Ocho años, menudencias
Diario de Victoria
El teléfono ha sonado a las siete y media de la mañana, justo cuando yo estaba en la cocina y observaba cómo el agua empezaba a hervir en el cazo. La cocina es antigua, de gas, con unas rejillas de hierro colado cubiertas aún de una grasa ajena que no he conseguido quitar del todo. Cada mañana esa grasa me recuerda que este piso no es mío, que aquí han vivido otras personas, con sus rutinas, sus cocidos y sus vidas.
He mirado la pantalla: Carmen.
He contestado.
No le has respondido otra vez, dice mi hija, sin ni un buenos días.
Buenos días, Carmencita.
Mamá, hablo en serio. Me escribió anoche. Dice que le ignoras.
El agua ha hervido. He apagado el fuego y echado en el cazo una bolsita de té barato, del Mercadona, de esos que vienen cuarenta en una caja de cartón y saben un poco a papeles. Antes sólo bebía té de hoja, del bueno, que Enrique encargaba en aquella tienda de la Calle Mayor.
Que diga lo que quiera le he dicho a Carmen.
¿Te das cuenta de lo que haces? Vives sola, en una zona perdida de Carabanchel, en un piso que seguro tiene cucarachas. Vas a cumplir sesenta
Tengo cincuenta y ocho.
¡Eso es casi sesenta! Y te fuiste de una vida normal, de un piso en Malasaña, con un hombre decente. ¿Para qué?
He mirado por la ventana. El cielo estaba gris, típico de noviembre, y se veía la copa pelada de un plátano y un trozo de la fachada aburrida del edificio de enfrente, ese amarillo feo, desconchado. Abajo ha pasado el tranvía. Las vías son antiguas, tanto que tardé varias noches en acostumbrarme al estruendo.
Carmen, llego tarde al trabajo.
Nunca quieres hablar de esto en serio
Quiero, pero no así. ¿Vienes el sábado? Puedo hacer sopa.
A esa cueva tuya no vuelvo.
Cueva. Ya la palabra ha llegado hasta Carmen. Seguro que se la ha enseñado mi hermana Consuelo.
Vale le he dicho tranquilamente. Hablamos luego.
Mamá
Te quiero, Carmen. Hasta luego.
He dejado el móvil sobre la mesa. He cogido el cazo, he vertido el té en un vaso grueso, de esos antiguos, que encontré en el armario entre las ollas y cosas viejas. Vaso de los de antes, pesado, macizo, con esas aristas características. Hacía por lo menos treinta años que no veía uno. He dado un sorbo. El té estaba caliente, con ese regusto áspero y blando a bolso de papel.
Lo he bebido de pie, mirando el plátano desde la ventana.
Luego me he vestido y salido a la calle.
***
El portal olía a humedad y a gato. En el tercero vive uno que nunca he visto, pero que siempre oigo por las noches. No hay ascensor. Cuatro tramos de escalera, bajando junto a los buzones con las tapas medio arrancadas y pasando al lado de un trineo viejo que debe llevar ahí desde el invierno pasado.
En la calle no había más de cinco grados. Me he abrochado el abrigo y he tirado hacia el metro. Carabanchel aún no lo domino. Llevo seis meses, pero aún me pierdo en los callejones. Paseo de San Illán, General Ricardos, Oporto. Las calles son distintas aquí, más anchas, tranquilas, con árboles. La gente camina deprisa, sin mirarse, como en todo Madrid, pero aquí falta esa ansiedad del centro, esa prisa eléctrica que tanto me molestaba.
He comprado en el colmado de abajo un litro de leche y media barra de pan. La cajera, una chica muy joven con las sombras verdes por las cejas, ni me ha mirado. He contado el cambio, metido la compra en la bolsa y salido.
En el metro hacía calor. Iba de pie, agarrada a la barra, pensando en el proyecto. Ayer terminamos, David y yo, el primer bloque de planos de medidas, y hoy tendríamos que lidiar con el forjado del sótano, que seguramente de milagro seguía en pie, por alguna gracia de la arquitectura decimonónica.
