Una mujer de verdad.

Buena mujer.

Es una buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella?
Y solo le pagas dos mil euros al mes.
Lucía, si le hemos puesto el piso a su nombre…
Comedias.

Ramón se levantó de la cama y, arrastrando las pantuflas, se dirigió a la habitación contigua. Con la luz de la lámpara de noche, entrecerrando los ojos ya cansados, miró a su esposa.

Se sentó a su lado y escuchó. Parece que todo va bien.

Se levantó y, lentamente, se deslizó hacia la cocina. Abrió el cartón de leche, pasó por el baño y volvió a su cuarto.

Se tumbó en la cama. No podía dormir.

Lucía y yo ya tenemos noventa años. ¡Cuánto hemos vivido! Pronto nos tocará saludar a San Pedro, y, fíjate, aquí no queda nadie.

Las hijas, Cristina, falleció antes de los sesenta.

Julio tampoco está ya. Muy fiestero, él… La nieta, Carmen, lleva veinte años viviendo en Alemania. De abuelos, ni se acuerda. Seguro que sus hijos ya son grandes

Se quedó dormido sin darse cuenta.

Despertó al sentir una mano:

Ramón, ¿todo bien? susurró una voz casi inaudible.

Abrió los ojos. Su esposa se había inclinado hacia él.

¿Qué te pasa, Lucía?

He visto que te has quedado muy quieto.

¡Todavía sigo aquí! Anda, vuelve a dormir.

Se oyó el arrastrar de los pies. Sonó el interruptor de la cocina.

Lucía fue a beber agua, después pasó por el baño y regresó a su cuarto. Se tumbó en la cama:

Ya verás, cualquier día me despierto y Ramón ya no está ¿Y entonces qué hago? O igual yo me voy antes.

Ramón ya encargó hasta el convite del funeral. Jamás hubiera pensado que eso se organizaba con antelación. Pero mira, mejor así. ¿Quién lo haría por nosotros?

La nieta se olvidó de los abuelos por completo. La vecina, Inés, es la única que entra. Tiene llave de nuestro piso. Ramón le da mil euros de la pensión. Ella compra la comida, trae lo que hace falta ¿Para qué queremos el dinero? Si del cuarto piso ya ni bajamos.

Ramón abrió los ojos. El sol asomaba por la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde de un laurel. Se le escapó una sonrisa:

¡Hemos aguantado hasta el verano!

Fue a ver a Lucía, que estaba sentada pensando en la cama.

¡Anda, Lucía, deja ya la depre! Ven, que te enseño algo.

Ay, si apenas tengo fuerzas suspiró la anciana, levantándose con dificultad. ¿Qué se te ha ocurrido ahora?

Ven, ven.

Sosteniéndola por los hombros, la llevó hasta el balcón.

¡Mira, el laurel está verde! Que decías tú que no llegábamos al verano ¡Pues hemos llegado!

Pues sí Y hasta hace sol.

Se sentaron en el banco del balcón.

¿Te acuerdas cuando te invité al cine? En el instituto. Justo ese día el laurel también estaba todo verde.
Eso no se olvida. ¿Cuántos años han pasado?

Más de setenta Setenta y cinco, para ser exactos.

Y allí se quedaron un buen rato, recordando la juventud. Se olvida uno de muchas cosas con la edad, incluso lo que hizo ayer, pero la juventud eso no se olvida.

¡Uy, que nos hemos enrollado! dijo Lucía, poniéndose en pie. ¡Y aún no hemos desayunado!

Lucía, prepárame un té de los buenos, por favor. Estoy harto de hierbajos.

¡Que no podemos!

Pues a ver si lo haces flojito y me echas media cucharadita de azúcar.

Ramón bebía aquel té más agua que otra cosa, acompañando una pequeña tostada con queso, y le venían a la cabeza los desayunos de antes: té fuerte, dulce, con bollitos o tortitas.

Entró la vecina. Sonrió:

¿Cómo les va?

¡Cómo va a irnos a los noventa! bromeó el abuelo.

Si bromeas, es que todo bien. ¿Qué les traigo de la tienda?

Inés, cómpranos algo de carne pidió Ramón.

Que no pueden.

