Un vaso de leche

Un vaso de leche

No solo la vida es difícil para las personas desfavorecidas, también para quienes comparten su camino. Esto lo entendí hace tiempo. Mi nombre es Verónica Campos, llevo ocho años trabajando en los servicios sociales de Madrid, y creo que esta labor me ha endurecido y, a la vez, vaciado un poco por dentro. He aprendido a ser sarcástica, a veces hasta arisca, sobre todo cuando alguien desacredita mi trabajo. ¿Quién eres tú para hablar de mi vida? me defiendo mirando desde detrás de mi flequillo pelirrojo con mis ojos verdes, y casi siempre la gente opta por callar o hasta salir huyendo, sin tener claro ni a dónde ni para qué. Por eso me llaman Verónica la Tormenta.

Durante estos años, he comprado alimentos para quienes cuido, les he limpiado la casa si hacía falta, he encontrado siempre el modo de sintonizar con cada uno de ellos. Solo una vez tuve un conflicto: fue con un anciano solitario que me ofreció una tableta de chocolate. Los regalos están prohibidos, nunca acepté nada, pero esa vez me ablandé, ¿cómo rechazar un simple dulce, por Dios? Al final, llevé el chocolate a casa, pero ni siquiera pude romper una onza: sentí que se me haría bola en la garganta. Se la di al niño del vecino y al día siguiente rechacé otro regalo. Resulta que el abuelo fue a servicios sociales a quejarse: A estas asistentes ya ni el chocolate les basta, querrán sobre con dinero. Y querían despedirme, pero ni me resistí: Despedidme, no voy a sufrir. No soy ningún felpudo. Otras personas a las que atendía salieron en mi defensa, entre ellas Ana Fernández. Desde entonces, Ana ha sido como una hermana para mí, más que familia. Nuestras vidas se parecen, ambas hemos construido nuestro destino sobre la falta y la tristeza: quedarnos huérfanas muy jóvenes. Ella carga con una discapacidad de nacimiento y yo, aunque parezca sana, tengo el alma llena de heridas. Nos iguala, sobre todo, no haber tenido hijos. Yo ya lo he aceptado, pero Ana sigue en pie de guerra, hasta me riñe si me dejo dominar por la pena. Con los ensayos en el taller de rehabilitación, preparándose para la actuación, le crecieron las alas.

Al principio, Ana no quería saber nada de actuar. Hasta el cura Luis la disuadía, aunque solía venir en fiestas con unas oraciones y algún regalo, y le daba su visto bueno a la costura que tanto la distraía. Ni tiene dedos tan ágiles, pero le sobran paciencia y constancia. Empezó con pañitos, luego llegó a bordar un vestido de lino con dibujos de colores, filigranas de rojo y pájaros de esmeralda casi mágicos. El vestido ganó el primer premio en una exposición de arte popular en Castilla-La Mancha, y, con su permiso, lo vendieron el último día. Cuando le trajeron aquel buen dinero, Ana me llamó llorando. Nunca antes había ganado nada y no sabía qué hacer.

No te angusties, algo haremos con ese dinerillo le dije riendo, luego me puse seria. Compraremos más vestidos de esos y tendrás trabajo para uno o dos años. No pienses en lo que no se puede.

Se calló entonces, pero sé que le dolió. ¿Cómo no, si últimamente solo sueña con casarse? Ver una pareja le da envidia sana. Por la tele sabe mucho más que yo de historias de amor, pero en su situación solo puede soñar.

Tras aquel éxito, el centro la invitó a unirse a una escuela de danza inclusiva, para crear un número con pareja a largo plazo.

¿Eso es posible? ¡Parece una broma dijo Ana, colgó, pensando que alguien quería reírse de ella.

Volvieron a llamarla y le animaron: si no resultaba, no la apretarían.

¡Quién sabe si tienes una oportunidad! Ahora eres laureada, ¡es la ocasión para crecer! insistía una mujer llamada Margarita Valero. Hablé con los servicios sociales para que una trabajadora te acompañe.

¿Y con quién bailaré?

Con alguien como tú. Tenemos varias parejas así. ¡Aquí nadie es un marginado, cada cual puede encontrar lo suyo! contestó Margarita, sin dejar opción.

