El timbre del teléfono arrancó a Lucía de un sueño pesado. Tardó unos segundos en entender que no era el despertador, sino el móvil que vibraba sobre la mesita del salón. Abrió los ojos de golpe y se incorporó en el sofá. Fuera ya había anochecido: no era la mañana, sino el final de la tarde.
Alargó la mano para coger el teléfono, pero la pantalla se apagó antes de que llegara a tocarla. Encendió la lámpara de pie que tenía al lado, se frotó los ojos y, en ese momento, el móvil volvió a sonar. Lucía deslizó el dedo por la pantalla y se lo llevó al oído.
—¿Sí?
—¿Lucía? —preguntó una voz de hombre, y luego guardó silencio.
—Sí, diga de una vez —respondió ella, irritada.
—Lucía, soy Álvaro. Álvaro Navarro. Irene ha muerto…
—¿Qué Álvaro? ¿Qué Ir…? —Lucía se quedó sin aliento. Los recuerdos le cayeron encima como una ola furiosa sobre una barca diminuta—. ¿Cómo que ha muerto? —El cuello se le cerró en un espasmo.
—Esta madrugada. El entierro es el jueves. Si puedes, ven. A Irene le habría gustado. El velatorio será en el tanatorio del Hospital Provincial a las diez de la mañana. ¿Oyes? Lucía, ¿me escuchas?
—Sí… —consiguió decir.
Después llamó su madre para contarle que Álvaro había pasado por su casa a preguntar por su número y le había dado la noticia.
Irene, su amiga del instituto, había muerto. Hacía muchos años que no se hablaban como antes. Se habían distanciado tras una pelea y jamás hicieron las paces. A veces Lucía se acordaba de ella, pensaba en llamarla, en escribirle, pero siempre lo dejaba para más adelante. Ahora ya no habría más adelante. Ya no habría forma de reconciliarse.
En el instituto, a Lucía le gustaba Álvaro Navarro. Guardó aquel secreto durante meses, incluso a su mejor amiga. Pero al final resultó imposible ocultarlo. Los dos enamorados pasaban juntos todo el tiempo libre que tenían. Su madre la reñía: era el último curso, estaban a punto de llegar las pruebas de acceso a la universidad, y ella solo pensaba en el amor; a ver si por culpa de aquello acababa echando a perder su futuro. Irene, su amiga, se mostraba celosa y cada vez más irritable.
Hubo varias ocasiones en que Lucía y Álvaro se quedaron solos, y él se volvió insistente en sus caricias. A Lucía aquello la asustaba. Le gustaba muchísimo, sí, pero no quería dar ese paso. Primero quería entrar en la universidad, estudiar, hacerse un camino.
—¿Qué te da tanto miedo? Si todo el mundo lo hace —se quejaba Álvaro, molesto.
—¿Todo el mundo? ¿Y tú qué sabes? ¿O es que ya has estado con alguien? —saltó Lucía, sonrojada, apartándolo de un empujón.
A partir de entonces evitó quedarse a solas con él. Cuando iban al cine o salían por ahí, muchas veces se llevaba también a Irene, cosa que a Álvaro le sentaba fatal.
Después de graduarse, Lucía viajó con su padre a Madrid para presentar los papeles en la universidad. Álvaro empezó a trabajar en una serrería del polígono industrial. Lo había criado su madre sola, y él tenía claro desde hacía tiempo que no iba a seguir estudiando: quería ponerse a trabajar cuanto antes. Antes de que Lucía se marchara a la capital para empezar la carrera, ya se veían mucho menos que durante el instituto. Irene, por su parte, se apuntó a un ciclo de administración y contabilidad en el centro del pueblo.
Álvaro llamó un par de veces a Lucía, pero ya casi no tenían nada de qué hablar. Se conformaban con mensajes cortos, cada vez más espaciados. A finales de octubre él le escribió para decirle que le había llegado la carta para incorporarse al servicio militar.
“¿Vendrás a despedirme?”
Lucía, por supuesto, fue. Pero cuando llegó a la calle de Álvaro, lo vio fumando con varios amigos junto al portal. Él todavía no la había visto. Entonces se abrió la puerta del edificio y salió Irene. Caminó hasta Álvaro, se apretó contra él y lo rodeó por la cintura. Él le pasó el brazo por los hombros. Lucía se dio media vuelta y echó a correr.
Al día siguiente llamó a Irene.
—¿Qué tal? —preguntó Lucía.
