¡Pero bueno! ¡No puede ser!
Consuelo pegó un pequeño volantazo y por poco estampó su joyita contra el coche aparcado al lado. El gran todoterreno oscuro que pasaba despacio ante ella le resultaba demasiado conocido. ¡Cómo no iba a reconocerlo! Si era el mismo coche de su vecino Lorenzo, con el que todas las mañanas llevaba a sus hijos al colegio.
Solo que, junto a Lorenzo a quien Consuelo reconoció sin dudar pues llevaban años compartiendo escaleras y saludos, no iba su esposa, sino una joven extraña, labios apretados como pez de colores y un gorro de esos modernos que decían mucho de ella, aunque no todo.
¡Vaya tela! resopló Consuelo, enderezando el volante y saliendo discretamente de la plaza detrás de Lorenzo. ¡Menudo pájaro! ¡Hasta aquí podríamos llegar!
Fiel a los métodos aprendidos en sus adoradas novelas de misterio, permitió que un Seat Toledo adelantase y se pegó tras él, vigilando el todoterreno de Lorenzo, el trasto, como el propio Lorenzo llamaba al coche heredado de su padre, imposible de cambiar por la carga sentimental del legado.
El padre de Lorenzo había fallecido hacía más de dos años, y ese golpe aún dolía. Era difícil pasar página después de perder al hombre que le crió él solo tras la temprana muerte de su madre. Apenas tenía Lorenzo dos años cuando su madre, joven y guapa, soltó un suspiro raro mientras preparaba gachas, y se desplomó junto a los fogones, sin reaccionar al llanto desesperado de su pequeño.
Lloró Lorenzo hasta que su padre, olvidando algo en casa y frustrado al no poder contactar con su esposa, volvió corriendo del trabajo. Cogió en brazos al niño, llamó a emergencias, pero ya era demasiado tarde.
Un mazazo, como los que conocía bien aquel hombre por los años encima del ring. Así, perdido, el padre de Lorenzo tuvo que sacar fuerzas para criar solo a su hijo, desoyendo las voces de suegra y madre, todas ellas instaladas lejos, ninguna con intención de mudarse ni de aceptar el reto.
Tienes que buscar una mujer, esto es demasiado para uno solo insistía la tía de su fallecida esposa. El niño necesita madre.
De momento, lo que necesita es que le críe yo. No pienso darlo a nadie, mientras pueda hacerlo.
La solución llegó por fin: María Rosario, vecina jubilada sin familia propia, se ofreció a cuidar al pequeño mientras su padre trabajaba. Luego, el niño entró en la escuela infantil y la rutina fue acomodándose sobre ellos como una manta tibia. Otra mujer en la vida el padre de Lorenzo no tuvo nunca más, y Lorenzo creció sin madrastra.
María Rosario acabó siendo abuela adoptiva, aunque ella insistía en presentarse como la canguro.
¿Tú eres mi abuela? preguntaba Lorenzo.
No, cielo. Tus abuelas se llaman de otra forma. Yo soy tu niñera.
¿Eso es parecido a la abuela?
Casi. Lo importante es que te quiero mucho, eres mi niño favorito.
Así, con permiso paterno y pese a negarse a cobrar por cuidar al niño, María Rosario accedió a que la llamara así tras insistentes súplicas infantiles. Lorenzo acabó haciendo tres tarjetas por el Día de la Mujer para felicitar a sus tres abuelas, para sorpresa y complicidad de las maestras.
Algunas de aquellas maestras, solteras, no podían evitar mirar a su padre con cierta admiración, aunque este jamás mostró el más mínimo interés en rehacer su vida sentimental: su prioridad era el niño y el tiempo libre, íntegro para el hijo.
Lorenzo terminó el bachillerato, escogió carrera tras consultarlo en familia y le confesó a María Rosario:
Las chicas pasan de mí
¿Seguro? ¿Y con Clara, no te estuviste besando bajo mi ventana?
Me dejó Dice que en nuestra relación le falta algo. ¿Tú qué crees que será? ¿Qué me pasa, abuela?
