Traición bajo la máscara de la amistad
Aquel invierno se había propuesto superar todas las expectativas: la nieve cubría Madrid de un manto blanco impoluto, transformando plazas y calles en auténticos paisajes de postal. Los copos, finos como algodón, caían sin pausa, amontonándose sobre los tejados de las casas, los bancos del Retiro y las aceras adoquinadas de Chamberí, mientras el aire frío y puro desprendía una claridad cortante.
Sin embargo, dentro del piso de Lucía y Álvaro, en un acogedor ático de Lavapiés, reinaba otro ambiente: cálido, casi sacro, de hogar. La ciudad quedaba lejos, tras unos cristales empañados; aquí el refugio era total, iluminado por la luz tenue de una lámpara de mesa que creaba una burbuja de intimidad, derrotando sin esfuerzo el frío que reinaba al otro lado.
Lucía y Álvaro estaban acomodados en el sofá, sumidos bajo una manta de lana gruesa. En la pantalla del televisor se sucedía una comedia familiar, de esas que apenas exigen atención y aportan un rato de risa sin compromiso. Lucía seguía las imágenes con unos ojos distraídos, sonriendo de cuando en cuando a pensamientos propios, mientras Álvaro, recostado a su lado, tenía la mirada perdida más allá del programa, en la danza de los copos contra la ventana: la belleza de lo que quedaba fuera les parecía ajena y lejana.
Rompió aquella atmósfera de paz el agudo timbre del móvil de Álvaro, que sonó como una campana inoportuna. Tardó en reaccionar, casi renuente a romper aquel instante, pero el timbre insistió. Resignado, sacó el móvil del bolsillo, miró la pantalla y dejó escapar el aire con resignación.
Es otra vez Manuel dijo, dirigiéndose a Lucía. Ya lleva tres llamadas esta noche.
Lucía apenas volvió la cabeza, sin apartar los ojos del televisor.
Seguro que es para invitarnos otra vez a su casa de campo respondió con calma. No acepta nunca un “no” por respuesta, desde que compró aquel chalé en Segovia.
Álvaro atendió la llamada, guardando un rastro de fastidio.
¿Qué pasa, Manu? intentó sonar cordial.
¡Álvaro, macho, a ver si te animas! ¡Lo tengo todo listo para estrenar la casa! Hay comida, música, colegas, la chimenea está encendida… Veníos con Lucía, que va a ser épico.
Álvaro dudó un instante y miró de reojo a su esposa. Lucía negó suavemente con la cabeza, justo lo que él esperaba: no tenían ninguna gana de reuniones ruidosas, música a todo volumen y bullicio hasta las tantas. Les apetecía refugiarse en aquella tranquilidad, aislados del mundo.
Mira improvisó él, buscando una excusa, Lucía se ha ido hoy a casa de su madre unos días. No me apetece ir solo, ya sabes… Si me acompañas la lío, como alguien le diga algo… Paso de líos con mi mujer por tonterías. Otro finde cuadramos, ¿vale?
Se hizo un breve silencio, luego la voz de Manuel, ahora perpleja.
¿Se ha ido? ¿Y cuándo vuelve?
Mañana por la tarde contestó, fingiendo cierta añoranza. Además, teníamos planes… Ir al cine, pasear por el Retiro, hasta pensábamos dar una vuelta por el Muelle de las Delicias con el hielo… pero no ha sido posible. Otro día prometido.
Vale, pero avísame apremió Manuel, y colgaron con una promesa vaga de verse el próximo fin de semana.
Álvaro dejó el móvil sobre la mesa baja y sus músculos se relajaron al instante.
Madre mía, qué pesado está últimamente. ¿Por qué no pilla la indirecta? ¿De verdad alguien puede disfrutar mirando a la peña ponerse ciegos hasta no poder juntar las palabras? Prefiero mil veces mil noches como esta contigo.
