Una abuela española adoptó un cachorro de mastín del Pirineo: el perro creció vigilando toda la finca, devoraba una palangana de comida en segundos, rascaba la espalda contra la valla hasta torcerla e incluso intentó arrastrar a la anciana de un tirón.

Una anciana llamada Eulalia decidió un día, en uno de esos sueños en los que la lógica se escurre como agua entre los dedos, adoptar un cachorro mastín español. El perrito devoraba una palangana entera de comida en apenas un chasquido y, de tanto rascarse la espalda con la valla, la tenía toda torcida y tambaleante, como si bailara una jota. Una vez, incluso intentó arrastrar de un tirón a la propia Eulalia, cuando ella pasaba por allí distraída. El cachorro necesitaba jugar de vez en cuando, aunque fuese así, a su manera de bestia doméstica y surrealista.

Luego, Eulalia se despidió de este mundo, no por culpa del perro, sino porque no llegó a cumplir los noventa. Y así, en ese ambiente brumoso de sueños, sus hijos y nietos llegaron a la casa del pueblo, en mitad de Castilla, donde vivía la anciana. Allí, atado a la cadena, descansaba el perro, que les miraba con unos ojos tan grandes que parecía capaz de tragarse el campo entero. En su mirada se leían las ganas de fiesta: gente nueva, una fuente variada de comidas, vitaminas y energías que llegaban en tumulto. Reflexionaron: ¿qué hacer con el perro? Daba pena sacrificarlo, pero vivir cerca daba lo suyo de miedo. Y soltar esa montaña peluda al mundo no parecía acto de misericordia. ¿Acaso el mundo merece semejante prueba? Por eso, decidieron buscarle un buen hogar. Incluso ofrecieron pagar unas cuantas monedas más a quien quisiera llevárselo; por un alma tan valiente, nada era demasiado.

Encontraron entonces a un hombre llamado Baltasar, que siempre soñó con alimentar un mastín a palanganas y rascarle detrás de las orejas con un rastrillo. ¡Qué sueños tan extraños anidan en algunos corazones humanos! Avisaron al veterinario, por si acaso.

El plan era sencillo en su propia extrañeza: dormir al mastín con somníferos y trasladarlo rápidamente a su nuevo hogar. No olvidarse de encomendar al nuevo dueño, ni de encender una vela a san Isidro, por su salud o acaso por su descanso eterno. En sueños, una nunca sabe.

Llegó el veterinario a la cita, armado con una carabina para dardos tranquilizantes porque todos los veterinarios, en sueños, son tremendamente valientes. Con un solo disparo sumergió al perro en el reino de Morfeo. Lo soltaron de la cadena, lo tendieron sobre un trozo de lona, y allá que lo arrastraron entre todos.

Metieron al perro en el maletero, que en el sueño estaba unido al asiento trasero, como si fueran uno solo. El propio veterinario decidió ir adelante, sabedor de que el confort es cosa de profesionales. Baltasar conducía, y detrás iba toda la familia de Eulalia, junta pero dispersa, intercambiando palabras acuosas. Fue entonces cuando, súbitamente, el perro empezó a despertar.

Con la cabeza todavía entre dos mares, miró a su alrededor. Gente por todas partes, sentados como estatuas de sal. El veterinario y el nuevo dueño tenían los ojos como platos; Baltasar ni siquiera miraba la carretera, como si conducir fuese ya irrelevante en ese universo de sueños.

¡Qué curioso! pensó el perro.

¿Existirá el paraíso? reflexionaron los humanos.

El mastín, sin esperar invitaciones, empezó a reptar hasta el asiento y a acercarse a todos, dispuesto a conocer a fondo, con hocico y lengua, a su nueva familia. Mientras Baltasar tanteaba la manilla de la puerta para saltar fuera en plena marcha (como si el hecho de ir al volante ya diera igual), el perro resolvió el enigma: lamió a todos, de arriba a abajo, con entusiasmo místico. A los nietos, a los hijos, que aunque desconocidos, bien podrían ser su propia familia; a Baltasar, su alma gemela soñada; y hasta al veterinario, que aunque le había disparado, al fin y al cabo, era poca cosa como humano.

Así fue como todos entendieron que, en lo del devorador de hombres, se habían equivocado. Llegaron al pueblo chorreando, pero de felicidad y de babas. Por arriba, empapados por la lluvia generosa de lengüetazos; y por abajo, inundados por una emoción que no se parecía a nada conocido.

Mi querida, inverosímil y soñolienta casa de campo en Castilla flotaba, como siempre, entre la niebla y la memoria.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Una abuela española adoptó un cachorro de mastín del Pirineo: el perro creció vigilando toda la finca, devoraba una palangana de comida en segundos, rascaba la espalda contra la valla hasta torcerla e incluso intentó arrastrar a la anciana de un tirón.
Cuatro en casa, o cómo el amor encontró su camino