Nada, hombre. Eres listo, guapo, sensible. Solo que la tuya aún no la has visto. Ya llegará. Estate atento, pero no tengas prisa. Tu suerte anda cerca y seguro no lo sabes.
El tiempo le dio la razón y fue una compañera callada, Mercedes, la que terminó conquistándolo con un empujoncito de María Rosario, después de que Lorenzo, acostumbrado a chicas de armas tomar, no supiera descifrar las señales sutiles de la dulce Merche.
Una tarde Mercedes pasó por casa de María Rosario a dejarle apuntes por encargo de Lorenzo y, entre titubeos, la buena mujer supo lo que sentía por su chico.
¡Él no tiene a nadie, Merche! Está libre. ¿Le quieres?
La respuesta brilló en los ojos de Merche y, cuando Lorenzo fue a recoger sus cuadernos a casa de la abuela, recibió un buen coscorrón.
¡Ay, abuela! ¿Por qué me zurras?
¡No seas larva y no confundas a la chica! ¡Eres más ciego que un topo! La felicidad la tienes delante.
La boda fue sencilla, como Merche pidió. El padre de Lorenzo, receloso por experiencias pasadas su propia suegra nunca le perdonó la viudedad de su hija, solo supo abrir el corazón al ver la bondad sencilla de la madre de Merche y la dicha radiante de su hijo en el matrimonio.
Los años pasaron en el pequeño piso familiar, llenos de alegrías sencillas y esperanza. Las visitas a médicos crecían, pero los niños no llegaban, hasta que intervino María Rosario:
¿Qué pasa, mi niño?
Nada va bien, abuela Los dos estamos bien, pero no hay suerte. Merche se agobia.
Pues calma. Eso es que aún no toca, ya os llegará. Acuérdate, hijo, el hombre tiene que tener paciencia para sí, para su esposa y para todos los parientes juntos. Eres el cimiento. No te quejes, y no machaques a Mercedes. ¡Ella sufre y te quiere!
Las palabras fueron como bálsamo. Y justo cuando lo daban por imposible, la noticia saltó: Merche estaba embarazada tras casi diez años intentándolo. El niño llegó fuerte, robusto, trayendo consigo una luz nueva a la casa y la promesa de más: dos, tres hijos vinieron luego, como si la vida, de repente, abriera la veda a la felicidad.
El piso se quedó chico. El padre de Lorenzo, anhelando espacio para los nietos, propuso mudarse y, al final, fue María Rosario con su amplia vivienda y reciente achaque de caderas quien sugirió el trueque: Lorenzo y familia a su piso, ella y el abuelo al refugio pequeño, cerca para apoyarse mutuamente y sobrevivir al miedo de la soledad.
Las crisis económicas tambalearon el negocio familiar. Lorenzo y su padre se dejaron el alma en salvar la empresa. El padre lo pagó caro; en silencio, ocultó la enfermedad hasta que ya no pudo más y dispuso las herencias, asegurando techo para todos y especialmente para María Rosario, el alma de la familia.
Meses después, nació el cuarto nieto, Alejandro, que nunca conoció a su abuelo, pero creció envuelto en relatos y recuerdos tan vivos que paseaba el nombre con la cabeza bien alta.
La vida nunca dejó de saltar de alegría en angustia, como una rana nerviosa de charco en charco. Veranos luminosos en Galicia, risas en la Gran Vía de Madrid, tardes de lluvia peleando en la Plaza Mayor de Salamanca, una familia unida que, de tanto amor, parecía derretir la niebla de la meseta y encender el sol incluso en octubre.
Mercedes, sociable por naturaleza, elegía a sus amigas con minuciosidad. El patio y la biblioteca le regalaron a Consuelo, una de las pocas amigas verdaderas que hizo ya de adulta.
Consuelo, madrileña de pura cepa como Mercedes, compartía su afición por la lectura y las tablas, y padecía, como casi todas, el síndrome glorioso de intentar hacerlo todo sola: sus mellizos parecían tribu en vez de dos, los abuelos ayudaban, pero incluso la supermujer necesitaba refugio para desahogar sus penas. Mercedes fue ese refugio, indiscreta guardiana de secretos y fiel consejera.
