Oksana y su madre estaban sentadas en la vieja cama. Ambas iban bien abrigadas. Era invierno y apenas acababan de encender la chimenea en casa. – No te preocupes, mamá. Todo irá bien. No nos va a faltar de nada. Ahora te doy la medicina. Oksana intentaba tranquilizar a su madre como podía, aunque en realidad no era su madre, sino su suegra, y además casi exsuegra. Casi…

Isabela y su suegra, doña Carmen, se encontraban sentadas en el borde de una desvencijada cama de hierro forjado, envueltas en sendos abrigos de lana gruesa. El invierno madrileño mordía las paredes de su vieja casa de un pueblo de la sierra, y apenas acababan de encender la chimenea, el frío danzaba aún por el aire con la bruma de los sueños.

No te preocupes, madre. Todo se arreglará. Saldrémos adelante, verás. Ahora te pongo la medicina susurró Isabela, manejando la botella como si el líquido dentro fuera un sortilegio.

Intentaba tranquilizar a doña Carmen como podía aunque, en realidad, no era su madre. Había sido su suegra, y ahora, después de todo lo ocurrido, casi ni siquiera eso. O quizás aún más, precisamente por esa extraña asociación de almas solas.

Así empezaba el retorcido tapiz de su sueño:

Habían vivido las tres madre, hijo y esposa en una casa de paredes encaladas, con muebles que parecían crecidos del suelo como raíces antiguas.

Isabela se casó ya cerca de los treinta y tres. Había sido la segunda esposa de Tomás, un hombre con más silencios que palabras. No había roto ningún hogar; cuando Isabela apareció en la vida de Tomás, él ya era legalmente libre como un pájaro bajo el cielo plomizo de Castilla.

Carmen, su suegra, la aceptó enseguida. Y con el tiempo, Isabela aprendió a quererla como a su propia madre, aquel hueco vacío que la vida le había regalado pronto: huérfana desde joven, halló en Carmen calor y palabra.

Sois como uña y carne esas dos, conspiráis a mis espaldas se quejaba Tomás medio en broma, medio en celos.

Esos primeros cinco años juntos se deslizaron como un viaje en tren bajo la niebla. Pero luego Tomás cambió: su carácter se agrió, su voz se tornó cuchillo, siempre ardiendo de impaciencia. Pronto los gritos y el olor a ginebra llenaron la casa. El secreto tenía nombre: Lucía, la amante. Las noches se alargaban, Tomás llegaba cada vez menos sobrio, menos Tomás.

Un día, así, sin más, vino el ultimátum:

Me voy. Dos días tienes para recoger tus cosas dijo. Aún no había terminado Isabela de guardar sus medias cuando la amante apareció por el umbral, rodando una maleta roja, cara de muñeca rubia y pestañas como abanicos de alguna ciudad extraña de Andalucía.

No pudo evitar la risa. Parecía que el sueño se tomaba la vida a broma.

¿Me cambias por ese espantapájaros, Tomás? Que tengas suerte. Por mí, no lamento nada se carcajeó Isabela.

Ella sabe divertirse. Tú y mi madre sois dos gallinas viejas, siempre a lo vuestro.

Conmigo, lo que quieras, Tomás, pero a tu madre no la metas saltó Isabela.

Entonces, la rubia murmuró, vocecita de pájaro atrapado:

Cariño ¿y tú madre qué pinta en esto? Que se vaya, por favor. No la necesitamos, cielito.

Mamá, vete también tú. Tu momento pasó aquí.

¿Y adónde quieres que vaya? Todo el dinero de la venta del piso te lo di para levantar esta casa lloró doña Carmen, llevándose la mano al pecho.

Basta de teatro. Quédate, pero no salgas de tu cuarto. Ahora manda Lucía.

¡Mucho morro! Que se vayan las dos, venga.

Tomás permaneció de pie, callado como el sofá de la entrada, sin hacer nada más. Sabía que le costaría el perdón de su madre. O quizás ¿lo perdonaría? El amor materno, a veces, navega por cauces impensados.

En media hora, las mujeres estaban afuera, con un par de maltrechas maletas. Isabela sostuvo a doña Carmen mientras subía al coche. Carmen no miró hacia atrás, sólo secó una lágrima con el dorso de la mano, como quien limpia el rocío de una estatua.

¿Y ahora, mi niña? susurró, sin apenas voz.

Nos apañaremos, Carmen. Tengo algo ahorrado aún, y tú tienes tu pensión. Mientras busco trabajo, comeremos pan y aceite, como en las historias de las abuelas. Saldremos adelante.

