no quería admitirlo.

A las ocho y poco Pablo se miró el reloj, se levantó. Diego igual. Le dieron la mano, le palmeó el hombro y se marcharon cada uno con su vida. Fernando quedó solo, pidió otra cerveza y se quedó hasta el cierre.

***

Blanca, mientras tanto, en los primeros días sintió algo parecido al desconcierto, aunque distinto al esperado. No era vacío, sino una sensación extraña de espacio libre, como si al mover los muebles no supiera al principio si la habitación ganaba algo o no.

Llamó a su amiga Aurora el segundo día.

Se ha ido dijo Blanca.

¿Cómo que se ha ido? ¿Dónde?

Se ha alquilado un piso. Dice que se ahogaba.

Aurora guardó silencio, luego suspiró.

¿Y tú, Blanca?

Bien, la verdad. Hasta yo me sorprendo.

¿Lloras?

No. ¿Raro, no?

Igual te sale más adelante.

Igual. Veremos.

Luego la llamó otra amiga, Teresa, con la que compartía confidencias de toda la vida. Teresa era menos diplomática.

Menos mal, Blanca. Te lo he dicho mil veces.

¿Qué, Teré?

Que eras como un ama de casa, pero gratis.

No seas así.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por ti?

Blanca pensó. Le costó responder.

El año pasado me corté el pelo.

Justo.

La semana siguiente Teresa le propuso ir a yoga. Blanca primero se negó, luego aceptó. Fueron a un gimnasio cerca del piso; Blanca se puso un chándal que llevaba años en el fondo del armario y descubrió que no se doblaba ya como antes.

No pasa nada le tranquilizó la profesora, una mujer jovencísima con coleta. Todas venís así.

En un par de semanas se movía mejor. Iba tres veces por semana. Después quedaba con Teresa a tomar café, y hablaban tumbadas una hora, sin mirar el reloj, sin pensar en volver corriendo antes de que Fernando llegara y hubiera que hacer la cena.

Por las noches leía. Antes los libros quedaban en la mesilla, se dormía por la página veinte. Ahora leía un rato largo, sin prisas.

Un día la llamó Mateo.

Mamá, papá dice que está viviendo aparte.

Sí, hijo.

¿Y vosotros qué tal?

Pues a ratos. Yo creo que bien.

Mateo no contestó enseguida. Siempre digería lento la información, de pequeño era igual.

¿Os vais a divorciar?

No lo sé. No lo he pensado.

¿Estás triste?

Sorprendida, pero no triste.

Mateo calló otro poco.

Bueno. Llámame si quieres.

Tú también, Mateo. No solo en Navidad.

***

Hubo una noche en que Blanca se quedó quieta en la cocina, cinco minutos largos mirando por la ventana.

Lavaba una taza, la de siempre, la del desayuno. Pensó: veintiséis años. Es mucho. Más de media vida. Hubo de todo, bueno también. El primer piso, pintado por ellos mismos. Mateo pequeño, las rodillas llenas de mercromina. Aquel viaje a la costa hace quince años, los tres riéndose por una tontería que ya no recordaba, pero la risa sí.

Todo eso se acabó. O mejor, todo eso quedó atrás, como fotos en un álbum.

Esperó a que el sentimiento se diluyera. Se diluyó, tardó, pero se fue.

Dejó la taza en el escurreplatos y fue a por el chándal.

***

Eugenio apareció sin plan.

La vecina de abajo, doña Carmen, ochenta años y memoria prodigiosa, le pidió ayuda para cambiar una bombilla. Su hijo tardaría días en venir, el pasillo estaba oscuro. Blanca subió, la cambió, y de paso se sentaron a un té. Entonces apareció el hijo, pero no el esperado sino otro, el que no solía venir.

Él era Eugenio, vivía en otro barrio, pasó de visita. Cuarenta y ocho años, barba cuidada, buen abrigo, mirada agotada de trabajar mucho.

Mamá, ¿otra vez explotando a la vecina?

Blanca se ha ofrecido dijo doña Carmen con dignidad.

Eugenio sonrió.

Gracias, Blanca. Yo habría venido, pero ni me enteré de que mamá estaba a oscuras.

No es nada respondió ella.

Hablaron un rato en el rellano. Trabajaba en construcción, otra empresa. Blanca comentó que trabajaba de contable. Él se despidió.

A los tres días llamó al timbre, traía la compra para su madre y, ya de paso, dijo, “unas pastas de agradecimiento”.

No hacía falta dijo Blanca, pero aceptó la caja.

¿Te importa si entro un minuto? preguntó. Quería preguntarte algo de Fernando, me han dicho que es de compras y tengo una duda con proveedores.

Blanca vaciló.

Fernando vive aparte ahora. Te puedo dar su teléfono.

