Tendría yo unos cinco o seis años, aún antes de empezar el colegio, a principios de los noventa, cuando llegaron a nuestro pueblo desde la ciudad dos jubilados para vivir allí: la abuela Vera y el tío Alejandro.

Te voy a contar una historia que me remueve el corazón cada vez que la recuerdo. Yo debía tener unos cinco o seis años, era antes de entrar en el cole, a principios de los noventa. Por aquel entonces, a nuestro pueblo de Castilla la Vieja llegaron para instalarse dos jubilados de Madrid: la abuela Carmen y el tío Aurelio. Compraron una casa justo enfrente de la nuestra, bajita, con solo dos ventanitas a la calle, pero con un huerto gigante que, por la edad, ya no estaban para cultivar. Cada día salían a pasearunas veces al bosque, otras al río, y muy de vez en cuando bajaban al pueblo grande para comprar lo justo. Vivían tan tranquilos y discretos que casi ni se notaban.

No eran de visitar a nadie, pero sí pasaban por nuestra puerta un par de veces por semana para comprar leche. Nosotros por aquel entonces teníamos un buen rebaño de vacas y unas cuantas gallinas, aunque dinero tampoco sobraba. Yo les tenía cierto cariño, la abuela Carmen a veces me daba a escondidas un trocito de chocolate, un cuadernito, o incluso alguna moneda de 100 pesetas. Nunca tuvieron hijos.

Quizá pasaron tres años desde que se instalaron y, una noche cerrada de finales de invierno, justo después de apagar la tele y meternos en la cama, llamaron suavemente a la ventana. La abuela Carmen vino y con voz apenas audible nos lo soltó: Aurelio ha muerto.

Ayudamos en lo que pudimos a la abuela con todo lo del funeral. Ella lo pasó muy mal, enfermó y apenas salía de casa. Entonces empezamos a visitarla casi cada día. Siempre nos contaba cuánto había querido a Aurelio, los 52 años que pasaron juntos, todos los años currando en la fábrica, y cómo habían decidido dejarle el piso de Madrid a una sobrina para retirarse al campo, a vivir en paz.

Cuando la primavera llegó, Carmen empezó a recuperarse un poco de la soledad. Un día, me invitó a su casa y me enseñó, en una caja de cartón, un cachorrillo grisáceo que había recogido en el mercado de la capital comarcal, tirado junto a un contenedor… Era tan pequeño y vulnerable que se me encogió el alma y me enamoré perdidamente de él, aunque yo nunca había sido muy de perros.

Lo recuerdo como si fuera hoy: yo sentado en el suelo acariciando al cachorro con un dedito, y la abuela Carmen mirándonos con una media sonrisa desdentada, la primera en mucho tiempo.

Aurelio y yo nunca tuvimos ni perros ni gatos. Y, ya ves, tampoco hijos. Se hace muy duro estar sola a este chiquitín lo recogí hoy porque no podía dejarlo allí abandonado, mírale qué carita.

Yo no podía apartar la vista del cachorro, tenía miedo hasta de respirar fuerte por si lo asustaba.

¿Y qué come? ¿No tendrá hambre? pregunté a punto de echarme a llorar.

Le he calentado leche, pero no sabe beber del cuenco. Habrá que darle con biberón, pero no tengo, mañana lo compro me dijo Carmen con voz triste y bajita.

Salí corriendo a casa y le quité el chupete de la boca a mi hermanita de cinco meses, que dormía como un angelito.

El cachorro debía tener apenas unos días de vida. Yo le metía el chupete en la boca, apretando para que saliera la leche templada, rezando porque no se muriera.

Más de una semana estuvimos la abuela Carmen y yo intentando ponerle nombre. Ella, de broma, quería ponerle Rojillo, por las orejillas. Yo me negaba y propuse llamarle Sosego, porque era tan silencioso y tranquilo que siempre estaba quietecito, ni chillaba casi. Y así se quedó: Sosego, Soseguín, nuestro perrito.

Durante toda la primavera, lo cuidamos entre los dos: leche templada, comida especial, calorcito. Y ya con el buen tiempo, empezó a salir al jardín. Sosego, quizás por no haber mamado ni sido lamido por su madre, era débil y enfermizo, pero nosotros lo sobreprotegíamos. Yo, nada más salir de clase, me iba directamente a casa de Carmen a cuidar de él, hacía los deberes allí y luego ayudaba en mi casa. Por la tarde, jugaba con Soseguín como si fuera un gatito, y Carmen, sentada en su sofá, nos miraba y sonreía.

En verano creció, pero era de raza pequeña, no levantó más de treinta centímetros del suelo. Me iba con él al río a pescar, a llevar las vacas al prado, y si estaba en casa, Sosego se quedaba con Carmen. La presencia del perro cambió a la abuela: de pronto era aún más cariñosa y hasta mejoró de salud. Preparaba su comida aparte, lo peinaba, leía libros de perros y hasta de veterinaria.

Pasó un año, y otro, y otro, y otro más… todas las mañanas Sosego venía a mi puerta nada más despertar, me acompañaba los tres kilómetros andando hasta el colegio, y a las dos regresaba para buscarme. Fuera barro primaveral o frío invernal, él siempre a mi lado. Y así pasaron nueve años.

El colegio del pueblo de al lado solo llegaba hasta tercero de secundaria, así que para seguir estudiando tuve que irme a estudiar a Valladolido seguir en el colegio de la capital de la comarca e internarme. En casa decidieron que me fuera a ciudad. La mañana que me marché, estuve en el porche de Carmen mucho rato con Sosego en brazos, llorando a moco tendido.

Llévatelo contigo si no puedes separarte de él me dijo la abuela, también llorosa.