El coche las arrastró hasta el pueblo donde Isabela había sido niña. Era de día, pero la casa estaba helada, como si los fantasmas de sus recuerdos respiraran escarcha. Encendió la chimenea, llenó de agua el puchero, puso a hervir café.

Qué bien te manejas aquí, como si nunca te hubieras ido sonrió Carmen.

Es que el abuelo Pedro me enseñó de todo. Y menos mal que compramos provisiones; no me apetece oír las habladurías de los vecinos.

Poco a poco, el calor pobló la casa, y con él llegaron los sueños de limpieza y orden.

Alguien golpeó la puerta. Era don Julián, el vecino.

¡Pero bueno, Isabela! ¿Cuánto tiempo sin verte? Y en mitad del invierno, ¿algún problema?

Nada grave, don Julián, ya te contaré. Vente y tómate un café con nosotras.

Gracias, maja. ¿Y esa señora?

Carmen, la madre de Tomás.

Pasaron los días y las semanas. El pueblo olía a leña quemada y a migas. Isabela y Carmen adecentaron la casa. Carmen volvió a recordar lo suya que era la vida de campo: También fui aldeana, pero el amor de ciudad me llevó lejos. Cuando Tomás tenía veintitrés años, su padre murió. Vendí el piso, le di el dinero, prometió que nunca me faltaría un techo ¿y mira en lo que acabamos?

No llores, Carmen. El tiempo todo lo cura Isabela la abrazó.

¿Y el vecino? inquirió Carmen, mirando hacia donde don Julián cortaba troncos.

Vive solo. Su mujer murió ahogada, salvando a un niño del río. A veces creo que sólo los sueños nos mantienen vivos.

Un mes. Ni una llamada de Tomás. Hasta que una noche, el teléfono de Isabela resonó como un canto fúnebre.

¿Isabela? Su marido ha muerto en accidente. Conducía borracho, iba con otra; ella salió ilesa. Tendrá que venir a identificar el cuerpo.

Pensó en Carmen. ¿Cómo decírselo? Acudió a don Julián, que acudió presto.

Carmen, siéntate. Tomás ya no está.

El grito de doña Carmen se arrastró por la casa, desgarrando las sábanas del aire.

¡Esto es por mi culpa! Debí quedarme con él

No, Carmen, te echó él. No debías cargar con su cruz.

Fueron los tres juntos al reconocimiento. El entierro fue un sueño de tierra y rosas marchitas. Luego, Isabela y Carmen regresaron a la vieja casa que, según la ley, volvía a ser suya. Tomás, siempre el perezoso, no alcanzó ni a iniciar los papeles del divorcio.

Don Julián las acompañó a todas partes.

El hogar de Tomás era un caos: la casa olía a vino derramado y ropa sucia, hasta los platos, sueños y promesas estaban esparcidos por el suelo. Y allí apareció Lucía, ojerosa y con labios aún más grandes, pegada a un hombre descalzo.

Fuera de mi casa, esto es mío.

¡Enseña los papeles! tronó don Julián.

Nos casamos antes de que muriera, todo esto me pertenece.

El divorcio ni estaba presentado, no tienes nada concluyó Isabela.

La muchacha y el hombre salieron, abrazando sueños rotos. Cambiaron la cerradura. Revisaron los papeles. Todo estaba en orden.

Arrojaron recuerdos y trastos, mientras don Julián les ofrecía un café y palabras viejas como proverbio.

Ojalá os quedéis. Me gusta vuestra compañía.

Vendrás a vernos, y nosotros a ti. ¿Sabes que Carmen te mira con ojos de zorzal enamorado?

Venga ya se ruborizó don Julián.

El sueño tejió, entonces, su propia lógica: al año, en la iglesia del pueblo, don Julián e doña Carmen se casaron. A Isabela la quisieron como a una hija, y la casa, por arte de algún duende castellano, empezó a llenarse de risas infantiles. Isabela no se casó nunca más, pero adoptó a dos hermanos, Álvaro y Lucía, para que jamás volviesen a estar solos.

Y lo que el sueño le decía al final era claro: los lazos de sangre no siempre se determinan en la cuna. A veces, son los extraños caprichos de la vida y de los sueños los que tejen una familia.

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Elena Gante
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Oksana y su madre estaban sentadas en la vieja cama. Ambas iban bien abrigadas. Era invierno y apenas acababan de encender la chimenea en casa. – No te preocupes, mamá. Todo irá bien. No nos va a faltar de nada. Ahora te doy la medicina. Oksana intentaba tranquilizar a su madre como podía, aunque en realidad no era su madre, sino su suegra, y además casi exsuegra. Casi…
Creía que estaba ofreciendo una comida a una sola niña hambrienta.