Verónica no lograba encontrar la felicidad. Pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola, sola siempre. Y eso que Dios la había bendecido con todo: inteligencia, belleza. Un buen trabajo, un sueldo alto, pero la dicha de mujer no llegaba.

Marta no lograba encontrar su felicidad. Pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola, tan sola como siempre. Y sin embargo, parecía que la vida la había dotado de todo: inteligencia y belleza no le faltaban. Tenía un buen empleo, un sueldo generoso en euros pero lo que llamaban felicidad femenina, eso, no lo encontraba.

Aurora y Tomás, sus padres, sufrían mucho por su hija. Siempre la apoyaban, aunque en lo material era ella la que más bien podía ayudar a ellos. Pero siempre se negaban.

Vive con nosotros, hija, que sitio tenemos de sobra. El dinero seguro te hará falta el día que encuentres tu alegría le repetían Aurora y Tomás, acariciándole la cabeza cuando regresaba cansada del trabajo.

Solo nosotros te consolamos, mi pobre niña suspiraba Aurora, viéndola entrar por la puerta.

Cuando no estemos, te pesará la soledad Ni siquiera tendrás a quién contarle tus penas. ¡Tienes que buscar tu felicidad, hija! añadía Tomás.

Así, cada noche, los tres se sentaban frente al televisor. Año tras año, día tras día, la misma rutina: buscar la felicidad al calor azul de la pantalla. ¡Un aburrimiento tan denso que hasta los sueños bostezaban!

Sonaban extrañas las palabras de su padre: cuando no estemos. Marta había nacido cuando Aurora y Tomás cumplían los diecinueve años; un matrimonio por amor, de esos que parecen cosa de novela. Era pronto para hablar de un futuro sin ellos.

En sus años de universidad, conoció a un chico llamado Rodrigo. Era grande y algo torpe, siempre cómico; donde iba dejaba un vaso caído, una lámpara rota o un jarrón trastabillado.

Aurora se reía de él, llamándole Rodrigo-rompeplatos o el huracán de las visitas. Tomás imitaba sus andares y la torpeza graciosa con la que Rodrigo intentaba atrapar lo que caía por accidente.

No, hija, ese no puede ser tu suerte. Todo lo que pasa por sus manos se rompe. No es para ti, Marta, no es tu destino de mujer le decían como quien susurra un conjuro de protección.

Y, como las gotas de la fuente horadan la piedra, a Marta comenzó a entrarle la idea de que Rodrigo era realmente un gran desgraciado.

Pero se equivocaron los padres. Rodrigo, tras acabar la carrera, abrió su propio despacho de abogados, se casó con una chica que encontraba encantadora su torpeza. Alguien que, para él, significaba espacio y libertad. Por eso no vivían en el centro, sino en una casa amplia a las afueras de Valladolid.

¡La felicidad de Martita debe estar por ahí, sólo falta encontrarla! se repetían Aurora y Tomás, convencidos de que el destino les guardaba alguna sorpresa mejor.

Y la familia, de por sí unida, se fue de viaje hace unos meses a Tenerife. Ahora por las noches les daba por mirar juntos las fotos de aquellas vacaciones: la playa, la comida, la sangría Qué buen descanso.

En aquel viaje, Marta conoció a un hombre: Jaime, venido de Asturias. Sus padres se encargaron de tumbar también esa ilusión:

¡Mira tú, un romance con Jaime, el asturiano! bromeaba Aurora, haciendo gesto de teatro.

Y Tomás se metía una almohada bajo la camisa, andando por la habitación para pintar a Jaime como un tipo orondo que apenas cabía en la cama del hotel.

Pero Jaime no era grueso, simplemente alto y corpulento. Además, sabía mucho de estrellas, y por las noches se ponía con Marta en la orilla a señalarlas en el cielo. En contra de su costumbre, Marta hasta le pasó su teléfono.

A la vuelta, cuando Aurora supo que Jaime y Marta seguían en contacto, fue tajante:

¡Los romances de verano son lo peor! No llevan a nada bueno, hija. No importa que no tengan familia ni él ni tú: lo importante es que es una historia de playa. Esa es una vía muerta.

