Reflexión hermosa Sin palabras
Una mujer, llamada Inés, que vivía en constante guerra con su marido, sufrió un infarto. Cuando estaba al borde de la muerte, se le apareció un ángel y le dijo que, al valorar sus acciones buenas y malas, aún no podía entrar en el cielo. Sin embargo, le propuso regresar unos días a la tierra para realizar esos gestos que aún le faltaban. Inés aceptó y regresó a su hogar en Salamanca, junto a su esposo Antonio. Él, desde hacía tiempo, ni siquiera le dirigía la palabra.
Inés pensó entonces:
Debería reconciliarme con él. Lleva meses durmiendo en el sofá, he dejado de cocinarle desde hace tiempo. Ahora mismo está planchando su camisa para ir a trabajar… le daré una sorpresa.
Cuando Antonio se fue, ella lavó y planchó toda su ropa. Cocinó un cocido madrileño con mimo, adornó la mesa con flores y velas, y dejó una nota en el sofá:
Creo que estarías más cómodo durmiendo en la cama que fue nuestra. En esa cama donde nacieron nuestros hijos fruto del amor. En la misma donde tantas noches nos abrazábamos ahuyentando miedos y buscando la cercanía del otro. Ese amor sigue allí, esperándonos. Si eres capaz de perdonar todos mis errores te espero allí.
Tu esposa.
Al terminar la frase: Si eres capaz de perdonar todos mis errores, Inés se detuvo a pensar:
¿Me he vuelto loca? ¿Yo tengo que disculparme? Fue él quien volvía amargado de la fábrica cuando le despidieron y después no lograba trabajo. Yo tenía que apañármelas con los pocos euros ahorrados y aún así aguantar sus desplantes. Comenzó a beber, se pasaba las horas en la butaca, callando a los niños cuando sólo querían jugar. Me gritaba si le decía que no podíamos seguir así. Se lo cargó todo ¿y ahora soy yo la que debe pedir perdón?
Consumida por la rabia, rompió la nota. En ese instante, escuchó de nuevo la voz del ángel:
Recuerda: solo te faltan unos cuantos actos de bondad para alcanzar el cielo. De lo contrario, nunca podrás entrar.
Inés reflexionó:
¿Vale la pena?
Y volvió a escribir la carta, con palabras aún más cálidas:
No supe entender nada entonces. No vi tu miedo cuando perdiste el trabajo después de tantos años de tranquilidad. Tenías que estar aterrado. Recuerdo tus sueños sobre lo que haríamos cuando llegara la jubilación. Podría haberte ayudado a cumplirlos, no obligarte a ser taxista cuando eso te superaba.
Recuerdo la noche que destruí tus cartas de amor y quemé los lienzos de tus cuadros. Me enfadaba verte encerrado en la habitación, gastando dinero en óleos o escribiéndome poemas. Podría haberte echado una mano para vender esas obras: eran realmente bellas. Yo también sentía miedo. Solo me sentía segura cuando seguías en la fábrica. No vi tu dolor.
Te ruego que me perdones, mi amado. Prometo que a partir de hoy, todo será distinto. Te quiero.
Tu esposa.
Cuando Antonio regresó de trabajar, nada más entrar notó que algo había cambiado. El aroma del guiso, las velas encendidas, su música favorita sonando suavemente y esa nota sobre el sofá.
Inés salió de la cocina con la fuente en la mano, y lo vio llorar como un niño. Ella dejó el plato y le abrazó. No les hicieron falta palabras. Lloraron juntos. Él la levantó en brazos y la llevó a la cama. Se amaron con la misma pasión que la primera vez.
Después cenaron riendo, rememorando anécdotas de la infancia de sus hijos con alegría renovada.
Más tarde, mientras recogía la vajilla, Inés vio por la ventana al ángel en el jardín. Corrió hacia él, lágrimas en los ojos:
Por favor, ángel, déjame quedarme un poco más. Quiero ayudarle a volver a pintar, quiero reconstruir lo que rompí. Te prometo que pronto será feliz. Entonces, iré contigo.
El ángel le respondió:
No tengo que llevarte a ningún sitio. Ya estás en el cielo. Te lo has ganado. Solo recuerda el infierno en que vivías y que el cielo a menudo está más cerca de lo que imaginas.
En ese momento, escuchó la voz de Antonio desde el interior:
Inés, hace frío, ven a dormir. Mañana será un nuevo día.
Ella pensó:
Sí… gracias a Dios, mañana será un nuevo día.
Para reflexionar:
Tú, que te quejas de lo que no recibes… ¿has pensado en lo que das?
Tú, que sufres… ¿eres consciente de cuánto haces sufrir?
Tú, que acusas a otros de ignorancia… ¿has mirado tu propio conocimiento?
Tú, que condenas errores… ¿ves tus propios fallos?
Tú, que te proclamas amigo sincero… ¿lo eres contigo mismo?
Tú, que lamentas no tener suficiente… ¿te das cuenta de lo que tienes?
Tú, que criticas el mundo… ¿has hecho algo para mejorarlo?
Tú, que sueñas con el cielo… ¿has procurado aliviar el infierno ajeno?
Tú, que presumes de humildad… ¿eres realmente humilde?
Tú, que condenas el mal… ¿siembras bien?
Tú, que te molesta la indiferencia… ¿expresas amor?
Tú, que temes la pobreza… ¿aprovechas bien lo que posees?
Tú, a quien hieren los espinos… ¿siembras rosas?
Tú, que temes la oscuridad… ¿enciendes tu luz?
Tú, que solo miras por ti… ¿cuidas de los demás?
Tú, que te sientes insignificante… ¿tratas de crecer?
Tú, que temes la soledad… ¿das el regalo de tu presencia?
Tú, que temes caer enfermo… ¿cuidas tu salud?
Tú, que sueñas con la paz… ¿trabajas por ella?






