Después de dejar a su amante en una concurrida calle del centro de Madrid, Buendía se despidió de ella con suavidad y se fue conduciendo hacia su piso. Al llegar al portal, se quedó un instante parado, haciendo balance mental de todo lo que diría a su esposa. Subió los escalones y abrió la puerta.
Hola dijo Buendía. ¿Estás en casa, Carmen?
Sí, en casa estoy respondió Carmen, su mujer, con su característico tono tranquilo. Hola. ¿Pongo ya los filetes?
Buendía se obligó a actuar de manera directa, firme y varonil. Tenía que terminar su doble vida mientras aún sentía en los labios el eco reciente de los besos de su amante, antes de dejarse arrastrar, una vez más, por la marea monótona de lo cotidiano.
Carmen Buendía carraspeó. He venido para decirte que deberíamos separarnos.
La noticia no inmutó lo más mínimo a Carmen. Desconcertar a Carmen Buendía era casi imposible; en otras épocas incluso la apodaba Carmen Serenísima.
¿Eso qué significa? preguntó Carmen desde el umbral de la cocina. ¿Pongo o no pongo los filetes?
Haz lo que te parezca contestó Buendía. Si quieres ponlos, si no, no. Pero yo me voy con otra mujer.
En ese momento, la mayoría de esposas españolas le habrían lanzado una sartén o al menos habrían montado una escena monumental. Pero Carmen no era como la mayoría.
Vaya, menudo lumbreras respondió ella. ¿Por cierto, recogiste mis botas de la zapatería?
No contestó, algo confuso. Si para ti es tan importante, bajo ahora mismo y las recojo.
¡Ay, Virgen del Pilar! murmuró Carmen. Si le mandas por pan, te vuelve con espirales
Buendía se sintió ofendido. Todo el drama de su gran revelación se estaba ahogando en la indiferencia, sin lágrimas ni reproches. A fin de cuentas, qué podía esperar de una esposa a la que llamaba Carmen Serenísima.
Carmen, ¡parece que no me oyes! exclamó Buendía. Te anuncio oficialmente que me voy de casa, que me voy con otra, y tú sólo te preocupas por unas botas.
Claro respondió Carmen. A diferencia de mí, tú puedes irte adonde quieras, porque tus zapatos no están en el zapatero. ¿Por qué no aprovecharlo?
Llevaban muchos años juntos y Buendía seguía sin saber cuándo su mujer hablaba en serio y cuándo bromeaba. De hecho, esa serenidad y el escaso gusto por discutir de Carmen, junto con su eficacia en la casa y su figura vital, fue lo que le atrajo hace tiempo.
Carmen era fiable, leal y fría como un ancla de hierro. Sin embargo, ahora Buendía estaba enamorado de otra. Un amor ardiente, prohibido y delicioso. Era el momento de dejarlo todo claro y lanzarse a una nueva vida.
Lo dicho, Carmen Buendía trató de poner solemnidad, con un matiz de tristeza y pesar. Te agradezco todo, pero me voy porque amo a otra mujer. A ti ya no te quiero.
¡Pues vaya! replicó Carmen. No me quiere el señor Buendía, menuda historia. Pues mi madre, por ejemplo, estaba enamorada del vecino, y mi padre del mus y del Rioja. Mira qué hija tan estupenda salió de aquello.
Buendía sabía que discutir con Carmen era perder el tiempo: cada palabra suya pesaba como plomo fundido. Toda su pasión inicial por el escándalo se había disipado.
De verdad, Carmen, eres estupenda dijo sin entusiasmo. Pero yo amo a otra. Es un amor voraz y apasionado, y he decidido irme con ella, ¿lo entiendes?
¿Con quién? preguntó Carmen. ¿Con Loreto la farmacéutica?
A Buendía le dio un escalofrío. Hacía un año había tenido un lío con Loreto, pero jamás imaginó que Carmen supiera nada.
¿De qué conoces tú a Loreto? comenzó a decir, pero se detuvo. En fin, da igual. No, Carmen, no es Loreto.
Carmen bostezó.
Entonces será María Ángeles la del segundo, ¿no?
A Buendía le recorrió un sudor frío. También había habido algo con María Ángeles, pero eso quedó atrás, ¿cómo podía Carmen saberlo? Aunque claro, ella es una roca, ni una palabra en falso.
No, no es ella dijo Buendía. Es otra, una mujer sensacional, el culmen de mis sueños. No puedo estar sin ella y me voy. ¡No insistas!
A ver si lo adivino, será la famosa Maitena dijo Carmen. Ay, Buendía, de verdad tienes menos misterio que una puerta abierta. El culmen de tus sueños, Maitena Jiménez. Treinta y cinco años, un hijo, dos abortos… ¿voy bien?
Buendía se llevó las manos a la cabeza. ¡Justo ella! Era la relación secreta que mantenía.
¿Pero cómo lo sabes? susurró Buendía. ¿Me espías?
Muy sencillo, Buendía contestó Carmen. No olvides con quién hablas: llevo veinte años de médica en este barrio. ¡He tratado a casi todas las mujeres de Madrid, mientras tú sólo unas pocas! Basta mirar donde hay que mirar, y ya sé quién te ha probado.
Buendía trató de mantenerse firme.
Vale, lo has adivinado. Pongamos que es Maitena. ¡No cambia nada! Igual me voy con ella.
Eres un iluso dijo Carmen. Podrías, al menos por curiosidad, preguntarme antes. Por cierto, no le veo nada del otro mundo a Maitena, te lo afirmo como profesional. ¿Sabes algo sobre el historial médico de tu musa?
No… admitió Buendía.
Eso me temía. Primero, vete directo a la ducha. Después, mañana llamo a Santi, que te haga revisión en el centro de salud sin hacer cola le sentenció Carmen. Luego hablamos. ¡Es de vergüenza tener un marido que no sabe ni buscarse una amante sana!
¿Y qué hago yo ahora? preguntó Buendía, afligido.
Pues yo me voy a la cocina a hacer los filetes dijo Carmen. Tú dúchate y haz lo que veas. Si alguna vez te animas a buscar el verdadero culmen de tus sueños y que además esté sana, ven a verme. ¡Te recomendaré a alguna!
Al cerrar la puerta de la cocina, la risa apenas contenida de Carmen flotaba en el aire. Buendía supo entonces que vivir de cara a la verdad, aunque duela, evita acabar como quien pierde ambas botas y no sabe ni dónde dejó el corazón.