Busca tu dicha, hija. Puedes contar siempre con nosotros, que para eso estamos afirmaba Tomás, intentando animarla.

En verano, los tres marchaban juntos a la casa de campo familiar. El río, el jardín, los tés bajo la sombra del manzano, barbacoas junto al quiosco… Todo fresco y natural. A menudo venían los vecinos a compartir conversación. Un día, llegaron los vecinos con su hijo, Sergio, y el nieto, Nico, un niño rubio y pecoso de cinco años, con orejas igual de traviesas que las de su padre.

Contaron a Marta y sus padres que la esposa de Sergio los había dejado por un empresario, que el niño no interesaba al nuevo marido porque tenía la cara del padre, y no de la madre como él hubiera querido. Así, Sergio criaba solo a Nico, aferrado a sus pequeños dedos.

A Marta, ambos le gustaron mucho: había en ellos algo humano, frágil y entrañable. Entre Sergio y Marta saltó una chispa invisible, y el pequeño Nico se prendó enseguida de ella.

Aurora volvió a atacar el posible afecto de su hija:

¡Sergio se ha comido toda la huerta y deja la última zanahoria! ¿A que te lo han traído adrede para presentártelo, hija? ¿Para qué quieres un hombre con paquete incluido?

¡Es un fracasado! sumó Tomás. ¿Qué mujer abandona a un buen hombre, más con un niño pequeño?

Por primera vez, Marta replicó:

Papá, que la mujer dejó a su hijo con él porque confiaba en que no se iba a destruir, que lo criaría bien. Es justo al revés.

No, Marta, ese no es tu destino. Nosotros queremos nietos propios. Queremos oír sus pisadas y sentir esas manos diminutas…

De inmediato, Tomás y Aurora se encerraron en sí mismos, dejaron de hablar con los vecinos y se acabaron las meriendas alegres bajo los árboles. Un verano de soledad y resignación se desgranó, entre rezos y sombras.

Pero Marta amaba tanto a Sergio y Nico como a sus padres. No quería darles disgustos. Incluso se sentía culpable por enamorarse de alguien que no era el elegido para ellos. Y terminó el verano y todos volvieron a la ciudad juntos.

Los padres amaban a su hija, así que entre lluvias y tardes de otoño, nadie mencionaba ya a Sergio y Nico ni para bromear.

Un día, en la calle húmeda y gris, Marta vio a un diminuto gato naranja. El pobre se refugiaba de la lluvia bajo la rueda de un coche, empapado y maullando bajito, tan solo que parecía un pedazo de su propio corazón. No tenía madre; igual que Nico. Y estaba en un mundo de gigantes, donde en cualquier momento la rueda podría avanzar y acabar con la vida de ese hilillo de suerte.

Marta reaccionó sin pensar, lo recogió y lo metió bajo su abrigo, sin importarle si se manchaba o mojaba. Lo llevó a casa, lo secó y le dio leche en un platito.

Sentada en el suelo, Marta miraba como el gatito se bebía la leche. Su lengua rosa era pequeña, rápida como una hélice de juguete.

¡Ay, pobre criatura! pensó Marta mientras esbozaba una débil sonrisa.

Tomás apareció en la puerta con el diario en la mano, Aurora detrás. Observaban al animal con rostros entre el enfado y la duda:

¿Y ahora qué hacemos con esto? murmuró Aurora.

El gato, saciado, buscó un rincón y dejó un pequeño charquito en el suelo. Ni tiempo le dio a Marta de limpiar, porque el grito de Aurora la estremeció:

¡Saca esa cosa de aquí ahora mismo! ¡Nos va a arruinar la casa, a romperlo todo! ¡Tomás, dile algo!

¡Claro! Esto se va a llenar de pelos, ni los vecinos se nos acercarán. Marta, por favor le secundó Tomás.

¡Pero si es pequeñito! Compraré rascador y lo enseñaré. ¡Mirad qué carita! suplicó Marta, sin entender qué daño podía hacer un gato en una casa tan grande.

