Madre mía, ¡qué maravilla! Doña Carmen, ¡de verdad, usted es una artista!
Los tulipanes multicolores alegraban la vista de cualquiera. Lucía lo sabía bien: le constaba el enorme esfuerzo y cariño que Carmen, su vecina, había dedicado durante años para transformar el patio gris del bloque en un jardín floreciente. Hasta el parque infantil al que iban Lucía y su hija Alba era mérito de Carmen. El patio había cambiado por completo; estaba limpio, amplio, lleno de vida. Pero sobre todo los tulipanes eso ya era otro nivel. Todos, cada uno, Carmen los había plantado con sus propias manos. En casi quince años que Lucía vivía allí, desde que sus padres se mudaron al bloque, nunca había visto a nadie plantar nada. Carmen fue la primera, y empezó justo tras quedarse viuda.
Quedarse sola a esa edad no es fácil. Su único hijo, Álvaro, vivía lejos y tampoco había nadie más a quien pudiera recurrir. Mudarse con él, ni hablar. Carmen se sentía demasiado unida a Madrid, la ciudad en la que transcurrieron su infancia y juventud, y donde vivieron todos a quienes quiso. Álvaro ya tenía su familia y, para colmo, la relación con su nuera no era precisamente maravillosa. La madre de la nuera estaba cerca, así que ayuda no les faltaba. Y Carmen, por simpática y maja que fuera, no dejaba de sentirse un poco de más.
Pese a no ser de las que se quejan, Lucía había notado bien lo sola que se sentía su vecina Y es que Lucía lo entendía a la perfección. Cuando se separó de su primer marido, se vio incluso al borde del ataque de nervios, ahogada en nostalgia y rabia. Quizá podría haber salvado el matrimonio Solo tenía que haber pasado por alto aquel desliz sin importancia. Pero ¿cómo ignorar una aventura y más si la amiga especial era Bea, con la que había compartido pupitre toda la ESO? Habían pasado más de ocho años a su lado y compartido de todo, hasta el pan.
Lucía miró a Bea directamente a los ojos, recogió las llaves de casa de manos de su ex y se lanzó a sufrir como toca. Se pidió hasta una semana de vacaciones sin sueldo para llorar a gusto. Pero ni con esas, logró terminar el show de su sufrimiento como toca. Estaba, vaso de helado en mano, hecha un desastre, con los ojos hinchados de tanto llorar y más cabreada que una mona cuando alguien, en vez de llamar educadamente, aporreó el timbre. Ni se le pasó por la cabeza que igual debería haber pasado. Cuando se llama con tanta fuerza a la puerta, sólo podía significar una cosa: algo grave.
Así que Lucía se puso rápidamente unos vaqueros y abrió la puerta.
En aquel entonces, ver a Doña Carmen resultaba impactante. Lucía siempre la había conocido calmada y resuelta, saludando con una sonrisa dulce a todos los vecinos y parándose a hablar con cada niño del barrio.
¿Cómo anda la tripita de Aarón? ¿Duerme bien Sofía? ¿Tiene suficiente leche Samuel, Mónica?
Carmen era médico. Pediatra, de las buenas, de las vocacionales, de las que siempre tienen tiempo y un gesto amable. Así era ella.
Pero aquel día parecía otra persona. Despeinada, destrozada por el dolor. Pero al ver a Lucía, de pronto, como si apartara su propia desgracia, le preguntó severamente:
¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué tanta lágrima? ¿Te duele algo?
Y así Lucía volvió al mundo real, dejando atrás ese laberinto interior al que había intentado huir con su pena. Por grande que fuera su dolor, el de Carmen, en ese momento, era mucho más fuerte. Y, efectivamente, tenía motivos de verdad.