Abrazó a Lucía, que se acomodó aún más entre sus brazos, dejando atrás la breve inquietud. El mundo seguía girando despacio: el relojeo sordo del viejo reloj suizo, el rumor lejano de la calefacción y la película que continuaba en blanco y negro llenaban la casa de paz.
Yo también susurró Lucía, alzando la vista, buscando sus ojos. Quedémonos así, viendo la peli. No necesito nada más.
Álvaro sonrió; se imaginó apagando la lámpara, arropándose juntos bajo el edredón y quedándose dormidos con el suave rumor de la nieve contra la ventana.
Pero un nuevo sonido perforó el instante nuevo timbrazo, otra vez el nombre de Manuel en la pantalla.
Álvaro frunció el ceño, molesto, y descolgó de mala gana.
Manu, te dije que hoy no…
Pero la voz al otro lado sonó distinta, grave, casi tensa.
Álvaro, tío. Estoy ahora mismo en el club Cristal, hemos venido los colegas antes de la sauna, y… aquí está Lucía. Con un tío. Bebiendo y abrazados. No quería decírtelo pero… Tienes que saberlo. A ti te ha dicho que iba a casa de su madre, ¿no? Te ha mentido.
Álvaro se quedó inmóvil. Miró a Lucía que seguía a su lado, incrédula, y no se movía y luego al televisor. ¿Qué estaba pasando?
¿Qué? balbuceó, intentando mantener la compostura. ¿No te estarás confundiendo? Sabes perfectamente dónde está mi mujer.
Ni de coña me confundo insistió el otro, firme. Está borracha, se ríe a carcajadas, se apoya en él… Nada bien, te lo aseguro. Me ha visto y ni se ha inmutado. ¿Quieres que hable contigo?
En el altavoz del móvil irrumpieron entonces las notas profundas del reguetón y el estruendo de risas. Y tras unos segundos, una voz de mujer tan parecida a la de Lucía que a Álvaro le tembló el pulso.
¿Hola? ¿Quién llama? entonó ella con descuido, como quien responde sin pensar.
Álvaro tragó saliva, sintiendo un súbito escalofrío. Miró a Lucía, que le devolvía la mirada, perpleja, la boca entreabierta.
¿Lucía? Soy yo, Álvaro. ¿Qué está pasando?
El otro extremo estalló en una carcajada, y la voz jugó, cruel y desinhibida:
¡Ay, Álvaro, ya está bien! Quiero divertirme, ¿sabes? Estoy harta de la monotonía. Voy a pasármelo bien, hasta que me canse. ¡Punto!
Lucía se incorporó, blanca como el papel, llevándose la mano al pecho.
¿Pero qué disparate…? ¿Alguien imitando mi voz? ¿Cómo sabe mi nombre esa chica? musitó descompuesta.
¿Y dónde estás? preguntó Álvaro.
¿Y a ti qué te importa? siseó la voz burlonamente, entre risas y tintineo de vasos. No tengo que darte explicaciones. ¡Vivo mi vida!
Se oyó nueva carcajada, y luego Manuel volvió a intervenir:
¿Oíste, tío? Sabía que tenías que escucharlo…
Álvaro le cortó de golpe, el tono ya crispado.
Basta ordenó con esfuerzo, pero con la voz temblorosa. Ya lo aclararé mañana. No llames más.
Colgó, lanzó el móvil sobre el sofá, y fijó la mirada al techo, anonadado. Si Lucía no estuviera ahí, sentada junto a él, podría haberlo creído.
Ella se dejó caer de nuevo, mirándole fijamente. La voz de la impostora era demasiado similar. Pero lo más alarmante era el conocimiento que tenía de sus vidas.
Vaya tela musitó Lucía, apenas audible. ¿Quién ha sido? ¿Qué circo montaron?
Álvaro negó con la cabeza, pasándose la mano por el cabello, desorientado y cargado de sospechas.
Ni idea. Pero la imitación es perfecta. No puede ser casualidad.