Ah, no te molesto más.

Se marchó. Una semana después volvió a llamar: había resuelto lo de los proveedores, pero… ¿le apetecía un café, solo por charlar entre vecinos? Blanca pensó un rato. Dijo sí.

Fueron a la cafetería de la esquina. Hablaron de trabajo, de su madre, del barrio, de cómo había cambiado Madrid. Él era educado, escuchaba de verdad, a veces se reía antes de acabar la frase.

¿Muchos años casada? preguntó, sin buscar nada.

Veintiséis. Bueno, ahora mismo no sé decir si sigo o no.

Suele pasar dijo él, sin insistir.

Se lo agradeció.

Quedaron otro día, luego otro. No la presionaba, no pedía nada. Llamaba a veces, preguntaba cómo estaba. Eso, precisamente, le gustaba: la falta de obligación. Después de veintiséis años de deberes, la falta de deber era como abrir una ventana en un cuarto sin aire.

***

Mientras tanto Fernando fue aprendiendo cosas de sí mismo. Como que no sabía esperar, nada en absoluto. Antes todo estaba hecho: la comida, la ropa, las cosas arregladas. Ahora esperar a que se secara la ropa, a que hirviese el agua, a que viniese el fontanero, a curarse solo un resfriado a mitad de la segunda semana, solo en una cama sudada, tragando paracetamol con agua del grifo.

Y no sabía comer en silencio. En veintiséis años alguien se sentaba a la mesa. Al principio Mateo. Luego solo Blanca. Con ella el silencio era un silencio vivo, de presencia. Ahora la ausencia era otra cosa: vacío, no silencio.

Empezó a poner la tele para comer. Aliviaba un poco.

Casi al final de la tercera semana llamó a Mateo.

Hola, hijo.

Hola, papá. ¿Qué tal?

Bien. Sigo en Chamberí.

Lo sé, mamá me lo ha contado.

¿Y ella cómo está?

Mateo tardó más de la cuenta en contestar.

Bien. Dice que genial.

¿Genial cómo?

Tal cual. Hace yoga, queda con amigas.

Fernando digirió aquello.

¿No me echa de menos?

Papá dijo Mateo, amable, prudente. ¿Me llamas para saber si mamá te echa de menos?

No, preguntaba, sin más.

Está bien, papá. Está bien.

Fernando colgó y se quedó en el sofá, con una sensación extraña, sin nombre. No era enfado. Algo más parecido a cuando uno entra en una habitación y olvida para qué iba.

***

Un día, al salir del ascensor, se topó con una vecina que ya había visto antes, una mujer joven, acaso treinta y cinco, que se presentó como Lucía.

¿Eres el nuevo? sonrió.

Temporal, sí.

¿Te has separado?

La franqueza le sorprendió.

Eh… sí.

Suele pasar dijo ella, ligera. ¿Del tercero? Allí vivía Manolo, el que cantaba de madrugada.

No, del cuarto. Donde las cortinas mostaza.

Ese es el piso de Don Julián, siempre lo alquila a tipos solos. Dice que las familias le traen jaleo.

Salieron juntos. Lucía vivía en el primero, trabajaba en una clínica veterinaria, tenía un gato y plantas en la ventana.

Una vez él la ayudó con unas bolsas de la compra, ella le invitó a té. Su piso olía a canela, todo estaba impecable. Hablaron un poco, era lista, miraba de verdad. Fernando solo pudo pensar en la pila de platos que le esperaba en su propio piso, dos días sin fregar.

Coincidieron varias veces, charlaron junto a los buzones. No iba a pasar nada. Ni podía; Fernando se sentía como un libro a medias, algo interrumpido.

Un día ella preguntó:

¿Vas para largo?

No lo sé respondió sinceramente.

Tienes cara de quien aún no sabe dónde va.

Se ve que sí.

Eso está bien; pero no te quedes demasiado tiempo atascado. Yo me quedé dos años después de mi divorcio. Luego pensé: ¿para qué?

Se le quedó esa frase grabada.

***

Al trigésimo primer día fue al mercado y compró flores. No porque nadie se lo pidiera, simplemente se quedó mirando crisantemos enormes, blancos, y pensó que Blanca siempre prefería esos a las rosas: “las rosas son exigentes”, decía.

Compró el ramo, pagó veintidós euros y fue a la calle Mayor.

Todo el trayecto en Metro llevaba las flores. Miradas en el vagón: unas amables, otras mudas. Pensaba qué deciría, cómo abriría ella la puerta, si se sorprendería, si sonreiría. Después de todo, veintiséis años.

Llamó al timbre. Era otra, más moderna. Detrás sonaron pasos: voz de mujer, otra de hombre.

Se quedó helado.