Se puede perder un marido, saber que está por ahí vivo, sano, quizá incluso feliz, y duele, claro. Pero cómo compararlo con perderlo de verdad, para siempre y de repente, sabiendo que no hay ni vuelta atrás ni arreglo posible
El marido de Doña Carmen no llegó a tiempo al hospital. Primero no quería ni que llamaran al 112, convencido de que las pastillas le sacarían del apuro, como siempre. Ya fue tarde cuando por fin se animaron a avisar. Cuando llegó ayuda
Ella, que cada mañana iba al mercado de San Fernando a por requesón y verduras, encontró a su marido desmayado en la puerta. Pretendía ir a recibirla, pero ni siquiera pudo bajar las escaleras.
Aquel día Lucía simplemente cogió el móvil, se puso chaqueta y salió tras Carmen. Volvió ya por la noche. Tiró aquel helado derretido a la basura, recogió su piso y se quedó largo rato en la cocina, rodeando con un dedo una taza de té frío, pensando.
Al día siguiente, cogió los papeles y pidió el divorcio. Entendió que no se puede dejar la vida para otro día. Llorar, llorar no cambia nada. Hay que avanzar, o te quedas estancada, amargada sin remedio. Y la vida no da segundas vueltas: no se puede reiniciar ni borrar ni un segundo. Mejor dejar atrás el rencor y seguir adelante.
Lucía lo logró. Poco a poco, a su ritmo, logró salir de aquel túnel que ella misma cavó. Nuevo trabajo, nuevo amor Fue duro, sí. Pero ahora tenía a Diego y a Alba. Y la vida empezó a brillar de otra manera.
En cambio, Carmen no logró volver a ser la de antes. Y aunque el golpe de la muerte de su esposo lo llevó como pudo, Lucía veía que de la vecina chispeante y risueña no quedaba casi nada. Solo una sombra, una sonrisa congelada. Con los años, Carmen se jubiló, se marchó al pequeño chale de las afueras, pero ni ese refugio pudo mantener: hizo falta venderlo cuando a su hijo le surgió la oportunidad de comprar piso. ¿Cómo no ayudarle? Es su hijo único
Se le veía que vivir le costaba, un peso encima, día tras día, sin ilusión. Seguía respirando, seguía su rutina, pero ya no era igual. Su hijo no regresaría a Madrid. Su vida estaba lejos, en otra ciudad, otros ritmos. Es ley de vida, bien lo sabía Carmen. Pero dolía
¿Y qué queda entonces? Un poco, la chiquillería del barrio que ronda por el patio, alguna visita de viejas amigas que también andan liadas con sus cosas, nietos y casas
El resto es soledad. Apagar la tele por la noche y temerle al silencio, sentir ganas de gritar a la luna de pura pena.
Lucía se dio cuenta de que por mucho que hablara con Carmen, aquello no hacía más que agravar el dolor, y que, cada vez tras esos ratos de charla, Carmen desaparecía varios días, sin salir siquiera al patio. Tal vez ni abría la puerta.
Así que cambió de táctica. Si las palabras no funcionan, hacen falta hechos. Necesitaba distraerla, encontrarle un objetivo.
La idea llegó así, sin querer. Diego solía sorprenderla con detallitos, pero aquel enorme ramo de tulipanes que le trajo justo antes de nacer Alba, fue la chispa. Lucía, embarazada y feliz, exclamó: ¡Eureka!. Diego flipó, convencido de que las hormonas me estaban volviendo loca, pero le calmé y le conté el plan. Al día siguiente, golpeé la puerta de Carmen con un cajón de bulbos a los pies. Diego se escabulló en cuanto se abrió la puerta.
Déjamelo a mí le dije.
Le solté a Carmen un cuento tan convincente de que no me pude resistir a la abuelilla que vendía bulbos en la esquina, que hasta yo acabé creyéndome.
Y luego recordé que su casita de campo siempre tenía unos tulipanes preciosos. ¡Ayúdeme, por favor! Este patio está que da pena. Si plantamos flores, aún lucirá bonito. Pero yo ni idea y con esta barriga, menos. Pero usted sí que sabe, ¿verdad?
Doña Carmen repasó los bulbos, me amenazó con el dedo, pero por primera vez en mucho tiempo, esbozó una pequeña sonrisa.
