Te cuento, cariño, que Javier y cu mine estábamos súper ilusionados cuando nos enteramos de que nuestro hijo, Álvaro, iba a casarse. Antes de la boda, le confesamos en secreto nuestra idea de regalarle un piso. Álvaro se puso loco de contento al saberlo, y enseguida se lo contó a todos sus amigos. Todo esto pasó el mismo día, claro. Mientras nos preparábamos para el gran evento, de repente nos cayó una desgracia encima.
Nuestra hija, Carmen, fue directamente del trabajo al hospital, porque se puso malísima de repente. Javier y yo fuimos corriendo, ni nos lo pensamos. Tras las pruebas, nos dijeron que tenía un tumor y que había que operarla de urgencia. Imagínate el susto, y además necesitábamos muchísimos euros y rápido. Por suerte, llegamos a tiempo.
Comprar un piso a Álvaro en ese momento era impensable. Nos pusimos a reunir el dinero necesario para el tratamiento. Menos mal que contamos con el apoyo de la familia y los amigos, que no nos dejaron solos en el marrón. Cada uno ayudó como pudo, algunos nos prestaron dinero y otros simplemente nos dijeron que no se lo devolviésemos, que lo que necesitábamos era que Carmen estuviese bien. Entre todos conseguimos juntar lo que hacía falta para la cirugía.
Pero entonces Álvaro nos sorprendió con una reacción que, te aseguro, me dejó helada.
¿Y el piso? ¡Me lo habíais prometido! Estáis arruinando mi vida.
Escucharle decir eso me dejó sin palabras, de verdad. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Carmen es su hermana, han crecido juntos, y poner al mismo nivel la boda y la operación me pareció incomprensible. No supe ni qué contestar, pero Álvaro no paró ahí.
¿Por qué ella lo tiene todo y yo nada?
No lo aguanté más y le grité, le dije que no quería volver a verle. Álvaro recogió sus cosas y se fue con su futura esposa, y durante dos semanas no hablamos ni una palabra.
En ese tiempo, Carmen fue operada y, gracias a Dios, todo salió bien. Al cabo de unas semanas la dieron de alta. No le conté nada del comportamiento de su hermano, para no disgustarla más, qué necesidad de eso. Y Álvaro, ni una llamada, ni un mensaje, nada de nada, ni preguntó cómo estaba Carmen. Parece que para él el piso era más importante que la familia Qué pena.






