Un día me encontré con Alba en la calle, estaba en la puerta de mi casa con lágrimas en el rostro. La invité enseguida a entrar y, cuando nos sentamos a hablar, me confesó que había ocurrido algo terrible, organizado nada menos que por mi propia madre.

El amor prohibido puede ser más doloroso decât un corte de jamón serrano sin pan, y por desgracia, yo me vi en una situación de esas, aunque en mi caso se complicó aún más que una cola para comprar la Lotería de Navidad. En mi segundo año en la Universidad Complutense de Madrid, caí rendido ante una chica encantadora llamada Rocío. Era guapa, lista y con más gracia que un gato en una azotea madrileña, pero a mi madre no le hacía ninguna gracia el origen sencillo de su familia. Según ella, Rocío no era suficientemente digna de mí y debía salir con alguien a mi altura, como quien elige el vino de la carta.

A pesar del drama nivel telenovela, salía con Rocío a escondidas. Un buen día, recibo una carta suya más dramática aún que una sobremesa familiar en la que me decía que no podía más con la presión de mi madre y que había decidido dejarme. Aquello terminó en una trifulca tremenda con mi madre, así que decidí hacer las maletas y buscar independencia, lejos de su constante interferencia. Sin embargo, mi corazón seguía atado a Rocío, como el chorizo a la cuerda, y no me entraba en la cabeza cómo pudo romper así conmigo.

Una mañana monumental, mientras bajaba la basura, me encuentro con Rocío esperando en el portal, hecha un mar de lágrimas. Claro, preocupado por si no había desayunado bien, la invité a subir a casa para resguardarse del aire castizo, y allí decidió contarme la verdadera historia. Resulta que mi señora madre, con más arte que una abuela preparándote la merienda, había escrito la famosa carta suplantando a Rocío, haciéndome creer que ella había cortado conmigo; y, como guinda, le contó a Rocío que yo ya me había buscado otra y hasta que me había ido a vivir con ella.

Cuando salieron a luz las artimañas dignas de un capítulo de Cuéntame cómo pasó, volvimos a estar juntos y vivimos el amor con alegría y salero, dispuestos a no dejar que el dichoso estatus social nos pusiera zancadillas. Encontramos el consuelo en los brazos del otro, sabiendo que nuestro amor podía con la opinión ajena más rancia que un queso manchego. Desde aquel día seguimos nuestro camino de la mano, ignorando las habladurías y apostando por nuestra propia felicidad, como buenos madrileños testarudos.

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Elena Gante
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Un día me encontré con Alba en la calle, estaba en la puerta de mi casa con lágrimas en el rostro. La invité enseguida a entrar y, cuando nos sentamos a hablar, me confesó que había ocurrido algo terrible, organizado nada menos que por mi propia madre.
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