Se necesita marido urgentemente
Mamá, ¡de verdad necesitas encontrar un nuevo marido! ¡Muy, muy urgente!
Almudena estuvo a punto de dejar caer la taza de café, tanto que se le volcó un poco sobre el mantel. La dejó sobre la mesa, carraspeó y miró a su hija fijamente.
Explícate, por favor le pidió, esforzándose por mantener la voz calmada. ¿De dónde sale esa exigencia?
La niña dio un paso de un pie a otro, bajó la mirada y empezó a examinar el dibujo de la alfombra. Clara se sentía incómoda, pero estaba convencida de haber hecho lo correcto.
Verás Hoy le he dicho a papá que tienes pareja suspiró profundamente. ¡Me tenía torturada a preguntas! No deja de interrogarme sobre si has encontrado a alguien. Hasta ahora siempre le decía que no, y entonces empezaba con su discurso de que cometiste un error grandísimo dejándole, que no sabes lo que haces por perder a semejante hombre.
Levantó la mirada hacia su madre. En sus ojos había frustración, desconcierto y un enfado contenido hacia su padre.
Y además… todo el rato repite que pronto te darás cuenta de tu error y volverás con él, que no vas a encontrar nada mejor. Y ahí salté: le dije que habías conocido a alguien.
Almudena se pasó la mano por el cabello. Enseguida le vinieron a la cabeza aquellos tonos retóricos de su exmarido: esa falsa seguridad, esa forma de convertir cualquier conversación en un monólogo sobre su incuestionable verdad.
Me imagino la retahíla de piropos con la que lo habrá adornado dijo con sarcasmo. Todavía no asume que le dejé a pesar de ser tan perfecto. A veces pienso que insiste en que vayas los fines de semana sólo para tener audiencia para sus monólogos. Le importa poco hablar contigo, le interesa sacarte cotilleos para alimentar su ego.
Clara lanzó un profundo suspiro y se dejó caer en el sofá, encogiendo las piernas bajo su cuerpo. Apoyada en el cojín, pasó la mano distraídamente por la tapicería, intentando ordenar sus ideas.
Sí, yo también lo pienso dijo, mirando hacia otro lado. Me paso hora y media escuchando lo maravilloso que es. El resto del tiempo ni me habla, ni pregunta por cómo estoy. Ni siquiera pregunta cómo voy en el colegio ni si necesito algo
Clara lo contaba como si fuera una rutina diaria: levantarse, desayunar, ir al colegio, deberes. Para ella era tan habitual que ni siquiera le afectaba demasiado.
Se recostó en el respaldo y miró al techo, repasando mentalmente su reciente conversación con el padre. Como siempre, él empezó hablando de su última gran hazaña: esa vez contó con detalle cómo gestionó unas negociaciones en el trabajo. Luego, sus planes de futuro, las dificultades en la oficina, lo mal que le valoran los demás Hora y media de monólogo; Clara hasta tenía cronómetro mental para poder contárselo a su madre.
Cuando intentó hablar de una olimpiada de mates en el colegio, su padre sólo asintió y rápidamente volvió a su discurso: Muy bien, pero sabes, yo a tu edad ya, y siguió con sus historias de éxitos pasados.
Clara encogió los hombros, apartando aquellos recuerdos. Ya se había acostumbrado; su padre siempre había sido así, excesivamente centrado en sí mismo. Los demás, familia incluida, orbitaban a cierta distancia: importantes, sí, pero nunca tanto como él.
Cualquier conversación acababa girando en torno a sus problemas. Si mamá se quejaba de cansancio, él explicaba cómo sufría en el trabajo. Si Clara contaba algo de sus amigos, él desviaba el tema: sus años de escuela eran mucho mejores, por supuesto. Parecía no escuchar nunca las preocupaciones ajenas, ni considerarlas relevantes.
Clara nunca entendió cómo su madre aguantó quince años así. Él sólo se miraba el ombligo. Tal vez ella resistió por no criar a su hija sin padre. De pequeña, Clara de verdad confiaba en que un día su padre cambiaría, que les prestaría atención Pero los años pasaron y nada varió. Y sólo después del divorcio descubrió que sin él en casa se vivía mucho más tranquila. Nadie cambiaba el tema ni menospreciaba sus cosas.
¿Y por qué tengo que buscar pareja urgentemente? preguntó Almudena, con un tono algo más cortante de lo previsto. Lo has dicho, pues ya está. ¿Dónde está el drama?
Porque cuando papá lo supo, ¡pegó un cambio alucinante! Clara se estremeció, abrazando un cojín. Primero se quedó blanco, luego rojo como un tomate y empezó a gritar que vino la vecina de abajo. Te juro que me asusté un poco.
