Chiquilla
Le puso de apodo Chiquilla nada más conocerse, cuando se dejó caer sobre el sillón de al lado, de ese mismo terciopelo rojo, manoseado y brillante de tantos codos, que era idéntico al que ocupaba Isabela.
Él se quedó mirando la sala durante casi un minuto, luego la observó a ella, a su nueva vecina.
¿Qué, chiquilla, estás aburrida? suspiró, e intentó cruzar la pierna, pero el pasillo estrecho entre filas no se lo permitió, el zapato se le quedó atrapado, la pierna se le torció de mala manera sobre el tobillo, y Miguel puso cara de dolor.
Isa fingió no prestarle atención y miraba la tarima como si le interesara algo aunque no había nada interesante allí. Mesas en fila, tribunas, gente pululando y ajustando cables, la misma rutina de siempre en los congresos. Y ese bochorno…
A Isabela siempre le resultaba incómodo aquello de estar hombro con hombro con desconocidos, sin escapatoria posible.
Menuda historia… murmuró Miguel, rascándose la barbilla. Vaya rollo, chiquilla. Te digo que aquí no vamos a escuchar nada que no sepamos. ¡Te lo juro! Yo me he leído todos los informes por trabajo y, créeme, ninguno vale la pena.
Isa se giró, lanzándole una mirada severa.
Vestía impoluto, con traje, corbata y zapatos relucientes. Pero aún así, había algo en él que no cuadraba, como si le hubieran puesto el disfraz equivocado. Un pícaro, un charlatán, uno de esos que todo lo dice a broma así era Miguel. Y el pelo, siempre de punta, con dos remolinos y rizado en las puntas, suavecito.
Miguel no dejó a Isa abrir la boca, le plantó una mano grande delante para saludar. Oye, ¿te animas a comer algo? Eres tan pequeñita, tan flaca. Quiero invitarte a comer. Venga, que sí, ahora mismo. ¡Vámonos de aquí!
Ya habían bajado un poco las luces, a punto de empezar el acto, jefes y jefas, cargos importantes y trabajadores ejemplares salían a escena ante una salva de aplausos, y Miguel, más ancho que largo, arrastraba a su Chiquilla por el pasillo, pisando a medio mundo, pidiendo perdón y metiéndose la corbata en el bolsillo del blazer; como si quisiera sacar la lengua a todos esos señores serios y aburridos.
¡Pero qué hace! ¡Suélteme, le he dicho! Isa intentaba zafarse inútilmente, a punto de rodar tras Miguel hacia la salida.
Acabaron saliendo al vestíbulo justo cuando el bullicio llegaba a su cima y alguien tocaba el micro, pidiendo silencio.
¡Suéltame! ¡Necesito volver, tengo que tomar apuntes, es mi trabajo! Isa protestó, abrazando su cuaderno, que acabó en el suelo junto a su bolígrafo. Miguel se agachó y se lo dio antes de que ella pudiera moverse.
Bah, olvídate de escribir tanto, Chiquilla. Yo te pasaré todos los informes. ¿Vale? Pero primero hay que comer. Y beber agua, mira cómo estás de blanca. Pálida, y con el pulso a mil. Le cogió la muñeca y chasqueó la lengua. Venga, aire, comida y ni una conferencia más hoy.
Lo cierto es que Isa sí se sentía mareada y el corazón le latía hasta en las sienes.
Nadie la había cuidado nunca así, ni le había prestado esa atención. Más bien era ella la que cuidaba de todos: de su madre, de su marido, de su hija. Y eso era lo normal, aunque a veces soñara con dejarse llevar, con que alguien la acunase, con comportarse como esas chicas de las pelis románticas, con vino y risas. Pero esa oportunidad nunca parecía llegar.
Miguel le dio esa oportunidad.
Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba sentada en una mesa de un restaurante acogedor enfrente del auditorio y, sin tiempo para pensar, llegó el camarero con dos zumos recién exprimidos, de un naranja tan intenso que parecía que hubieran colado el mismísimo sol de Valencia.