¿Y dónde voy a ir con él? Sosego se queda contigo, cuídate mucho. Mamá va a venir cada día, yo te llamaré siempre.

Cuando el autobús salía del pueblo, yo, pegado a la ventanilla, no paraba de llorar. Y Sosego, con la lengua fuera, corría junto al autobús sin apartar la vista de mí, como sin entender por qué lo dejaba atrás.

Los estudios en el instituto agrario me tenían absorbido. Me pasaba el día entre libros de veterinaria y economía rural. No hice mucha amistad, aunque de vez en cuando iba a hablar con David, que era del pueblo y vivía en la residencia de al lado.

Poco antes de las vacaciones de Navidad, cuando ya tenía billete de ALSA para volver a casa, me llamó mamá para decirme que la abuela Carmen estaba muy mal, llevaba una semana sin poder levantarse de la cama, y Sosego no se separaba de ella, hasta el cuenco de la comida tuvieron que ponerlo junto a la cama.

Me volví a casa antes de lo previsto. Y era cierto: Sosego estaba en una silla junto a la cama de Carmen, mirándola con unos ojos tristes y húmedos, gimiendo bajito. Carmen, con la manita arrugada, le acariciaba el hocico y el lomo, y se notaba que los dos había adelgazado mucho. Era una escena que partía el alma: una abuela acabando sus días y su perro, el último consuelo de una vida sin hijos.

Cuando después de Reyes tuve que volver a Valladolid, era evidente que no volvería a ver a la abuela Carmen con vida. Sosego solo me acompañó hasta el umbral de la puerta; era incapaz, ni por un segundo, de dejar sola a Carmen. Sentí una angustia tremenda por esa pequeña criatura que hacía de hijo para su dueña enferma.

En febrero, Carmen falleció.

A los dieciséis años, alguien dirá: ¿para qué amargarse tanto por una abuela y un perro? Quien no haya sentido el dolor de perder a la única persona que te era familia y al mismo tiempo recibir el amor leal de un animal no lo entenderá nunca. Son ellos los que, tras perderte, sienten el agujero demasiado grande para repararlo.

No pude volver a casa hasta que acabaron los exámenes, allá por finales de mayo. Nadie sabía dónde se había metido Sosego tras el entierro. La familia contaba que en el funeral, Sosego andaba corriendo alrededor de la tumba e intentaba saltar dentro, pero los del cementerio lo apartaban. Después se lo llevaron en brazos a casa y hasta mi padre le hizo una casita con mantitas. Pero Sosego se negaba a vivir con nosotros: prefería rondar la vieja casa de Carmen. Y después de unos días, desapareció. No quiso esperar a que yo volviera del instituto.

Gran parte del verano me lo pasé buscando a Sosego por los pueblos cercanos, preguntando a la gente, enseñando una foto, incluso fui hasta el centro del pueblo grande. Nadie lo había visto. Yo me imaginaba que para él, quedarse en la casa esperando no tenía sentidotal vez pensó que Carmen volvería; al no llegar, se marchó a buscarla.

Llegó agosto.

Un día, fuimos al cementerio de la arboleda de Villanueva toda la familiaestá a casi cincuenta kilómetros del pueblo, ni se me ocurría buscar a Sosego allí.

Al bajar del coche delante de la iglesia, de repente veo que sale corriendo hacia nosotros, orejas bajas, lengua fuera, mi Sosego.

Me desplomé de rodillas y comencé a llorar como un niño.

¡Sosego, Soseguín, madre mía! Si te he buscado todo el verano como un tonto y resulta que estabas aquí…

Él, encantado, de pie sobre las patas traseras, me lamía la cara y se notaba que también lloraba.

Se puso a saltar, llegándome casi a la cabeza, moviendo la cola sin parar.

Sosego estaba sucio, delgado como una raspa. Le saqué toda la merienda del maletero: bocatas, croquetas, empanadillas y él comía sin apartar los ojos de mí.

En esto, sale una señora de la iglesia y pregunta:

¿Esta es vuestra perrita?

Es Sosego, sí responde mi madre, llorando también.

Yo trabajo aquí, y desde finales de primavera ese perrito vive junto a una tumba. La ha cavado con las patitas de tanto excavar, casi tira hasta la cruz. Yo la intenté tapar con la pala, pero él vuelve a desenterrarla.

Todos entendimos enseguida: era la tumba de nuestra abuela Carmen.

Fuimos a visitar las tumbas de nuestros antepasados y Sosego no se separaba de mí ni un segundo. Toda la tumba de Carmen y Aurelio estaba removida por las patitas de Sosego, sobre todo por el lado de Carmen. Mi padre recolocó la cruz, mamá dejó flores, y yo, en cuclillas, abrazaba a mi perrito. Miraba él de vez en cuando la tumba, luego a mí, y me lamía la cara con las orejas tiesas.

No le obligues a venir con nosotros; si quiere quedarse, déjalo decidir, me dijo mi padre sentado a mi lado.

Yo no quiero dejarlo aquí. Pronto vendrá el otoño y luego el invierno y, con casi diez años, no sobrevivirá solo, respondí yo, aunque en el fondo sabía que, si quería volver, recorrería esos cincuenta kilómetros sin problema.

Al irnos, Sosego dudaba. Se acercaba a la tumba, luego corría hacia nosotros. Cuando por fin arrancamos el coche, tardó, pero de repente saltó dentro y se tumbó en mis rodillas.

Soseguín, mi vida, no te volveré a dejar solo nunca más, le susurré sollozando y abrazándolo.

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Elena Gante
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Tendría yo unos cinco o seis años, aún antes de empezar el colegio, a principios de los noventa, cuando llegaron a nuestro pueblo desde la ciudad dos jubilados para vivir allí: la abuela Vera y el tío Alejandro.
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