Se quedó en silencio, recordando la escena: la voz chillona de su padre, los puños apretados, la mirada perdida. Estaba a punto de explotar de ira.
Me exigía el nombre de ese hombre y que lo describiera todo. Me negué, le dije que tú me habías pedido que no dijera nada, y menos a él… No me extrañaría que pronto empiece a llamarte para montarte la bronca.
Almudena se giró despacio, apoyándose en el alféizar, y miró atentamente a su hija. Vaya día le espera… Conoce de sobra el nivel de histeria de Tadeo… Bien se la ha jugado la niña.
Almudena se sentó junto a Clara y la abrazó. Ahora ya no hay remedio. Lo dicho, dicho está.
¿Y a qué viene inventarse esto, Clara? le preguntó en voz baja, balanceándola suavemente en sus brazos. ¡Con lo tranquilas que estábamos! Ahora otra vez sus numeritos y sus lloros dan ganas de apagar el móvil.
Clara se soltó con dulzura, se incorporó y miró a su madre con seriedad. En su rostro se veía una convicción verdadera.
Porque eres increíble afirmó convencida. Eres guapa, lista, tienes muchos amigos y le gustas a los hombres. ¿Crees que no lo noto? Y papá siempre hablando mal de ti. Estoy cansada de escucharlo.
Almudena acarició a su hija, pasando los dedos entre sus cabellos suaves. Había en su mirada ternura y una pizca de perplejidad.
Lo entiendo, cielo, te he entendido dijo suavemente. Sinceramente, pensaba que no querrías que volviera a tener pareja. Han pasado sólo seis meses desde el divorcio.
Decirlo le costó. Siempre temió que su hija viera un nuevo amor como traición o intento de sustituir a su padre. Almudena buscó en la cara de Clara cualquier molestia.
¡Tonterías! soltó Clara, tan convencida que Almudena sonrió. Lo importante es que seas feliz.
Clara cruzó los brazos, mirándola con una madurez impropia de su edad, decidida a defender su opinión.
Almudena la contempló, y la ansiedad fue esfumándose poco a poco. La seguridad de Clara le despejó las dudas. ¿Y si ella, en el fondo, solo tenía miedo del pasado y del futuro?
Eres muy lista, cariño susurró Almudena, volviendo a abrazarla. Gracias por cuidarme tanto.
Clara se acomodó junto a su madre, ambas sintiendo que su pequeña familia, pese a todo, era más fuerte que nunca.
***************************
Almudena intenta concentrarse en el informe del trabajo. Las líneas se le emborronan y le palpita la cabeza; el dolor, que solo insinuaba por la mañana, es ahora insoportable. Se masajea las sienes, moviéndose con la lentitud de quien repite el gesto decenas de veces.
Al rato, decide pedir a una compañera que baje a la farmacia, que está a dos pasos. En cuanto le trae el ibuprofeno, lo toma con un vaso de agua. Pero no funciona; la cabeza sigue pesada, y cada ruido resuena dentro como un martillo.
En ese momento asoma el vigilante por la puerta. Tiene gesto amable, pero en sus ojos reluce el recelo.
Almudena García, tiene usted visita anuncia educadamente. Su exmarido insiste en hablar con usted. ¿Quiere bajar o le ayudamos a marcharse?
Almudena se queda quieta. Siente una irritación mezclada con cansancio. Respira muy hondo intentando no mostrarlo.
Ya bajo, disculpe las molestias responde poniéndose de pie.
Por dentro, no puede evitar maldecir. Menuda gracia. Día duro, dolor de cabeza y ahora Tadeo aparece sin avisar. ¿Por qué no ha llamado antes? ¿Va a montar una escena delante de toda la oficina?
Se dirige despacio a la salida, intentando no hacer movimientos bruscos. El ambiente en el pasillo es bullicioso; empleados de aquí para allá, risas en la máquina de café Almudena pasa entre ellos sintiendo cómo la tensión se le sube a los hombros.
Al llegar al hall lo ve inmediatamente. Tadeo pasea de un lado a otro, se acerca al mostrador, se aleja, gesticula, sube la voz discutiendo con los de seguridad, que mantienen a duras penas la cortesía pero están listos para intervenir si se pasa.
¿Qué quieres? pregunta Almudena sin rodeos al acercarse. Su tono es firme, aunque la irritación le hierve por dentro. ¿Qué circo has montado? ¿Quieres que llame a la Policía Nacional? No tengo problema.
Tadeo se gira bruscamente al oír su voz. Está rojo, los ojos le brillan de rabia o celos. Se abalanza hacia Almudena, señalándola como si acabara de descubrirle un delito.
¡Tú! ¡Tú! ¡Clara me lo ha contado todo! ¿Seis meses y ya tienes otro hombre?