Se puede probar… aceptó Ana, suspirando.

Al día siguiente vino el conductor con bigote enrojecido, serio, cortado el pelo al uno, y llevó a Ana, que salió sin gorro, por no aplastar el peinado que le había preparado Verónica. En el autobús ya estaba su pareja de ensayo, un chico en silla de ruedas: Alejandro. Le temblaba la mano al saludarle; qué cosa tan rara y emocionante sentir la fuerza en una mano masculina.

El conductor y yo la ayudamos a subir los escalones, subir la rampa hasta el centro, y luego llegar al salón; Alejandro manejaba su silla con soltura.

Los primeros ensayos fueron torpes. El sudor les corría, Ana y Alejandro se ruborizaban intentando girar siguiendo la música, aunque todo eran pasos sencillísimos. Daba tanta vergüenza ser torpe delante de la coreógrafa delgadísima y el propio Alejandro y la infatigable Margarita. Así empezaron: un par de veces por semana durante meses. Verónica, claro, siempre al pie.

Todo el otoño e invierno Ana pasó metida en la escuela de danza. Dejó hasta el bordado; ya no podía vivir sin sus ensayos, disfrutaba como quien acude a su puesto de trabajo soñado.

Hoy me toca ir con ella, pero estoy de mal humor y al entrar Ana salta:

¿Qué pasa, que tienes la cara larga?

No es nada me encojo.

Ella lo ve y cambia de tema:

¡Nada de dramas! Solo tenemos cuarenta años, aún se puede formar una familia.

Vuelves a lo mismo. Yo ya pasé por eso. Mi marido aguantó siete años y me dejó. Hizo bien, no lo culpo. Es justo por salir detrás de chicos como si fuera una perrilla Lo triste es que mis padres nunca conocieron a ningún nieto.

Eso ya pasó. Yo, en tu lugar, me habría casado otras cien veces.

¿Otra vez con los reproches?

En esta época se puede tener un hijo de otra manera.

¡Eso es mucho dinero! ¿Tú crees que gano tanto?

Pero oí en la tele que esas operaciones ya son gratis.

Hablamos luego ¿Qué te vas a poner hoy?

Ni te interesa de verdad Iré con mi blusa fucsia y la falda gris.

Póntelo bonito, que para eso te lo hizo la modista… El vestido largo, hay que acostumbrarse a él.

Ya lo llevo a la general, sino seguro lo mancho en el bus.

El día de la general fue eterno; ensayaron casi el doble de lo habitual. De vuelta, cuando la metí en casa, le quité el abrigo y la senté en la bañera; se notaba que estaba cansada pero no dejaba de hablar. Después, envuelta en la bata, la senté en la cocina, le preparé té con galletas y caramelos. Sin probarlos, me preguntó de sopetón:

¿Cómo fue tu primera vez?

¿El qué?

Con un hombre… le temblaban las mejillas de vergüenza.

Pues no me acuerdo.

Anda ya, no puede ser. Si estuviste casada, y luego venía Nicolás.

Ya no viene. Estuvo un par de meses tras el divorcio, pero pronto encontró a otra más joven. ¡Nada que envidiar resollé.

A mí me gusta Alejandro se atrevió a confesar Ana. Me mira de un modo…

A los morenos siempre les atraen las rubias. No te hagas ilusiones. La pasión se apaga y luego te vienes abajo.

¿Pero, entonces, cómo…?

No quiero hablar de eso. Bebe tu té y ve a descansar.

Se calló y yo de pronto comprendí que ella estaba a punto de contagiarse del mismo mal que le alejaba del dolor. Así que recogí rápido y antes de irme, avisé:

Mañana ven, te paso a buscar para la general. ¿Qué necesitas que te compre?

Lo de siempre masculló, cerrando los ojos.

¡Venga, a dormir, que mañana es grande el día!

No contestó, solo suspiró.

Al salir me dije: Estos bailes la vuelven más frágil. Hay que buscarle a alguien, aunque a veces parece que no dan para más. ¡Y ella que me echa en cara lo de Nicolás! Mejor no contarle nada más.

Me fui pensando en si debía seguir siendo yo la que estuviera a su cargo.

