Siempre estaré contigo
¡Por favor, no vuelvas a empezar! ¡Esto lo hemos hablado un millón de veces! ¿Por qué hay que sacar el tema cada dos por tres? Beatriz levantó la mano con cansancio y volvió a girarse hacia los fogones.
El día no había empezado nada bien. El despertador fueron los piececitos de su hijo Daniel, que a las cinco menos cuarto entró en la habitación y le tocó el hombro:
¡Mamá! ¡Me duele la garganta!
Beatriz, apenas consciente aún, apoyó los labios en la frente del niño y, de repente, el sueño se le retiró de golpe.
Sí que tienes fiebre, hijo Vamos, ven aquí cogió en brazos a Daniel y salió al pasillo, cuidándose muy mucho de no hacer ruido para no despertar a Javier, su marido.
Le tomó la temperatura, le dio un jarabe, lo acostó de nuevo y, mirando la hora, decidió que ni valía la pena intentar dormir. Mejor esperar a que abriera el centro de salud, y llamar para pedir una cita con la pediatra. Cuando comprobó que Daniel volvía a dormirse, Beatriz se fue a la cocina, se sirvió un café y se asomó a la ventana.
El invierno de Madrid ese año se había puesto generoso con la nieve. En el patio comunitario el manto blanco era casi virgen; solo alguna cadena de huellas del vecino madrugador que paseaba al perro o del conserje, mientras soplaba en el frío. De pronto, algo captó su atención y, sin poder evitarlo, se echó a reír. Era Rufián, el gato de la señora Asunción del primero D, brincando por la nieve, desapareciendo hasta las orejas para volver a emerger hecho una bola. ¡En vez de quedarse en casa calentito! Pero el carácter de Rufián era toda una oda a la independencia felina: ni protestas ni amenaza de ventisca le desanimaban. Eso sí, cuando quería salir, maullaba como si la vida le fuera en ello, y en todo el edificio sabían quién era el jefe cuando el felino se desesperaba.
La noche anterior, al recoger a Daniel del cole, Beatriz había sido testigo de uno de los discursos estentóreos del animal:
¡Anda, pasa, pasa! le decía la señora Asunción a la bola de pelos. Pero bueno, mira qué personaje, Beatriz, ¡esto no es un gato, es un sargento! Desde que se fue mi marido, todos los hombres que trato son así de serios
¡Buenos días, Asun! Vaya carácter que tienes ahí en casa sonrió Beatriz.
Ambas rieron. El hijo de Asunción, Tomás, era también de naturaleza seria y muy sensato, y con una ironía muy fina, aunque pocos se la captaran entre tanta timidez. Beatriz era su amiga desde el primer diente de leche, y a lo largo de los años Tomás había estado, discreto pero firme, en todo. Cuando a Beatriz le arrolló un coche a su madre, nunca pensó que el mundo podía torcerse de esa manera. Estaba cruzando la calle por el paso de cebra, como marcaba el código, y el destino demostró que, por mucho que sigas todas las normas, no hay paraguas que te cubra de los bombardeos del azar.
Los dos niños tenían diez años. Beatriz, hasta entonces inmune al dolor de la pérdida, cayó en un estado de parálisis. Dejó de hablar; las únicas lágrimas eran su único idioma. Ni abrazos ni consuelos: se encerraba sola y solo cerraba el mundo con la puerta del baño. Donde encontrara un rincón, allí se acurrucaba y, agotada, se dormía. Fue el psicólogo que la llevó su padre quien advirtió: hay que hacer algo, la pequeña no puede seguir así.
El que obró el milagro fue Tomás. Había perdido a su padre dos años antes que Beatriz a su madre; él sí intuía, aunque fuera en modo niño, ese dolor. Tomás casi empezó a acampar en casa de Beatriz. Asunción no puso pegas: todos los vecinos echaron una mano como pudieron, una sopa, un bizcocho, quedarse unas horas con la niña mientras el padre hacía gestiones. Ni una sola queja de Asunción por los horarios en que su hijo entraba o salía para estar todo el día con Beatriz, obligándola a hacer deberes, leyéndole en voz alta, intentando arrancar una sonrisa o llevándola a las clases de danza y gimnasia a las que la madre de Beatriz la apuntó, soñando con verle crecer sana y fuerte. Finalmente, el pequeño pero disciplinado ejército de cariño de Tomás funcionó. Y cuando juntos encontraron un gatito casi recién nacido en la calle y lo llevaron a casa de Asuncion, fue la primera vez desde la tragedia que Beatriz volvió a hablar, pidiendo leche para alimentar al pelusa.
Asunción, disimulando la emoción, le pasó el biberón y murmuró: Gracias a Dios, se ha espabilado
El gato se quedó en casa de Tomás, porque el padre de Beatriz resultó alérgico. Y ahí siguieron los dos, inseparables; aunque únicos hijos, hacían piña, encontrando en el otro el trocito de familia que sentían incompleta.
