Natalia volvía del trabajo a casa y, de camino, entró en una tienda del barrio para comprar comida. En invierno anochece muy pronto, y la farola del patio de su edificio llevaba días sin funcionar. Cuando ya estaba llegando al portal, una mano se aferró de repente a una de las bolsas. Del susto, Natalia la soltó y dio un paso atrás. La bolsa cayó al suelo y las manzanas se desparramaron sobre la acera helada.
—¿Tú? —exclamó, llevándose una mano al pecho.
Delante de ella estaba Pablo.
—Perdona, no quería asustarte —murmuró él, confundido, mientras se agachaba para recoger las manzanas.
Natalia se había casado en segundo de carrera. Le gustaba muchísimo un chico de la facultad, un guapo irresistible llamado Javier Suárez, pero no era la única: prácticamente todas las chicas suspiraban por él. Y no solo las de su clase. Natalia nunca se consideró especialmente guapa, así que se limitaba a observarlo desde lejos, en silencio. Si alguna vez sus miradas se cruzaban, enseguida apartaba los ojos y se ruborizaba.
Últimamente veían a Javier cada vez más a menudo con una rubia alta y espectacular de último curso, Valeria Molina. Las chicas de la facultad, muertas de rabia y de envidia porque él las había ignorado a todas para fijarse en una alumna mayor, cuchicheaban que incluso vivían juntos. Natalia también sentía celos, aunque se decía a sí misma que hacían buena pareja y que, al fin y al cabo, se veían perfectos uno al lado del otro.
Un día fue testigo de una escena bastante desagradable. Natalia caminaba por el pasillo de la facultad cuando Javier pasó junto a ella a toda prisa, rozándole apenas el hombro. Detrás de él venía Valeria, con el rímel corrido, la cara empapada en lágrimas y los tacones resonando con desesperación en el suelo.
—¡Javier, espera! ¡Por favor! —suplicaba ella, con una histeria apenas contenida en la voz.
Todos los que estaban en el pasillo se detuvieron para mirar, curiosos.
—Perdóname, no volveré a ponerme celosa, pero no me dejes, por favor…
En ese momento Javier se detuvo de golpe y se giró bruscamente. Valeria no alcanzó a frenar y chocó contra él. Él la sujetó con firmeza por encima del codo.
—¿Qué quieres de mí? No soy una cosa, no te pertenezco. Deja ya de llorar, nos está mirando todo el mundo. Se acabó. No me sigas más.
Volvió a darse media vuelta y desapareció al final del pasillo con paso rápido. Valeria se quedó quieta, destrozada. Tenía un aire tan triste que Natalia estuvo a punto de acercarse a ella. Pero, de repente, la muchacha echó a correr otra vez detrás de Javier.
Después de aquello, Natalia no volvió a ver a Valeria en la facultad. Se comentaba que había dejado la carrera. ¿A tan solo unos meses de los exámenes finales? Natalia no lo creyó al principio. Luego se enteró de que se había trasladado a otra universidad, en otra ciudad. “¿Qué habrá pasado entre ellos? Yo jamás correría detrás de un hombre ni me humillaría así delante de todos”, pensaba Natalia cada vez que veía a Javier. Y él, desde entonces, iba siempre serio, huraño, sentado solo en clase.
Las chicas seguían revoloteando a su alrededor, pero Javier ya no inició ninguna relación seria con nadie. Cuando se acercó la Nochevieja, los estudiantes decidieron celebrarla todos juntos en el piso de uno de los compañeros. La madre de Natalia, por supuesto, puso el grito en el cielo. Que la Nochevieja era una fiesta familiar, que no tenía nada que hacer metida en un piso con gente que ni conocía, que seguro que allí solo iban a emborracharse y a perder el tiempo.
—¿Por qué dices enseguida que nos vamos a emborrachar? Solo queremos pasarlo bien. Mamá, ya soy mayor. ¿Hasta cuándo voy a pasar todas las Nocheviejas delante del televisor? —protestó Natalia.
