Valentina iba camino al trabajo cuando, de repente, se dio cuenta de que había olvidado el móvil en casa. Decidió regresar, entró en el ascensor y…

Diario personal 17 de octubre

A veces me pregunto si la vida no es más que una tragicomedia montada en los portales de Madrid. Esta mañana, como cada día, salí deprisa a trabajar, sin apenas tiempo para nada… hasta que me di cuenta, justo al cerrar el portal, de que me había dejado el móvil encima de la mesa del salón. Resignada, volví a subir a casa. Entré en el ascensor y, por supuesto, el viejo cacharro decidió plantarse en el octavo. ¡Como si no tuviese suficiente con el día por delante!

Los minutos se iban haciendo más largos y el silencio solo se rompía por los crujidos del edificio. Y entonces escuché voces en el pasillo, y en seguida reconocí a Miguel, mi marido. Hablaba con una mujer… Una voz suave, cargada de esa falsa alegría.

Carmen mía le susurraba él, cómo deseo volver a estar contigo. No sabes cuánto te extraño.

Esta noche sí nos veremos respondió ella. Acuérdate, ven después de las diez.

¿Hoy tu marido también de noche?

Sí, estará toda la semana con turno de noche. Sale a las nueve y media, y así vuelve; no falla. Pero date prisa, no vaya a ser que se le estropee el coche hoy.

¿Y este ascensor que no baja nunca? bufó Miguel, impaciente.

No pudo pasar mucho tiempo, tal vez cuatro minutos, y allí estaban, susurrando y compartiendo sus secretos, sin saber que yo estaba detrás de la puerta oxidada del ascensor, escuchándolo todo. Se despedían mientras él le daba las gracias por los momentos que compartían. Hasta que Carmen nombró a Miguel por su nombre, y a mí de pasada. Está claro: Miguel llevaba meses viéndose con la vecina de la puerta cuarenta.

No podía creer lo que oía. ¡Con que así eran sus paseos nocturnos a respirar aire fresco! Buen truco. Ya sé perfectamente a qué aire se refería. En fin, la vida te da sorpresas, pero esta no se la voy a dejar pasar. Ya tengo en mente cómo terminará su paseo de hoy, va a ser inolvidable.

Al cabo de un rato llegaron los técnicos y abrieron el ascensor. Salí todavía temblando. Empecé a preparar mi pequeño teatro.

Era casi la hora de cenar cuando Miguel anunció su paseo de rutina.

Isabel, cariño, salgo a andar un poco, solo será una hora.

Pero si está lloviendo, Miguel le dije, casi sin querer mostrar los nervios.

No pasa nada. Me llevo el paraguas. Y sabes que me hace falta moverme, el médico lo dijo.

Pues mira que está diluviando, mejor sal al balcón si quieres aire.

El balcón no es lo mismo, Isabel. Necesito andar.

Haz lo que quieras, tú verás. Pero ya te aviso, hoy no es día.

No hagas caso a esas manías tuyas respondió. No creo en supersticiones. Vuelvo pronto.

No tardó ni media hora en llamar a la puerta, descompuesto y sin sus cosas. Por la mirilla le pregunté, dejando la cadena echada:

¿Y el paraguas? ¿Dónde está tu chaqueta? ¿Y los zapatos?

Pues… Unos chavales han aparecido de la nada, y me lo han quitado todo. Déjame entrar, que me muero de frío.

He recogido tus cosas le respondí. Están junto al cubo de basura, salúdame a Carmen de mi parte.

¿A Carmen?

Sí, la del octavo. Buenas noches.

Cerré la puerta y fui a ver la tele, agradecida de que nuestros hijos ya fueran mayores y vivieran sus propias vidas. Por lo menos, se ahorran este bochorno.

Miguel corrió al cubo, encontró la maleta donde le dejé la ropa. Se cambió y, sin saber a dónde ir, pensó en llamar un taxi y marcharse a casa de su madre. Pero los dioses del destino no habían terminado de jugar: descubrió que se había dejado el móvil en casa de la amante. Volvió a subir con la esperanza de pedírmelo, pero entonces el ascensor se paró otra vez. Toda la manzana estaba sin luz.

Al rato, cuando por fin funcionó el ascensor, ya era de día y yo me había marchado al trabajo. Las llaves de casa, evidentemente, se quedaron conmigo.

Y fue entonces, bajando por las escaleras, cuando en el octavo se encontró con Carmen. Ella, con una pequeña maleta y el teléfono de Miguel en la mano, esperaba el ascensor.

¿Tienes mi móvil? le preguntó.

Sí le contestó casi susurrando, y también tus cosas.

Ambos entraron en silencio en el ascensor, pero el taxi que Carmen había llamado les llevó por caminos diferentes.

Supongo que así terminan muchas historias en Madrid. Hoy por lo menos, sé lo que vale la verdad, aunque duela.

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Elena Gante
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Valentina iba camino al trabajo cuando, de repente, se dio cuenta de que había olvidado el móvil en casa. Decidió regresar, entró en el ascensor y…
חתונה מושלמת… עד שהודעה אחת חשפה את האמת ששברה הכול