La puerta se abrió solo un resquicio, la nueva cadena puesta. Blanca apareció en la rendija. Miró el ramo. Su cara seguía inexpresiva.

Fernando.

Blanca, he venido.

Lo veo.

Te traigo… levantó el ramo.

Ella le miró sin enfado, sin lágrimas, sin aquella mezcla de emociones que él esperaba.

Fernando, no te voy a abrir.

¿Por qué?

He cambiado la cerradura.

Ya lo veo. Pero… ¿por qué?

Se intuyó la silueta de un hombre detrás.

¿Quién es? preguntó Fernando.

No es asunto tuyo contestó, sin acritud, solo como dato.

Blanca, espera. He entendido cosas.

¿Qué cosas?

Abrió la boca, la cerró. Volvió a intentarlo.

Que estaba bien contigo. Que no lo valoré. Que fue un error irme.

Ella dudó. Le miró a través de la cadena.

Fernando dijo por fin, suave, te das cuenta solo de que estabas bien. Pero no entiendes por qué estabas bien. Crees que era a mí a quien necesitabas. Pero lo que te faltaba era que alguien planchase tus camisas.

Eso es injusto.

Puede. Pero es verdad.

Blanca, veintiséis años.

Ya lo sé. Hemos tenido años buenos también. Pero no quiero otros veintiséis así.

¿No me das una oportunidad?

Le miró largo rato. Al final dijo:

¿Sabes lo más curioso? Que yo también he empezado a respirar. Yo también me ahogaba. Solo que nunca lo había dicho.

Siguió allí, ramo en mano.

Blanca…

Vete, Fernando. Llama a Mateo, háblale. No de mí. Háblale, sin más.

La puerta cerró. Silenciosa, sin portazo. Sonó el cerrojo.

Se quedó plantado. El ramo bajó, casi rozando el suelo. Los crisantemos estaban frescos, firmes, ajenos a todo.

El rellano era mudo. Del piso vecino llegaba el sonido de un telediario.

Fernando giró y fue hacia el ascensor.

***

Pulsó el botón. Vino enseguida. Se miró en los espejos: un hombre con flores, buena chaqueta, alicaído, cara de quien acaba de terminar algo. ¿O empezar? ¿O las dos cosas?

Salió a la calle. Ya era de noche, farolas encendidas, peatones dispersos con prisas. Siguió hasta el Metro, las flores colgando de su mano.

De pronto se paró.

Cerca, un banco y una anciana alimentando palomas de una bolsa. Las aves se agolpaban a sus pies.

Fernando se acercó, dejó el ramo junto al banco.

Tome, si los quiere.

La anciana le miró, luego a las flores.

Son bonitas. ¿No las quisieron?

No.

Suele pasar dijo la mujer, siguió con las palomas.

Fernando siguió andando. La calle era la de siempre, los edificios iguales, la vida igual de corriente. En algún sitio de Madrid, Blanca cerraba la puerta a su nueva noche, su nueva vida. Y por ahí andaría Mateo, a quien habría que llamar sin excusa.

En algún rincón, le esperaban platos sin fregar y cortinas mostaza.

Sacó el móvil.

***

Ya en el Metro, Fernando se quedó mirando el negro del cristal, solo su reflejo brumoso.

Qué cosa más extraña, pensó. Nada en concreto, solo eso: extraña.

El vagón avanzaba. Las estaciones desfilaban. Compartía espacio con jóvenes, mayores, cansados, alegres, con bolsas, con libros, buceando en sus móviles. A nadie le importaba su ramo abandonado, sus veintiséis años, la puerta cerrada.

Bajó en su parada. Subió a la calle.

El aire estaba frío, olía a la primera nieve, esa que aún no ha caído, pero ya se adivina.

Fernando se quedó mirando al cielo.

Era un cielo común, oscuro.

Luego volvió a casa.

***

Esa noche, cerca de las dos, seguía desvelado mirando el techo. El estudio, como siempre: cortinas mostaza, frigorífico zumbando, lo de siempre desde hacía treinta y un días.

Entonces recordó algo.

Ocho o diez años atrás, él y Blanca pasaron un finde en la casa de campo de los padres de ella. Tarde, en la galería, tomaban té en silencio, el campo ya oscuro tras la huerta. Blanca callaba, él también. Era buen silencio, cálido, un silencio vivo.

Pensó entonces: esto es bienestar.

No lo dijo.

Solo lo pensó. Y lo olvidó.

Ahora, acostado en el sofá del estudio, trató de recordar cuándo lo había vuelto a pensar. No supo.

Fuera empezó a caer algo parecido a la nieve, torpe, indecisa. La primera del año.

Y dentro, igual silencio.