Discutieron, como tantas otras veces. Y al final, desobedeciendo a su madre, Natalia se fue.
Sí, bebieron, pero sin excesos. Había alegría, música, risas. Después de las campanadas, todos salieron a la calle a tirar petardos y ver los fuegos artificiales. Natalia brincaba y gritaba de emoción con los demás, mirando al cielo, donde estallaban luces de colores.
—¿Te gusta? —oyó de pronto a su lado.
Era Javier. Natalia lo tenía tan cerca por primera vez que casi dejó de respirar. En sus ojos se reflejaban los destellos del cielo, y el corazón de la chica empezó a latirle con tanta fuerza que pensó que él podría oírlo.
Más tarde regresaron al piso, pero Javier la retuvo suavemente por el codo.
—¿Nos escapamos? Ya no va a pasar nada interesante. Dentro de un rato todos estarán bebiendo por beber.
Caminaron por la ciudad en aquella noche fría. Grupos de desconocidos los felicitaban al cruzarse con ellos. Javier hacía tonterías, se reía, le lanzaba bolas de nieve. Natalia le respondió con una, y la primera que lanzó fue a meterse justo por el cuello del abrigo de él.
—¿Ah, sí? —rió Javier.
Corrió hacia ella, la atrapó entre sus brazos y la empujó a un montón de nieve. Cayó con ella encima, y sus ojos quedaron tan cerca de los de Natalia que todo lo demás desapareció. Javier la besó.
—Ven a mi casa —le dijo con voz ronca, cuando apartó los labios de los suyos.
Sin esperar respuesta, se puso en pie de un salto y, con un movimiento decidido, la levantó del suelo.
—¿Y qué tienes en casa? —preguntó ella, sorprendida por su propio atrevimiento.
—Un árbol de Navidad, cava… y un gato.
—¿Un gato? —repitió Natalia.
—Sí. Pelirrojo, insolente y bastante insoportable.
Natalia se echó a reír. De repente, todo dejó de darle miedo. Javier le tendió la mano. Ella habría ido con él a cualquier parte, siempre que no se la soltara. Al llegar al portal, se detuvo un instante, indecisa. Javier volvió a besarla, y la puerta se cerró detrás de ella con suavidad, como si el resto del mundo hubiera quedado al otro lado.
Cuando él se quedó dormido, Natalia se quedó contemplando su rostro hermoso bajo la luz intermitente de las guirnaldas del árbol, sin poder creer lo feliz que era. Solo deseaba una cosa: que aquella noche no terminara nunca.
Y, sin embargo, acabó vistiéndose y marchándose. Su madre le había dicho que no pegaría ojo hasta que ella regresara a casa.
Nada más entrar en el piso, la madre apareció en el recibidor.
—¿Sabes qué hora es? —le espetó, furiosa.
—He vuelto andando. Creo que me dejé el móvil y no pude pedir un taxi…
Natalia se moría de sueño. La imagen de Javier seguía latiendo en sus pensamientos. Pero su madre no la dejó ni respirar. Empezó a reprocharle, a gritarle, a recordarle que la había criado sola, que nunca le había hecho falta nada, que no la había mandado a trabajar sino que le había permitido estudiar en la universidad, y que así le pagaba Natalia todos sus sacrificios, marchándose de fiesta como una descarriada. Y que, si había quedado embarazada, mejor que no se le ocurriera volver a casa.
—Mamá… —intentó explicarse Natalia, con las lágrimas clavadas en la garganta.
Pero la mujer no la escuchaba. Seguía insultándola, humillándola, descargando su rabia sin freno. Natalia no pudo más. Se volvió a poner el abrigo y salió del piso.
¿Adónde iba a ir? La ciudad dormía. Apenas pasaban coches. De pronto, uno frenó junto a la acera.
—Sube, te acerco —le gritó un hombre de unos cincuenta años desde la ventanilla—. No está bien que una chica vaya sola por la calle a estas horas.
—Ya es de mañana —respondió ella, sin moverse—. Y no tengo dinero.
—Sube, no hace falta pagar.