—¿No te has enterado de lo de Álvaro? ¿No te llamó? Ayer lo despedimos antes de que se fuera a hacer la mili, y acabamos todos tan borrachos que hoy me estalla la cabeza. Estuvo medio instituto…
Irene seguía hablando, pero Lucía ya no quiso oír más. Colgó.
Álvaro no volvió a escribirle ni una sola vez. Lucía regresaba al pueblo en vacaciones, pero la relación con Irene se había vuelto fría, forzada, casi incómoda. En otoño, durante el segundo curso de carrera, volvió a casa aprovechando un puente largo. Hacía frío y del cielo caía una nieve menuda, casi polvo helado.
—No te esperaba tan pronto. Voy a ponerme con la masa para hacer empanada —dijo su madre, apresurándose hacia la cocina.
—Mejor haz crepes, finitos, como los de antes —pidió Lucía.
—Eso en un momento. Ah, por cierto, he visto a un antiguo compañero tuyo, Álvaro. Volvió de la mili hace dos semanas. Está distinto, más hecho, más hombre. Ya ha vuelto también a la serrería…
—¿Y a Irene la has visto? —preguntó Lucía.
—Claro, casi todos los días. Si vivimos al lado. ¿Pero vosotras no os habláis ya? Pues me parece que se va a casar. Mira que darse tanta prisa…
—Mamá, voy un momento a ver a Irene —dijo Lucía, levantándose de golpe.
—Ve. Y os venís luego a comer, ¿eh? —le gritó su madre cuando ya salía por la puerta.
Lucía se abrigó deprisa y cruzó al patio del edificio de la amiga. Irene tardó en abrir. Tenía mala cara y sujetaba con una mano la bata corta que llevaba puesta.
—Hola. No te esperaba.
Irene echó un vistazo atrás y entornó la puerta de la habitación, pero Lucía alcanzó a ver a un chico de espaldas poniéndose la camiseta.
—Perdona, no te invito a pasar. No estoy sola —dijo Irene, cerrándose mejor la bata y anudándose el cinturón a la cintura.
—¿Por qué no me dijiste que Álvaro había vuelto? —Lucía se mordió la parte interna de la mejilla hasta sentir el sabor de la sangre.
—¿Y tenía que decírtelo?
La puerta se abrió a la espalda de Irene y apareció Álvaro en el pasillo.
—Hola —saludó, incómodo. Se acercó a Irene y le apoyó la mano en el hombro, igual que aquel día, delante del portal.
—Nos casamos dentro de mes y medio. Estás invitada —anunció Irene, arrimándose a él.
—Felicidades —murmuró Lucía—. Tengo que irme…
Salió disparada, como si la persiguieran. Durante todo el camino de vuelta a casa tuvo que tragarse las lágrimas para no echarse a llorar en mitad de la calle.
Por supuesto, no fue a la boda.
Una vez, durante unas vacaciones de verano, se cruzó con Álvaro por casualidad en el barrio. Él se alegró mucho al verla y fue directo a abrazarla. Olía a alcohol, y Lucía se apartó.
—Anda ya, no pongas esa cara, como si fueras una desconocida. ¿Ya casi has terminado la carrera? ¿Dentro de nada nos vas a curar a todos? —se rió, sin venir a cuento.
—Todavía me queda un año —respondió Lucía—. ¿Y tú qué tal?
—Bah… —Álvaro hizo un gesto seco con la mano—. Tirando. Oye, tú sí que has cambiado. Pareces toda una madrileña. ¿Sigues enfadada conmigo? —preguntó de repente, poniéndose serio—. Te fuiste a Madrid, vas a ser médica, y yo no paso de ser un currante. Por eso dejé de escribirte. Lo nuestro no habría funcionado nunca.
—¿Y con Irene sí? —replicó Lucía, desafiante.
—Ella es como yo. Es de aquí, de los míos, ¿entiendes?
—Perdona, Álvaro —dijo Lucía cuando llegaron a la puerta de su edificio.
—Yo… —empezó él, queriendo añadir algo más.
Pero Lucía ya se había metido en el portal. No había imaginado así aquel reencuentro.
Su madre le contó después que las cosas no iban bien entre los recién casados. No podían tener hijos, Irene estaba amargada por eso, y Álvaro había empezado a beber más de la cuenta.
Lucía ya trabajaba en Madrid cuando en su hospital instalaron un equipo nuevo. Un ingeniero joven que participaba en el proyecto empezó a cortejarla desde el primer día. Se casó con él medio año después, y al cabo de otro año y medio nació su hija, Paula.
Ahora Lucía iba mucho menos al pueblo. Era su madre quien de vez en cuando cogía el autobús para llevarles regalos y traer noticias frescas de allí.
