Reuniré a todos en mi casa

Reuniré a todos en casa
Inés Primavera dejó el portátil a un lado y cogió el móvil:
Abuela Carmen, ¿cómo estás? ¿Te encuentras bien? ¿Y el abuelo qué tal? Si está friendo patatas seguro que todo va sobre ruedas. Yo he acabado el trabajo por hoy, voy a recoger a Dani del fútbol, pasaremos por el supermercado y en nada estamos en casa.
Luego Inés marcó otro número:
Yaros, hola, voy para casa, ¿vosotros y la pequeña Lucía venís ya? ¿Estáis en camino? Estupendo, que el abuelo ya está haciendo la tortilla de patatas, cenaremos juntos.
Inés se incorporó y metió las cosas en el bolso. Saludó a las compañeras:
¡Hasta mañana a todas, me voy!
Adiós, Inés, que pases buena tarde.
Se cambió los zapatos bajo la mesa, se puso la gabardina y miró, medio distraída, a través de la ventana que se oscurecía. Era una tibia tarde de otoño. Relucían amistosos los faroles, la gente caminaba deprisa hacia sus hogares después del trabajo. Inés encontró su reflejo en el cristal y sonrióquién le iba a decir que viviría una vida común y corriente. Que tendría familia y las mismas prisas al volver a casa, donde siempre la estaban esperando. No hacía tanto tiempo, estaba segurísima de que eso jamás le ocurriría.
Sí, su familia era poco convencional, pero todos eran intensamente felices y se querían muchísimo.
A Inés la abandonó su madre en cuanto nació, apenas la trajo al mundo en la maternidad desapareció. En la breve ficha del hospicio sólo constaba: madre desconocida, sin papeles, padre ausente. La llamaron Inés Primavera porque nació un día de marzo. Nadie recuerda ya por qué se le puso ese nombre. Siempre jugó con niños; su mejor amigo, Yaros, era un año mayor y también lo apellidaron Primavera por lo mismo. Inés fue una buena estudiante, aplicada, educada, trabajadora, siempre atentasoñaba con que la acogiesen en una familia. Solo conocía la vida familiar de las películas; tal vez su delgadez, su aire desgarbado, nunca convencieron a nadie. O, simplemente, la suerte no era su aliada. Cuando Yaros fue adoptado, Inés lloró toda la noche. No por celos, sólo porque perdía a su único amigo.
Él la miraba desde sus gafas, indefenso:
Inés, ¿quieres que diga que no?
¿Eres tonto, Yaros? Eso no se rechaza. Cada uno tiene su camino.
Te voy a buscar, te lo prometomurmuró Yaros, pero Inés sonrió: No hace falta, muchacho.
Terminó el instituto, estudió delineación en Madrid y vivía en una residencia. Al graduarse, el ayuntamiento le concedió un pequeño piso, como a las huérfanas. Estaba a las afueras, pero ella era feliz. Trabajaba en un despacho de arquitectura. Había empezado su vida adulta y tenía muchas amigas, pero para formar familia aún se sentía joven.
Soñaba con un hogar grande, un marido cariñoso y dos o tres hijos. Que jugasen, que rieran. Escuchar aquellos nombres mágicos: “¡mamá! ¡Papá!”. Palabras cálidas, casi desconocidas. Abrir la puerta y que corrieran a abrazarla: “¡mamá, papá ha llegado!”. Como en un cuento de hadas.
Un día, al entrar al portal, la puerta se abrió de golpe, un chico salió a todo correr y casi la tiró al suelo, llevando un bolso. Inés subió y encontró a una señora mayor tirada en los escalones:
La pensión el bolso me ha empujado. ¿Y mis gafas? ¡No veo nada!
Inés quiso ir tras el ladrón pero ya era tarde, ni rastro de él. Ayudó a la abuela a levantarse, por suerte no era grave.
¿Cómo es posible, hija? lloraba la señora. ¿Por qué haría eso?
La acompañó a su piso, pues el marido estaba enfermo y postrado. Desde entonces, Inés iba trayéndoles comida; la pensión había volado. Se denunció el robo, pero el muchacho nunca apareció, aunque Inés recordaba bien su cara. A los pocos días, al menos, se halló el bolso y los papeles junto al edificio.
Así fue como Inés empezó a visitar más a la abuela Carmen. Llamaron al médico para el abuelo Marcos, y pronto les mejoró algo el ánimo. Para los ancianos, Inés se convirtió en nieta, la invitaban cada dos por tres; no tenían familia.
