Tú solo regresa. Capítulo 2/2
Elena, la vecina de Javier, era viuda. Se quedó sola con su hijo Sergito, que era solo dos años mayor que Lupita. Era una mujer enérgica, de lengua afilada, pero muy hacendosa. Durante el hambre logró sobrevivir a duras penas, llevando a su hijo a la estación para pedir limosna y haciendo trueques donde podía.
Con el tiempo, Elena se convirtió en un apoyo fundamental para la familia. Lupita se acercaba a ella como si fuera de su propia sangre. La llamaba “tía Elena” y se pegaba a sus faldas cuando tenía miedo o tristeza. Sergito, por su parte, jugaba con Lupita y la cuidaba como a una hermanita menor. Javier, aunque callado y reservado, apreciaba profundamente la ayuda de la vecina.
Los años pasaron en medio de penurias, pero poco a poco las cosas mejoraron. El hambre se alejó, aunque las cicatrices quedaron. Jorge, el nieto mayor de Javier, creció fuerte y trabajador. Se casó con una muchacha del pueblo vecino llamada María. Se conocieron mientras recolectaban maíz en los campos y se gustaron. En octubre se casaron y Jorge llevó a su esposa a la casa donde vivía con su abuelo.
Elena insistió en que la joven pareja se instalara en una habitación aparte que arreglaron con cariño. La casa, que antes parecía vacía y triste, se llenó de nuevo de vida y risas. María resultó ser una buena esposa y nuera: trabajadora, respetuosa y cariñosa con Lupita, que ya era una jovencita.
Pero la calma duró poco. Llegaron tiempos difíciles otra vez para el país. Surgieron conflictos y muchos jóvenes fueron llamados a filas. Jorge, como tantos otros, recibió la notificación. Tenía que partir al servicio.
La despedida fue dura. Toda la familia se reunió en el patio. Javier, ya anciano y encorvado por los años de sufrimiento, abrazó fuerte a su nieto.
—Cuídate mucho, Jorgito. No te arriesgues sin necesidad —le dijo con la voz quebrada.
María lloraba en silencio, apretando la mano de su esposo. Lupita, ya casi una mujer, intentaba mantenerse fuerte, pero las lágrimas corrían por sus mejillas.
Elena y Sergito también estaban allí. Sergito, que ahora era un muchacho alto y serio, le dio un abrazo a su amigo de la infancia.
—Vuelve entero, compadre. Aquí te esperamos.
Jorge miró a todos con emoción contenida.
—Volveré. Cuídense entre ustedes. Papá Javier, no dejes que las muchachas trabajen demasiado. Tía Elena, gracias por todo lo que has hecho por nosotros.
Elena se secó los ojos con el delantal.
—Anda con Dios, mijo. Que la Virgencita te proteja.
Antes de subir al camión que lo llevaría lejos, Jorge abrazó una vez más a su abuelo.
—Abuelo, tú solo regresa a casa cada noche en mis pensamientos. Yo volveré, te lo prometo.
Javier, con los ojos húmedos, le respondió:
—Tú solo regresa, nieto. Regresa sano y salvo.
Con la partida de Jorge, Javier pareció quebrarse. El nieto había sido su apoyo, su esperanza, la continuación de la familia. Cuando Jorge se fue, el anciano se enfermó. Se acostó en su cama y apenas hablaba.
Lupita al principio no le dio mucha importancia: pensó que el abuelo solo estaba cansado y que se recuperaría. Pero los días pasaban y Javier no se levantaba. Miraba el techo en silencio, comía poco y solo cuando Lupita lo rogaba.
María y Lupita se turnaban para cuidarlo. Elena iba todos los días a ayudar con la comida y las labores de la casa. Sergito, que trabajaba en el campo, traía lo que podía: un poco de maíz, huevos de sus gallinas o leña para la estufa.
Una tarde, mientras Lupita le daba de comer sopa al abuelo, Javier tomó su mano con debilidad.
—Hijita, si yo no estoy… cuida a tu cuñada y a la casa. Y espera a tu hermano. Él va a volver.
—No hables así, abuelito —respondió Lupita con la voz temblorosa—. Tú vas a estar aquí cuando Jorge regrese. Vamos a estar todos juntos otra vez.
Javier sonrió débilmente y cerró los ojos.
Los meses pasaron con noticias escasas. Algunas cartas llegaban de Jorge: estaba bien, en el frente, pensando en ellos. Pero cada vez que llegaba una, la familia respiraba aliviada solo por unos días, hasta que la preocupación volvía.
Elena se convirtió en el pilar de la casa. Preparaba atole, cuidaba el huerto y consolaba a las muchachas cuando la tristeza las invadía. Sergito, ya un hombre hecho y derecho, ayudaba en todo lo que podía y nunca dejaba sola a la familia de su vecino.
Una noche de tormenta, Javier llamó a Lupita a su lado.
—Prométeme que serás fuerte, como tu madre lo fue. Ella nunca se rindió.
Lupita asintió, llorando.
—Te lo prometo, abuelito.
Javier suspiró profundamente y, con una última sonrisa, murmuró:
—Tú solo regresa, nieto…
El anciano cerró los ojos para siempre esa misma noche, rodeado del cariño de quienes quedaban.
La familia lo veló con dolor, pero también con la esperanza de que Jorge regresara algún día y encontrara la casa todavía en pie, gracias al esfuerzo de todos.
Elena, María, Lupita y Sergito siguieron adelante, unidos como una sola familia, esperando el regreso del ausente. Porque en el corazón de cada uno resonaba la misma frase, como una oración diaria:
—Tú solo regresa.