Cuando Paula empezó el instituto, el marido de Lucía le dijo que le había llegado una oferta de trabajo en Estados Unidos.
—¿Así, de repente? —preguntó ella, sorprendida.
—No tan de repente. Presenté un proyecto a un concurso, salió bien…
—¿Y por qué no me habías dicho nada?
—Porque no sabía si iba a salir. ¿Para qué hablar antes de tiempo? —se encogió de hombros.
—¿Entonces te vas a ir? —preguntó Lucía, con la respiración entrecortada por la rabia y la herida.
—Claro. Una oportunidad así no se presenta dos veces. Y nos iremos los tres.
—¿Lo has decidido tú solo? ¿Y yo qué voy a hacer allí? Tendría que convalidar el título. ¿Y Paula? ¿Y el colegio? ¿Y mi madre?
Discutieron de forma terrible. Al final acordaron que él se marcharía primero y que, más adelante, ya verían. Pero al cabo de un año mandó los papeles del divorcio.
Cuando Paula estaba terminando el bachillerato, Lucía le preguntó qué carrera pensaba elegir. La chica le respondió que no tenía intención de matricularse en ninguna universidad de España, que se iría con su padre. Resultó que durante todo aquel tiempo había estado hablando con él a escondidas. Javier la animaba a irse, le pintaba un futuro deslumbrante, lleno de oportunidades. Lucía se sintió sobrante, traicionada. No quería dejar marchar a su hija, pero Paula se encerró en una obstinación feroz: lloró, gritó, juró que, en cuanto cumpliera dieciocho, se iría igualmente. Su madre no vivía y tampoco dejaba vivir a los demás…
Lucía llamó a Javier y se peleó con él a distancia, acusándolo de haberle llenado la cabeza a la niña de pájaros.
—Lucía, escúchame —dijo él—. Deja que lo intente. Aquí va a tener más salidas. Estudiará, te lo prometo. Y si no le gusta, podrá volver.
Y Lucía acabó cediendo. La soledad se le hizo cuesta arriba. Vivía pendiente de una llamada, de una videollamada, de cualquier señal de Paula. A su madre, en cambio, le propuso una y otra vez que se mudara a Madrid con ella, pero la mujer se negó siempre en redondo. Allí estaban sus costumbres, su gente, las tumbas de sus padres y de su marido. En Madrid, decía, se moriría de tristeza y de ruido. De hecho, fue ella quien convenció a Lucía de dejar marchar a Paula con su padre.
Paula le contaba por videollamada cómo le iba, le enseñaba los trabajos de clase, le hablaba de sus avances y de sus amigos, e insistía en que fuera a visitarla. Una vez, delante de la cámara, apareció una mujer sonriente.
—Soy Amanda. Ven a vernos, Lucía —le dijo en un español impecable.
Lucía elogió lo bien que hablaba el idioma.
—Es que soy hija de españoles. Nací aquí, pero en casa siempre se habló en español.
Lucía prometió que iría. Algún día.
Al final fue al entierro. También le apetecía aprovechar para ver a su madre. De camino al tanatorio compró cuatro rosas. Detrás del edificio del hospital se había reunido un grupo pequeño. Lucía reconoció a la madre de Irene.
Álvaro se acercó, le dio las gracias por haber venido. Estaba muy cambiado: más corpulento, más cansado, bastante más viejo. Apenas tuvieron tiempo de hablar, porque enseguida los hicieron pasar a la sala de despedida. Lucía dejó las rosas junto a las demás flores. Irene yacía en el féretro con un rostro ajeno, inmóvil, endurecido, irreconocible. Lucía ni siquiera sabía que fuese creyente; sobre la frente le habían colocado una pequeña cinta con una estampa religiosa.
—Por lo menos dejó de sufrir. En seis meses se la llevó por delante —suspiró alguien detrás de Lucía.
Ella no fue al cementerio. Volvió a casa con su madre, y allí sacaron viejos álbumes y cajas de fotos. Las dos se sentaron juntas a mirarlas y a recordar a Irene.
—Era tan joven todavía… Tenía toda la vida por delante. Un día estás, y al siguiente ya no queda nada de ti. Ni siquiera hijos dejó —murmuró su madre con tristeza.
Al día siguiente apareció Álvaro. La madre de Lucía, con delicadeza, dijo que tenía que salir a comprar unas cosas y los dejó solos. Él parecía agotado, desorientado, completamente vacío. Tomaron té en silencio durante un rato. Luego Álvaro empezó a hablar de lo difícil que se le hacía todo, de que no sabía qué hacer con su vida a partir de ahora. Si al menos hubieran tenido hijos, decía, quizás sería más fácil soportarlo.