Por eso, todo se dijeron mil veces sin palabras. Ella empezaba una frase y él la terminaba: los adultos lo veían raro pero preferían no meterse. Para dos niños medio huérfanos, ese tipo de amistad era la diferencia entre estar roto y sobrevivir.
Los problemas llegaron en el instituto, cuando Beatriz floreció en belleza y chispa y los pretendientes hacían cola. Tomás observaba en silencio, consciente, hasta que un día apareció Javier. Lo conoció cuando Beatriz resbaló en las escaleras del polideportivo:
¿Estás bien, guapa? Dame la mano, te ayudo. Menudo patinazo dijo Javier, atractivo y simpático.
Beatriz se quedó tiesa. Ella, que siempre decía que el flechazo era una novela de segunda, se lo tragó entero.
¡Estoy perdidísima, Tomás! Este chico es
¿Es qué? frunció el ceño Tomás, ella ni caso.
No sabría explicarte el mejor y se puso a bailar por el salón. Deberías alegrarte por tu mejor amiga, ¿no?
Por supuesto, claro que sí mintió Tomás con una sonrisa, mientras buscaba cualquier excusa para marcharse.
Beatriz era demasiado feliz como para fijarse en los gestos de Tomás. Con Javier salió tres años, hasta que se convencieron de que eran lo bastante adultos como para casarse. Lo comunicaron a la familia y pidieron fecha al Registro Civil.
Lo que no entiendo es por qué hay que tener dama de honorprotestaba Beatriz delante del espejo, ajustándose el vestido de novia. ¿Por qué no puede ser un mejor amigo?
Tomás, que la había llevado al atelier, bufó desde el sofá:
A ver si terminas, que tenemos que comprar la tarta y aún tengo que pasarme por la oficina.
Tras aquel flechazo, años después y ya casada, a Beatriz le costaba entender cómo no fue capaz de ver desde el principio lo que con el tiempo le empezó a chirriar de Javier. Creyó que siempre sería la princesa protegida, como en el cuento con Tomás, pero los príncipes a veces se parecen más a un gerente que a un caballero de reluciente armadura.
Las primeras alarmas sonaron cuando Beatriz cayó enferma nada más casarse. Una garganta hinchada mal curada desembocó en un problema serio del corazón. Cuando le dijeron que tenía que hacerse unas pruebas médicas privadas, Javier montó en cólera:
¡Hombre, no! Que tenemos el dinero ahorrado para las vacaciones y, además, tú estás fuerte. ¡No es para tanto!
Beatriz no salía de su asombro:
¿De verdad piensas eso?
Su padre pagó las pruebas en silencio. Ella necesitó casi un año de recuperación; el susto fue de órdago.
Al conocer el embarazo, los médicos la catalogaron como de alto riesgo. Beatriz no se lo pensó:
No hay nada que pensar. Quiero ser madre.
Y lo fue. Daniel nació sano y salvo, pero solo Beatriz y Tomás saben lo que costó. Javier, cuando supo que su hijo estaba bien, se lo tomó con tanto entusiasmo que desapareció tres días de celebración y ni su móvil dio señales de vida.
Por poco pide el divorcio allí mismo, pero la forma en que Javier adoraba al niño y su dedicación a ratos la retuvieron. Lo mismo se desvivía tres días levantándose por las noches, que a la mínima se saturaba y pedía a Beatriz que se lo llevara. El columpio emocional agotaba a Beatriz, que optó por apañárselas sola. Su padre le enseñó a conducir y, al ver el panorama, incluso le compró un utilitario que, aunque modesto, la hizo menos dependiente de los vaivenes de Javier.
Javier se volcó en su empresa, alegaba que todo lo invertía y que el sueldo de ella se esfumaba en el supermercado y la farmacia. Menos mal que el piso era de su padre, que prefirió mudarse al chale de las afueras para dejarles espacio y porque, según decía, en el campo se duerme mejor.
Una vez, Daniel llevaba varios días con fiebre alta; Beatriz estaba literalmente al borde del ataque de nervios, durmiendo por los suelos, y tras dejarle a su padre el niño, cayó rendida. Al despertar, su padre le dijo:
No me voy a meter, ni a dar consejos, ni a juzgar. Pero solo quiero recordarte que no estás sola, ¿me oyes?
Gracias, papá. Lo sé. Pero de momento no estoy lista para decidir nada. Javier sigue siendo mi marido.
Lo cierto era que, cada vez que Beatriz necesitaba ayuda, aparecía Tomás. Recoger una receta, pasar por la farmacia, llevar la Citroën al mecánico; allá donde Javier siempre encontraba una excusa, Tomás tenía una solución. Ella sentía que le pedía demasiados favores, pero ¿a quién más podía recurrir?
Aquel viernes, mientras miraba el patio nevado, pensaba en que Tomás volvía de trabajo esa tarde y, si hacía falta ir al pediatra con Daniel, le llamaría. Porque su coche había dicho basta justo el día anterior y, además, ese mes las cuentas estaban en números rojos. Javier parecía más interesado en bitcoins que en las lentejas de cada día. Su salario apenas alcanzaba, porque las bajas médicas por Daniel eran casi su segunda residencia.