La finca está en El Retiro. Pequeña, de finales del siglo XVIII, la casa principal más dos alas laterales y un cobertizo que han reconvertido tantas veces que ya no se sabe lo que era. Cambió de propietarios incontables veces, lo usaron de almacén en tiempos de Franco, y luego perdió utilidad. Veinte años vacía. Ahora han aparecido fondos, gente con ganas de rehabilitarla como centro cultural, y un equipo: yo soy la responsable de restauración, David se encarga de la estructura.
Trabajo de verdad, no los apaños y redistribuciones de pisos, lo único que hacía ya con Enrique, sólo para no estar sin nada entre manos. Esto es serio, grande, lleno de historia.
***
David ya estaba cuando llegué: allí, en plena sala del primer piso, siempre con esa chaqueta gris, el metro en la mano y la mirada clavada en el techo.
Buenos días le he dicho.
Mira esto ha dicho él, señalando una esquina donde la escayola se había caído y dejaba ver el ladrillo. Creo que ya sé por qué el techo se ha hundido aquí. La viga de arriba está rota de punta a punta. Esto no es restaurar, hay que sustituir.
¿Rota o solo abierta entre las anillas?
Ven, te lo enseño.
Hemos subido por la escalera, que aunque reforzada crujía a cada paso. Me he agarrado a la barandilla y he sentido ese olor a madera vieja, seco y dulzón, y algo más difícil de explicar, el olor del tiempo, de las vidas que han pasado por allí y han quedado impregnadas en los muros.
Ese olor me gusta. Siempre me ha gustado.
David me ha señalado la viga. Me he agachado, he sacado la linterna y enfocado la grieta.
No es la madera abierta, le he dicho. Mira cómo va la rotura. Es un golpe. Aquí debieron poner algo demasiado pesado.
Seguro. O una máquina.
O varias. Este fue almacén.
Se agacha a mi lado. Miramos los dos la viga. Fuera el viento agitaba el aire tras los cristales rotos.
Entonces, cambiamos dice.
Cambiamos, pero igual que antes. Ayer encontré en el archivo las especificaciones de la madera. Creo que era pino local, bien curado.
Ahora conseguir eso…
Tengo un proveedor en Soria, trabajé con ellos para la restauración de Gran Vía. Llámales.
Me ha asentido. Se ha puesto de pie y sacudido las rodillas. Es alto, ligeramente encorvado, con esa costumbre de escuchar bajando un poco la cabeza, pareciendo distraído cuando en realidad lo capta todo. Jamás interrumpe. En estos cuatro meses he aprendido a apreciarlo mucho.
¿Quieres té? ha propuesto. He traído termo.
Sí, gracias.
Fuimos al pasillo, donde él tenía la bolsa. Sacó el termo, dos vasos de plástico y sirvió.
Hoy se te ve… no termina la frase y me observa.
¿Cómo qué?
No sé, muy centrada.
He sonreído.
Eso es que me ha llamado mi hija, o mi hermana.
No ha preguntado más. Sólo me ha pasado el vaso.
La infusión estaba normal, no de sobre.
***
A Consuelo la vi el domingo pasado. Mi hermana bajó sin avisar, llamó desde la calle: Abre, que traigo empanada. Abrí.
Consuelo es tres años mayor, vive en Argüelles con su marido Julián, trabaja de contable en una constructora, y su manera de ver la vida es tan firme que ni una tempestad la zarandea. Entra al piso, mira alrededor y se le pone esa cara, mezcla de pena y satisfacción que lleva desde la adolescencia.
Virgen Santa, dice. ¿Esto es baño o trastero?
El baño.
La baldosa está rota.
Consuelo, has traído empanada.
Eso, hija. Pone la empanada en la cocina, vuelve a inspeccionarlo todo otra vez. Victoria, explícame. ¿En el centro, tres habitaciones, parquet, techos altos, un hombre serio…? ¿Qué te hacía? ¿Era violento?
No.
¿Infiel?