Y Manuel tan convencido de que era yo… dijo Lucía, con la voz vibrante. Si hubiese estado fuera, lo hubieras creído. Pensarías que…
Álvaro se giró, la miró con ternura, y la rodeó con sus brazos.
Aun así habría algo raro, confío en ti. Olía a montaje, Lucía. Lo descubriré. Incluso hablaré con la seguridad del club y pediré las cámaras si hace falta.
Lucía se aferró a él, dejando escapar poco a poco la angustia mientras recuperaba la calma.
No era yo susurró, levantando la vista. ¿Pero quién? ¿Y por qué?
Él se encogió de hombros, pero ya no había confusión en sus ojos, sino determinación. Le apretó la mano con fuerza, en un juramento silencioso de estar juntos ante lo que viniera.
******
A la mañana siguiente, casi a la hora de comer, Lucía estaba en la cocina, hojeando correos del trabajo y soplando una taza de café, cuando el móvil vibró mostrando el nombre de Manuel. Titubeó antes de responder, pero la curiosidad pudo más.
Hola saludó Manuel, cauteloso, como midiendo cada palabra. ¿Hablaste con Álvaro tras lo de ayer?
Ella apretó el móvil. Decidió ir al fondo del asunto.
Sí. Tuvimos una bronca. Cree que le miento. No quiere escucharme. Dejó colar un leve temblor en su voz, fingiendo vulnerabilidad.
Breve silencio. Manuel exhaló fuerte, y después una satisfacción sutil casi imperceptible se insinúo en su voz.
Ya… Ya te lo decía: Álvaro no te valora, no sabe lo que tiene a su lado.
Lucía sintió una oleada de rabia fría; debía aguantar, llevarle al límite.
¿A qué te refieres? preguntó, neutra.
Manuel bajó la voz.
A que mereces mucho más, Lucía. Tenía que decírtelo: te quiero. De verdad. Si decides dejarle, yo te cuidaré, puedes contar conmigo para todo.
Lucía guardó silencio, procesando la confesión, mientras una certeza desagradable se le clavaba: era él el que lo había manipulado todo.
Eso no es apropiado, Manuel atajó por fin, con voz firme. Amo a Álvaro, y lo vamos a aclarar. No te metas.
Perdona si he dicho demasiado musitó él, titubeante. Es que Álvaro ha hablado mal de ti, dice que piensa dejarte, y inventa cosas…
Lucía apretó tanto el móvil que los nudillos le dolieron, tratando de contener la explosión.
¿Sabes qué? dijo muy despacio, fría y glacial. Yo estuve ayer en casa. No discutimos, ni mentí. Ya sé que preparaste todo. Lo de la imitación y la llamada desde el club. ¿Por qué?
El silencio cayó, pesado. Lucía esperó, con la seguridad de quien sabe que tiene la verdad de su lado.
Al cabo, Manuel soltó el aire y casi gritó:
Sí, fue idea mía. Porque te amo y no puedo soportar ver cómo te trata él. Pensé que si os peleabais, te darías cuenta. Yo te cuidaría como nadie.
Lucía cerró los ojos, abrumada por una mezcla de asco y lástima.
¿La felicidad? ¿Contigo? dijo con risa amarga y hueca. Ni lo sueñes, Manuel. Has traicionado mi confianza y la amistad. Y todo por tu propio egoísmo.
La sentencia se oyó de un solo trazo, sin rabia, pero con la firmeza de una puerta que se cierra para siempre.
Lo siento, Lucía… balbuceó él.
Lucía ya no estaba dispuesta a escuchar más.
No te molestes en buscarme. Ni a mí ni a Álvaro. Voy a contarle todo. Adiós.
Colgó y dejó el móvil en la mesa, mientras un leve temblor recorría sus manos. Miró por la ventana: la nieve seguía cayendo, silenciosa, indiferente.
Entró Álvaro y enseguida captó la gravedad del momento.