Esa noche Ana se arrepintió de haberme echado tan secamente. Pero mi paciencia se agota. En el fondo, hasta ganas de llorar le dan. Ojalá pudiera escribir versos, le haría una poesía al corazón, pensó Ana con lágrimas; el pecho le pesaba con una pena de hondura antigua, y aunque intentaba ahuyentar la imagen de Alejandro, se le venía sola: su pelo, sus ojos oscuros, sus manos fuertes. Los ensayos ya no le daban miedo. Notaba la seguridad junto a él y las palabras halagadoras de la profesora la llenaban.

Estaba ilusionada. Se sabía el baile casi de memoria, se había adaptado a Alejandro y al mundo del centro de rehabilitación.

Esa víspera de la general no paró de mirar el vestido en el sofá: largo, oscuro, con destellos de lentejuelas y piedras pequeñas. Una prenda tan viva que costaba retenerla en las manos. Se imaginó con ella ante todos, aunque después del concierto ni quería pensar.

De repente, oí la llave en la puerta.

¿Lista para brillar, estrella? entró Verónica, medio en broma.

Lista, aunque estoy muy nerviosa.

Eso es bueno. Venga, vamos poco a poco le dije, y empezamos a prepararnos despacio.

Llamamos al conductor para que pasara unos minutos antes. Ana quería ser la primera vestida y soltarse la timidez. Pero en el centro cultural, todo alborotado, pensaba que todo el mundo la observaba junto a Alejandro; él con su traje negro, pajarita y una mujer.

En camerinos, Alejandro le dio un beso en la mejilla.

No te agobies, todo va a salir perfecto susurró.

El calor de ese gesto la hizo ruborizarse tanto que tuvo que cerrar los ojos, hasta que otra mano suave le apretó el hombro.

Tranquila, todo irá bien.

¿Y tú eres…? dudó Ana, de pronto con una intuición amarga.

Alejandro se acercó:

Ana, te presento a mi mujer, Teresa.

Ana asintió, notó el anillo en la mano que hasta entonces no llevaba. El dolor fue tan repentino como violento. Todo se derrumbó y, por unos segundos, casi se desmayó

Le costaba respirar, luego solo sentía vergüenza cuando vinieron a ayudarla.

¿Qué le pasa? preguntó Margarita, la directora, más alterada que de costumbre.

A casa debe irse, está agotada, ¿no lo veis? zanjé yo.

¡A escena, nada de dramas! No hemos entrenado para tirar el guion.

Por fin Ana recobró algo de sentido. Pero siguió sin hablar, ni en el bus ni cuando la bajamos en casa.

¿Dónde está Alejandro?

Se quedó a bailar su número. Así son las cosas. No es para tanto. Mejor así, ya te lo dijo el padre Luis le solté seca.

Ana se ofendió.

Una vez el conductor cerró la puerta detrás de nosotras, Ana, todavía con el vestido, se dejó caer en la cama.

¿Ya se acabó el paseo? bromeó, por primera vez, el chófer.

Terminamos que le sean felices. Salga ya le dije, limpiando la rabia echándole.

Me acerqué a Ana.

¿Ahora me vas a decir qué te pasa?

Lloró un rato y luego balbuceó:

Alejandro está casado

Casi me reí: para todo el drama que había imaginado, y era por eso.

¿Tanto te has ilusionado tú?

No quiero verte más, vete. No lo necesito. Eres mala. Una peste.

Si lo hubiese dicho con rabia, pero fue apenas un hilo, casi infantil. Con todo, me dolió. Porque, ¿cómo no comprender sus palabras? Si para ella yo era familia. Las demás asistentes reparten comida y se van; yo hasta cocino y algunas veces duermo en su casa. Y ahora soy la mala.

Gracias, doña Ana musité.

Fingí calma, pasé a casa dando traspiés. Pediré que me quiten a esta clienta O igual dejo servicios sociales y regreso a trabajar a la guardería, como hace años tras salir del instituto ¡Allí nadie me llamaba peste!

Intenté hacer cena, pero no tenía fuerzas. Solo tomé un té con galletas y caí rendida en el sofá. Todo el día había estado en danza por Ana, y ahora Ahora, en vez de tristeza, la rabia me rondaba: A ver si un día entero sola le cambia. Una laureada malcriada, que todos giren a su alrededor.