¡No y no! ¡No queremos más complicaciones! dijo Aurora con toda su vehemencia.

Hija, llévalo a la protectora, ellos tienen que aceptar animales sin hogar. Y si no, ¡amenázales con contarlo en el periódico! gritó Tomás agitando su diario.

Marta recogió en silencio al animal y salió dando un portazo. Caminó bajo la lluvia, con una tristeza de plomo: a sus casi cuarenta años, nada era suyo. Ni pareja, ni hijos, ni siquiera casa propia ¡ni un gato podía tener! Necesitaba un hogar, al menos, una habitación donde ser ella misma, sin tener que fingir.

En vez de ir al refugio, Marta entró en la primera inmobiliaria que encontró. Tenían pronto un piso pequeño disponible donde, según el anuncio, se admiten mascotas.

Por primera vez, Marta sintió que tenía su propio lugar. Lo primero que hizo fue comprarle todo al gatito. El veterinario le dijo que era una hembra, de apenas dos meses. Marta la llamó Pimienta.

Y así, sintió la felicidad temblar en su pecho, aunque fuera diminuta y peluda. Al mirar a Pimienta, recordaba siempre a Nico y a Sergio.

Una tarde, sonó el teléfono. Marta no esperaba esa llamada, máxime después de la pelea de sus padres con los vecinos de la sierra. Pero Sergio la llamó. Con voz sencilla, como si nada hubiese pasado, dijo:

¡Hola! ¿Cómo estás? Nico quiere decirte algo.

La voz infantil cruzó la línea, muy alegre:

¡Marta! ¡Te echamos de menos! ¡Ven a vernos, papá y yo te estamos esperando!

Iré, pero ¿puedo llevar a mi gatita? preguntó Marta.

Al otro lado, Sergio reía:

¡Trae lo que quieras, hasta un coro de gatos! ¡Pasamos a recogerte, dime la calle!

Así fue cómo Marta halló su felicidad. Contra el guion esperado, encontró alegría junto a Sergio, Nico y Pimienta. Y pronto, Nico tendrá un hermanito o hermanita, ¿qué importa cuál?

Marta no olvidó a Aurora y Tomás. Los sigue queriendo, y suele llamarles solo para decirles que todo va bien y que ha encontrado la dicha. Quizá no la que ellos soñaron, pero sí la suya.

Algún día, tal vez, Aurora y Tomás llegarán a entenderlo y dejarán de gritarle:

¡Vuelve a casa, ya!

Quizá entonces ellos también puedan sentir el calor de unas manitas pequeñas y el trote feliz de unos pies diminutos sobre la tarima de su hogarPero Marta, cuando escucha esa frase, sonríe tranquila. Pimienta ronronea en su regazo, Sergio le acaricia la mano mientras Nico revolotea cerca, jugando a inventar planetas con tapones de botella. Afuera, la lluvia tamborilea suave, como si envolviera el mundo en un abrazo tibio y húmedo. Sin buscar más permisos, Marta se siente por fin en casa: donde la esperan, donde puede ser ella misma, donde una vida imperfecta cabe entera y las pequeñas cosas un gato rescatado, una risa de niño, una charla al anochecer bastan para amueblar la felicidad.

Supone que tal vez sus padres nunca lo entiendan. A veces la nostalgia la acude; pero siempre, en esos momentos, Pimienta le roza la mejilla, Nico la llama mamá por primera vez o Sergio le sonríe desde detrás de una taza de café. Entonces Marta se descubre riendo, viva, y comprende que la alegría no es lo que otros desean para uno, sino el modesto milagro de aceptar con amor aquello que por fin nos pertenece.

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Elena Gante
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Verónica no lograba encontrar la felicidad. Pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola, sola siempre. Y eso que Dios la había bendecido con todo: inteligencia, belleza. Un buen trabajo, un sueldo alto, pero la dicha de mujer no llegaba.
Nadie en el restaurante de la azotea conocía el nombre del chico cuando salió a la luz.