Quedará precioso. Pero no basta con tulipanes, hija. Duran poco. Mejor meter algo más para que el jardín luzca todo el año, no solo un par de semanas.
Y así empezó la movida floral del patio. Nadie quería encargarse de plantar, pero sí soltaron euros para los esquejes y semillas. Al principio Lucía se encargó de las compras. Pero tras nacer Alba, Carmen asumió todo.
El patio floreció, pero no solo eso: gracias a sus antiguos contactos, pronto tuvimos parque infantil y bancos nuevos por los portales.
Hasta los hombres del bloque, que siempre protestaban de todo, se animaron. En la primera jornada comunitaria cercaron los jardincitos, y Doña Carmen casi lloró de emoción al ver la valla blanca.
Carmen ya pasaba casi todo el tiempo en el patio: plantando, regando, pintando. Le había vuelto la vida, y ver aquello alegraba a Lucía. Salía paseando a Alba junto al jardín, pensando en lo agradecida que estaba a Diego por aquellos tulipanes que cambiaron tanto.
Y cuando Alba empezó a andar, Lucía la sacaba al patio, deseando mostrarle las primeras flores de primavera.
Y ahí estaban, por fin.
Lucía, parándose junto al jardín, casi deja escapar la manita de Alba, embelesada. La traviesa se aprovechó y salió corriendo.
¡Alba! Lucía corrió tras su hija para detenerla antes de que llegara al bordillo.
Carmen interrumpió la pintura del cercado y soltó una carcajada:
¡Corre, corre, Lucía! Eso sí es ejercicio, ¡no te quejes más de que no tienes tiempo para el gimnasio!
Ya ves dijo ella, atrapando a Alba, que chilló de contenta. ¿Dónde venden niñas tan rápidas?
Pero, ¿te has fijado en cómo camina? preguntó Carmen, preocupada. Va en puntillas, ¿eh?
Sí. Incluso en casa, cuando va descalza. ¿Eso es malo?
Enséñasela a un neurólogo, por si acaso.
¿Puedes recomendarme alguno?
Lo miro y te digo. Pásate luego, que si tengo algún buen contacto, te lo paso. Mis compañeros ya todos andan jubilados o cuidando nietos, o hasta bisnietos. A los jóvenes ya apenas los conozco. Me tocará tirar de radio macuto.
¿Radio qué?
Radio macuto, hija rió Carmen. Llamaré a los de mi quinta y seguro que alguno conoce a alguien.
¡Gracias!
De nada, mujer. ¿Cómo va todo en casa?
Bien, aunque Diego no para de currar. Llega tarde, se va pronto
Eso es bueno, Lucía, es señal de que es responsable. ¿Preferirías que fuese un vago?
¡Eso nunca!
Mira, muchas me han venido con el mismo drama, sobre todo con el primer hijo. Es normal, quieres cariño, atención y a veces acabas protestando. Pero te aseguro, nunca he visto que los enfados lleven a nada bueno. Los hombres, en el fondo, no oyen lo que una intenta decir cuando grita. Tú le cuentas que te puede la rutina y el cansancio, él que a él le pasa igual. Así va la cosa.
Me pasa a menudo y no sé cómo evitarlo; sé que Diego es un marido de diez, pero igual me salto.
Pues hay truco, Lucía. Di lo que piensas, pero sin voces ni dramas. Dale de comer, un té, lo que sea, y luego se lo cuentas. Pero sin atacar.
¿Pero cómo?
Vas lista para tu edad No cargues contra él, carga contra las circunstancias. Si le sueltas que es mal padre y marido y que nunca tiene tiempo para ti, ¿qué ganas?
Nada bueno.
Pero si le dices que le echas de menos, que hija le espera en la puerta y quieres pasar tiempo juntos, ¿se enfada?
No, claro.
¡Pues eso! Yo con mi marido, Vicente, duré casi cincuenta años bien. Solo una vez nos enfadamos de verdad.
¿Por qué?