Natalia iba a sentarse detrás, pero el conductor abrió la puerta del copiloto.
—¿Te ha hecho daño un novio? —preguntó mientras arrancaba.
—No —negó ella con la cabeza.
—Yo, cada Nochevieja, doy vueltas con el coche y llevo a casa a quien encuentro perdido por ahí. Antes bebía tanto que acabé perdiendo a mi mujer. Y pasar estas fiestas solo da mucha pena. Bueno, ¿a dónde vamos?
—No sé la dirección exacta. Te iré indicando —dijo Natalia.
En el salpicadero el reloj marcaba las seis y media de la mañana. Seguía oscuro y la ciudad estaba desierta, así que parecía que la noche aún no había terminado. Al llegar al edificio de Javier, Natalia se quedó quieta delante del portal. No sabía el número del piso. Entonces sonó el portero automático y la puerta se abrió: una mujer salía a pasear al perro. Natalia aprovechó y entró.
En la puerta del piso no había timbre. Golpeó con los nudillos, con cautela.
Javier abrió enseguida. Parecía que la estuviera esperando, como si su presencia allí no le sorprendiera en absoluto. Olía a gel de ducha y desde la cocina llegaba el aroma del café recién hecho. Natalia se abrazó a la taza caliente con ambas manos para esconder el temblor de los dedos. Y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.
—¿Tan mal está todo? —preguntó Javier.
Natalia sollozó, pero no respondió.
—Quédate —dijo él simplemente.
—Pero tú no me quieres —saltó ella, alzando la mirada hacia él.
—¿Y quién te ha dicho eso? Si tus principios no te dejan quedarte así sin más, me caso contigo.
Natalia lo miró fijamente, intentando averiguar si hablaba en serio o se estaba burlando de ella.
—No me conoces de nada.
—Nos quedan dos meses antes de la boda para conocernos mejor —sonrió él.
—¿Así de fácil? —dijo ella, sonriendo entre lágrimas—. ¿Por qué yo?
Javier salió de la cocina y regresó con una fotografía. En ella aparecía una mujer joven, de facciones dulces y sonrisa confiada.
—Es mi madre. Murió cuando yo iba a segundo de primaria. Tú me recuerdas a ella. Mi padre volvió a casarse. Cuando terminé el instituto me compró este piso y me instaló aquí. Con mi madrastra nunca me llevé bien.
Se casaron sin celebración, discretamente, por lo civil. Algún tiempo después, la madre de Natalia la esperó a la salida de la universidad, otra vez para gritarle y humillarla. Pero Javier salió en su defensa. Desde entonces, la mujer no volvió a aparecer.
Cuando terminaron la carrera, Natalia dio a luz a una niña. Javier no quería que tomara anticonceptivos. A la niña la llamó Lucía, en honor a su madre.
Natalia no dejaba de asombrarse de tener por fin una familia de verdad. Seguía esperando, en el fondo, que algún día alguien apareciera para arrebatársela, para llevarse a Javier lejos de ella. Pero el tiempo pasaba y ellos seguían juntos, felices, hasta que un día Javier murió en un accidente de coche.
Sin él, el mundo perdió el color. Todo se volvió gris. Natalia iba a trabajar como un autómata, hacía la compra, cocinaba, limpiaba, respiraba porque el cuerpo aún sabía hacerlo. Casi todos los fines de semana iba al cementerio a visitar la tumba de su marido. Se encerró tanto en su dolor que dejó de prestar atención a su hija. Y Lucía ya estaba en el último curso del instituto, tenía novio. Una tarde, Natalia la vio por la ventana bajar de una moto, quitarse el casco y quedarse besándose mucho rato con el chico.
Entonces fue como si despertara de golpe. Decidió hablar con su hija, protegerla de errores, advertirle de que aún era muy pronto para enamorarse, y de que ir en moto era peligroso. Pero enseguida recordó la mañana de Año Nuevo en que su propia madre la había recibido a gritos… y se mordió la lengua.