Venga, bebe esto, y agua también. ¿Y para comer? Miguel hojeaba la carta.
Seguramente sí que le gustaba. Isabela era guapa, delgadita, con una gracia discreta; podría gustar a cualquier hombre, si no fuera por… esa máscara perpetua de cansancio, de derrota que vestía. En plena cuarentena, con familia, sin amor, harta de todo. ¿Cómo iba a brillar como una rosa de mayo?
Pero a Miguel parece que así le gustó: una chiquilla cansada de la vida.
No necesito nada, en serio. Respiro y vuelvo enseguida. Ya estoy mejor murmuró Isa.
Lo que tú digas asintió él. Pero primero, lubina al horno con verduras, ensalada y Chiquilla, ¿qué quieres beber?
Levantó la vista del menú, tan atractivamente desaliñado, con ese olor a colonia y tabaco, de brazos fuertes. Miró a Isa, y ella se sonrojó.
¡Esa debe de estar loca!, pensó Isa. Un hombre cualquiera, desconocido, la arrastra al restaurante, la llama “chiquilla”, le arregla el flequillo atrevidamente… Y a ella le flaquean las fuerzas, como si todo el cuerpo se le hubiere dormido.
Donde Miguel la tocó sintió un calorcito raro, y un escalofrío le recorrió la espalda.
Brindaron con vino blanco, y Miguel le fue contando entre sorbos sus historias de juventud: curritos de obra, años en Galicia, trasiegos y proyectos. Y luego…
Y luego, Chiquilla, con mi colega Ignacio montamos nuestra propia empresa. Nada grandioso, hacíamos chalets y tal, y poco a poco fuimos tirando. Todo el mundo quiere vivir bien, calentito, a gusto, sin tener que salir corriendo al baño al patio como en el pueblo. Y nosotros sabemos cómo construir eso. Anda, come tú también, ¿vale? insistía Miguel. ¡Venga, a tu salud! De verdad, en cuanto te vi pensé: a esta niña hay que alimentarla. Si quieres pedir otra cosa, sólo dilo.
Isa negó. Se emborrachó un poco: con el vino, la comida y sobre todo con esa sensación de que alguien, por primera vez en su vidao en muchos, muchos añosla invitaba a ser la niña, a ser cuidada por puro cariño.
No era así en casa. Isa se crió sola con su madre, Adela. Madrugadora y ausente, Adela vivía en el supermercado desde el alba. Isa desayunaba sola, la esperaba de noche, le recalentaba la cena, fregaba los platos mientras su madre se duchaba, y ambas caían dormidas casi ya de madrugada.
En Nochevieja, Adela volvía cerca de las once, agotada y pálida: esos minutos antes de las uvas eran el pico de ventas. Isa la ayudaba a ponerse guapa, le arreglaba el pelo y salían a recibir a los invitados.
Siempre había invitados: vecinos, amigas, parientes lejanos, que aparecían de repente, animados y ya bastante contentos. Se sentaban a la mesa, bromeaban y reían, e Isa tenía que vigilar que su madre no se le quedara dormida después del primer chupito.
Adela sólo bebía anís, nunca champáneso le parecía una modernez, y en cuanto digería el primer trago, su cuerpo agotado se rendía y se quedaba roncando en la mesa. Isa la despertaba con el codo, la madre hacía como que nada, pedía otra copa, brindaba y sonreía, aunque siempre con ese deje agrio. ¿Cómo iba a poder Isa permitirse ser una chiquilla mimosa? No era el caso…
Se casó pronto. Ramón era casi diez años mayor, culto y centrado, pero frío, parco, que más bien la encajó en el engranaje de su vida. Era como un tornillo bien puesto, útil y cumplidora, sin más.
