Y fue a Anabel a quien le dio por ponerse de parto en plena nevada. Si aún le quedaban tres semanas según las cuentas, y para entonces quizá la ventisca habría amainado, llegarían las heladas y podríamos ir al hospital tranquilos. ¡Pero no, le ha tenido que dar justo ahora!

Y quién le manda a Lucía ponerse de parto en mitad de una ventisca. Según el médico aún le quedaban tres semanas para que llegase el momento, y para entonces quizás el temporal se hubiera calmado y podría ir al hospital tranquila, con el frío cristalino de enero y la carretera despejada. Pero no el pequeño que llevas dentro siempre decide cuándo y cómo. Se ve que el niño tenía prisa, ya no cabía en el vientre, y le daba igual que la nieve llevara cayendo seis días sin parar, como si en el cielo se hubiera roto un saco de azúcar.

Por esas carreteras del norte de Castilla, ningún coche podría llegar al pueblo; los caminos están sepultados de blanco, alguno se hundía hasta la cintura si intentaba pasar. Y no cesaba ni por un instante: por la ventana solo se veía un mundo de algodones, y el cielo descargando remolinos de nieve. Salir al patio era un castigo: el aire te cortaba la cara y los ojos se llenaban de escarcha.

Pues fue en medio de esa nevada cuando el pequeño decidió nacer.

Desde por la mañana, Lucía no se sentía ella misma; a ratos la espalda le dolía, y otras veces, solo quería tumbarse pero no encontraba postura, así que se levantaba y daba vueltas por la casa. Carmen, su suegra, ya se dio cuenta de ese ir y venir:

Lucía, ¿será que ya viene el niño? ¿Por qué andas así tan inquieta?

No sé, mamá, siento algo raro, no estoy tranquila.

Ven, déjame ver la tripa.

Carmen no tenía mucha idea de esas cosas, que hoy en día es todo de médicos y hospitales; el oficio de comadrona se va perdiendo, nadie enseña ya. En el pueblo solo quedaba una, la vieja Soraya, y en su juventud había hasta tres abuelas que asistían los partos.

Parece que ya bajó la tripa, Lucía. El niño quiere nacer.

¡¿Pero cómo va a nacer?! ¡Si es pronto todavía!

Eso no lo decidimos nosotras, hija, lo que Dios quiera será.

A Lucía le asomaban lágrimas: era su primer parto y no entendía, no sabía qué esperar, nadie podía explicarle. Carmen solo tuvo un hijo, y de eso hacía ya más de veinte años; tampoco recordaba mucho.

Lucía, iré a buscar a Soraya. Voy a dejar el puchero en el fogón; cuando hierva el agua, apágalo. Si puedes, saca algunas toallas limpias y sábanas, sabes dónde están guardadas. Prepáralo todo, pero no te agobies; si te encuentras floja, déjalo estar. Cuando yo tuve a Javier, Soraya me mandaba andar, andar y respirar hondo. Así se abre antes el camino, decía se echó el mantón al cuello y añadió De paso paso a ver a tu madre, Candelaria, a avisarla. Aguanta, hija, que Soraya es sabia. A ella venían incluso de otros pueblos, toda la vida ha traído niños al mundo. Buena mujer.

Con esas palabras, Carmen se arropó bien, cogió el palo de la escoba para ayudarse a caminar y salió a la tormenta de nieve.

Lucía se quedó sola. El miedo crecía ¿y si empezaba justo ya el parto y allí no había nadie? ¿Y si Carmen no lograba llegar? ¿Y si su madre, por lo que fuese, no pudiera acudir tampoco? Y ella, qué hacer, no sabía. Solo le quedó claro que tenía que andar y respirar. Pero cómo respirar si a veces, al doler, el aire se le quedaba atascado…

Ay, si Javier estuviera en casa, le abrazaría, le diría que todo iba a ir bien, y si hiciera falta estaría allí, a su lado. Pero la maldita cencellada le tenía atrapado en la ciudad, carreteras y líneas de autobús cortadas. Ni siquiera sabía que su hijo, o hija, estaba ya a punto de nacer. ¡Cómo dolía la cintura!

De repente, la puerta crujió, y entró Candelaria, la madre, envuelta en nubes de nieve:

¡Lucía! ¡Ay, hija mía! Carmen me dijo que te pones de parto.

Sí, mamá.

Ahora mismo te preparo algo. Traje unas moras secas, haré infusión, así bebes un poco de compota y puso agua a hervir.

Al cabo de una hora volvieron Carmen y la comadrona, Soraya: una abuela menuda, con más arrugas que ramas en una encina y manos listísimas. Miró a Lucía, la exploró y sentenció:

Para la mañana, nacerá.

¿¡Cómo que para la mañana?! se asustó Lucía Pero si ni han dado las doce y llevo desde ayer así.

Lo de antes era aviso, cariño. A veces empiezan varios días antes. Ahora ya la puerta empieza a abrirse, pero solo cabe media mano. Sin prisa, hija, mañana nacerá. Me voy a casa.

¡Quédese, Soraya! rogó Solo usted sabe qué hacer, me da tranquilidad.

La comadrona, que había asistido a cientos de partos, se compadeció:

Está bien, me quedo. Cuando la madre está tranquila, el niño nace mejor.