Lucía se lo contó todo por sí sola. Que estaba enamorada, que él era el mejor, que tenía veintidós años…
Natalia no entendía por qué la vida parecía empeñada en castigarla. Lucía salió una noche con su novio y otros tres motoristas más hacia la periferia de la ciudad, donde había menos tráfico. A alguien le molestaban aquellos jóvenes que corrían en moto por allí, y una vez tendieron un alambre de lado a lado de la carretera, a la altura de las ruedas. De las cuatro parejas, solo sobrevivieron dos: Lucía y otro chico. La policía nunca encontró al responsable de aquella trampa mortal.
Lucía sobrevivió, pero sufrió múltiples fracturas y una lesión en la columna. Cuando la dieron de alta, volvió a casa en silla de ruedas.
—Hace falta tiempo, masajes y ejercicios —les dijo el médico al despedirse.
—No quiero pasarme la vida en una silla. Para eso prefiero tirarme del balcón —lloraba Lucía.
Se volvió irritable, caprichosa, agresiva. Le gritaba a su madre, tiraba platos contra la pared.
En el trabajo, una compañera le recomendó a Natalia a un fisioterapeuta. Decía que había logrado poner de pie a su marido después de un ictus. Natalia estaba desesperada, se agarraba a cualquier esperanza: iba a la iglesia, consultaba curanderas, encendía velas. Aquel fisioterapeuta se convirtió en su última posibilidad.
Cuando abrió la puerta y lo vio, Natalia lamentó estar en bata de estar por casa, con el pelo recogido en un moño descuidado. Por primera vez desde la muerte de Javier, se sintió incómoda bajo la mirada de un hombre. Era atractivo, de poco más de treinta años, con tatuajes en los brazos, una camiseta blanca que marcaba unos hombros anchos y un pecho musculoso.
Pidió que apartaran la mesa de la cocina, la cubrió con una manta y colocó a Lucía encima con tanta facilidad que parecía no pesar nada. Pablo acudía a casa cada dos días. Trabajaba con la chica, le enseñaba ejercicios, le daba masajes. Lucía empezó a sentir primero los dedos de los pies, luego consiguió mantenerse de pie, aunque con ayuda de Pablo.
Él aseguraba que volvería a caminar pronto. Natalia estaba a punto de rezarle a aquel hombre como si fuera un santo. Lucía volvió a sonreír, se arreglaba antes de que él llegara, se peinaba, se perfumaba. Un día, agotada después de la sesión, la chica se quedó dormida. Natalia preparó té y se sentó con Pablo en la cocina.
—¿Quieres un poco más? —preguntó ella, levantándose hacia la tetera.
De repente sintió las manos fuertes de Pablo sobre los hombros.
—Estás muy tensa. Así no se puede vivir.
La llevó a la habitación, la hizo tumbarse en la camilla que él mismo le había recomendado comprar para Lucía. Sus manos expertas empezaron a trabajar la espalda y los hombros de Natalia. Le dolía y a la vez le resultaba extrañamente agradable.
—Por hoy basta —dijo él al cabo de un rato, apartándose.
Natalia se incorporó deprisa, pero se mareó. Pablo la sujetó. Y entonces la besó.
—¿Pero qué haces? —se apartó ella, empujándolo.
—Perdona. No he podido evitarlo. Me gustas. Muchísimo.
—¿No te bastan las mujeres jóvenes? —preguntó ella, también tuteándolo ya—. ¿Cuánto te debo?
—Nada. Considéralo un regalo —respondió él, herido en su orgullo.
Dejó de aparecer varios días. Natalia se descubrió recordando su beso. Ni siquiera a sí misma quería admitirle que, por primera vez desde que había enviudado, otro hombre le interesaba. Lucía, entretanto, volvió a ponerse insoportable, nerviosa, malhumorada. Natalia llamó a Pablo y le pidió que regresara.
—Ya no me necesita. Lucía puede arreglárselas sola —declaró él.
Natalia lo miró sin entender.
—Hace tiempo que puede caminar por sí misma, pero finge para que no dejemos las sesiones. Te lo demostraré.