***

Por la mañana puso el hervidor, pensó que necesitaba buenas tazas: las del piso tenían un borde astillado, era incómodo. Luego pensó en llamar a Mateo. Luego, que tenía que poner el trabajo al día, el cierre del trimestre acechaba.

Se acordó de lo que dijo Blanca: yo también empiezo a respirar. Resulta que también me ahogaba.

Él no lo sabía. O lo sabía, pero no lo consideró importante. Ella siempre estuvo allí, haciendo lo que había que hacer, sin que él preguntase si le apetecía o no. Era parte de una vida doméstica que él consideraba jaula, pero que para ella quizá lo era también: solo que ella seguía planchando camisas.

El hervidor silbó.

Vertió agua en la taza con el filo roto, hizo té y se sentó.

Ya caían copos de verdad, blancos, posándose en el alféizar.

Fernando cogió el móvil, buscó: Mateo.

Dudó, lo guardó.

Lo sacó otra vez.

Mateo, soy papá. Solo te llamaba, sin motivo. ¿Estás ocupado?

No, papá dijo Mateo sorprendido, dime.

¿Qué tal?

Bien, trabajando. ¿Nieva por ahí?

Acaba de empezar.

Aquí también.

Guardaron un buen silencio, de los vivos.

Papá, ¿tú qué tal?

Fernando miró la nieve tras el cristal, blanca, densa, sin prometedoras respuestas.

Lo voy averiguando dijo.

Vale contestó Mateo. Llámame cuando quieras.

Tú también, no solo en Navidad.

Hecho.

Colgó. Se terminó el té. Estaba bien.

Fuera, la nieve.

***

Por esos días, en el otro lado de Madrid, Blanca también miraba la calle desde la ventana. Tenía el café entre los dedos, calor y silencio en el salón. Eugenio se había marchado, nunca se quedaba a dormir; era un pacto tácito: aún era pronto, nada de prisas.

Pensaba en Fernando, ni con dolor ni con alegría; solo como quien repasa muchas páginas leídas. Le recordaba frente a la puerta, flores en mano, hombros encogidos, cara de hombre al que la vida algo ha enseñado, pero igual no lo suficiente.

Ya no se enfadaba. Se le acabó esa rabia silenciosa e invisible que sentía los primeros días, mientras todos la creían tranquila. Echarle en cara que él se cansara de una rutina armada por sus propias manos, que le faltara aire pero quien barría el aire era ella. Que se aburriera y a ella ni tiempo le daba para preguntarse si también.

Después de la rabia vino la calma, la certeza.

Escribió a Aurora: ¿mañana yoga? Aurora respondió enseguida: estaba esperando, sí.

Blanca sonrió y dejó la taza en la mesa.

Del otro lado de la ventana, caía nieve.

***

Aquella tarde Fernando llamó al casero y preguntó si podía prorrogar el alquiler dos meses más.

Sin problema, si pagas adelantado.

Luego fue a una ferretería y compró tazas, decentes, sin astillar. Dos. Dudó y cogió una tercera.

En el supermercado, libro de recetas en el móvil, compró zanahoria, patatas, pollo, cebolla. Receta de sopa facilísima. En el paso cuatro, añadir sal al gusto.

Se quedó pensando qué era al gusto. Echó un poco, probó, echó más. Quedó salada, pero aceptable.

Se sirvió no en una taza, sino un plato hondo, y comió.

El silencio, ahí, tenía menos filo.

***

La vida seguía como siempre: sin preguntarte, sin explicar nada. Blanca hacía yoga, veía a Eugenio, que era paciente y tranquilo. Fernando en Chamberí, entre sopas y llamadas a Mateo, de vez en cuando tomaba algo con Pablo y Diego, que ahora venían sin mujeres y se quedaban más tiempo.

El divorcio no llegó, ni sí ni no, simplemente no hubo energía para más trámites.

Un día en el súper, el de la calle Mayor, se cruzaron. Fernando estaba frente al frigorífico, examinando el yogur como si leyera un tratado.

Llegó Blanca por detrás.

Fernando.

Se giró. Se miraron. Él parecía bien, algo más delgado, mirada diferente, como más atenta.

Hola, Blanca.

Hola. Buena pinta.

Igual tú.

Permanecieron en pausa.

¿Yogur? preguntó ella.

Sí, no me decido.

Ese está bien señaló uno.

Gracias.

Él lo cogió. Ella acabó su compra y se fue por otro pasillo. Él tomó su ruta.

Coincidieron en la cola de la caja, en líneas paralelas. Pidieron la bolsa casi a la vez. Salieron casi juntos.

Bueno dijo él. Hasta luego.

Hasta luego.

Ella torció a la derecha. Él, a la izquierda.

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Elena Gante
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Yo también sentí que me faltaba el aire
The House That Remembered Her Name