Pollo podemos.

Vale, os haré sopa con fideos.

Inés recogió la mesa, lavó los platos y se fue.

Lucía, vamos al balcón sugirió Ramón. A tomar un poco el sol.

Vamos.

Inés regresó, asomó al balcón:

¿Echando de menos el sol?

Tan a gusto aquí, Inés sonrió Lucía.

Ahora os traigo la papilla y empiezo a hacer la sopa.

Es muy buena mujer dijo Ramón, siguiéndola con la mirada. ¿Qué haríamos sin ella?

Y tú solo le pagas dos mil euros al mes.

Lucía, que le hemos puesto el piso a su nombre.

Ella no lo sabe.

Se quedaron en el balcón hasta la hora de comer. Y tocó sopa de pollo: fideos, trocitos de carne, patata chafada.

Así la preparaba yo para Cristina y Julio de pequeños recordó Lucía.

Y mira, ahora nos la hace una extraña suspiró Ramón.

Será nuestro destino, Ramón. El día que ya no estemos, ni Dios se va a enterar.

Basta, Lucía, no seas negativa. Venga, vamos a echarnos la siesta.

Ramón, no en vano dicen:

«Niño chico y viejo chico, todo es igual.»

Nosotros igual que los niños: sopa triturada, siesta, y merienda.

Ramón dormitó un rato y se levantó, el sueño le resistía. ¿Será el tiempo, que cambia? Fue a la cocina. En la mesa, dos vasos de zumo, puestos con mimo por Inés.

Cogió ambos con cuidado y, sin derramar, se fue al cuarto de su esposa. Ella estaba sentada y miraba por la ventana, ensimismada.

¿Qué te pasa, Lucía, tienes el bajón? le sonrió. ¡Venga, toma zumo!

Ella dio un sorbo.

¿Tampoco puedes dormir?

Será el tiempo.

Desde la mañana, no me encuentro muy bien Lucía negó con tristeza. Siento que me queda poco. Prométeme que me enterrarás como Dios manda.

Lucía, no digas tonterías, ¿cómo voy a vivir yo sin ti?

Uno tendrá que irse antes

¡Venga! Vamos al balcón.

Se quedaron hasta el atardecer. Inés les preparó requesón dulce. Merendaron y se sentaron a ver la tele. Ya no se aclaraban con los argumentos nuevos, así que ponían viejas comedias y dibujos animados.

Ese día solo vieron un dibujo animado. Lucía se levantó del sofá:

Me voy a la cama, estoy cansada.

Pues yo también.

Déjame que te mire bien pidió de pronto ella.

¿Para qué?

Por mirar.

Ambos se miraron largo rato. Seguro que pensaron en la juventud, cuando todo estaba aún por venir.

Te acompaño a tu cama.

Lucía cogió el brazo de Ramón, caminaron despacio.

Él la arropó con esmero y regresó a su cuarto.

Tenía un gran peso en el pecho. Tardó en dormirse, o eso creyó. El reloj marcó las dos de la mañana, así que se levantó y fue al cuarto de Lucía.

Ella yacía con los ojos abiertos.

¡Lucía!

Le tomó la mano.

¡Lucía, mujer!

Y de repente notó que le faltaba el aire. Llegó hasta su habitación, sacó los papeles preparados y los dejó en la mesa.

Volvió junto a su esposa. Miró largo rato su rostro, se acostó a su lado y cerró los ojos.

Soñó con su Lucía joven y guapísima, como hace setenta y cinco años, alejándose hacia una luz lejana. Corrió tras ella y la tomó de la mano.

Por la mañana, Inés entró en el dormitorio. Estaban tumbados juntos. En sus rostros, la misma sonrisa serena y feliz.

Finalmente, Inés llamó al 112.

El médico los miró y negó con la cabeza, sorprendido.

Se han ido juntos. Debían de quererse mucho…

Se los llevaron. Inés, hecha polvo, se sentó junto a la mesa. Entonces vio los papeles y el testamento a su nombre.

Apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar…

¡Dadle al corazoncito y contadme qué os ha parecido en los comentarios!

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Elena Gante
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Una mujer de verdad.
The Hairpin She Never Forgot