Ella no tuvo tiempo de responder. Pablo la atrajo de pronto hacia sí y empezó a besarla. El mundo dejó de existir, igual que aquella noche de Nochevieja en la nieve.
Por eso no se apartó de inmediato cuando una voz quebrada los interrumpió desde la puerta.
Lucía estaba allí, de pie.
—¡Os odio! ¡Os odio a los dos!
—¡Lucía! —gritó Natalia, corriendo hacia ella.
Pero su hija se encerró en su habitación antes de que pudiera alcanzarla.
Después de que Pablo se marchara, Natalia trató de hablar con ella, le pidió perdón, intentó explicarse. Lucía guardó silencio. Pablo siguió llamándola durante un tiempo, rogándole que se vieran, pero Natalia se negó y acabó bloqueando su número. No estaba dispuesta a rivalizar con su propia hija ni a perderla por un hombre.
Lucía empezó a salir sola, a ir al gimnasio y a la piscina. Conoció a un chico del edificio de al lado, Víctor, que comenzó a acompañarla a todas partes. Natalia se alegró de que su hija tuviera un amigo. Con el tiempo se hicieron pareja. Y cuando a Víctor le ofrecieron un trabajo en Valencia, le propuso a Lucía marcharse con él. Ella aceptó. Madre e hija seguían sin reconciliarse del todo.
Natalia volvió a quedarse sola. Pensaba a menudo en Pablo. Le gustaba. Quizá podrían haber construido algo juntos. Pero el sentimiento de culpa hacia su hija era demasiado fuerte, y además la diferencia de edad la inquietaba. Cinco años no parecían tantos en ese momento, pero ¿y después? ¿Cuánto habrían durado? Tarde o temprano él acabaría yéndose con una mujer más joven, pensaba ella. Y ella ya había sufrido bastante, ya había perdido demasiado. Así trataba de consolarse en sus largas noches de soledad.
Hasta que un día Pablo volvió a encontrársela junto al portal y trató de ayudarla con las bolsas de la compra.
Natalia no quería dejarlo entrar en casa.
—No me eches —dijo él de pronto.
Tenía un aire tan perdido, tan sinceramente abatido, que Natalia terminó apartándose. Y lo dejó entrar. En su piso. En su vida.
Empezó a levantarse más temprano por las mañanas para prepararle el desayuno, como hacía en otro tiempo para Javier.
Cuando Pablo le pidió que se casara con él, Natalia se negó. Una vez más se avergonzaba de su propia felicidad, como si no se sintiera digna de ella, como si siguiera temiendo que alguien apareciera de nuevo para arrebatársela.
Un día llamó Víctor, el marido de Lucía. Les había nacido un hijo y quería invitarla a conocerlo.
—Lucía te echa de menos, pero no sabe cómo decirlo.
Natalia compró regalos y fue a ver a su hija. Lucía tenía el rostro sereno, feliz.
—Mamá, perdóname. Fui una tonta. En realidad… no me importa si Pablo… si vosotros…
Natalia abrazó a su hija, y las dos se echaron a llorar.
—¿Todavía no te has arrepentido de querer casarte conmigo? Acepto —le dijo a Pablo cuando regresó de Valencia.
Las dos personas más cercanas pueden llegar a convertirse en rivales cuando se enamoran del mismo hombre. También ocurre. Pero una madre es capaz de renunciar a todo por su hija, incluso a su propia felicidad y al amor.
“Como si yo hubiera querido enamorarme precisamente de él… No quería, de verdad que no. Lo entendía todo perfectamente, pero ¿acaso se le puede ordenar al corazón? El mío también resultó ser un insensato.”
Julia Nikoláeva, “La hija del profesor”
“Todo es tan inestable: hoy tu niña pequeña da sus primeros pasos y mañana ya corre a toda velocidad por una autopista. Y tú, que eres su madre, tienes que aprender a adaptarte al hecho de que tu hija sigue creciendo. Solo esperas que logre vivir su vida mejor de lo que la viviste tú.”
Cita de la película “Los juegos del hambre”






