Hace poco, mi esposa y yo nos metimos de lleno en la compra de un piso a estrenar en un barrio moderno de Madrid, todo aún oliendo a pintura fresca y con obreros trajinando por los pasillos. Hay que bendecirlo, hijo. ¡Nadie lo ha habitado y no se puede vivir aquí sin la protección de Dios!, fue lo primero que dijo mi abuela Carmen, con esa mirada suya que no acepta réplica. Mi madre, Mercedes, no tardó en apoyar la idea: Es fundamental, necesitamos felicidad, alegría y prosperidad en vuestro nuevo hogar. La presión familiar pudo más que nuestras dudas, así que aceptamos organizar una ceremonia de bendición.
Es absolutamente necesario, insistió mi abuela, categórica. Llegó el día señalado. Al sonar el timbre, me encontré en la puerta con el párroco don Fermín, un hombre de barba canosa, serio y de porte antiguo, del que colgaba al pecho una gran cruz dorada y que portaba un incensario y una bolsa ya muy usada. Nos repartió unas velas y comenzó a explicar el ritual.
Hijos míos, proclamó con esa voz grave tan propia de los curas de pueblo, encended vuestras velas y seguidme, paso a paso. Todos obedecimos, expectantes, preparados para algo solemne y reconfortante. Pero justo cuando mi padre, Ignacio, trató de encender la vela, aquello fue imposible: la mecha chisporroteaba, echaba humo y se negaba a encenderse por muchos intentos que hiciéramos. Finalmente, el párroco, visiblemente nervioso, recogió con prisa sus enseres.
Salid de aquí, marchad rápido, aquí hay algo extraño, murmuró con un tono de desconcierto, su voz impregnada de urgencia. Ni corto ni perezoso, recogió su bolsa y prácticamente salió corriendo del piso, dejándonos plantados, sin saber muy bien si reírnos o asustarnos.
Un cura peculiar y una vela aún más rara, comentó mi esposa, Jimena, fijándose en que la vela del propio párroco seguía ardiendo sin el más mínimo problema.
Seguro que estaba con el día torcido, de ahí que todo haya salido así, intentó bromear mi madre, intentando aliviar el ambiente.
Habla mucho, pero al final él mismo sale por patas. Seguro que en su parroquia no hay ni Wi-Fi, pensé para mis adentros, buscando el lado divertido del asunto. Además, ¿a dónde íbamos a huir nosotros?, si estamos atados a esta hipoteca por los próximos quince años y todos los recibos en euros esperándonos cada mes.
Bueno, ¿qué hacemos, nos quedamos o buscamos a otro cura?, preguntó mi abuela, devolviéndonos de golpe a la realidad y dejando la pregunta flotando entre nostalgia y resignación.
Al final, comprendí que, por más rituales y bendiciones que hagamos, la verdadera paz en casa debe empezar por nosotros mismos. El hogar lo construimos cada día y eso, al final, es lo que de verdad importa.







