Recientemente conocí a una chica que, desde el primer momento, me pareció sencillamente preciosa. Paseábamos juntos por las calles de Madrid, hacíamos escapadas en coche a pueblos cercanos, nos sentábamos en cafeterías bohemias y veíamos películas en antiguos cines. Sin embargo, pronto me di cuenta de que aquello no me bastaba; deseaba estar con mi novia todo el tiempo, no solo en citas ocasionales. Así que, sin darle más vueltas, le propuse matrimonio. ¿Para qué esperar? Nos queríamos y éramos felices juntos. Así empezamos a vivir juntos y nos conocimos aún más. Finalmente, nos casamos.
Pero a mi madre no le cayó bien Carmen desde el primer momento. No dudó en decírselo abiertamente. Carmen se negó a vivir con mi madre en nuestro piso de dos habitaciones: nosotros ocuparíamos una y mi madre la otra. Yo pensaba que sería lo mejor para todos, pero Carmen ni quiso discutirlo. Insistió en que viviéramos en la residencia de estudiantes en la que ella alquilaba su habitación. Tras la boda, acabamos mudándonos allí, como ella había deseado.
Jamás imaginé que acabaría viviendo en una residencia, y mucho menos en esas condiciones. No soporto tener que compartir aseos y duchas con decenas de personas. Al principio me daba mucha vergüenza, y ni siquiera podía ducharme tranquilo. Y los bichos… Las cucarachas campan a sus anchas. ¿Quién puede acostumbrarse? Carmen apenas les hace caso. Dice que nunca han mordido a nadie y que exagero por tonterías, pero yo no puedo dejar de verlo todo sucio y descuidado. Para colmo, en la habitación contigua vive una pareja que discute todos los días.
En el otro extremo, una familia con una niña pequeña que no deja de llorar ni de gritar. No deja dormir ni a sus padres ni a nosotros. Y hace poco tuve un problema serio con un vecino. Se emborrachó una noche y empezó una pelea, así que fui a calmarlo. Desde entonces, ha hecho todo lo posible por provocarme y meterme en conflictos. Yo, sinceramente, no quiero seguir aquí. Ya le he propuesto a Carmen que alquilemos un piso juntos en el centro.
Pero ella no acepta. Dice que está acostumbrada a la residencia y que allí se siente feliz. Si tuviéramos nuestro propio piso, sería distinto, pero el alquiler en Madrid está por las nubes. Tendría que dedicar prácticamente todo mi salario, en euros, solo para pagar la renta. Mi madre me ha sugerido que regrese a su casa, prometiendo que no se entrometería en nuestra relación. Pero Carmen no quiere ni oír hablar de mudanza.
Últimamente, Carmen ha comenzado a hablar de tener hijos; cree que un bebé fortalecería nuestro matrimonio. Yo, por supuesto, quiero ser padre algún día y sueño con ello, pero en cuanto pienso en el entorno en el que viviría el niño, se me quitan las ganas. Los gritos, las discusiones continuas de los vecinos… A veces pienso en el divorcio. No porque no la quiera, sino porque estas condiciones no son dignas para vivir.
Me preocupa mucho el futuro de nuestro hijo. Quiero que crezca rodeado de bienestar y serenidad. No sé cuánto tiempo más podré soportar esta situación. Mi paciencia y mis nervios están al límite. Carmen tampoco está dispuesta a ceder ni buscar una solución juntos.






