Traicioné la memoria de mi padre.
Leocadia Sanz de la Maza llevaba ya una hora vagando por los patios de la manzana, aunque de su casa a la panadería apenas había cinco minutos andando. Pero aquella tarde en Madrid el aire le pesaba especialmente. No le apetecía volver a su piso vacío, donde la esperaba solo una tetera fría, el suelo sin fregar y el rechoncho gato Blas, que se había convertido en su único compañero desde hacía años, si no contaba la televisión, que encendía antes incluso de desayunar y apagaba justo antes de dormirse, porque las voces de los presentadores le daban la ilusión pasajera de no vivir tan sola.
Le dolían las piernas, la rodilla le pinchaba con desgana, y la tarde era gris y húmeda, pero aun así Leocadia se desvió y se sentó en la esquina de un banco de la antigua plaza, bajo una sombrilla de setas metálicas oxidadas, hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo de paño, heredado de su madre y ya siete inviernos dándole abrigo. Comprar uno nuevo carecía de sentido.
Antes, en los tiempos de su difunto marido Iñigo, la vida era otra: caótica, cálida, llena incluso de cierta aglomeración, pues en un piso de dos dormitorios crecieron sus dos hijos, el mayor Ramón y la pequeña Pilar. Ahora, Ramón, trasplantado a Valencia con su mujer y dos hijos que crecían como plantas a las que nunca regaban, muy lejos; Pilar, casada con un ingeniero informático madrileño, siempre de viaje entre congresos y vacaciones a Roma o a la costa. Rara vez se acordaban de la madre, salvo en cumpleaños y fiestas, mandando por WhatsApp un feliz día, mamá, un beso, y alguna foto de nietos con caras desdibujadas, casi extrañas, que jamás venían a veranear a la casa de la abuela porque siempre había campamentos de inglés, Marbella o clases de refuerzo.
Leocadia suspiró mientras, sobre el asfalto mojado, una paloma lustrosa picoteaba una colilla. Ella siempre había creído que los hijos iban a ser su refugio, imaginarse mayor rodeada de nietos, de conversaciones bullangueras, de llamadas cada tarde. Pero la realidad era prosaica: Ramón llamaba una vez al mes, si no se le olvidaba, para repetir lo mismo: ¿Cómo vas, mamá? Aquí bien, curro mucho, los niños liados. Ya sabes, poco tiempo. Pilar creía cumplir con una transferencia de unos cuantos euros a su cuenta cada mes.
La vida de jubilada se había convertido en un día de la marmota: despertarse, encender la tele, alimentar a Blas, prepararse unas gachas o un huevo, más tele, comida, paseo y de nuevo televisión hasta el sueño. A veces hasta se sorprendía hablando sola, comentando algún programa, incluso regañando a algún tertuliano. Blas la miraba de reojo, meneaba la cola y se iba a dormitar a la butaca.
Aquella tarde, algo más fría y húmeda de lo habitual, la idea de volver a casa le desagradaba más que nunca. Incluso cuando empezó a chispear, siguió inmóvil, acurrucada bajo el gorro de lana calado hasta las cejas.
¿Leo? oyó de repente, a su lado, como desde lejos ¿Leocadia, eres tú?
Se sobresaltó y levantó la vista. Junto a ella estaba un hombre alto y encorvado, con una gabardina antigua y una gorra de lana; debajo, unas sienes de plata y unos ojos grises y atentos. Leocadia lo reconoció al instante: era Genaro Pareja, del portal de al lado, siempre arrastrando su bastón y paseando por el vecindario. A veces coincidían en el ascensor o en el contenedor de basura, intercambiando frases sobre el tiempo y poco más.
¿Genaro? preguntó, sorprendida ¿Qué haces bajo la lluvia? Te vas a constipar.
¿Y tú? contestó él, sentándose a su lado tras poner un periódico en el banco mojado Te veo aquí desde hace un buen rato. Desde la ventana he pensado: se irá pronto, pero ahí sigues. Pensé bajar, por si te sentías mal.
