Recuerdo perfectamente aquella semana en que una perra comenzó a acudir a mi puerta. Nadie sabía por qué, hasta que lo descubrí.
Era muy temprano, serían las siete de la mañana, cuando un golpe seco en mi puerta me arrancó del sueño. Medio dormida, me puse la bata y fui a abrir. Allí, sobre el felpudo, estaba sentada una perra de pelaje rojizo, con destellos cobrizos y manchas claras en el pecho. No era joven; se notaba la vejez en las canas alrededor del hocico. Me miró desde abajo, con aquellos ojos pacientes y cálidos, esperando.
¿Y tú de quién eres? pregunté.
Por supuesto, no contestó. Solo movió el rabo, suave, toc-toc. No llevaba collar ni chapa. Solo estaba allí, sentada, mirándome.
Me agaché y le tendí la mano. Olfateó con recelo, luego lamió mis dedos. El hocico húmedo, cálida la lengua. Y de nuevo, esa mirada atenta, casi esperando una respuesta.
¿Te has perdido?
Silencio. Solo su respiración pesada, como si hubiera corrido largo.
Me levanté y fui a la cocina. En la nevera encontré una croqueta de pollo de la noche anterior. La serví en un cuenco viejo, resquebrajado, y volví a la entrada.
La perra comió con avidez pero sin ansia. No gruñó, no engulló; comía tranquila y limpia. Terminó, se relamió y me miró de nuevo y luego se fue. Escuché cómo bajaban sus uñas por las escaleras.
Cerré la puerta, intrigada. Era extraña la perra.
A la mañana siguiente, de nuevo un golpe en la puerta.
Abrí y ahí estaba, en el mismo sitio del felpudo. Pelaje rojizo, hocico encanecido, la misma mirada serena.
¿Otra vez aquí? musité.
El rabo: toc-toc.
Volví a darle de comer, esta vez un trozo de pechuga de pollo que quedaba de la cena. El mismo cuenco resquebrajado. Comió, me miró y se fue.
Y vino al tercer día, y al cuarto.
Empecé a dejarle comida a propósito. Compré pienso en la tienda del barrio. La dependienta me preguntó:
¿Has adoptado una perra?
No, respondí, es de la calle. Solo viene a comer.
Me miró con extrañeza, pero no dijo nada.
Al quinto día, ya esperaba el toque de la perra. Me despertaba sola antes de las siete, ponía el agua a calentar y preparaba ya el cuenco para ella. Ya no era aquel viejo de siempre, sino otro de cerámica que compré, con dibujos de peces en el borde. La perra comía. Yo tomaba mi té. Permanecíamos en silencio, acompañadas.
Luego ella se marchaba, y yo me preparaba para ir a trabajar.
Hacía tres años que vivía en aquel piso pequeño, una planta baja en una antigua corrala de Lavapiés. Mi espacio, aunque diminuto. Era camarera en el café El Roble. Las jornadas largas, al volver a casa solo quedaban el televisor, la cena y el sueño. Y vuelta a empezar.
Casi cuarenta años, sin marido ni hijos. Algún amor hubo, pero no cuajó. No me quejo, me acostumbré a la soledad. A veces no muchas, sentada en la cocina, pensaba que así transcurriría el resto de mi vida: en calma, en silencio.
Pero aquella semana, cada mañana, la perra tocaba a mi puerta. Y, sin darme cuenta, yo ya aguardaba ese toc-toc.
Al séptimo día no pude callar más.
Después de comer, la perra esta vez no se movió de la entrada. Se quedó sentada, mirándome.
¿Y tú, de quién eres? Seguro que te están buscando.
No respondió. Solo apoyó el hocico húmedo sobre mi rodilla cuando me senté a su lado. Entonces lo vi: en su cuello quedaba la marca del collar, la línea donde el pelo era más corto.
Así que tuviste dueño ¿Perdiste el collar?
La perra me miró, cálida. Fue entonces cuando lo entendí: no estaba perdida. Venía a propósito. Sabía la escalera, el portal, el piso. Y actuaba como si hubiera estado allí mil veces.
Cogí un papel y escribí:
“¿De quién es esta perra? Lleva una semana viniendo a mi puerta cada mañana. Tiene unos siete años. Si es su dueña o dueño, por favor, llamadme”.
Apunté mi número, envolví la nota en plástico y busqué una vieja correa en el armario, que até suavemente a su cuello.
Llévaselo a tu dueño le dije. O a quien sea que debas llevárselo.
La perra me miró un instante, movió la cola e inició su descenso por la escalera.
Aguanté todo el día esperando alguna llamada. Consultaba mi móvil cada media hora. Nada.
Esa noche llegué a casa y tampoco había mensajes.
¿Y si realmente ya no tenía dueño? ¿Y si le buscaba porque ya no estaba entre nosotros? Pero ¿cómo conocía el edificio?
Al día siguiente, por la tarde, oí un golpe en la puerta.
Al abrir, vi a un hombre.
Tendría poco más de cuarenta. Fuerte pero flaco, la camisa le iba grande, como prestada. Llevaba en la mano una correa roja; la reconocí enseguida.
Buenas tardes, dijo con voz grave y algo ronca. Vengo por el aviso. Es mi perra.
La correa roja estaba desgastada. Me vino a la memoria haberla visto antes: cuando el viejo del piso de enfrente sacaba a la perra, silencioso, por las mañanas y noches.
Don Eusebio.
En realidad, añadió el hombre, era de mi tío. Vivía aquí, justo al lado.
Lo sé respondí. Don Eusebio.
Asintió.
Falleció hace cuatro meses.
