Crecí en una familia numerosa en un pequeño pueblo de Castilla. Mi padre, de costumbres poco ejemplares y con el vino siempre a mano, saltaba de un trabajo a otro. Mi madre, María del Carmen, trabajaba a desgana en la oficina de correos y aún así se desvivía para mantenernos a mis dos hermanas y a mí.
Como hermano mayor, siempre sentí el deber de ayudar en casa: cuidaba de mis hermanas pequeñas, acarreaba agua y leña, y cuando ellas crecieron, se convirtieron en mi apoyo. Pero para entonces ya no estaba mi padre. Una noche acabó en el hospital tras una de sus juergas; bebió algo que no debía y allí se quedó.
Eso no hizo la vida más llevadera. Mi madre, entre suspiros, recordaba con cariño aquel hombre torpe:
Bebía, sí pero era tranquilo. Nunca alzaba la voz, y, aunque pocas, siempre traía unas monedas a casa. Ay, Pascual, ¿cómo nos has dejado así?
Para no oír sus lamentos, me apresuraba a terminar mis tareas y me iba corriendo con los chicos del barrio a nuestras tertulias vespertinas. Nos reuníamos en el portalón abandonado de una vieja casa al borde del pueblo. Nadie vivía allí desde hacía años y los anchos escalones servían de asiento para todos.
Nos acomodábamos y, como gorriones, nos poníamos a partir pipas y a contar historias, unas inventadas y otras muy reales. Nunca había dinero para comprar pipas en mi casa. Mi madre prefería guardarse hasta el último céntimo. Pero siempre estaba Casilda, mi vecina, que me deslindaba un puñado a escondidas; sin alardes, me los ponía en el bolsillo o en la mano mientras reíamos entre cuentos y anécdotas.
Le susurraba un gracias y las saboreaba como si fueran el mayor manjar. Al principio me daba vergüenza aceptar, pero Casilda se sentaba cerca de mí y era imposible resistirse a su bondad. Con el tiempo, me acostumbré y tomé la costumbre de sentarme a su lado, disfrutando de aquella complicidad.
No soportaba seguir recibiendo regalos sin hacer nada a cambio. Así que empecé a ayudar a Casilda por las tardes, cuando la veía trabajando en la huerta tras volver del colegio.
¿Están tus padres en casa?
No, hombre, como siempre. A estas horas todos están trabajando.
Yo me agachaba junto a las matas y, charlando de cualquier cosa, ayudaba a arrancar hierbajos. A ella le gustaba esa charla distraída y aquel rato parecía más corto.
Después del trabajo, Casilda sacaba la tetera y unos dulces que siempre me ofrecía, apartando para mí pastas y caramelos. Fingía negarme, pero nunca permitía que me fuera sin probar el té y aquellas delicias, que en mi casa sólo se veían en las fiestas grandes. Le agradecía en silencio aquellas meriendas, y cada noche volvía a casa con el corazón lleno de gratitud.
Me esforzaba en el colegio, aunque no era fácil. Lo único en lo que destacaba era el deporte. Por eso, tras la secundaria, entré en el módulo de educación física en la capital. Casilda decidió estudiar para enfermera.
El tiempo pasó: apenas nos vimos ya adultos. Sólo en Navidades o en Semana Santa coincidíamos al volver al pueblo. Yo, que de niño era esmirriado, tenía ahora el cuerpo fuerte del joven que entrena. Casilda seguía con sus ojos claros, su sonrisa fina y esa forma graciosa de andar por la vida.
Casilda se casó joven, cuando quedó sola tras un accidente en el que perdió a sus padres. Quería una familia para olvidar la pena. Me enteré de que acabó con Cristóbal, un chico del pueblo tan parlanchín como juerguista. Me sorprendió; no parecían encajar, pero a los pocos meses ya tenían un niño.
Yo, en cambio, no tenía prisa: trabajaba como monitor y luego me nombraron director del polideportivo de Segovia, gracias a mi buen hacer en la gestión.
Mis hermanas ya casadas andaban viviendo en Madrid. Empecé a oír de boca de mi madre los rumores del infortunio de Casilda:
Ese marido suyo es clavao a tu padre Borracho y siempre por ahí. Ni al niño mira. ¡Pobre muchacha, cómo la entiendo!
Me hervía la sangre. Golpeé la mesa.