No, sólo…
Agitó la mano. No me apetece volver a casa. Es soledad, Genaro. Soledad verde, de esa que muerde.
Sé de lo que hablas asintió él, sacando una petaca plana del bolsillo Orujo aclaró al ver la mirada de ella con un gesto cómplice Remedio infalible. Yo tampoco soy bebedor, pero con treinta y tantos grados, se calienta uno por dentro.
Leocadia dudó, pero al final aceptó. Nadie la espiaba, nadie para juzgar. Tomó un sorbo corto, el ardor le bajó lento por la garganta. Un calor suave le recorrió brazos y pecho.
Gracias susurró, devolviéndole la petaca ¿Y tu mujer? Alguna vez la he visto.
Murió hace tres años. Mis hijos, uno en Barcelona y otro en Logroño. Vienen escasamente, llaman los domingos. Y así voy tirando. ¿Y tú?
Los míos lejos… Leocadia se encogió de hombros. Llaman poco. Hace mucho que Iñigo se fue.
Vaya, dos soledades con banco compartido. Qué cosas.
Se callaron, observando la lluvia repiquetear en los charcos. Pero el silencio era cálido, como si ambos se conocieran de otra vida y ya no hicieran falta palabras.
Te observo desde hace meses, Leo se atrevió a añadir Genaro, avergonzado. Siempre te veo tan bien arreglada, paseando sola. Tenía pensado acercarme, pero nunca me atrevía. Pero hoy era como una señal, bajo la lluvia, igual que una estatua. Dije, es el destino.
¿De verdad? ¿Para qué me observabas?
¿Qué otra cosa tengo que hacer? rió él. Desde mi ventana te veo bajar, siempre a la misma hora. Si alguna vez faltas, me preocupo un poco.
Bueno, bueno Leocadia sintió un calor inesperado en la garganta, mezcla de vergüenza y dulzura. No lo sabía.
¿Y si paseamos juntos a partir de ahora? se ofreció Genaro. Es más alegre entre dos como mínimo. Además, aunque vaya con bastón, si hace falta, te defiendo.
¿De qué me vas a proteger? ¿De las palomas acaso? Leocadia soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo.
Claro, y de las palomas sonrió Genaro. ¿Hecho?
Hecho asintió ella.
Desde ese día, la rutina cedió y entró la vida nueva. Caminaban juntos cada tarde, si el día no era de esos en los que el viento arremolina los contenedores. Descubrió entonces que Genaro había sido ingeniero de fábrica, toda la vida entre planos y piezas, y que en la jubilación se había aficionado a la historia, escribía artículos en el periódico local y se perdía en libros polvorientos. Leocadia, que había sido contable, se fascinaba escuchándole, aunque de historia sabía poco. Por su parte, Genaro se empapaba de las historias de los hijos, las vacaciones, la casa en la Sierra, vendida a precio de saldo porque a los hijos todo aquello les sobraba.
Las tardes se hacían cortas. Sentados en bancos de piedra, a veces hasta entrada la noche, la sonrisa le volvía sin remedio a Leocadia al volver a casa; ahora pensaba en cocinar para dos, horneaba empanadillas y hasta Blas se volvió más mimoso oliendo asados frescos.
Un mes después, Genaro durmió por primera vez en casa de Leocadia. Fue casi sin querer: se enredaron entre infusiones y palabras, y cuando miraron el reloj ya era casi la una y media. Leocadia se encogió de hombros:
Genaro, quédate. Tengo sofá cama. Te pongo ahí.
¿No te molestaré?
No hombre, si sobra sitio… y casi se rió de lo insólito.
Así, una semana sí, otra también, Genaro fue trayendo poco a poco sus zapatillas, su cepillo de dientes, y sin querer tenía ya incluso maleta propia. Leocadia despertaba escuchándole trajinar en la cocina y la casa respiraba. Apenas ponían la tele, salvo para ver alguna peli con Blas acurrucado a los pies de Genaro.
Mañana deberíamos hacer cocido propuso una tarde Leocadia, entre galletas y miel. Me gusta la col, pero sola nunca lo hago.