Tampoco es que Isa pidiera otra cosa; el romanticismo y la pasión era al principio el cuerpo es débil, ya sabes, pero pronto se apaga. Al menos pudo tener su propia familia, su casa, lejos de aquellas tardes perdidas mirando la callejón desde la ventana, o los pies hinchados de su madre, o el papel mural desgastado. Ahora tenía apartamento o mejor dicho, el de Ramón con cocina grande, terraza y biblioteca. ¡Todas las vecinas la envidiaban! Ni siquiera tuvo que aguantar a la suegra. Una bendición.
Y siempre, desde pequeña hasta su encuentro con Miguel, Isa era Isita, o a lo sumo, Isabela Fernández.
El marido, la madre, las amigas, todos la llamaban Isita.
Y de repente, chiquilla. Y vino, y pinchos Y alguien que quería saber qué sentía la chiquilla, qué le apetecía.
Ramón nunca tuvo tiempo para esas cosas. Doméstico, planificador, sí; pero prefería comunicar sus decisiones mientras Isa apenas podía replicar por el trajín y el ruido del tráfico por la ventana. Ramón siempre necesitaba aire, no dejaba cerrar ninguna.
Pero Miguel se preocupó, pidió mesa cómoda y sin corrientes.
Tan detallista…
Le preguntó mil cosas, Isa respondía, avergonzada. Sí, tenía marido. Sí, una hija también. ¿El nombre? Almudena, estudia lenguas, Isa le encontró la mejor profe y ahora está punto de irse de Erasmus.
Almudena no fue esperada ni soñada. Fue programada. A Ramón le convenía ya ser padre. Isa era joven aún, pero no llegaba el embarazo, así que lo practicaron.
Cuando finalmente Isa se quedó embarazada, Ramón se mantuvo distante: nada de barrigas, nada de hablarle a la niña dentro. Decía que ya la criaría cuando naciera. ¿Tienes cita médica? Te llevo en el coche y ya, decía él.
La recogía como tocaba, con flores y todo, chequeaba los biberones, no faltaba nada de alimentación, y se encargaba de las vacunas. La primera vez que fue la enfermera a casa, Ramón miró todo con lupa. ¿Te has lavado bien las manos?.
¿Cansada? le preguntaba con compasión su amiga Lucía, viendo sus ojeras. ¿Ramón ayuda algo?
Isa encogía los hombros. Ayuda, en teoría. Pero…
Ser víctima a veces es agradable: todos sienten pena por ti y critican al marido. Pero Miguel la mimaba, le servía delicias e Isa seguía sintiéndose incómoda.
Anda, no seas así, chiquilla ponía cara de simpático Miguel. No te vas de aquí hasta que acabes el plato.
Isa mordía el labio, le miraba con nostalgia y comía.
Ese día la acompañó al metro, y ella se excusó para no seguir la velada porque tenía tareas pendientes.
Esa noche, recibió en su correo los resúmenes de todas las ponencias.
Para la chiquilla, de Miguel, decía la nota.
Isa cerró el portátil enseguida; Almudena lo leyó de reojo y puso cara rara.
¡Vaya tontería de apodos! protestó Isa en alto. ¡Son cosas formales y ponen chorradas!
Pero Almudena ya estaba con los cascos puestos y música a tope…
¡Isa, Almu, ya estoy en casa! ¡Vamos a cenar! sonó desde la entrada.
Ramón, cansado después del metro y el bus lleno, se quitó la camisa, se puso un short chillón, abrió la terraza y respiró.
Olfateaba a sudor rancio, del de ayer todavía.
Isa, no pienso ducharme tan a menudo… Que luego me pica toda la piel. Mañana me ducho, ¿vale? Basta ya resoplaba apartando los ruegos de su mujer. Venga, vamos a cenar.
Comieron en silencio, cada cual en lo suyo. Isa pensaba en Miguel, en su frescura, en sus modales
El día siguiente, él llamó al trabajo.
¡Hola, chiquilla! ¿Cómo estás? ¿Has comido? le oyó Isa, poniéndose muy nerviosa, mirando de reojo para que nadie más escuchara. Parecía que el móvil chillaba.
