Tras cuatro meses de mensajes, acepté quedar con un caballero de 52 años: empezó la cita con cinco quejas

Dicen que la antesala de una fiesta suele ser más dulce que la propia celebración. En aquel extraño sueño, Esperanza había esperado durante casi cuatro meses, tejiendo con paciencia capítulos surrealistas en forma de mensajes diarios con don Íñigo, de 52 años.

Había memorizado los gustos de Íñigo: sus postres favoritos de la infancia en León, los nombres extravagantes de sus amigos de colegio, e incluso ya no se sorprendía al ver cómo él ponía siempre tres puntos suspensivos después de cada “buenos días”.

Esperanza tenía cuarenta y cinco, esa edad liminal en la que se va a una cita no temblando de nervios, sino con la curiosidad irónica de un investigador. “Veamos qué ejemplar me toca esta vez”, se decía mientras elegía pendientes de azabache.

Ella era de esas mujeres capaces de llevar un sencillo jersey de cashmere como si fuera una capa real, y poseía una autoironía profunda, el antídoto para cualquier situación incómoda.

Íñigo, en las distancias digitales, parecía un hombre serio, razonable, con un toque irónico y eso sí que tentaba bastante fiable.

“En nuestra edad, Esperanza le escribía con la luna ya alta, uno ya no busca fuegos artificiales, sino el calor tranquilo. Quiero estar con una mujer que entienda sin palabras”.

“Sin palabras, pues sin palabras”, pensaba Esperanza, repasando su rimel frente al espejo. Lo fundamental era que, las pocas palabras que surgieran, no dieran ganas de salir por la puerta sin mirar atrás.

Quedaron en un local minúsculo del centro de Salamanca, oloroso a canela y con una luz tamizada como de siesta en agosto. Esperanza llegó puntual, compuesta, segura, dispuesta a que la velada bailara a su favor. Iba impecable.

Íñigo apareció cinco minutos más tarde. En carne y hueso resultó algo más bajito que en sus fotos; tenía una mirada como de auditor que acaba de encontrar una anomalía seria en el balance de una empresa de jamones ibéricos.

Se sentó sin preámbulos, esbozó una sonrisa cortés y ni un halago, ni un tibio “qué alegría verte”.

La observó como quien revisa un mosaico antiguo en la Alhambra. Luego propuso pedir un café con tarta. Ella aceptó, por costumbre.

Esperanza comenzó él, con el aire grave de un profesor de instituto antes de un claustro, llevo mucho tiempo reflexionando sobre nuestro trato. Casi cuatro meses. Y ahora, al verte, creo que es fundamental dejar claros algunos puntos. Tengo cinco objeciones que plantearte.

En el estómago de Esperanza algo tintineó: como cuando un vaso se quiebra y aún no han barrido los cristales. Se apoyó la barbilla en la mano y asintió.

¿Cinco? Promete. Soy toda oídos.

Íñigo, ajeno a la ironía, dobló el primer dedo.

Objeción uno: las fotos.

En una foto de vestido azul tu figura parece diferente. Hoy veo que eres… más rotunda. Eso puede despistar a un hombre. A nuestra edad, Esperanza, la honestidad es crucial.

Esperanza sonrió para sí: “Rotunda suena hasta elegante, gracias por no decir colosal”.

Objeción dos: tus tiempos de respuesta.

A veces contestas muy lento. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y contestaste a las 16:40. Los hombres detestamos esperar. Es una falta de respeto.

Estaba en una reunión… intentó aclarar ella, pero ya doblaba otro dedo.

Objeción tres: el lugar de la cita.

¿Por qué aquí? Este sitio es demasiado exquisito. Yo sugerí una cafetería normalita. Elegir este tipo de locales revela ganas de aparentar.

Esperanza miró su café con leche y tuvo el fugaz deseo de verterlo encima de Íñigo, pero ganó su curiosidad.

Objeción cuatro: tu apariencia.

¿Por qué ese vestido? Hemos quedado solo para un café Es demasiado llamativo para la sobremesa. Las joyas también sobran. La mujer debe atraer por su fondo, no por su brillo. A mi edad busco sustancia, no escaparate.

Objeción cinco: tu independencia.

Has elegido tú el restaurante, insistes mucho en el “yo misma”. No dejas sentir al hombre como tal. Busco una mujer que consulte, no que presuma de independencia. Si seguimos, tendrás que cambiarlo.

Terminó, cruzó los brazos y se quedó esperando algo entre una disculpa o un aplauso por su sinceridad.

Esperanza lo miró. De repente entendió, como si despertara bruscamente de un ensueño: cuatro meses de mensajes solo habían sido el disfraz de un meticuloso manipulador. Él no ansiaba calor; anhelaba alguien que calmara su propio reflejo.

Mira, Íñigo dijo despacio, casi dulcemente, yo también he hecho mi análisis. Y en cinco minutos me ha quedado claro todo.

¿El qué? entrecerró los ojos él.

Que eres una pieza singular. Has cruzado Salamanca para pasar factura a una desconocida por su gusto, su imagen y su derecho a ser auténtica. Tienes un ego de museo.

Íñigo frunció el ceño.

Solo soy sincero.

No es sinceridad, Íñigo, es amargura y mala lupa. ¿Mis fotos no te convencen? Ve al Prado: allí las Meninas nunca cambian. ¿Contesto lento? Adopta un pez de colores. ¿No te gusta mi vestido? Me lo he puesto para mí, no para ti.

Se puso en pie, ajustó el bolso y lo miró directamente:

Por último: si la palabra yo misma aplasta tu orgullo, lo que buscas no es amor, sino terapia. Tengo 45 años y demasiado aprecio a mi tiempo como para gastarlo con alguien que abre la partida buscando defectos.

¿Y el café? musitó Íñigo.

Acábalo; ahorrarás en las próximas citas. Y un consejo más: si quieres que alguien te escuche hasta el final, apúntate al dentista.

En casa, lo primero que hizo Esperanza fue bloquear a Íñigo en todos los chats. Para ella, el bienestar no era solo mantita y silencio, sino también un móvil libre de quienes pretenden meterte en moldes ajenos.

¿Lo vivido fue un flirteo desastroso o una extraña función mil veces ensayada bajo la luz dorada de la Plaza Mayor? ¿Y acaso merece la pena quedarse, si ya de entrada te cobran peaje solo por ser tú misma?

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Elena Gante
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