¿Por qué se casó con ese hombre? Parecía feliz antes. Ahora tiene que sufrir.
Ay, hijo Es que no para. Vacía la casa para poder beber: se lleva todo, el tocadiscos, la ropa, hasta la vajilla de la madre de Casilda. Y siempre hay algún desgraciado que le compra Todo el mundo sabe que es para vino. Pero le compran igual.
¿Casilda necesita ayuda? ¿Viene a pedirte dinero? pregunté.
No, no pide. Pero lo está pasando mal. Ganas pocas, y del marido nada. Está apurada.
Me puse a pasear de un lado a otro, dándole vueltas en la cabeza. Mi madre, viendo que quizá había dicho más de la cuenta, me advirtió:
No te metas en sus asuntos, hijo. Las familias son un misterio y si sigue con él será porque lo quiere.
Le conté entonces a mi madre cómo Casilda me dio de comer pipas y dulces de niño, y que no podía quedarme de brazos cruzados sabiendo que pasaba penurias con un niño. Ella se alarmó:
No se te ocurra buscarle líos a ese hombre, que la justicia es ciega y andas en la cárcel antes de que te des cuenta. Mejor ayúdala discretamente, pero sin protagonismos.
Al día siguiente volví del trabajo a casa con el coche lleno: dos sacos enormes, varias cajas de víveres, latas, paquetes y bolsas con ropa.
¿Te mudas conmigo, hijo? dijo mi madre, entre risas. ¡Qué alegría tenerte!
No, madre. Esto es para ti. No te asombres de los sacos de pipas. Casilda lo entenderá. Prefiero que seas tú quien le haga llegar lo que necesite. Así, sin levantar sospechas, y que no hablen los vecinos. Cuando se acabe, avísame, que te vuelvo a traer.
¿Y tus hermanas? ¿No necesitan ayuda?
Ya sabes que les mando un giro cada vez que lo necesitan. Están bien con sus maridos. Tú ayuda a Casilda y a su chiquillo. Así todos en paz.
Así lo hicimos. Mi madre empezó a ir, cada tarde, con alguna bolsa o un tupper escondido bajo el abrigo. Al principio Casilda no quería aceptarlo, pero cuando le entregó un cubo repleto de pipas, supo enseguida de quién era ese gesto.
Lloró en silencio mientras desgranaba las semillas y, con voz temblorosa, pidió a mi madre:
Dale las gracias a Pedro. No puedo creer que, después de tantos años, siga recordándome. Dile que no se preocupe más: hace dos semanas presenté los papeles del divorcio. Pronto todo esto quedará atrás espero.
Mi madre volvió confundida. Ahora Casilda sería libre y yo no tenía compromiso.
El tiempo pasó y con él, las visitas y los paquetes siguieron llegando a casa de Casilda. La veía más animada, con flores en las ventanas y el niño una réplica suya ya correteando por la plaza del pueblo. Mi madre a veces hacía de abuela improvisada cuando necesitaba dejarle al pequeño, que se emperraba en llamarla abuela Carmen.
Cada vez que yo iba a casa, preguntaba:
¿Ha venido Casilda últimamente? ¿Estaba el crío contigo?
¡Ay, hijo! Podrías preguntar por mi salud, al menos me regañaba entre risas. Anda, que ya te conozco. Ve, anda, que estará en casa. Ya lo sabe todo el pueblo; ya basta de esconderse.
Siempre igual en estos pueblos reía yo. Antes de que uno sienta nada, ya te han emparejado las vecinas.
Me acerqué a mi madre y la abracé:
Gracias, mamá. Siempre entiendes todo y nunca juzgas. Gracias por ser así.
Ella me bendijo y se marchó a rezar al rincón de las estampas, mientras yo salía al porche con un ramo de crisantemos blancos.
Orgulloso, caminé hasta la casa de Casilda. No me importaron los rumores. Que susurren, ya les daré algo de lo que hablar, pensé. No sabía que, al otro lado de la cortina, Casilda ya me esperaba con el corazón acelerado.
Aquel día, comprendí lo que de verdad vale: las pequeñas cosas que damos de corazón jamás se olvidan, y que es en los momentos difíciles cuando de verdad descubrimos los lazos que nos atan a la vida, y cuándo reescribimos nuestro destino.