¡Por el perro! Nuestro hijo insistió en que quería un cachorro Yo me negaba por falta de tiempo, pero no hubo forma.
¿Al final, hubo perro?
Pues sí. Y menuda paliza, bajando a pasear. Pero me sirvió para adelgazar diez kilos. El perro era de los que necesitan correr dos horas seguidas o desmontan la casa. Mi hijo pequeño y no podía sacarlo solo, Vicente siempre de viaje así que ahí estaba yo, con el bicho.
¿Y tú hijo?
Bueno para esas edades, poco ayuda. Pero aprendí y el perro era más listo que el hambre; enseguida pilló que pasear conmigo valía más que con su dueño.
Inteligente rió Lucía.
¡Como su dueña! dijo Carmen, apartando la lata de pintura lejos de Alba. ¡Que luego tu madre no podrá limpiarte!
Después de despedirse, Lucía llevó a su hija al parque. Columpios, caja de arena, palmitas la rutina.
Cuando ya estaban de vuelta al portal, Lucía de pronto no pudo creer lo que veía y se tapó la boca para no gritar asustando a Alba.
Carmen, que ya había terminado de pintar y se había marchado a casa, ya no estaba en el jardín. Ahora mandaba allí otro personaje: un mocoso apenas mayor que Alba, inquieto y con energía de sobra.
La mayoría de los tulipanes habían sido arrancados o pisoteados por sus pies diminutos.
Al mirar al parterre del portal vecino, Lucía casi se echó a llorar. Allí tampoco quedaba rastro de la belleza anterior.
La madre del niño, de pie y sonriente junto al cercado, observaba tan campante la escena.
¿Pero qué es esto? preguntó Lucía, la voz ronca de indignación.
¿Pasa algo? replicó la madre clavándole unos ojos azulísimos llenos de extrañeza. Es un niño descubriendo el mundo, ¿qué problema hay?
¡Pero no puede pisotear las flores así!
¿Y por qué no? ¿Quién puede prohibirle a mi hijo descubrir el mundo? ¿Usted?
¿De verdad considera esto desarrollo? Lucía hervía de rabia.
No podía gritar, no quería asustar a Alba.
Su hija, a su lado, le apretaba fuerte el dedo.
Por supuesto, el mundo se aprende así. Las flores están para ser cogidas.
No son silvestres, estas flores las plantó y cuidó alguien.
¡Pero qué tonterías! ¿Y usted por qué se pone así? Total, son solo tulipanes. Otros crecerán.
El autocontrol de Lucía estalló y casi se abalanza sobre esa mujer. El llanto de Alba la frenó.
¡Recoja a su hijo o llamo a la policía! dijo, con la voz baja pero contundente, mientras sacaba el móvil.
¡Ay, por favor! ¡Hay que ver lo finos que son algunos! Llame si quiere, ¿qué cree que me hará?
La mujer se llevó a rastras al niño, con protestas y gritos.
Fíjese lo que ha conseguido, ahora llora dijo la madre.
Me da igual Lucía lo dijo lo bastante alto como para que escucharan todas las vecinas que se asomaban. ¡Váyase!
Lucía las siguió con la mirada, todavía temblando, y enseguida oyó una voz temblorosa detrás:
Pero, ¿cómo puede ser esto, Lucía? ¿Por qué? Yo
Doña Carmen estaba en el portal, aún con la regadera en la mano y un bollo para Alba en la otra.
Lucía quiso explicarle todo, pero Carmen soltó un gesto, dejó la regadera en el primer escalón y entró en el portal, como si le hubiera caído un peso inmenso sobre los hombros.
Lucía corrió tras ella en cuanto Alba se calmó. Llamó y llamó a su puerta, pero no obtuvo respuesta.
Sin opciones, Lucía decidió que volvería luego. Pero ni esa tarde ni la siguiente, Carmen abrió la puerta.
Muerta de preocupación, Lucía encontró el móvil de Álvaro.
Gracias. Llamo yo a mamá dijo él.
Gracias
Nunca había esperado tanto una llamada.