Me apunto aprobó Genaro. Yo compro la carne y tú las verduras.
Y en aquella mínima cocina, cocinar juntos parecía una fiesta. Leocadia, ya antes de dormir esa noche, se preguntaba si de verdad merecía tal felicidad a su edad.
Pero los hijos eran su sombra. No se atrevía a contarles lo de Genaro. Sabía que Ramón y Pilar veneraban a su padre: Iñigo era su héroe, y temía que vieran a Genaro como una traición. Tres lustros después de morir Iñigo, los hijos aún decían en las videollamadas Papá hubiera hecho esto o Papá aprobaría aquello
Genaro lo intuía, y la tranquilizaba:
Leo, tus hijos son tu asunto. No quiero entrar. Dímelo cuando puedas. Yo sé esperar.
Pero el cumpleaños redondo de Leocadia se acercaba, y los niños anunciaron visita. Ramón, por WhatsApp: ¡Mamá! Hemos decidido ir por tu cumple. ¿Qué te regalamos? Vendremos todos, tres días, con los críos. ¡Qué ganas! Al principio le hizo ilusión, pero pronto la ansiedad la carcomía. Daba vueltas por el salón, se mordía el labio, no sabía qué hacer.
Genaro le confesó mientras cenaban, lo tengo complicado. Vienen mis hijos. Toda la tropa. Me da miedo cómo van a reaccionar.
Enseñálosme, los conoces contestó él cortando una croqueta. No será para tanto. Somos dos personas mayores que se hacen compañía, no estamos cometiendo ningún delito, Leo.
No sé, Genaro Ramón es duro Mejor vete unos días a tu casa. Hablo con ellos primero, y luego te presento. Así será menos brusco.
Genaro, tras largo rato de silencio, dejó el tenedor.
¿De verdad? preguntó en voz baja. ¿Para ti soy alguien a esconder? Llevamos medio año juntos, te quiero, y ahora tengo que irme por si tus hijos se ofenden.
No quiero esto, Genaro suplicó ella, conteniendo las lágrimas. Sólo unos días. Hasta que puedo prepararlos.
Vale suspiró. Haré la maleta. Pero ya sabes, Leo: yo te quiero, pero no quiero esconderme.
Al día siguiente Genaro no estaba. El piso se volvió frío, aunque los radiadores todavía rugían. Blas olfateaba por los rincones, buscaba a Genaro y maullaba cansino. Leocadia le acariciaba esperando noticias de los hijos.
Llegaron al amanecer del sábado, víspera del cumpleaños: Ramón, con su mujer Elena y esos dos torbellinos de hijos; Pilar, con su esposo Arturo y la pequeña Lucía, recién aterrizados de Bilbao. La casa se llenó de olores, carreras, discusiones, perfumes. Leocadia ponía mesas, retiraba platos y, en secreto, miraba la puerta detrás de la que guardaba las zapatillas de Genaro.
Al caer la noche, una vez dormidos los nietos, reunió a Ramón y Pilar en cocina. El corazón galopaba, las manos le temblaban.
Hijos se arrancó. Quiero deciros algo importante.
¿Qué pasa, mamá? preguntó Ramón, ceñudo.
No es nada grave Veréis Estoy viviendo, desde hace un tiempo, con Genaro Pareja. Llevamos medio año juntos.
El silencio fue abismal. Ramón apretó la taza, Pilar se cruzó de brazos iracunda.
¿Viviendo? preguntó Pilar, glacial. ¿Te has vuelto loca, mamá? ¿Sabes la edad que tienes?
Sesenta y cinco susurró Leocadia. No estoy muerta, Pilar.
¡Eso no es asunto! se encendió Ramón, dejando la taza. En esta casa, la que comprasteis papá y tú, donde crecimos, ¿has metido a un don nadie?
No es ningún don nadie. Es buena persona, fue ingeniero, nos hace bien
¡Me da igual! la interrumpió Ramón. Has traicionado la memoria de papá, ¿lo entiendes? ¡Has traicionado su recuerdo! Él lo dio todo por ti, y tú traes a otro hombre a su casa.