Me dormí de verdad por fin. No sé cuánto, porque me despertó una llamada. Era el padre Luis, el cura.

Verónica, ven corriendo, debes acompañar a Ana al hospital

El corazón se me salió del pecho. Seguro algo grave. Salí, crucé medio barrio corriendo y, al llegar, ya había una patrulla, el sacerdote, vecinas.

¿Qué le pasa?

Creo que se ha intoxicado Me llamó diciendo que estaba mal y pidió ayuda, pero nada más. Cuando llegué, ella ya estaba inconsciente y había pastillas por el suelo. Llamé a la ambulancia, claro

Un policía joven se acercó.

¿Usted es quien cuida a la afectada?

Sí, soy la trabajadora social. ¿Qué ha pasado?

Ha intentado quitarse la vida.

Eso no puede ser, si vive como un ángel

Alguien la llevó a esto. Eso lo decidirá la investigación ¿Tiene llaves?

Las tengo.

Venga, pase. Hay que desconectar todo y cerrar. Luego pase a comisaría.

Si hace una hora estaba bien

Pues no tan bien. Su declaración ha de figurar.

Recorrí la casa apagando todo, guardando la compra en la terraza. Encontré el móvil de Ana.

Se queda ahí sentenció el policía.

Cumplí, la puerta quedó sellada y fui a comisaría. El policía, al terminar, me sonrió irónicamente:

¿Por amor? Vaya.

¿Por qué otra cosa, si no?

Pues no perdamos tiempo entonces. Váyase a casa.

En vez de casa, cogí un taxi al hospital. En admisión pregunté por Ana Fernández.

La que está intoxicada… En reanimación, haciéndole lavado de estómago. Ya está consciente.

¡Gracias a Dios! ¿Puedo verla?

De momento, imposible. Como pronto, en tres días si pasa a planta y a lo mejor ni eso, porque estamos en cuarentena de gripe. ¿Familia?

Amiga cercana.

Mejor así, pensábamos que no tenía a nadie bostezó la enfermera.

¿Le puedo traer la silla de ruedas?

En el hospital tenemos muchas. Aquí lleva el teléfono, por si necesita algo.

Volví a casa más tranquila, pero al llegar sentí frío, soledad, esa humedad que amenaza con colarse en los huesos. Ni llamar a nadie podía. El teléfono, mudo, y yo mirando el reloj hasta dormir.

Al día siguiente avisé en el trabajo, pedí que no se la asignaran a nadie más.

Sigue en tu lista, ya lo sé me aseguró la jefa.

Llamé cada día para saber cómo estaba, pero Ana no hablaba. Hasta que, al cuarto día, me llamó una enfermera:

¿Es usted Verónica Campos?

Sí.

Desde el hospital. Ana Fernández pregunta por usted. No se puede entrar, pero puede saludarla desde fuera: segundo piso, tercera ventana desde la izquierda frente a la entrada, a la una.

Gracias. ¿Le llevo algo?

Nada, estamos con gripe.

¿Ni flores? Acaba de pasar el día de la Mujer

Nada de nada, señora.

Esa mañana, tras visitar a dos usuarios, fui directa al hospital. Allí, esperando bajo la ventana designada, tardó un poco, pero por fin Ana asomó, pálida pero sonriente. No nos oíamos, pero con gestos, alzando un folio en el que solo ponía: “PERDONA”. Le hice gestos de no pasa nada, y según bajaba los brazos sentí una alegría irresistible. Cuando me indicó que era hora de irme, supe que todo iba a mejorar.

Al caminar por Madrid, con la nieve vencida por el sol, vi cómo la ciudad se llenaba de luz dorada, resplandecían desde lejos las cúpulas de la Almudena. Me embriagué con la certeza de que la primavera había llegado, y con ella todo el dolor de este invierno se quedaría atrás. Ahí, en esa alegría inesperada, decidí olvidar todos los disgustos, y con lágrimas de alivio pensé: No hay nada por lo que sufrir ya. Y al recordarla, me reí entre sollozos: ¡Pero mira que es cabezota Ana, más terca que una cabra!.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: