Una mujer de cincuenta y seis años comenzó a envejecer. Nada sorprendente en ello; es lo más natural. El tiempo había llegado, como una sombra que espera su turno en la puerta de casa.
Pero ella se horrorizaba cada vez que se miraba en el espejo. El paso del tiempo parecía saltar sobre ella con prisas, como si alguien, cada mañana, le robara la juventud y la belleza, aplicándole el maquillaje imposible de la vejez. No hacía tanto tiempo que había lucido tan bien. Aquel viejecito que siempre estaba sentado en el banco de la plaza del barrio, lloviera o brillara el sol, le regalaba siempre el mismo piropo: ¡Qué bien se la ve! ¡Menuda chica más guapa!.
Pasaba la mujer frente al anciano don Evaristo, que se levantaba con dificultad sólo para inclinar su boina de lana o su gorro de piel. Y de sus labios temblorosos salían esas palabras, como por costumbre: ¡Qué chica más guapa!. La mujer aceleraba el paso hacia el trabajo, con una sonrisa. Y, a lo largo del día, muchos le hacían cumplidos. Porque verdaderamente tenía un porte admirable.
De pronto, una tarde, recordó que hacía mucho que no veía al viejo Evaristo. Su banco seguía vacío. Preguntó a los vecinos: a don Evaristo se lo habían llevado a una residencia de ancianos. Los hijos vivían en Valencia y Bilbao, y no podían estar pendientes. Al anciano, con noventa años a cuestas, le faltaba el aliento y la salud cada día.
La mujer, pensando menos en la vejez y más en el anciano, averiguó la dirección de la residencia, compró unas yemas de Santa Teresa y un par de mantecados y fue a visitarlo aquel domingo, como si su vida se deslizara hacia otro sueño. Allí encontró a Evaristo, sentado en un butacón, comiendo dulce de leche y pan blando.
Al verla, Evaristo sonrió, todo arrugas radiantes: ¡Qué alegría verte! ¡Sigues igual de guapa! ¡Qué chica más guapa eres!. Y a su alrededor, otras abuelas y abuelos se acercaban a la mujer, le decían cosas bonitas, la alababan con frases suaves y antiguas. Esa noche, al llegar a casa, la mujer se miró al espejo: las mejillas teñidas de carmín natural, los ojos vivaces, el pelo rizado y brillante, apenas rastros de arrugas. Una belleza sencilla, más joven que antes. La juventud había vuelto, como si nunca se hubiera ido.
Era un pequeño milagro. Y la mujer empezó a ir cada domingo a la residencia a ayudar, a organizar sesiones de baile ella enseñaba sevillanas y pasodobles. No por rejuvenecer, sino porque algo en su interior relucía cuando regalaba alegría. Porque era bonito alegrar a otros, sentirse para alguien como una hija o una nieta. Porque allí, de corazón, le decían: ¡Qué bien se la ve!. Como se lo decían sólo a quien de verdad lo merece.
A veces, las personas son nuestro espejo, pero no cualquiera: un espejo encantado. Tras encontrarse con ciertas personas, uno florece y se ilumina, la espalda se endereza, la mirada chispea, los labios dibujan sonrisas. Sin embargo, hay otras que nos transforman en enanos, jorobados o nos apagan el alma.
Por eso hay que cuidar los espejos mágicos, la gente buena y sincera que habla con el corazón. Y hay que cuidar mucho a los mayores. Mientras sigan con nosotros, nosotros seguimos siendo jóvenes. Y podemos ayudar. Así lo piensa esta mujer, que recuperó su juventud y su hermosura. Y sabe que no se equivoca.