Había incredulidad, rabia y celos en su voz. Parecía que aún esperaba que su hija se lo hubiera inventado. Pero ante la tranquilidad de Almudena, aceptaba que no era broma.
Almudena arqueó una ceja y ladeó la cabeza, relajada pero con un destello helado en la mirada.
¿Tengo que guardarte fidelidad de por vida? ¿Incluso divorciada? Pides demasiado, Tadeo. Especialmente para quien en el matrimonio no veía la fidelidad como virtud obligatoria.
Por un instante, Tadeo se queda perplejo, el brazo señalado se le baja. Una chispa de desconcierto asoma en su cara.
Mientras, empleados, visitantes, repartidores siguen pasando. Algunos miran con curiosidad, otros fingen ignorarlos. Para Tadeo y Almudena, el mundo se ha reducido a ese pequeño espacio, cargado de reproches antiguos y la realidad con la que Tadeo no sabe lidiar.
Tú tú simplemente intenta decir él, pero Almudena le interrumpe.
No vamos a montar numeritos, Tadeo su voz, un poco más suave, pero inamovible. Si tienes algo que decir, lo hablamos tranquilos. Pero aquí no y así, no.
¿Numerito? ¡Te voy a dar yo numerito!
Tadeo casi grita y su voz retumba por el hall. El rostro congestionado, venas tensas al cuello, puños crispados. Camina adelante y atrás, dudando cómo hacer valer su amenaza.
¡No pienso dejar que mi hija conviva con un desconocido! suelta, sin notar cómo le mira ya medio edificio. ¡Te voy a quitar a Clara! ¡Ya no la verás nunca más! ¡Ahora verás!
La amenaza sonaba entre histérica y vacía, pero Almudena apenas levanta una ceja. ¿Llevarse a su hija? A ver. Cualquier juez se pondría de su parte.
¿Ya? Muy de circo, sí replicó con calma irónica. De los buenos.
¿Qué ocurre aquí?
Tadeo se calla de golpe y se vuelve hacia la voz. En la puerta del hall, un hombre con traje azul oscuro, postura elegante y segura, les observa tranquilo. Los guardias se ponen firmes: debe de ser un pez gordo.
No se meta gruñe Tadeo, fulminándole con la mirada. Es asunto privado. No le incumbe.
El hombre sonríe apenas, y se acerca pausadamente, poniéndose en una posición en la que puede ver a los dos. Aquello crispa aún más a Tadeo.
Privado es hablar con tu exmujer a solas responde por fin. Cuando lo haces en un espacio público, ya no lo es. Se convierte en un espectáculo.
Almudena acepta la intervención sin inmutarse. No esperaba que Emilio, el director general, apareciera justo ahora, pero lo cierto es que lo agradece: ha descolocado a Tadeo.
Tadeo, sin embargo, se encara.
¿Y tú quién eres para decirme nada? ¡No te metas en asuntos ajenos!
Emilio avanza dos pasos sin perder la calma. Se acerca a Almudena, aún tensa, y la rodea suavemente por la cintura, de forma abierta, sin dar margen a dudas.
¿Quién soy? responde con un tono neutro, cortante. Soy quien hace feliz a Almudena. Si vuelves a gritarle a mi mujer, te prometo que no sólo acabas en comisaría, sino con los problemas hasta las cejas. Y ojo con meter por medio a su hija para hacerte el mártir, ¿queda claro?
Tadeo se paraliza. La rabia le desaparece, el color vuelve pálido. Mira a uno y otro, aún asimilando que se le ha ido el control. En sus ojos asoma la resignación: aquí no va a ganar.
Tiene los puños cerrados, parece a punto de saltar. Pero calla. O la firmeza de Emilio o el saber que aquí sus trucos no funcionan le ha quitado las fuerzas.
Al final, masculla algo entre dientes y se va, la dignidad hecha trizas, los hombros encogidos. Al salir, lanza una última frase:
¡Olvídate de la pensión de alimentos!
Ni me hace falta bromea Almudena, con voz aliviada. Así Clara no tiene que ir nunca más a verte.
En ese instante repara en que Emilio sigue rodeándola. Ese contacto transmite calor y seguridad. Se sonroja levemente y, con naturalidad, se separa.
Con ligera sonrisa, mira a su inesperado salvador.
Mil gracias, Emilio. Has hecho muchísimo por mí.
Le sale de dentro, no fuerza la gratitud. Por primera vez siente que ha salido de un mal trago gracias a la templanza de otro.
Él contesta con una media sonrisa y los ojos cálidos:
¿Lo hablamos comiendo algo juntos? invita, extendiendo la mano.