¡No grites, los niños duermen! cortó Pilar, pero ella tampoco bajó el tono. Mamá, entendemos que te sientas sola, ¡pero esto es inaceptable! ¿Nos lo has consultado? ¿Preguntaste siquiera?
¿Tengo que pediros permiso para rehacer mi vida? ¡Soy adulta!
Rehacer su vida, ¡menuda ocurrencia! bufó Ramón. ¡Con sesenta y cinco años! Deberías pensar en los nietos, no en hombres. Venimos a verte con nuestras familias y resulta que tienes un amante en casa. ¿Dónde está? ¿Escondido?
Se ha marchado le tembló la voz. Se lo pedí por vosotros Quería prepararlos.
¿Prepararnos? rezongó Pilar. ¡Estamos en shock! Nunca imaginé tener vergüenza de mi propia madre, ¡qué disgusto!
¡Basta, Pilar! Leocadia estalló, las lágrimas surcándole la cara. No es un amante, es simplemente una buena persona. Paseamos, cocinamos, vemos la tele juntos. ¡No hago nada malo!
¡Ah, ver la tele juntos! ¿Eso era lo que papá hubiera querido? se burló Ramón. ¡Olvidar su memoria así, meter a un desconocido en su hogar!
No hables así de él, ¡ni le conoces!
Ni quiero. Mamá, o nosotros o él. Si sigues viendo a ese tal Genaro, olvídate de nosotros, de los nietos. No queremos que se muestre ese ejemplo.
Así es asintió Pilar. O nuestra familia o él. Escoge.
Leocadia agachó la cabeza, las lágrimas caían sobre el mantel recién estrenado. Quiso explicar que los amaba, que Genaro le importaba de cierto modo sereno, que no podía elegir. Las palabras no salían. Ramón y Pilar se miraron y, sin más, salieron de la cocina, dejándola sola.
Esa noche, en la cama, Leocadia no durmió. Simplemente miró al techo recordando cómo Genaro le traía flores o bromeaba con Blas; cómo la vida junto a él parecía liviana. Y después, se le aparecían los rostros de sus hijos: duros, inflexibles.
A la mañana, se arrastró a la cocina donde Elena, la esposa de Ramón, ya preparaba el desayuno.
¿Estás bien, mamá? preguntó Elena con suavidad. Tienes mala cara.
Estoy bien murmuró Leocadia, sirviéndose té.
Mamá tomó la palabra Ramón. Hemos hablado Pilar y yo. Nos vamos hoy. No queremos celebrar el cumpleaños con esta tensión.
¿Pero cómo, ya marcháis? ¿Después de venir desde tan lejos?
Sí zanjó Ramón. No quiero exponer a mis hijos a escenas tristes. Los regalos están en el recibidor. Ya hablarán contigo.
Ahí se quedaron: cajas y felicitaciones junto a la puerta, la casa más vacía que nunca. Leocadia se sentó en la butaca, ignorando la televisión. Blas se le subió al regazo, ronroneando, aunque esta vez no era suficiente.
Al caer la tarde llamó a Genaro.
Genaro susurró, la voz hueca. No vuelvas. Ya no podemos vernos.
¿Qué ocurre, Leo? ¿Lloras? ¿Fue por ellos?
Mucho admitió. Si sigo contigo, no querrán saber nada de mí. Ni ellos, ni los nietos
¿Y tú los eliges a ellos? ¿Vas a dejar que te chantajeen así?
Son mis hijos, Genaro Eres un hombre maravilloso, pero no puedo. Discúlpame. Perdóname
Leo No hagas esto. Ellos son egoístas. Pero tú y yo, juntos, éramos familia. Te adoro. No dejes que te manipulen.
Perdóname Y adiós.
Colgó, apretó el móvil, se hundió en la butaca junto a Blas y lloró como no había llorado ni siquiera al quedarse viuda.