Lucía no sabía que esos avisos eran apenas el preludio, como los almendros que florecen en enero: bellos pero engañosos, tras ellos viene el dolor verdadero, para el que no estaba preparada.

La sensación era un desgarrón, como si la partieran en dos; ni respirar, ni moverse, ni tumbarse le ayudaba solo quedaba el dolor, inmenso. Carmen y Candelaria iban de un lado a otro, sin saber cómo ayudar. La comadrona las echó a planchar la ropa, que dejaran de estorbar.

Por la noche, la casa se quedó en silencio. Soraya revisó: cuatro dedos, dijo. Iba despacio, que era el primero y el camino no estaba abierto. También para el bebé era difícil, y para Lucía más, tan agotada que apenas si podía hablar. Por suerte, una pausa en las contracciones le permitió comer algo. Soraya la arropó bien y la obligó a dormir para recobrar fuerzas.

Fuera, la ventisca seguía, tal vez más furiosa todavía.

A las cuatro, Lucía se levantó de un salto; todo estaba a oscuras y Soraya roncaba en una silla.

Señor, ayúdame susurró Lucía, volviéndose hacia el tapiz de la Virgen en la pared Que nazca pronto el niño.

Y empezó otra vez la oleada, el dolor, la niebla. Soraya se despertó, revisó: ya cinco dedos. Viento lento, pero normal para el primero. Nada, lo resistiría.

Al clarear el día, Lucía estaba exhausta, la camisa pegada al cuerpo, el pelo enmarañado, los ojos opacos.

Ya casi, cariño. El niño está muy cerca.

Abuela, ayúdame… suspiró Lucía Abuela, abuela…

¿Abuela? preguntó sorprendida Candelaria Aquí no hay abuela, igual lo sueñas… Así llamaba de pequeña a la bisabuela. Abuela le quedó, porque no podía pronunciar su nombre, y aún hoy la llama así. La bisabuela Zoa adoraba a Lucía; era su primer bisnieta, y solo había tenido hijos.

Lucía, asoma la cabeza ya, mi niña. Haz fuerza, chiquilla, una más. Así, así… puf, puf, puf respiraba la comadrona con ella.

Lucía gritó, empujó, respiró, y gritó otra vez.

¡Abuela, ayúdame, no puedo más…! y con ese último suspiro, el niño nació, en las manos fuertes pero temblorosas de Soraya.

Quizá este sea el último que recibo, pensó la comadrona, mientras sonreía a la vida nueva. Depositó al pequeño sobre el vientre de Lucía:

Es un niño, Lucía, un niño precioso. Míralo, qué bonito y qué pulmones tiene, seguro que acaba de alcalde, todos bailarán a su alrededor.

Lucía lloraba de felicidad, besando esas manos diminutas. ¿Cómo podía caber tanto milagro en su interior? Lástima que Javier no estuviera para ver lo bonito que era su hijo, el mejor del mundo.

Diego, mi Diego susurró ella.

¿Diego? se sorprendió Carmen Pero si dijiste que le pondrías Pablo, si era niño…

¿Cómo va a ser Pablo, si es Diego? sonrió Lucía Diego Javier.

Soraya terminó su tarea y recogió para irse a casa. Aunque traer al mundo vida nueva es alegría, también cansa el doble. Ahora necesitaba ella dormir, solo quedaba cruzar la ventisca hasta su puerta.

Lucía y su hijo quedaron dormidos; Candelaria también se fue a casa, que llevaba un día entero fuera. Se envolvió en el mantón hasta los ojos, se despidió en voz baja y salió al amanecer.

Mira tú la ventisca empezaba a amainar; la nieve caía ya menuda, casi polvo, puede que pronto parara. Así Javier podría regresar de la ciudad al día siguiente. Casi al llegar a casa, pensó: Pasaré a ver a la Abuela, darle la buena noticia. Igual necesita algo, pan tal vez, aunque hace dos días le llevé uno y apenas come.

La bisabuela de Lucía vivía dos casas más allá. Tenía ya noventa y tres años y seguía sola, no quería trasladarse, se apañaba como podía y la familia la cuidaba cerca.

A duras penas abrió la cancela, quizás Javier la visitó ayer, ahí estaba la pala apoyada en la valla. Despejó el camino y la entrada, y entró gritando:

¡Abuela Zoa! ¡Abuela Zoa! sacudiendo la nieve. Había que gritar mucho porque la oía mal ¡Abuela Zoa, soy Candelaria, he venido a verte!

Nadie respondió. Dormía, seguro. Dejó el abrigo, los zuecos, entró y…

La Abuela yacía en la cama, las manos cruzadas sobre el pecho, vestida de limpio. Eso lo notó enseguida, nunca la había visto con aquel vestido ni ese pañuelo reluciente. Se acercó y, entre lágrimas, le cerró los ojos. En la mesilla una foto de Lucía, una estampa de San Nicolás y el cabo de una vela.

Gracias, Abuela, ayudaste a Lucía. Ya ha nacido su hijo. Le llamó Diego. Pero tú ya lo sabes, abuela… la besó en la mejilla arrugada gracias…

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Elena Gante
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Y fue a Anabel a quien le dio por ponerse de parto en plena nevada. Si aún le quedaban tres semanas según las cuentas, y para entonces quizá la ventisca habría amainado, llegarían las heladas y podríamos ir al hospital tranquilos. ¡Pero no, le ha tenido que dar justo ahora!
La aparición de la tía