Miró el reloj y llamó a la consulta. Hubo suerte; la doctora había salido ya del permiso, y le prometieron que iría esa mañana.
Fue entonces cuando entró Javier, restregándose los ojos.
¿Otra vez con el numerito? ¿Por qué habéis trasnochado?
Daniel tiene fiebre.
Ya, bueno. Yo voy a ducharme. Prepárame el desayuno rápido, que tengo prisa.
Beatriz empezó a mezclar la masa, pensando en las tortitas del convaleciente que siempre le funcionaban con Daniel y que a Javier también le alegraban el ánimo y, con suerte, le callaban la boca.
¿Has hablado con tu padre?
No.
¿Y a qué esperas?
Ya te lo he dicho, el piso es suyo y yo no pienso presionarle para que lo ponga a nuestro nombre.
Pues tu cabezonería va a acabar conmigo. Pago todos los gastos y aquí vivo como invitado. Y tú siempre pidiéndome dinero para ti o para Daniel. Hace siglos que no tengo vacaciones y
El discurso de Javier se fue perdiendo cuando Beatriz, de pronto, notó que algo dentro se le rompía, como una cuerda muy tensa. Todo lo que habían vivido juntos el primer beso, el día de la boda, el nacimiento de Daniel, toda esa historia se le vino encima. Colocó la espátula sobre el plato y, tranquila, se dirigió a él:
Solo lo repito una vez, y escúchame bien: hoy vas a recoger tus cosas y te vas. Nos separamos, Javier. Ya no quiero seguir viviendo así, ni creo que tú tampoco. El dinero, los gastos y los reproches ahora mismo no me importan. Solo me importa Daniel. Y tenemos que conseguir que, aunque separados, Daniel tenga padre y madre. Nada más.
Javier, primero atónito, trató de contraatacar, pero terminó encogiéndose de hombros y tiró el tenedor.
Ya lo veremos esta noche cuando vuelvo del despacho. Aún tienes tiempo de pensártelo.
No Javier. Mira mis ojos. Está decidido. ¿Sabes lo que significa?
Significa que te has vuelto loca. Que no vas a encontrar a nadie y menos con un crío. Cuando lo pienses, me avisas. Yo me quedo en casa de mis padres.
Como prefieras.
Beatriz se quedó sola en la cocina. Oyó la puerta principal, se dejó caer sobre la silla y se permitió llorar a gusto, justo antes de que Daniel, arrastrando el pijama y con voz agotada, la reclamase.
¿Mamá, desayunamos ya?
¿Te apetece tortitas mágicas para el dolor de cabeza?
¡Con mermelada, sí!
Después llegó la doctora, revisó al paciente, recetó paracetamol y recomendó calma.
Beatriz ya sacaba el móvil para llamar a su padre cuando alguien golpeó la puerta: solo podía ser Tomás, el único del vecindario que no soportaba los timbres.
¡Hola! Os traigo una caja con una ambulancia de juguetes saludó Tomás.
Beatriz pensó en lo raro que era que Javier nunca comprase ni una chuchería a Daniel. Los regalos de Tomás, en cambio, llegaban sin excusa, solo porque sí.
¿Le cuidas mientras bajo a por las medicinas?
Claro. O, si quieres, bajo yo. Dame la lista.
Mientras Tomás desaparecía en la escalera, el móvil de Beatriz sonó:
¿Señora Beatriz Ruiz Fernández?
Sí.
Le llamamos del Hospital Gregorio Marañón. Su padre ha ingresado por un infarto. El estado es grave.
Voy para allá.
Bajó corriendo, sin saber ni dónde dejaba las cosas. Llamó a Javier, aún por compromiso.
¿Javier?
¿Ya te has arrepentido?
Es mi padre. Un infarto. Está en el hospital.
¿Y qué tengo que ver yo? ¿No quieres separarte? Pues apáñatelas.
Beatriz colgó, en shock. Cuando Tomás llegó, Beatriz ya estaba lista y nerviosa.
¿Qué pasa?
Es mi padre. Ha tenido un infarto.
No hizo falta más. Tomás avisó a su madre, que se quedó con Daniel; él acompañó a Beatriz al hospital.
Pasaron la tarde esperando. Nadie hablaba; de vez en cuando, Beatriz apoyaba la cabeza en el hombro de Tomás.
Gracias no sabes lo que significa tenerte aquí.
Siempre estaré contigo, Beatriz.
Lo sé, Tomás. Ahora lo sé.
El médico entró una hora después y los vio así, ella medio dormida en el hombro de él. Tomás la despertó con delicadeza.
Su padre está estable y ya en planta. Aún queda camino, pero lo peor ha pasado. Pueden ir a casa y venir a visitarlo mañana.
Beatriz abrazó entonces a Tomás y, entre lágrimas, sintió cómo por fin salían, con ellas, todos los dolores guardados durante tanto tiempo.