Mamá está bien, tranquila. Solo no quiere ver a nadie. Está muy triste. ¿Qué pasó? No me explicó nada, solo me pidió que no me preocupara.
Lucía le contó lo ocurrido, asegurando que pondría atención, que no dejaría a Carmen sola.
Sé que tu mujer está embarazada, Lucía. No te preocupes, intentaremos arreglarlo.
¿Quiénes intentaremos? ¿Prefieres venir tú?
Mejor espera, déjame pensar. Tengo una idea. Si no sale, te aviso, ¿de acuerdo?
Gracias, de verdad.
Esa noche, Alba se quedó con su padre. Lucía, mientras, fue casa por casa explicando a vecinos su plan. Pocos se negaron.
Al día siguiente en el patio se reunieron los que pudieron ayudar. Los hombres bajaron cajas del maletero. Había faena para todos. Lucía ya había mandado a Diego de vuelta con Alba, pero ella se quedó plantando. La mirada de Alba viendo al niño destrozar el jardín le empujó a actuar. No podía consentir que su hija crezca con miedo, con la impresión de que la belleza se puede destruir tan fácilmente. Tenía que hacer algo.
Por eso abrió caja tras caja, aceptando la ayuda de todo el que se acercaba. Por eso, besó fugazmente a Diego y le agradeció en voz baja cuando se llevó a Alba.
Por fin, el sábado, Lucía subió a casa de Carmen.
¡Doña Carmen, por favor, abra! Sé que está dentro. Es muy, muy importante. ¡Se lo pido!
Costó, pero la puerta finalmente se abrió. Carmen tenía los ojos perdidos, secos de tanto llorar.
¿Qué ocurre, Lucía? ¿Le ha pasado algo a Alba? Su voz era apenas un susurro.
No Gracias a Dios, está bien. Pero ¡la necesito! Ahora mismo. ¿Baja conmigo, por favor? Se lo suplico
Ya sin palabras, Lucía la miraba, sin saber cómo convencerla.
¿Es urgente? suspiró Carmen, cogiendo la gabardina.
Sí, mucho asintió Lucía.
Solo un rato, ¿vale? Me encuentro regular
El sol brillante hizo que Carmen se cubriera los ojos al salir del portal.
¡Uf, espera, Lucía, que no veo nada! dijo.
Pero Lucía ya no contestaba; la respuesta era el silencio. Carmen parpadeó y, de repente, se le cortó el aire. Quería tomar aire, pero no podía. Lo que veía, la dejó sin habla.
Tulipanes ¡mares de tulipanes! Los parterres y dos nuevas zonas estaban cubiertas de color.
Pero ¿cómo? ¿Y esto?
Doña Carmen, venga, siéntese aquí le ayudó Lucía a sentarse en el banco. Siento no haber podido salvar los que usted cuidó tanto. Todo pasó tan rápido Y con gente que no quiere entender nada, es imposible razonar. Pero ¿sabe qué?
¿Qué, Lucía?
Que algo hemos aprendido. Todos los que nos reunimos ayer sabemos lo que hizo por nosotros. ¡Mire! Aquí están casi todos los niños que curó o sus padres. Algunos ya tienen hasta sus propios hijos, como yo. Y todos queremos que no se sienta sola. Ni permitir que nadie le haga daño. Pusimos una queja, pero eso no importará. Lo que importa es que ahora tendrá más trabajo con los nuevos jardines, pero no estará sola. Todos ayudaremos. ¡Solo le pedimos que no nos abandone! Ni siquiera a mí, que no me duran ni los cactus Pero usted consigue que hasta los limoneros y las palmeras crezcan. Es increíble.
Ay, Lucía Gracias limpiándose las lágrimas, Carmen se levantó del banco.
¿Dónde quedó aquella anciana triste que salió del portal hace un minuto?
A ver, ¿qué habéis plantado aquí? ¡Vamos a ver!
Y con ese brillo en los ojos, Carmen volvió a ser la de antes.







