Diario de Lucía, 15 de noviembre
Hoy me he parado a pensar en cómo cambiaron las cosas en tan poco tiempo. Seis meses de relación con Álvaro. Medio año creyendo ver la vida de color de rosa, imaginando un futuro juntos, cuando cualquier pequeño defecto suyo me parecía hasta entrañable. Inteligente, solvente, culto y, por supuesto, siempre con ese aire arreglado y seguro de sí mismo. Nos pasábamos los fines de semana descubriendo nuevas cafeterías en Malasaña, paseando por el Retiro, comentando pelis en versión original… Por un momento llegué a pensar que compartíamos las mismas ilusiones.
Pero la realidad es que mirábamos en direcciones opuestas. Yo soñaba con una relación basada en la igualdad; él, en cambio, veía en la pareja una forma de estar cómodo con el mínimo esfuerzo posible.
La conversación sobre vivir juntos surgió durante una cena cualquiera, mientras repartía el vino en las copas:
Lucía, ¿no estás harta de ir de mi casa a la tuya y viceversa? Es absurdo seguir pagando cada uno nuestro alquiler. ¿Por qué no buscamos un piso de dos habitaciones en Chamberí?
Yo sonreí, llevaba tiempo esperando que se animara a dar ese paso. Pero lo que salió de su boca a continuación me hizo dejar la copa sobre la mesa y mirarle con otros ojos.
Eso sí, vamos a poner las reglas claras desde el principio dijo, como quien negocia un traspaso, no una vida en común. Somos gente moderna, ¿no? Así que cada uno lleva su dinero y nos repartimos todos los gastos: alquiler, luz, comida… al cincuenta por ciento.
Me parece bien, Álvaro asentí, pensando en la equidad.
¿Y el tema de las tareas? pregunté, por si acaso existía la misma lógica que con el dinero.
Se rio un poco y, con una sonrisa desarmante, contestó:
Eso la naturaleza ya lo dejó claro hace siglos. Tú eres mujer, el instinto de crear hogar lo tienes en los genes. Así que la cocina, la limpieza y la colada, van por tu cuenta. Si algún día me apetece, tiro la basura o arreglo una estantería… pero lo normal es que tú lleves la casa. ¿Qué tiene de malo ser la dueña de tu propio hogar?
El silencio fue total. Le miré, intentando encajar esas piezas que no cuadraban.
Para qué pagar a una asistenta, si tienes pareja que lo hace gratis.
Decidí no enfadarme y probar con su propio lenguaje:
Álvaro, te entiendo le respondí tranquila. Quieres igualdad para los gastos, perfecto. Quieres casa limpia, cena casera, camisas planchadas… pero igual que tú, trabajo ocho horas diarias, y no me quedan ni tiempo ni ganas de convertirme en ama de casa voluntaria tras la jornada.
Él se tensó un poco, pero no me cortó.
Te propongo una alternativa continué: Repartimos gastos a medias, pero también contratamos a una asistenta que venga dos veces a la semana y se encargue de limpieza, plancha y preparar comida para varios días. Dividimos igualmente ese gasto. Así todo estará en orden y ninguno carga con todo el peso. Los detalles y el toque personal del hogar, ya los pongo yo: unas velas, unas cortinas bonitas, y listo.
Su cara reflejaba claramente el proceso mental: primero sorpresa, después fastidio, y finalmente, un gesto distante. Noté cómo calculaba en su cabeza, y la suma no le salía nada bien.
No quiero extraños en casa se quejó. Además, es gastar por gastar ¿tan difícil es preparar una tortilla para tu pareja? Eso es amor, no un trabajo.
Curioso cómo cuando se trata de valorar el trabajo doméstico femenino, de pronto pasa a ser amor y vocación. Preparar la comida: afecto. Compartir la compra: negocio.
Álvaro, dije en voz baja, si yo cocino tras una jornada completa mientras tú ves fútbol o juegas a la Play, no es cariño, es explotación. Si el presupuesto es separado, entonces los deberes también. O repartimos todas las tareas, o pagamos a alguien y a medias. No pienso pagar lo mismo que tú y, además, trabajar el doble.
No supo qué decir. Terminamos la cena entre silencios incómodos y me dijo que tenía que pensarlo.
Al día siguiente no tuve el habitual Buenos días suyo. Por la tarde, un mensaje breve: que tenía mucho lío en el trabajo. Y a los tres días, desaparición total. Ni llamadas, ni WhatsApp, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Al cabo de una semana, una amiga en común me contó: Dice Álvaro que sois incompatibles porque tú eres muy interesada y nada apañada. Que sólo te importa el dinero y no sabes lo que es una familia.
Dolió, claro. Seis meses de ilusiones, planes. Pero luego sentí alivio.
Su silencio fue la mejor respuesta a todo. No buscaba a una mujer, buscaba servicio doméstico con tarifa plana.
Se marchó Álvaro, y mejor así. Ahora he contratado a una asistenta para mí sola. Llego a mi piso limpio, me hago un té y pienso: qué maravilla es no tener que cuidar a quien nunca me valoró.






