¿Crees en el destino? A veces un detalle minúsculo es capaz de derribar muros de mentiras que parecían indestructibles. Esta historia transcurre en un parque común y corriente de Madrid, pero su final hará que te salte el corazón del pecho.
**Escena 1: El hallazgo**
Una mañana tranquila, el sol madrileño brillando con descaro. Un niño de unos siete años descansa en un banco, con la curiosidad grabada en la cara mientras inspecciona una billetera de cuero bastante vieja que acaba de encontrar entre la hierba. Abre el compartimento de las tarjetas y se queda petrificado: en el plástico, lo observa la sonrisa congelada de una mujer en una foto.
**Escena 2: El propietario**
Un hombre aparece corriendo, perfectamente trajeado, como si acabara de abandonar una reunión del consejo de administración para salvar el mundo o su billetera. Lleva el sudor en la frente y el alivio grabado en cada arruga.
**«¡Mil gracias por encontrarla! Es muy importante para mí»,** dice soltando el aire y estirando la mano, impaciente.
**Escena 3: Una pregunta inesperada**
El niño no parece dispuesto a soltar la cartera así como así. Se la pega fuerte al pecho, clava los ojos grandes en los del hombre y, con voz temblorosa, pregunta:
**«¿Por qué tienes una foto de mi madre aquí?»**
**Escena 4: Sorpresa monumental**
El ejecutivo, que hasta entonces parecía heraldo del IBEX 35, cae lentamente de rodillas y su rostro empalidece a velocidad de vértigo. Con la voz apagada, casi inaudible, susurra:
**«Eso no puede ser Es mi esposa. Desapareció hace siete años.»**
**Escena 5: Choque de realidades**
El chaval indaga en el bolsillo de su chaqueta y, ni corto ni perezoso, saca otra foto idéntica, aunque con las esquinas algo dobladas de tanto viaje.
**«Ahora mismo me espera en los columpios»,** explica, señalando con el dedo la zona de juegos.
Los ojos del hombre se agrandan como platos, y gira la cabeza con el asombro pintado de arriba abajo
Final de la historia: ¿Qué sucedió realmente?
Álvaro que así se llamaba nuestro desconcertado protagonista se levantó con las piernas tambaleantes, como si acabara de salir de una carrera de San Silvestre. Al fondo, en un banco junto al arenero, una mujer de abrigo ligero leía un libro. Justo en el momento en que se acercaron, levantó la mirada, y los ojos de ambos se cruzaron como descargas eléctricas. El libro resbaló de sus manos y fue a parar al suelo.
**«¿Lucía?»** suspiró Álvaro, incapaz de creérselo.
Ella no huyó. Solo se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Más tarde se supo que, siete años atrás, Lucía tuvo un accidente brutal en Barcelona y perdió por completo la memoria. No recordaba ni su nombre ni su vida anterior. Estaba ya embarazada (aunque aún ni se imaginaba), y desde entonces vivió con otro nombre, criando sola a su hijo y pensando que su historia empezaba en la fría habitación de un hospital.
La billetera, que Álvaro había dejado caer por accidente esa mañana, era el único recuerdo físico que le quedaba de aquella esposa desaparecida. El destino que a veces le gusta darse importancia los llevó de la mano al mismo parque, el mismo día, a la misma hora, para que una billetera perdida devolviese a un hijo su padre… y a un hombre, el amor que creyó enterrado para siempre.
Ah, y todo esto al módico precio de una lágrima y ni siquiera una moneda de euro de por medio.