Almudena duda un segundo, asaltada por viejos miedos ¿demasiado pronto? Pero enseguida los olvida. Emilio es atento y ella, por primera vez en mucho tiempo, tiene curiosidad: ¿quién es realmente? ¿Por qué se mete? ¿Qué más esconde esa seguridad?
Por supuesto dice, colocando su mano en la suya.
El contacto resulta inesperadamente agradable: firme, sin agobios, y Almudena nota cómo el estrés se disuelve, dejando paso a una dulce inquietud.
Más tarde, ya sentados en una pequeña taberna cerca de la oficina, todo fluye con naturalidad. Luz cálida, una copa de vino blanco, el aroma a pan recién horneado.
Durante la charla, Almudena descubre que Emilio llevaba tiempo sintiendo algo por ella. Lo cuenta sin adornos, como una certeza sencilla, natural, que por fin se atreve a decir.
Llevaba mucho tiempo queriendo acercarme confiesa, revolviendo el café. Siempre te veía tan seria, tan preocupada… Sabía por lo que estabas pasando, no quería importunarte.
Almudena escucha en silencio. No detecta rastro de arrogancia o engreimiento, sólo sinceridad y respeto.
Pero cuando le vi gritándote Emilio frunce el ceño. No me pude quedar al margen.
Ella no puede evitar una sonrisa. Así que todo era eso. Siempre había sentido simpatía por Emilio, pero nunca pensó que pudiera fijarse en ella, siendo el jefe y con tanta diferencia jerárquica…
*******************
Tres meses después de aquel episodio, Almudena y Emilio se casan. La boda, en Segovia, es elegante y llena de pequeños detalles. Él no escatima nada.
Clara lo vive con alegría. El día de la boda ayuda a su madre en cada detalle: el vestido, el peinado, hasta los botones. Cuando los novios se ponen las alianzas, les abraza fuerte.
¡Estoy tan feliz por vosotros! susurra radiante.
Pero a Emilio le deja claro enseguida:
Me caes muy bien, Emilio, y me gusta que mamá ya no esté sola. Pero papá aunque sea como sea, ya tengo uno.
Él lo acepta sin el menor reproche:
Me parece muy justo, Clara. Lo importante es estar juntos, nada más.
Tadeo recibió la invitación, más por cortesía formal que por interés. Almudena dudó, pero quería que él supiera que su vida seguía adelante. La invitación iba sin nota, sólo la tarjeta con fecha, lugar y hora.
Ni por asomo se presentó a la boda. Ni siquiera se le pasó por la cabeza; la idea le producía una mezcla de rabia y tristeza. Canalizó el resentimiento de otra forma: llamando uno a uno a los viejos amigos.
La primera llamada fue nada más recibir el sobre. El tono pretendía ser calmado, pero se notaba la tensión de fondo.
¡Imagínate! ¡Me invita a su boda! soltaba nada más descolgar la otra persona. ¡Después de todo lo que ha pasado!
El amigo, un excompañero de la complutense, preguntaba con cortesía qué tenía eso de malo. Tadeo lo despachaba enseguida:
¿¡Pero cómo puede?! ¡Me ha humillado!
Esta escena se repitió días y días: él, marcando un número, repitiendo la misma frase. Buscaba que alguno asentara, le dijera: Tienes razón, es indignante.
Pero todos escuchaban con calma. Algunos decían bueno, cada uno con su vida, otros ni sabían qué responder. Y cuanto más lo repetía, más notaba que perdía apoyos.
Entonces cambió de discurso:
¡Sólo han pasado seis meses! Nadie encuentra el amor de verdad de esa forma, es escapismo, pura farsa. Lo hace para olvidarme.
A veces corregía:
Ni me ha dado la oportunidad de arreglarlo. Si hubiéramos hablado, yo lo habría conseguido
Nunca concretaba si arreglarlo era volver juntos o intentar cambiar.
Otras veces recurría al reproche absurdo:
¡He hecho tanto por ella, y ni me ha dado las gracias! Se ha largado y se ha llevado a mi hija, así, sin más
Este argumento ya no colaba. Los amigos se encogían de hombros: Para eso está el matrimonio, no es cosa de agradecimientos
Al final, agotado de no encontrar confort, Tadeo dejó de llamar. Se quedó en su piso, mirando las horquillas de Almudena olvidadas, fotos viejas, algún vestido ya pequeño de Clara. Entendió, por fin, que la vida sigue, aunque él aún no sepa dónde encajar.
Y mientras Tadeo se aferra al pasado en silencio, la vida en casa de Almudena, Emilio y Clara avanza con sosiego: cenas juntos, paseos por el Retiro los domingos, discusiones sobre qué peli ver Su pequeña familia, más fuerte que nunca.







