Rebeca se casó siendo muy joven: su padre le encontró un novio el día que cumplió 18 años. La familia tiene dinero, ¿acaso se necesita algo más para ser feliz?

Leticia se casó bastante joven, su padre le encontró marido justo al cumplir los 18. La familia era adinerada ¿qué más se puede pedir para ser feliz, verdad? La boda fue todo un acontecimiento, hasta el último gato del pueblo se enteró. Solo los recién casados parecían estar sentados en el lugar equivocado.

Leticia no tenía nada en contra del novio, sólo que, sinceramente, no lo conocía de nada. Su hermana no tuvo tanta suerte: se tuvo que casar con un hombre de cuarenta y tantos de un pueblo vecino. Todo el mundo decía que se iba a quedar para vestir santos, pero su padre hizo de celestina y, de paso, prometió una dote.

Los recién casados se instalaron en la casa de Alejandro. No era un palacio real, pero al menos era su pequeño reino particular. El patriarca de la familia no tardó en anunciar que, cuando llegaran los nietos, ampliarían la vivienda.

La suegra no era de esas que persiguen a la nuera con la zapatilla en la mano, al contrario, la ayudó a instalarse y a aprender el papel de esposa primeriza. Pero la cuñada, Covadonga, la tomó con ella desde el primer momento. Covadonga era mayor pero seguía viviendo con sus padres. Además, después de que su padre la casara, su yerno apareció doce meses más tarde, con Covadonga bajo el brazo y sus cosas metidas en un fardo. Un amor de mujer, vamos. Ni le apetecía cuidar la casa, ni tenía planes de fundar su propio clan. Y ahí seguía, de okupa.

Según la costumbre de siempre, una nuera no era de verdad la señora de su casa hasta que paría un varón. Hasta entonces, a aguantar y a callar. Por eso todas las chicas, nada más cruzar el umbral de la nueva casa, andaban pendientes del calendario.

Leticia, ni corta ni perezosa, optó por seguir la misma estrategia. Hasta que no se notó barriga, Covadonga la traía de cabeza con los trabajos más duros y sucios del hogar. Que encima ni hacía falta, porque tenían criados para todo. Pero la cuñada se entretenía a costa de la pobre Leticia.

Cuando Alejandro se enteró de que iba a ser papá, no cabía en sí de alegría. Los suegros aplaudían con las orejas, orgullosos de su nuera. El mismo día se fueron todos a comprar materiales para hacer la casa más grande. Covadonga, por su parte, estaba que trinaba. Entendía que iba a pasarse el resto de su vida encajada en ese cuchitril y sirviendo a sus padres. Lo de casarse o que le construyeran su propia casa, ni soñarlo

Pasaron seis meses. Leticia se despertó una mañana con unos golpes apoteósicos en la puerta. Era Covadonga.

¿Tú por qué estás tirada? ¿Ya has hecho todo el trabajo? En casa sí, pero Alejandro no me deja salir al patio. ¡Sí, claro, lo que pasa es que eres una vaga! ¿Qué quieres? ¿A mí me hablas así? ¿O es que ya me estás ensayando el mando? Recuérdalo: hasta que no traigas un hijo al mundo, aquí no pintas nada. No era mi intención Tú no eres nadie, y tu crío tampoco, ¿te enteras?

Covadonga parecía recién salida de una telenovela mala. Se puso a tirar cosas y a gritar como si no hubiese un mañana. El suegro irrumpió en la casa y, sin preguntar, se llevó a su hija en volandas. Leticia se acarició la barriga, respiró hondo y se calmó. Todo saldrá bien. Seguro que todo saldrá bienPasaron los meses y, una mañana de primavera, la casa amaneció con el llanto de un niño. Todos corrieron a la habitación de Leticia. Alejandro tenía lágrimas en los ojos, el suegro repartía abrazos y la suegra lloraba de alegría. Covadonga entró la última, sin hacer ruido, los ojos oscuros como el café recién molido.

Leticia sostuvo a su hijo con un orgullo silencioso, mientras las voces y los pasos llenaban la casa renovada. Por primera vez, sintió que aquel techo, aquellas paredes, también podían ser suyas.

Unos días después, el patriarca anunció que construirían una habitación más. Para que tu hijo crezca con espacio y alegría, Leticia dijo, mirando a su nuera con respeto.

Covadonga, al oírlo, apretó los labios, pero no dijo una palabra. Aquella noche, recogió sus cosas y, sin despedirse, se fue por la puerta trasera. Nadie lloró su partida, aunque los silencios de la casa parecieron suspirar de alivio por primera vez en muchos años.

Leticia, sentada en medio del bullicio, supo que la dicha no era una dote ni un apellido; era el coraje de quedarse y hacerse un sitio donde nadie te espera, hasta que un día, al fin, ese sitio se convierte realmente en tuyo. Afuera, el pueblo entero comentaba la noticia, pero dentro de casa solo importaba el arrullo suave de una madre y el sueño plácido de un hijo: el verdadero principio de todo.

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Elena Gante
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Rebeca se casó siendo muy joven: su padre le encontró un novio el día que cumplió 18 años. La familia tiene dinero, ¿acaso se necesita algo más para ser feliz?
De Vrouw Die Ze Niet Zagen