No No me ha dado tiempo. Hay mucho trabajo balbuceó. Chiquilla. Era chiquilla, delicada y frágil Escalofríos.
Deja todo y baja. Estoy en la cafetería. No es gran cosa, pero hay que comer. ¡Te espero!
Isa inventó alguna excusa, bajó en el ascensor y dudó qué botón pulsar, con las mejillas encendidas.
Sí. Lo reconocía. Amante. Le llamaba así en su cabeza. Era picante y peligroso.
Ese día, Miguel vestía camiseta y vaqueros, un poco despeinado otra vez.
Cafés, charla de infancia. Miguel la escuchaba.
Chiquilla, y tú eres muy guapa, ¿sabes? de repente la interrumpió. Vamos a comprarte algo, un vestido. Conozco alguien en El Corte Inglés, te van a asesorar. Quiero verte con un vestido bonito.
Y la vio. No en ese preciso momento, sino por la tarde, cuando llevó a Isa al Corte y se sentó en el sofá de las probadoras, mientras las dependientas la rodeaban.
¡Ay, la mirada de Miguel! Voraz. Jamás Ramón la había mirado así.
Nunca había sentido eso susurraba luego Isa al oído de Lucía, su mejor amiga. Sólo lo he visto en las pelis. No pensé que a mí me mirara nadie así. Y por primera vez me sentí mujer. Es horrible, pero me gustó.
¿Y Ramón? preguntó Lucía, tras mucho comentar.
No sabe nada. Ni debe. ¡Ni yo lo tengo claro! negó Isa, nerviosa. No le digas nada. Y guárdame el vestido. Está carísimo. ¡Dios! ¿Qué voy a hacer?
Lucía se encogió de hombros. Que sea lo que tenga que ser.
No sé, Isa… Ramón será rudo, pero acuérdate cómo fue a tu pueblo en pleno invierno solo para traerte leche fresca. Y curra un montón, siempre busca soluciones. Otro estaría tirado en el sofá con cervezas. Él es transparente, fiable. ¿Y Miguel? ¿De qué vive?
Ni idea ¿Y qué importa? Lucía, estar con Ramón es un suplicio, ya no lo aguanto. ¡Tienes envidia!
Lucía se encogió de hombros otra vez. Igual sí, pero no por Miguel, sino por el marido…
Isa empezó a llegar tarde, cenaba algo rápido y ni siquiera probaba bocado, removía el azúcar imaginario en el té frío.
Mamá, ¿me cortas pan? pedía Almudena. Ah, si no queda refunfuñaba.
Isa asentía, se retiraba a soñar despierta en su cuarto.
Ramón y Almudena la miraban extrañados.
Isa podía pasarse horas soñando, con las manos húmedas de nervios.
Miguel era tierno, sabía besar, se reía de su torpeza, la llamaba chiquilla y la agasajaba con regalos. Tenía que esconderlos en casa de Lucía. A veces Miguel le enviaba algo a su cuenta: un Bizum aquí, otro allá; y a medianoche, mensajes apasionados. Isa se levantaba, cerraba la puerta del baño, leía, borraba, volvía… Al final apagó el móvil, se lavó la cara y volvió a acostarse.
Ramón se dio la vuelta, la abrazó pesadamente y masculló algo. Isa hizo como que contestaba y se quedó quieta. Qué pena no haber conocido antes lo que es ser chiquilla. ¿Cuántos años tirados a la basura?
Pero ahora estaba Miguel, y eso era felicidad.
Se veían en casa de él: piso grande, luz a raudales, sin cortinas y vistas a las torres de Madrid iluminadas. Se mareaba Isa con el cava, el perfume, las sábanas de verdad Todo era chispeante.
En casa, el ambiente pesaba. Sentía que todos lo sabían, que Almudena la observaba, Ramón la miraba firme.