¿Y bien? preguntó, serio aunque con cautela.
Lucía se giró y respiró profundo antes de responder.
Ya está claro resumió en voz baja. Todo lo montó él. Se ha declarado y ha intentado rompernos. ¡Qué ruindad! Al menos lo sabemos.
Álvaro se sentó junto a ella y le cogió la mano, transmitiéndole fuerza y apoyo. En ese roce estaba todo lo importante: Estoy aquí, contigo.
Nunca fue un amigo verdadero concluyó él en voz baja. Mejor perderle que seguir con esa máscara cerca.
Exacto asintió Lucía, dejándose caer sobre su hombro. Ahora sabemos en quién confiar. Se terminó el fingir y el tener que justificarnos. Somos nosotros, a solas, y ya.
Su voz era tranquila, sin rencor. Por fin sentía claridad.
¿Sabes una cosa? sonrió Lucía, con chispa renovada. Al menos nos hemos librado de excusas. Cuando haya otra reunión, ya tenemos razón para quedarnos en casa sin remordimientos.
Lo dijo entre risas, suavizando así la tensión final. No más excusas, ni miedo a herir sentimientos ajenos.
Álvaro rió también, sincero y aliviado.
Eso: peli y café, y que pase el mundo.
Y no salir más de aquí concluyó ella, recogiendo el extremo de la manta y arropándose con decisión.
Perfecto respondió él, abrazándola aún más fuerte.
Así, mientras la nieve seguía cayendo y el salón quedaba iluminado con la tibieza de la lámpara, supieron que su pequeño refugio era inexpugnable. Allí sólo cabía la confianza, la calidez y el deseo de que la vida, al menos por un día más, siguiera exactamente igual.
*******
Manuel permanecía en su cocina, solo, mirando una taza de café frío. Las palabras de Lucía retumbaban en su cabeza, rotundas y definitivas: No me llames nunca más.
No sentía culpa: únicamente una rabia áspera y pesada que le apretaba el pecho. Lanzó la taza contra la pila, esparciendo el poso.
¿Por qué ha salido mal?, sollozó para sí, empujando irritado las migas del desayuno.
En su mente no cesaban de repetirse los momentos del día anterior: la falsa llamada, la complicidad de Marta esa chica a la que había conocido hace dos semanas en el Gijón, su voz tan parecida a la de Lucía, la imitación eficaz, toda la estrategia para dividir al matrimonio.
Creyó que si sembraba dudas, Lucía se rendiría y lo vería como su salvador. Ahora sólo le quedaban los restos de una traición inútil.
Ellos no ven la realidad, pensó lleno de agravio, paseando por la cocina. Yo sí la veo, soy mejor que Álvaro… algún día Lucía lo descubrirá.
Se detuvo frente a la ventana, donde la nieve cuajaba sobre el asfalto y las ramas. La amargura le inundó:
¿Por qué ellos sí, y yo no? gruñó al cristal empañado. Era consciente de que no sólo había perdido a Lucía, sino a aquel amigo que durante años había sido fiel compañero y hasta confidente. Pero esa pérdida no suavizaba su resentimiento.
El móvil yacía en la encimera, mudo. Nunca volvería a llamar. Pero en su interior retumbaban resentimientos nuevos y viejos, y la certeza, contra cualquier lógica, de que aquello le pertenecía y aún podría pertenecerle.
Arrancó y rompió el papel con su guion para la trampa, lo echó al cubo de basura, furioso y derrotado, mientras la ciudad, ajena, se cubría bajo la misma nieve que a Lucía y Álvaro les ofrecía paz.
Crees que has ganado, Lucía, piensa con amargura. Pero has elegido la comodidad de tu hogar… y no el amor verdadero. Quédate en tu burbuja. Yo esperaré.
La nieve seguía cayendo, ajena y bella, borrando huellas y cubriendo con su manto todas las ruinas invisibles de la traición.






