Perdóname, hijo mío.
Esta es la historia de una familia a la que llamarían desestructurada, como solemos decir por aquí. Una madre sola, criando a su hijo sin padre desde que apenas cumplía el año. Ahora su hijo tiene catorce, ella treinta y cuatro, y trabaja como contable en una pequeña oficina de Madrid.
El último año se ha vuelto un verdadero infierno. Hasta quinto de primaria, su hijo, Javier, iba bien en clase, pero después llegaron los suspensos. La cosa fue a peor y ya solo deseaba que Javi terminara la ESO y consiguiera al menos una formación profesional.
Los avisos del instituto eran constantes; la tutora no tenía reparos en reñirle delante del resto de profesores, y todos aprovechaban para comentarle las faltas y el bajo rendimiento de Javi. Hundida y desesperada por no poder cambiar nada, volvía andando a su piso sintiendo una impotencia insondable. Sus reproches y sermones solo los escuchaba su hijo, que aguantaba en silencio, la mirada baja y ceño fruncido. No estudiaba, tampoco ayudaba en casa.
Esa tarde volvió al apartamento y lo primero que notó al entrar fue el desorden; nada recogido, después de exigirle esa misma mañana antes de irse al trabajo: ¡Cuando llegues, recoge la casa!
Dejó la tetera en la vitrocerámica y, cansada, empezó a limpiar como pudo. Mientras quitaba el polvo, echó en falta el jarrón de cristal, el único objeto valioso del hogar, regalo de sus amigas por su cumpleaños. Se quedó inmóvil. ¿Se lo habría llevado Javi? ¿Lo habría vendido?
Pensamientos terribles le cruzaron la mente. Sí, hacía poco que había visto a su hijo con unos chicos de pinta dudosa. Le preguntó quiénes eran y Javier balbuceó algo ininteligible, con el gesto de quien piensa: No te metas en lo que no te importa.
Es una mala compañía, pensó alarmada. ¡Dios mío! ¿Habrán sido ellos quienes le incitaron? ¿Quizá fuma? ¿O algo peor? Bajó las escaleras a toda prisa. Ya era noche en la calle. Solo algunos vecinos apresurados pasaban.
Regresó despacio, con la culpa clavada: Todo es por mi culpa, solo mía. En casa no encuentra paz. Hasta para despertarle solo sé gritarle. Por las noches, lo mismo, no dejo de gritar Hijo mío, qué madre te ha tocado, ¡qué desastre soy! Lloró mucho rato. Luego, incapaz de quedarse quieta, se puso a limpiar a fondo el piso.
Al pasar el trapo detrás del frigorífico, notó algo: era un periódico viejo. Lo tiró y escuchó el tintinear de cristales. Sacó del paquete los pedazos envueltos del jarrón roto.
Lo rompió lo rompió él mismo, cayó en la cuenta entre lágrimas. Pero estas ya eran de alivio. No se lo había llevado para venderlo, simplemente se asustó y lo escondió. Y ahora, pobre tonto, no vuelve a casa porque tiene miedo Entonces se detuvo de nuevono, de tonto no tiene nada. Imaginó su reacción si hubiera visto los restos del jarrón su propia furia Suspiró y se puso a preparar la cena. Puso la mesa, colocó los platos y las servilletas, todo bien dispuesto.
Javier llegó casi a medianoche, quedó parado en la puerta. Ella corrió hacia él: ¡Javi! ¿Dónde has estado tanto rato? ¡Estaba angustiada, no podía más! ¿Tienes frío? Le cogió las manos heladas, las calentó entre las suyas y le besó la mejilla. Anda, ve a lavarte las manos. He hecho tu comida favorita. Sin entender nada él fue al lavabo.
Luego fue a la cocina y su madre le indicó: He puesto la mesa en el salón. La habitación parecía especialmente limpia y luminosa. Se sentó con cuidado. Come, hijo mío, escuchó la voz cariñosa de su madre. No recordaba cuándo fue la última vez que le había hablado así. Sentado, la cabeza baja, no tocaba la comida.
¿Qué te pasa, hijo?
Levantó la cabeza temblando:
He roto el jarrón.
Ya lo sé, Javi contestó ella. No importa, todo se rompe alguna vez.
De repente, inclinado sobre la mesa, Javier empezó a llorar. Ella se acercó, lo abrazó por los hombros y también rompió a llorar, bajito. Cuando él se calmó, ella le susurró:
Perdóname, hijo. Te grito, te riño Sé que todo es difícil, hijo mío. Crees que no veo que no llevas la misma ropa que tus compañeros. Estoy agotada y el trabajo me desborda, hasta lo traigo a casa, ¿ves? Perdóname, nunca más volveré a hacerte daño.
Cenaron en calma, luego se acostaron temprano. Esa mañana no hizo falta despertarle. Javi se levantó solo. Al despedirse, por primera vez, en lugar de un ¡más te vale portarte bien!, ella le besó en la mejilla y solo dijo: Hasta la tarde, cariño.
Esa tarde, al llegar, vio que el suelo estaba fregado y que Javier había preparado la cenaunas patatas fritas.
Desde ese día, ella se juró no volver a hablar de notas ni de colegio. Si a ella le resultaban terribles las visitas al instituto, ¿cómo serían para él?
Cuando Javi anunció que después de cuarto quería pasar a primero de bachillerato, ella no mostró sus dudas. Un día, curioseando a escondidas, miró su agenda: no había ni un suspenso.
Pero la noche que más recordaría sería una en la que, después de cenar y entre sus papeles de cuentas, él se sentó a su lado y le ofreció ayuda. Tras una hora sumando facturas, notó cómo él apoyaba suavemente la cabeza en su hombro.
Se quedó inmóvil. Cuando era pequeño, solía quedarse dormido así, apoyado en su brazo. Entonces supo que había recuperado a su hijo.