Empezó a buscar excusas para volver tarde y quedarse sola, tomando café soluble y amargo en la cocina
¡Isa! ¿Dónde andas? Que he comprado col, hay que picarla, ¿no te acuerdas? oyó la voz de Ramón en el altavoz. Isa miró, perpleja, a Miguel nadando en el borde de la piscina. El agua estaba helada, era de las modernas piscinas de Madrid Río.
Nunca había ido Isa a La Isla, pero Miguel la había llevado allí ese día, la convenció para nadar, y se dejaron llevar viendo cómo subía el vapor al cielo frío. Poca gente, una maravilla. Si subías al trampolín se veía el parque del Retiro. Pero a Isa sólo le importaba su galán. Por fin había encontrado el amor. Por fin. Dios mío
¿La col? musitó, envolviéndose en la toalla. Déjala. Vuelvo tarde hoy. Hemos ido Lucía y yo a la piscina, me han dicho que es bueno para la espalda. Picamos la col mañana. Chau, me reclaman.
Colgó rápido, tragó saliva. Tenía que avisar a Lucía, ¿y si Ramón la llamaba a ella?
Y la llamó. Traigo comino para la col. Ramón ya ha puesto el agua dijo Lucía tranquila. Le llevé el comino porque sé que lo usáis siempre. Vuestra cocina, Isa, no la mía.
Isa mordió el labio, buscó a Miguel con la mirada. Él, musculoso, ya estaba en el trampolín, listo para saltar. Unas chicas jóvenes no le apartaban la vista.
¿Y qué, chiquillas? ¡Uno, dos, tres! gritó Miguel, y cayó en el agua con gracia. Salió, saludó a Isa. ¡Eh, Isa, vente! ¡La noche es joven!
Las chicas miraron a Isa. Y de repente, volvió a verse vulgar, la barriga y las caderas caídas, el estilo de rana cutre al nadar. El alma de penitente se le notaba otra vez.
Las nuevas chiquillas de Miguel se pusieron a jugar a waterpolo, intentaban tocarle bajo el agua.
Él reía y ni se inmutó cuando Isa desapareció. Lo entendía: cosas de familia, de la col… ¡Que se fuera!
…Al volver era de noche. Toda la casa a oscuras menos la cocina.
Ramón le dejó una sartén con huevo frito.
Habrá que tener hambre después del baño, ¿no? ¿Quieres chorizo? Le sirvió una taza de té.
Isa negó rápido. Temía mirarle a los ojos, apartó la vista, enganchó el tenedor y empezó a desmigajar el huevo.
¿Lo sabría? ¿Y ahora qué? ¿Por qué estaba tan calmado?
Isa dijo Ramón tras un largo silencio. Lucía trajo unas bolsas raras. Insistía en ordenar la cocina, pero la eché. Que no se meta. Tus bolsas aquí señaló bajo la mesa. Dice que son tuyas. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Verdad?
Isa levantó el mantel y vio las bolsas. Encogió los hombros.
Eso digo yo, ¡vaya tontería! exclamó Ramón, casi aliviado. Ponme té también. Bah, mejor saca el brandy. Hoy me apetece pidió.
Isa se levantó y congeló el gesto.
Chiquilla le oyó decir a Ramón. Se giró de golpe. Él la miró fijo. Digo, las migas de pan de la mesa. Siempre las dejas, Almudena es igual. Hay que barrerlas concluyó tranquilo, sin mirarla apenas.
Bebieron brandy juntos, en silencio.
Finalmente Ramón se fue a la cama.
… Lucía, ¡se ha ido! Se vistió, dejó las llaves y ya está… ¡Qué hago! Isa lloraba por teléfono, mirándose al espejo y notando cómo la cara se le torcía. Esa chiquilla que hace tres horas aún chapoteaba con Miguel, ahora parecía otra. El pelo olía a cloro, la espalda le dolía. ¡Lucía! ¿Así se va un hombre de verdad? ¡Nos ha dejado a Almudena y a mí!
Isa se enfadó, cerró el puño. Golpeó la mesa.
