Querido diario,
Mamá, solo me quedaré veinte minutos, no más dije mientras me apoyaba en la puerta del pabellón, intentando disimular una sonrisa que temblaba en los labios.
No te tardes respondió Crisanta, recostada de lado, aferrada a la manta el médico dijo que por la tarde vendrá la perfusión.
Asentí, me lancé la chaqueta al hombro y salí. La calle estaba húmeda y el viento azotaba sin piedad. Octubre en Salamanca nunca se apiada de los peatones: lluvia, viento, charcos que reflejan el triste sentido del otoño castellano, con un cielo bajo, gente callada y todo pareciendo esperar al final.
Caminé hacia la parada del autobús con la sensación de que el tiempo me escapaba. No era solo el autobús lo que temía perder, sino la vida misma, esa corriente que arrastra todo a su paso.
Hace tres semanas los médicos anunciaron a mi madre una etapa final. No derramé una lágrima entonces. Me senté en la banca del cementerio municipal por alguna razón mis pies me llevaron allí y esperé al anochecer.
¿Te vas a mudar ya? preguntó el anciano de la habitación contigua, delgado, con una mirada que parecía eternamente expectante.
Espero a mi hijo respondió Crisanta, sonriendo débilmente él prometió venir al caer la noche.
¿Viene a menudo?
Cada día. Y yo sigo pensando ¿no será mejor dejarlo ir? Después de todo, él también tiene su vida.
El viejo tosió y, casi susurrando, añadió:
No eres tú quien lo retiene, es él quien no se suelta. Mientras él no lo haga, tú no podrás partir.
Crisanta volvió la vista a la ventana. Detrás del cristal la lluvia caía sin cesar. Resulta curioso, porque en su juventud le encantaba la lluvia: sentarse en la cocina con un buen té y escuchar el golpeteo de las gotas contra el alféizar. Ahora esa lluvia solo le impedía ver.
Yo me adentré en el viejo parque del Cerro del Águila, donde de niño patinaba en trineo con mi madre. Allí, junto a la tercera haya desde la entrada, ella me había dicho una vez:
Hijo, no importa lo que hagas. Lo esencial es que después de ti alguien pueda sonreír, aunque sea una sola persona.
En aquel momento no lo comprendía; hoy lo entiendo con una claridad dolorosa.
El móvil vibró: Mamá, sin prisas, todo bien. Sonreí de forma automática; últimamente ella solía escribir sin prisas, probablemente para que yo no me alterara.
El silencio se apoderó de la habitación. El anciano dormía, la enfermera se había marchado. Crisanta miraba al techo cuando, de repente, escuchó música. Desde algún pasillo lejano resonaba una canción de los Círculos Lluvia de otoño.
Sonrió. ¡Madre mía, esto es todavía posible! pensó, cerrando los ojos.
Y entonces alguien se sentó a su lado, tan callado como el viento.
No temas susurró una voz todo está ya.
Crisanta no abrió los ojos; sólo exhaló y murmuró:
Ojalá él no llore.
Yo llegué corriendo cuarenta minutos después. Los médicos ya habían abandonado la habitación; la enfermera, con los ojos rojos, permanecía en la puerta. Lo comprendí sin palabras.
¿Puedo? pregunté en tono bajo.
Sí asintió ella, pero solo un momento.
Me senté al lado de mi madre; su semblante estaba tranquilo, como si esbozara una leve sonrisa. Sobre la mesilla reposaba el móvil, la pantalla parpadeaba con un mensaje sin enviar:
Juan, no esperes milagros. Sé tú mismo el milagro.
Miré la pantalla hasta que el dolor se volvió insoportable. Entonces noté, en la ventana, donde la lluvia dibujaba finas líneas, una pequeña forma de corazón, como trazada por un dedo desde dentro. Sonreí, la primera en mucho tiempo.
Un año pasó.
Me encontraba en la entrada del Hospital Universitario de Valladolid, con un termo de café y una cesta de frutas, listo para ofrecer mi ayuda.
¿Es usted voluntario? preguntó la guardia.
Sí respondí, sonriendo solo quiero que alguien vuelva a sonreír.
Al poco, un niño calvo corrió hacia mí gritando: ¡Tío, mira, estoy mejor!
En ese instante comprendí que los milagros sí existen, aunque a veces lleguen a través de nosotros.
**Lección personal:** la vida no nos pertenece para retenerla, sino para entregarla; si logramos que otro encuentre una razón para sonreír, habremos cumplido nuestro propio propósito.