Consuelo, por su parte, veía a su marido como hombre atractivo y bastante mujeriego, aunque consideraba aquello dentro de la normalidad viril española. Esa idea, como salvavidas en noche de tormenta, le permitía mantener la fachada familiar por el bien de sus hijos.
Por eso, al ver a Lorenzo con aquella misteriosa chica, a Consuelo le picó el aguijón de la sospecha: ¡tenía que saberlo Mercedes! Seguía el coche por las calles estrechas de Chamberí, hasta un pequeño restaurante conocido, donde Lorenzo y su acompañante entraron.
Allí, las dudas asaltaban a Consuelo: ¿Avisar ya a Mercedes? ¿Esperar? ¿Y si era solo un desliz? ¿Y si la familia se destruía por nada, como su propia historia tantas veces repetida? Cuatro hijos, María Rosario ya casi postrada, la madre de Mercedes con la salud quebrada Consuelo apretó los puños sobre el volante, un bocinazo espantó a las palomas y disipó de golpe las lágrimas reprimidas.
No. No llegaría a hablar. Recordó: si alguien le hubiera confirmado los rumores sobre su propio marido, jamás podría perdonar. Mejor no saber. Mejor vivir en la dulce ignorancia y proteger lo que queda entero.
Aparcó el coche y se quedó inmóvil, hasta que la sorprendió una llamada de Lorenzo, invitándola a la celebración del aniversario fecha redonda y extraña para festejos, pues ellos solían celebrarlo a solas.
Consuelo acudió. Vestido nuevo, tacones, su marido guiñándole un ojo: «Ya verás, cuando llegue nuestra boda, te doy un fiestón». Ella, indiferente, maquillándose con desgana.
El salón resplandecía: flores frescas, candelabros, mantel de lino, vajilla antigua, Mercedes deslumbrada con cada nuevo detalle.
¡Lorenzo! ¡Todo azul y plata, mis colores! ¡Qué maravilla! agradecía Mercedes, arrastrando a Consuelo al baño.
Allí, al doblar la esquina hacia los aseos, Consuelo se cruzó de bruces con la misteriosa acompañante de Lorenzo. Traje sobrio, moño elegante, cara sonriente.
¿Nos conocemos? preguntó la joven, divertida.
¿Tú? ¿Qué haces aquí? replicó, entre dientes, Consuelo.
Trabajar sonrió la chica. Soy la organizadora del evento. Lorenzo confió en mi empresa el montaje de la fiesta. ¡Nuestro primer encargo grande! Hasta mi marido me ayudó con las flores, que yo ahora no puedo saltar de escalera en escalera.
¿Por qué no? preguntó Consuelo, sin saber qué decir.
Estoy embarazada, acabo de enterarme. ¿Tiene hijos usted?
Dos
¿Duro al principio?
Mucho Pero se puede el calor subía del corazón a los dedos de Consuelo, quien, por primera vez esa semana, se sintió de nuevo en casa. No te preocupes, lo harás bien, se ve enseguida que eres luchadora. Si necesitas el contacto de mi ginecólogo, avísame. Aquí han nacido los cuatro hijos de Mercedes.
¿¡Cuatro!? ¡Madre mía, qué alegría!
El timbre de los músicos les hizo reírse y despedirse.
Consuelo entró sonriente en el baño:
¡Mercedes! ¿Te pintas o te casas? ¡Corre, que allá te llevan al altar otra vez!
Brindis, risas, gritos de ¡Que se besen! por parte de María Rosario, chillando con más fuerza que los demás. Y Consuelo, apurando la copa, pensó en lo fácil que es destruir la dicha de una familia por una tontería, por un error.
Menuda metedura de pata dijo al esposo, mientras le lanzaba una sonrisa. ¿Y nosotros, dulces o amargos?
Amargos, Consuelo. Pero dulce amargura, ¡que así sabe mejor la vida!