Hombre, eso es ser hombre, Isa. Otro te hubiera zurrado. Ramón se ha ido de SU casa. ¿Y aún hablas mal de él? Mira, yo nunca entendí cómo teniéndolo todo, no eras feliz. Dinero, niña guapa, un marido trabajador… Otro sería un vago, bebedor. Ramón es responsable, transparente. Y tú quieres pelis y pamplinas, ¿verdad? Pero ni un halago nunca le dices. Y los hombres son como críos. Elogia, y lo harán todo. Pero tú No, yo hoy no puedo apoyarte. Buenas noches.
Isa dejó el móvil en la mesa, se encorvó y rompió a llorar.
Almudena aprobó los exámenes y se fue unos días a la sierra con amigas, sin hablar con su madre; dejó una nota pidiéndole no molestarla.
…Miguel apareció como a la semana, la esperó en el portal, surgió de la nada.
¡Hola, chiquilla! musitó tiritando bajo la cazadora. ¿Me has echado de menos?
Isa le había llamado varias veces, quería desahogarse, pero él no contestaba. Ahora, se plantó delante.
Miguel dijo con la voz arrastrada. ¿Qué haces aquí?
Vengo a cobrar, chiquilla. La rodeó por los hombros. Me debes, chiquilla. Te he alimentado, he cumplido ¡Ahora te toca a ti, mona! Necesito pasta. Tu piso de tu madre vale por lo menos 300.000 euros. Vamos a vender. Y este, donde vives, también. Anda, subimos y lo hablamos.
La chiquilla se asustó, trató de soltarse, pero él la agarró fuerte, la empujó hacia el portal, rezando porque alguien bajara. Pero no, no había nadie.
Vamos, chiquilla, que me congelo la empujó hacia la puerta.
Isa rompió a llorar y a caer al suelo. En ese momento, Miguel soltó el brazo, hizo un gesto violento con la cabeza y se desplomó.
Allí estaba Ramón, despeinado y enfurecido. Le temblaban los puños.
¡Fuera de aquí! ¡Como te acerques, te mato! gritó, lanzándose encima a Miguel. Pero Isa le agarró y lo detuvo.
Miguel, comprendiendo el panorama, rió con sorna, como diciendo Ya tienes cuernos, Ramón, pero en cuanto recibió un puñetazo calló.
¡Fuera! Y no vuelvas a mirar a Isa, ¿me oyes? espetó Ramón, cogió el gorro del suelo, se sonó la nariz en él y miró a Isa. Venga, pa casa, que hace frío…
…Lo que hablaron esa noche sólo lo sabe la luna testigo a través de la ventana, y el viento. Dos tazas de té intactas sobre la mesa, el reloj de pie marcando lento el tiempo. Y luego, el mundo se sumió en silencio, con esos dos, marido y mujer, empeñados en seguir adelante
A Isa nunca más nadie la llamó chiquilla. Y si alguien lo hiciera, seguro le temblaba todo el cuerpo.
Miguel no volvió a aparecer. No le salió bien el negocio; al final, ese marido resultó demasiado insistente.
Vio a Isa hablando por teléfono en el autobús, sobre el piso heredado de su madre, sobre cómo no sabía qué hacer con tanto espacio, sobre lo sola y cansada que estaba Miguel pensó que podía ayudar, resolver de paso su propia soledad y sus deudas, y ganarse la vida fácil. Si lo hubiese gestionado mejor, Isa se lo habría dado todo, porque Miguel la domesticó, la mimó, la calentó. Pero Se precipitó. Ignacio le metía mucha prisa con el dinero, tanto que parecía que le ardían las costillas al pensarlo Tuvo que forzar la situación, exigirle a Isa sus bienes. No funcionó. Pero hay más chiquillas por ahí, tristes, solitarias. Ya las encontrará. Y luego, cobrará lo suyo.
Por ahora, se tuvo que ir de aquel piso con sábanas de seda y vistas a las torres. Pero ya volverá a por lo suyo, seguro. A menos que Ignacio decida otra cosa…