Dos meses después, Leocadia Sanz de la Maza volvía a desayunar sola, la televisión de fondo, el gato fiel a sus turnos y la rutina antigua. Blas miraba la puerta al caer la tarde, como esperando volver a oír los pasos de Genaro. Las llamadas de los hijos menguaron. Ramón mandaba WhatsApps de cortesía: ¿Todo bien, mamá? Pilar solo subía fotos de Lucía al grupo familiar. Nadie preguntaba cómo estaba. Nadie.
Una tarde al volver con una barra de pan, se encontró en el ascensor con la vecina del cuarto, doña Asunción, famosa por las habladurías.
¡Leo! exclamó Asunción. Hace mucho que no se ve a Genaro. ¿Habéis peleado?
Nos hemos separado murmuró Leocadia.
Qué lástima, hacíais tan buen par Por cierto, lo he visto muy desmejorado, apenas anda con firmeza, delgadísimo.
¿Enfermo?
No lo sé, parece débil. Su hijo vino hace poco pero se marchó enseguida.
La puerta del ascensor se cerró y Leocadia sintió un vértigo. Él enfermo, solo ¿Y yo callada por unos hijos que ni me importan ya? Entró en casa, dejó la compra, cogió el móvil y dudó hasta que marcó, temblorosa.
¿Sí? Genaro, la voz ronca y débil.
Genaro, soy yo ¿Te encuentras bien?
¿Leocadia? ¿Tus hijos te han dado permiso?
Olvida eso. ¿Por qué no me dijiste que estabas mal?
No quería molestarte más. Hiciste tu elección.
¡Qué necio eres! Espero diez minutos.
Envolviéndose en el abrigo, bajó corriendo. Llamó al timbre del portal vecino, subió sin aliento. Allí estaba Genaro, más flaco, más pálido, pero cuando la vio sonrió como sólo él sabía.
¿Por qué has venido?
Porque te quiero, tonto. Porque he sido una cobarde. Ni mis hijos me valoran ni yo soporto estar lejos de ti.
Lo abrazó. Él la envolvió tembloroso. Estuvieron así largo rato en la entrada. Luego Leocadia le llevó a la cocina, sacó provisiones y se puso a preparar la cena mientras Genaro la miraba sin creerlo.
Mañana mismo llamo a Ramón anunció, sirviendo té. Que decidan ellos: o nos aceptan o me olvidan. Pero no volveré a renunciar. Elegí mi felicidad.
No quiero causarte más problemas con tus hijos, Leo
Ya vale, Genaro replicó firme. He perdido demasiado por complacer a todos. Yo también tengo derecho a ser feliz. Y mi lugar está contigo.
Lo alimentó, le arropó. Esa noche no se separó de él. Al alba, sin dudar, llamó a su hijo.
Ramón le espetó, he decidido volver con Genaro. Le quiero. Si tú y Pilar no lo soportáis, no os obligo. Pero soy vuestra madre y tengo derecho a vivir. No traiciono a papá; no sois quién para acusarme.
Silencio. Luego, Ramón masculló:
Mamá, estás desvariando. Te lo advertimos.
Ya lo sé. Pero ahora yo me elijo. Si queréis verme, sabéis dónde estoy. Si no, lo comprenderé y os seguiré queriendo. Pero ya no aceptaré mandatos.
Colgó y respiró hondo. Un peso le abandonó los hombros.
Una semana después llegó un mensaje escueto de Pilar: Mamá, lo hemos hablado. No lo entendemos ni lo aprobamos, pero si así eres feliz, ven cuando quieras a ver a los niños. Pero no hables de Genaro, por favor, no nos apetece.
Leocadia suspiró, guardó el móvil. No era aceptación total, pero sí una grieta. Y más importante: Genaro estaba a su lado, Blas ronroneaba en su regazo, y la tele seguía encendida, pero por fin ya no les importaba lo que dijeran dentro de ella, porque ellos, juntos en esa pequeña cocina de Madrid, tenían mucho de qué hablar.
Genaro sonrió Leocadia, mañana hacemos cocido. Hoy he comprado col.
Perfecto, Leo. Yo pongo los garbanzos y tú la carne.







