Tras cuatro meses intercambiando mensajes, finalmente accedí a quedar con un caballero de 52 años comenzó la conversación con cinco reproches.
Dicen que la anticipación de la fiesta suele ser más dulce que el acontecimiento en sí. En la historia de Sofía, la espera se extendió durante casi cuatro meses, convirtiendo su vida en una especie de serie online con episodios diarios.
En ese tiempo, Sofía aprendió al detalle las preferencias de Rafael, memorizó los nombres de sus amigos de la infancia y hasta dejó de sorprenderse por su costumbre de terminar cada buenos días con tres puntos suspensivos.
Sofía tenía cuarenta y cinco años esa edad en la que una va a una cita sin nervios, sino con la curiosidad irónica de quien explora un nuevo espécimen. Veamos qué tipo me toca esta vez, pensaba mientras se preparaba.
Ella era de esas mujeres que saben llevar un sencillo jersey de cachemira como si fuese una capa de gala, y poseen una autoironía capaz de desactivar cualquier momento incómodo.
Rafael, quien acababa de cumplir los 52, en los mensajes se mostraba serio, sensato, con un punto de ironía y lo más atractivo fiable.
En nuestra edad, Sofía, escribía por las noches la gente ya no busca fuegos artificiales, sino calor. Quiero estar con una mujer que entienda sin palabras.
Sin palabras, pues sin palabras, se decía Sofía, mientras se retocaba las pestañas. Lo importante era que las palabras que sí llegaran no provocaran ganas de salir corriendo.
Quedaron en una cafetería pequeña de Madrid, con luz acogedora y aroma a canela. Sofía llegó puntual preparada, segura, predispuesta a disfrutar la velada. Lucía impecable.
Rafael llegó cinco minutos después. En persona era algo más bajo que en las fotos, y su mirada resultaba tan crítica que parecía haber descubierto un error grave en una auditoría.
Se sentó frente a ella, sonrió brevemente y saludó.
No hubo ni un cumplido, ni un cálido qué alegría verte.
Rafael examinó a Sofía, como quien pasa revista. Luego sugirió pedir café con algún dulce; así lo hicieron.
Sofía, empezó con tono de profesor antes del claustro he analizado mucho nuestro contacto. Casi cuatro meses. Y ahora, al verte en persona, creo que es necesario dejar claros algunos puntos. Tengo cinco reproches.
Por dentro, Sofía sintió como si algo se rompiera silenciosamente tal vez su buen ánimo. Apoyó el mentón en la palma y asintió.
¿Cinco reproches? Suena intrigante. Te escucho.
Rafael no captó la ironía y dobló el primer dedo.
En una de las fotos, en el vestido azul, tu figura parece distinta. Ahora veo que eres más marcada. Eso puede inducir a error. A nuestra edad las mujeres deben ser honestas.
Sofía pensó para sí: Marcada ya es todo un avance, gracias por no decir imponente.
Segundo reproche: la rapidez de tus respuestas
A veces contestas demasiado tarde. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y respondiste a las 16:40. Los hombres no queremos esperar. Es una falta de respeto.
Creo que estaba en una reunión intentó Sofía, pero Rafael ya doblaba otro dedo.
Tercer reproche: el lugar elegido
¿Por qué este sitio? Es demasiado pretencioso. Yo propuse algo más sencillo. Esa elección muestra tendencia a consumir con ostentación.
Sofía miró su café y tuvo ganas de verterlo sobre la cabeza de Rafael. Pero pudo más la curiosidad.
¿Por qué ese vestido? Solo veníamos a tomar café. Es demasiado llamativo para las horas del día. Demasiado accesorio. Una mujer debe cautivar por su fondo, no por el brillo. A mi edad busco contenido, no escaparate.
Quinto reproche: independencia
Escogiste el restaurante por tu cuenta, hablas mucho de yo misma. No dejas al hombre sentirse hombre. Necesito una mujer que pida consejo, no que exhiba independencia. Si llegamos a algo, tendrás que cambiar esa actitud.
Terminó y cruzó los brazos esperando, quizá, una confesión o agradecimiento por la sinceridad.
Sofía lo observó y de pronto comprendió claramente: esos cuatro meses de mensajes eran únicamente el disfraz práctico de un maniático controlador. Él no busca calor busca alguien que alimente su ego.
¿Sabes, Rafael? le dijo Sofía suavemente, casi con ternura Yo también he analizado. En cinco minutos saqué mis propias conclusiones.
¿Cuáles? preguntó él, entornando los ojos.
Eres un caso singular. Has cruzado todo Madrid para presentar una factura a una mujer que ves por primera vez, por su gusto, su aspecto, su derecho a ser ella misma. Es un nivel de seguridad poco común.
Rafael frunció el ceño:
Solo soy sincero.
No, negó Sofía no eres sincero. Eres infeliz y estás midiendo el mundo con una regla torcida. ¿No te gustan mis fotos? Ve al museo, allí los cuadros no cambian. ¿Te molesta mi lentitud al responder? Consíguete un Tamagotchi. ¿No te gusta el vestido? Me lo puse por mí, no por ti.
Se levantó, acomodó su bolso y lo miró con serenidad:
Y para terminar: si tu ego se tambalea ante la palabra yo misma, necesitas más una rehabilitación que un romance. Con cuarenta y cinco años valoro tanto mi tiempo como para no gastarlo en alguien que empieza con una revisión de mis defectos.
¿A dónde vas? ¿Y el café? balbuceó Rafael.
Te lo tomas tú solo. Eso te ayudará a ahorrar recursos. Y un consejo: si quieres que te miren a la boca, pide cita con el dentista.
Ya en casa, Sofía lo bloqueó en todos los chats. A su edad, el confort no es solo manta y silencio: también es un móvil libre de personas que intentan encajarte en moldes ajenos.
Al final, Sofía pensó: ¿fue un flirteo fallido o simplemente una actuación ensayada? ¿Realmente merece la pena seguir con alguien que desde el primer minuto te hace pagar por ser quien eres?
La vida enseña que el respeto a uno mismo es más valioso que cualquier cita.