Una tarde en el bus, Inés notó la mirada de un chico que le sonreía:
Señorita, se me hace que nos conocemos.
Le hizo gracia:
No lo creo.
Era un muchacho agradable, de camino a casa se lo contó todo de sí mismoque se llamaba Eugenio, que vivía con su madre, tenía trabajo, palabras amables, gestos conocidos, como si ya se hubieran visto. Eugenio comenzó a recogerla tras el trabajo y así, un día, Inés lo invitó a su casa. Le hizo té, unos bocadillos y le confesó sus años de orfanato. Eugenio la miraba de un modo raro, como si quisiera hablar pero no se atreviera. Tal vez la compadeciera
A la semana siguiente sucedió lo inesperado. Eugenio apareció, Inés fue a poner la tetera, y de pronto él la abrazó por detrás.
Eugenio, ¿no podríamos ir despacio?
Pero él le apretaba las muñecas, después
Inés gritó, y Eugeniocon rabiale susurró:
Tú fuiste quien me denunció. Ya te reconocí, desgraciada. Les ayudaste, dijeron que eras la huérfana aquella. Vi hasta el retrato robot, por poco no acaban conmigo. Si hablas, te vas a arrepentir. Nadie va a creerte. O te callas, o será peor.
Inés no denunció. Tenía miedo al escándalo.
Un mes después la llevaron al hospital; un embarazo ectópico, rotura, tal vez nunca podría tener hijos.
La abuela Carmen la cuidó como pudo, le susurraba consuelos, le hacía caldos, infusiones para que recuperara fuerzas. Inés salió perdida, sin querer vivir. Casi sin hablar, sin saber qué hacer hasta que, una tarde, sus pasos la llevaron al monasterio cercano. Era finales de otoño; el cielo, alto y azul. Los campanarios relucían al sol, se oía el tañido de las campanas elevarse. En el jardín, los trabajadores cortaban ya los últimos ramos.
¿Primavera, Inés?
Al volver la mirada, uno de los hermanos le sonreía:
¡Inés, te estaba buscando!
¿Yaros?
Al fin reconoció a su antiguo amigo. Lo abrazó y lloró. Él le secaba las lágrimas:
Ven, vamos a la refectorio. Hoy hay arroz con leche y bizcochos. Luego conversamos.
No recuerda muy bien cómo le contó a Yaros todo su pasado, y él a ella el suyocómo lo adoptaron, cómo el padrastro lo maltrataba. Cómo se escapó, se lesionó una pierna, estuvo de aquí para allá. Ahora ayudaba en el monasterio y allí, al menos, sanaba su alma.
Al regresar en tren, Inés pensaba cuánto le había cambiado la vida desde que vio a Yaros de nuevo. Pasó unos días en el convento y allí tomaron una decisión.
La abuela Carmen y el abuelo Marcos llevaban tiempo diciéndole que pusiera la casa a su nombre, pero Inés y Yaros tramaron algo mejor aún. Todos juntos vivirían bajo el mismo techo.
La anciana pareja esta vez sí se alegró sinceramentenunca soñaron que, siendo viejos y enfermos, alguien quisiera compartir la vida con ellos.
Ahora, Inés y Yaros Primavera llevan cinco años casados. Se mudaron juntos a las afueras de Madrid y comparten un gran piso con los abuelos. Allí hay lugar para todos. Carmen y Marcos son los jefes de la casa, los mayores. Porque ya no están solos, tienen una familia.
Y dos años atrás se cumplió el mayor anhelo de Inés: adoptaron a dos pequeños, Dani y Lucía, del mismo orfanato donde ambos vivieron.
Yaros, ¿recuerdas cuando sólo soñábamos con que nos escogerían y tendríamos nuestra casa? Mira sus ojitos. Prometamos que seremos para ellos los padres con los que siempre soñamos.
Y ahora:
Mamá, ¿y papá? ¡Abuela, ven, mira lo que hemos construido con el abuelo!
Inés ya no quiere pensar en todo lo malo. Aunque una vez, la abuela Carmen le susurró que capturaron, por fin, a aquel muchacho malo. De nuevo en problemas; esta vez, encarcelado, quizás para siempre.
A cada uno le llegará lo que en justicia merece, en esta vida y en la eterna.

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Elena Gante
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