A finales de la semana pasada, fui con mi esposa a la casa de sus padres en Valladolid para cenar juntos, como si las horas hubieran sido hechas de luz líquida. Sentados alrededor de la mesa, charlábamos sobre temas que flotaban en el aire, como si fueran hojas arrancadas de un calendario invisible. Pero, de repente, la conversación giró en espiral y mi esposa comenzó a hablar de mi trabajo, como si el futuro colgara de un hilo de seda.
El tema no era del todo descabellado. En realidad, últimamente habíamos fantaseado con la idea de construir una piscina junto a la casa de mis padres en Salamanca. Ese proyecto había latido en nuestras mentes durante años, y este año mi esposa decidió que ya no tenía sentido seguir esperando, como si la espera fuese solo una sombra que se alarga al atardecer.
Además, planeábamos cambiar el coche antes del inviernonuestro viejo Seat ya chirriaba como una puerta de conventoy, con la llegada del verano, soñábamos con viajar a la costa de Cádiz; llevábamos tres años sin ver el mar, y en nuestro hogar yo era el único que trabajaba.
Me encontraba razonablemente satisfecho con mi empleono era de los que se quejan al vientopero la empresa atravesaba una etapa de niebla, con despidos y sueldos que caían como hojas de otoño, y el mío se había reducido indefinidamente.
Así que expliqué que teníamos algunos ahorros, pero solo nos bastarían para unas vacaciones modestas en la playa y, con suerte, para un coche nuevo en la versión más austera, si el precio no subía como el humo de las chimeneas de Segovia.
Sin embargo, mi esposa priorizó la piscina de sus padres sobre nuestros propios sueños. No me gustó esa actitud; la conversación terminó con ella reprochándome por mi supuesta pereza y falta de voluntad para buscar otro empleo, como si el dinero creciese en los naranjos de Valencia.
Esa misma melodía se repitió en la mesa mientras el aroma de la sopa de ajo se mezclaba con palabras amargas. Perdí la calma, y solté de golpe que cada mes ayudábamos generosamente a sus padres, y que la cena de esa noche se había montado casi a costa mía.
No habría debido decirlo, pero lo hecho, hecho está. En ese instante, el caldo se volvió más agrio y mi esposa inició una retahíla emotiva al pie de la mesa, como si la noche se hubiese llenado de ecos de reproches. Escuché cosas sobre mí que parecían venir de un rincón en penumbra; no soporté mucho y me marché en silencio, fundiéndome con la neblina de la noche.
En casa, recogí las cosas de mi esposa y las llevé de vuelta a la casa de sus padres. Creo que con esa clase de disparates no se debería discutir ni actuar como lo hizo, me parece un despropósito, como si el equilibrio se hubiera perdido para siempre. Ahora, al regresar a mi hogar, siento que todo pesa y que mi cabeza es una habitación vacía. No sé qué haré ahora, la vida parece un laberinto hecho de piedras frías y sombras largas.







