Pesadilla en la víspera, o la boda que nunca existió

Carlos abrió los ojos y lo primero que sintió fue un peso insoportable en la cabeza, como si estuviera rellena de algodón mezclado con fragmentos de vidrio. Se estiró, y su cuerpo respondió con un dolor sordo y persistente en cada músculo.

—Ay, mi cabeza… —gimió, llevándose la mano a la frente—. Creo que ayer bebí demasiado.

Se quedó acostado unos segundos, escuchando el latido insistente en su sien, hasta que de repente se incorporó de golpe. Sus ojos se abrieron con horror.

—No puede ser… —susurró—. Apenas bebí. Ayer fue nuestra boda. Claro… Me casé con Lucía.

Una sonrisa apareció en su rostro, a pesar del dolor. Era feliz. Había unido su vida a la mujer que más amaba en el mundo. Pero… ¿dónde estaba ella? ¿Dónde estaba su esposa?

—Cariño… —murmuró, apoyándose sobre el codo y girándose hacia el otro lado de la cama—. A partir de hoy quiero despertarte cada mañana con un beso.

Se inclinó hacia la figura que dormía a su lado, pero se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Su rostro se deformó por el miedo, y cayó de la cama, enredándose en las sábanas mientras se cubría con la colcha.

—¿Qué demonios…? —exhaló, pegándose contra la pared—. ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde salió? ¿Dónde está Lucía?

Se quedó en el suelo, intentando pensar con claridad. La cabeza le dolía, sus pensamientos estaban confusos. ¿Cómo podía estar en la cama con una desconocida? ¿Era una broma? ¿Alguien había decidido jugarle una mala pasada?

—Juro que mataré a quien haya hecho esto… —susurró mientras se levantaba y se cubría la cintura.

Se acercó lentamente a la cama. La chica dormía tranquilamente, respirando con calma. Carlos la observó con atención… y de pronto la reconoció.

—Creo que la conozco… —murmuró—. Sí… estuvo en la boda. Lucía la invitó… ¿Cómo se llamaba?

Frunció el ceño, intentando recordar.

—Marta… Sí, Marta. Pero ¿qué hace en mi cama? ¿Y dónde está Lucía?

En ese momento, la joven abrió los ojos. Miró a su alrededor y, al ver a Carlos, se incorporó de golpe, cubriéndose hasta el cuello con la sábana.

—¿Quién es usted? —gritó—. ¿Qué hace en mi habitación? ¡Váyase ahora mismo o grito!

—Podría preguntarle lo mismo —respondió él, con frialdad—. ¿No me reconoce? Se supone que aquí debería estar mi esposa, Lucía. Nos casamos ayer.

—¿Carlos? —dijo ella, sorprendida—. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Lucía? Y más importante… ¿por qué estamos los dos en la misma cama?

—No tengo ni idea —respondió él—. Y tampoco sé dónde estamos.

Miró a su alrededor. La habitación era elegante, pero desconocida.

—Dios mío… —murmuró Marta—. Esto es horrible. Estar en la cama con el marido de mi amiga…

—Estamos en la misma situación —dijo él—. Yo también estoy confundido.

Ella se llevó la mano a la cabeza.

—Me duele muchísimo… Y apenas bebí.

—Yo tampoco —respondió Carlos—. Pero me siento como si hubiera estado de fiesta toda la noche.

—¿Puede explicarme qué pasó? —preguntó ella, desesperada—. Nosotros casi ni hablamos en la boda.

—No lo sé —respondió él—. No recuerdo nada.

Marta dudó un momento.

—¿Pasó algo entre nosotros?

—Espero que no —respondió él.

—Pero acaba de decir que no recuerda nada…

—¿Es que quiere que haya pasado algo? —respondió él, molesto.

—¡No me hable así! —se indignó ella—. Dése la vuelta, quiero vestirme.

Se vistieron en silencio. Luego se sentaron frente a frente.

—Recuerdo la ceremonia —dijo Marta—. Y el baile. Lucía estaba siempre contigo.

—Sí —asintió él—. Después… nada.

—Es como si alguien hubiera borrado nuestra memoria —susurró ella.

—¿Nos drogaron? —preguntó Carlos.

—¿Pero para qué?

—No lo sé… pero tenemos que averiguarlo.

Decidieron salir de la habitación. El lugar parecía un hotel en medio de la nada. Bajaron al vestíbulo y hablaron con el recepcionista. Él confirmó que habían llegado juntos la noche anterior… pero no recordaba más detalles. No tenían documentos, ni dinero, ni teléfonos.

Finalmente descubrieron que estaban en una casa rural a cien kilómetros de la ciudad.

Sin otra opción, decidieron caminar hasta la estación más cercana. Vendieron unos gemelos de oro de Carlos para pagar el transporte.

El viaje fue complicado: el autobús se averió, caminaron kilómetros, un conductor los dejó tirados, otro intentó aprovecharse de Marta… hasta que finalmente una anciana los acogió en su casa.

Al día siguiente lograron llegar a la ciudad y fueron al restaurante donde se celebró la boda. Allí recuperaron sus pertenencias.

Carlos abrió su pasaporte… y se quedó helado.

—No hay ningún sello… —dijo.

—¿Cómo que no? —preguntó Marta.

—No aparece que esté casado.

El mundo empezó a tambalearse.

Decidió ir inmediatamente a buscar a Lucía.

Cuando llegó a la casa de sus padres, había una fiesta. Música, risas… nadie parecía preocupado.

—¡Carlos! —lo saludó el padre de Lucía—. ¡Por fin llegas!

—¿Dónde está Lucía?

Ella apareció en la terraza.

—Lucía… perdóname… —empezó él—. No sé qué pasó…

—Carlos, no entiendo —dijo ella—. ¿De qué hablas?

—De nuestra boda…

Ella frunció el ceño.

—¿Nuestra boda? Carlos… tú y yo nunca nos casamos.

El mundo se derrumbó bajo sus pies.

—¿Qué…?

—Yo me casé con Daniel.

Carlos sintió que todo se volvía irreal.

—No… eso no puede ser…

—Tú fuiste testigo en la boda —añadió ella.

Entonces apareció Daniel.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad—. Es mi esposa.

Carlos perdió el control.

—¡Esto es mentira!

Se lanzó sobre él…

Y en ese instante…

Abrió los ojos.

El sol entraba por la ventana. Su despertador sonaba.

—Estoy… en casa…

Miró el calendario.

—Hoy es el día de mi boda…

Respiró hondo.

—Solo fue un sueño…

Tomó el teléfono y llamó a Lucía.

—Hola, cariño —respondió ella con voz somnolienta—. ¿Por qué llamas tan temprano?

Carlos sonrió, aliviado.

—Solo quería oír tu voz…

Horas después, en el registro civil, todo era real. Lucía estaba a su lado. Daniel, su mejor amigo, también.

Carlos no dejó de vigilar cada detalle, cada bebida, cada persona…

Hasta que vio llegar a Marta.

Ella lo saludó como si nunca lo hubiera visto antes.

Y entonces lo entendió.

Todo había sido un sueño.

Un reflejo de sus miedos.

Porque a veces, los sueños no son más que eso: un espejo de nuestras inseguridades más profundas.

Carlos respiró tranquilo.

La realidad estaba intacta.

El amor seguía allí.

Y esta vez… nada podía arrebatárselo.

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Lisa Weta
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Pesadilla en la víspera, o la boda que nunca existió
The Child Who Waited in the Palace Silence