Lo recordaba: en otoño, el aviso en la entrada del edificio. Eusebio García Fernández, nacido en 1952, ha fallecido…. Apenas le conocía: solo los saludos diarios. Buenos díasBuenos días. Y luego, el silencio. La puerta de enfrente cerrada.
Soy su sobrino continuó. Ramón. No quedan más familiares. La herencia fue la casa y la perra.
Señaló la correa.
Colorada.
¿Así la llamaban? pregunté.
Así le decía mi tío. En el papel tiene otro nombre, pero para él siempre fue Colorada.
Me aparté para dejarle pasar. Dudó, pero entró. Observó el pequeño recibidor, el corredor estrecho hacia la cocina y el cuarto.
No entiendo dije. Ella viene a mi casa. Cada día, una semana entera.
Ramón suspiró y se pasó la mano por el rostro.
Lo sé. La he estado siguiendo. Cada mañana se escapa. Pensé que solo paseaba. Pero viene aquí.
¿A mi casa?
A este portal, este piso. Me miró. Busca a mi tío.
No entendí al principio, pero sentí un escalofrío.
O sea…
La casa de mi tío era justo enfrente. Ella recuerda el camino. Sube cada mañana, se sienta en la puerta, aguarda y luego se marcha. Y así, cada día.
Sentí frío. No venía a mí. Venía a esperarle a él, a aquel vecino que andaba siempre con ella por el barrio. Buenos díasBuenos días. Ya no estaba, pero ella seguía esperando.
¿Y por qué aquí, a mi piso?
Porque ahora allí estoy yo explicó Ramón. Huele diferente, soy un desconocido. Quizá aquí, en el rellano, le quede el perfume del pasado. O tal vez recuerde a mi tío saludando ante tu puerta. No lo sé.
Calló, con la correa roja en la mano, inseguro.
No puedo con esto admitió al fin. Ella está triste, no come, no juega, se pasa el día tirada en la entrada. Y yo abrió los brazos. Para ella soy un desconocido.
Fuimos a la cocina. Puse agua a hervir, saqué dos tazas. Se sentó encorvado, como si las penas le pesaran.
Hace dos meses me mudé contó. Mientras se arreglaba la herencia, la cuidó una vecina. Después fui yo a buscarla.
¿No eres de Madrid?
No, de Segovia. Soy ingeniero pero trabajo por turnos. Pausa. Hacía diez años que no veía al tío Eusebio, desde el funeral de su esposa. Después quedó solo. Solo con Colorada.
Añadí azúcar al té, él asintió.
¿Él estaba enfermo?
Del corazón. Ramón bebió un sorbo. Falleció tranquilo. Lo encontraron tres días después. La perra estuvo todo ese tiempo allí, sin comer ni beber apenas, esperando.
Imaginé la casa vacía, ese silencio. Y la perra fiel, esperando que su dueño despertara, quien ya no podía hacerlo.
Me da pena confesé. Pero no sé cómo ayudar.
Dejó la taza.
Ya lo haces. Si viene a verte, es porque aquí se siente más a salvo. Quizá se detuvo, ¿te importaría dejarla entrar de vez en cuando? Aunque solo un rato.
Le miré. Un hombre de más de cuarenta, solo, con una perra que no le acepta. Y yo, casi cuarenta, sola, en un piso vacío.
Por supuesto dije. Que venga cuando quiera.
A la mañana siguiente, Colorada volvió a llamar ese conocido toc-toc, ya esperado. Abrí y allí estaba, sentada en el felpudo, el rabo latiendo suave.
Buenos días susurré. Pasa.
Esa vez entró, curioseó el pasillo, echó un vistazo al cuarto y volvió a la cocina, donde se sentó cerca de mí.
Depositó la cabeza sobre mis rodillas, cálida y pesada.
Llevé el cuenco, puso el hocico y comió despacio, sin prisa. Terminado fue hasta mí, apoyando el hocico como buscando consuelo.
¿Echas de menos a tu dueño? le pregunté.
No respondió, solo fijó en mí esos ojos grandes, inteligentes, muy tristes.
La acaricié.
Yo también echo de menos a alguien dije. A mi manera.
Colorada se recostó en mis rodillas. Así, en silencio, pasaron unos minutos. Luego se levantó y se marchó.
Por la tarde me llamó Ramón.
Ha vuelto me dijo. Tranquila, sin aullidos. Hasta ha comido.
Bien le respondí. Que venga por las mañanas. Total, yo me despierto siempre temprano.
Gracias… vaciló. ¿Podría pasar algún día contigo? Con ella.
Dudé. Era un extraño pero su tono era tímido, como quien teme la negativa.
Por supuesto accedí.
El sábado vino por la mañana. Colorada a su lado, y un paquete pequeño en la mano.
He traído algo.
Dentro había un antiguo cuenco de cerámica, con una esquina rota y el dibujo de unas flores casi borrado.
Era de mi tío explicó Ramón. Ella siempre comía aquí.
Lo acepté: era pesado, áspero, lleno de vida vivida.
Serví pienso en el cuenco. Colorada olfateó y, de pronto, movió el rabo con alegría. Comió rápido, con ansias que no le había visto en toda la semana. Después me miró.
La ha reconocido dijo Ramón, con voz temblorosa.
Desde entonces, todo fue más despacio: paseos, tés compartidos y una conversación de vez en cuando. Colorada se fue reanimando. Y tal vez, nosotros también.
Quizás para empezar de nuevo, solo haga falta abrir una puerta.
O esperar a que alguien, en silencio, toque muy despacio con el rabo: toc-toc.