—Todavía eres joven. Quizá aún los tengas —dijo Lucía, tratando de animarlo.
—¿Y tú? —preguntó él.
—¿Yo qué?
—¿Te casarías conmigo? Siempre me gustaste. Tú también estás sola.
Lucía lo miró sin dar crédito.
—No puede ser. Acabas de enterrar a Irene y ya me estás proponiendo matrimonio, ¿en serio? —exclamó, indignada.
—En los últimos días Irene sentía que se iba a morir. Hablamos de muchas cosas. Se sentía culpable…
—No tenía nada que sentirse culpable. Tú la querías, ¿no?
—Sí —respondió Álvaro, bajando la vista.
—Yo me voy —dijo Lucía de pronto, casi sin pensarlo—. Voy a ver a mi hija. Lleva tiempo insistiendo.
—¿Para quedarte? —preguntó Álvaro, con una tristeza apagada.
—Ya veremos —contestó ella, esquivando la respuesta.
Álvaro se marchó. Lucía se quedó pensando. ¿Y si de verdad iba? Desde luego regresaría, no pensaba dejar sola a su madre. Pero echaba muchísimo de menos a Paula. Tal vez, además, pudiera convencerla de volver. Aunque probablemente no lo lograría. La vida pasa tan deprisa que, cuando quieres darte cuenta, ya solo quedan un montículo de tierra y unas flores marchitas sobre él. ¿Y qué había visto Lucía del mundo? Casi nada. Quizá debía ir y comprobar por sí misma si aquel país era realmente tan maravilloso como todos decían.
Tres meses después estaba ya sentada en un avión, muerta de miedo ante la idea de un vuelo tan largo sobre el Atlántico. A su lado se sentó un hombre.
—Es la primera vez que vuelo y estoy nervioso —le confesó con sencillez.
—Yo también —respondió Lucía, agradecida de no ser la única.
—¿De verdad? Entonces ya somos dos. Así da menos miedo. —Sacó una petaca pequeña, dio un trago y se la tendió—. Coñac. ¿Quiere un poco? Dicen que ayuda.
Lucía dudó unos segundos, pero al final cogió la petaca y bebió dos sorbos. El alcohol le quemó la garganta y la hizo toser.
El hombre volvió a beber y se volvió más hablador.
—Voy a conocer a mi nieta. Nunca la he visto. ¿Y usted? Mejor intercambiamos los números de teléfono, por si acaso…
El viaje se le hizo eterno. Lucía logró dormir un rato y, hacia el final, ya casi no tenía miedo; solo deseaba tocar tierra cuanto antes.
Mientras contemplaba las nubes por la ventanilla, pensó en Irene. Tal vez, en alguna parte, la estuviera viendo desde arriba. Entonces le vino a la cabeza una frase que había leído alguna vez de Françoise Sagan: “Perdonar significa que todo ha terminado”. Qué verdad tan cruel. Pedir perdón es más fácil cuando la otra persona ya no puede responderte.
De pronto el avión se metió entre las nubes y comenzó el descenso. Después Lucía vio tierra; mejor dicho, una extensión interminable de carreteras, edificios y barrios enteros sin un centímetro de vacío. La aeronave bajaba cada vez más y ella se aferró con fuerza a los reposabrazos. Entonces sintió la mano del hombre cubrir la suya.
Cuando salió a la zona de llegadas, Paula corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Detrás venía Amanda, la nueva esposa de su exmarido.
—¡Mamá, qué alegría! Ven, ven, que tengo un montón de cosas que enseñarte… —decía Paula sin parar, tirando de su brazo para sacarla de allí.
Lucía se volvió un instante. Su vecino de asiento le sonreía y levantaba la mano en señal de despedida. Ella le devolvió la sonrisa. En ese momento comprendió que había hecho bien en subirse a aquel avión. Que aún le quedaban muchas cosas por vivir. Que no se puede malgastar una vida entera en rencores. Que hay que aprender a perdonar y seguir adelante.
“Créeme: nunca es demasiado tarde, o en mi caso, demasiado pronto, para ser quien quieres ser. No hay límite de tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o seguir siendo la misma; no hay reglas para eso. Podemos sacar lo mejor o lo peor de una situación. Espero que saques lo mejor. Y si ves que no es así, espero que tengas la valentía de empezar de nuevo”.
Francis Scott Fitzgerald, El curioso caso de Benjamin Button