No lo sé ni me importaba. Da igual.
Entonces, ¿por qué te fuiste? Estás loca a tu edad, ¿lo entiendes?
He sacado los platos.
Consuelo, déjalo ya.
¿Qué deje? ¿No soy tu hermana? ¿No puedo hablar? Carmen me llama, llora. Él llama, pregunta por ti. Es un buen hombre.
Seguro que sí, para otra.
Siempre igual. Corta la empanada. No quieres hablar.
Sí que quiero. Ya te lo expliqué.
¡No me explicaste nada! Me sentía mal. Que todos nos sentimos mal, ¿o te crees que mi vida es perfecta? Pero yo no me escapo a una corrala de vieja.
No es corrala, vivo sola.
¡Sola! Alza los brazos. Cincuenta y ocho años, sola en este agujero, trabajando por cuatro duros, ¿y tú dices que todo bien?
Observo a mi hermana. Grande, cálida, con su eterno jersey beis y esa expresión de auténtica perplejidad. No le llega, no lo entiende, y no puedo enfadarme.
Consu, he dicho bajito.
Te vas a quedar en nada, boba sentencia con ternura.
He negado con la cabeza: Si me pierdo, será por mi propio camino.
Consuelo me mira.
¿Qué tontería dices?
Nada, es por decir cojo el cuchillo, corto la empanada. ¿De qué es?
De repollo. Me sigue mirando con recelo. ¿Vas al psicólogo, siquiera?
Sí.
¿Y qué te dice?
Que tomo decisiones correctas.
Ya, claro, todos te dan la razón porque les pagas.
Comemos empanada y bebemos té. Consuelo habla de Julián, de su espalda, de los nuevos vecinos y su perro que no calla. Yo escucho. Afuera anochece y el cielo tras el plátano se vuelve violeta.
Cuando se va, se detiene en la puerta.
¿Por qué no le escribes? Está preocupado.
Vale.
Sé que no lo haré.
***
Con Enrique compartí casi ocho años. Nunca nos casamos; él tenía una aversión visceral al registro y, claro, eso ya decía mucho, aunque lo entendí tarde.
Los dos primeros años fueron diferentes. O eso me parecía. Atento, me llevaba a restaurantes, teatros, viajábamos por Italia y por Praga. Decía que tenía mucho gusto, que era lista. Luego todo fue deslizándose, como una grieta en la pared.
Comenzó con bobadas. Un día llevé mi vestido verde favorito a su cena de empresa. Me miró en la entrada: ¿Estás segura?. Nada más. Sólo eso. Me cambié y me puse el negro.
Luego vinieron los comentarios sobre mi comida. Otras veces sobre cómo hablaba con sus amigos. O lo mucho que trabajaba para resultados tan pobres. Ese último tema lo tocaba con un tono pausado, pedagógico, creyendo hacerme un favor.
Victoria, sabes que restauración no es para triunfar. Es un callejón para personas sin ambición.
Yo tengo ambición.
Eres buena, sonreía pero normal. Eso tampoco está mal.
No supe contestar, sólo me fui a otra habitación. Estuve una hora mirando la pared, intentando entender por qué me dolían sus palabras, tan amables a veces.
Nunca gritaba. Nunca pegaba. Hacía otra cosa: lentamente, me convencía de que sin él no valía nada. Que mi trabajo no era serio, mis amigas anodinas, mi gusto vulgar. Que le debía estar ahí.
Hacía cocido pensando si lo habría salado bien. Cuando llamaba a una amiga, me cuestionaba si no lo hacía demasiado. Antes de una reunión, me preguntaba si parecería arrogante. Hasta mi voz interior tenía ya su tono.
Luego hubo una noche.
Cenábamos en casa de sus amigos, Luis y Marta, en Chamberí. Hablaban de una promoción de pisos nueva, y me atreví a comentar los problemas del proyecto, el horror de la fachada, lo típico de un promotor que ahorra en arquitectos. Lo dije tranquila, profesional.
Enrique me miró y sonrió como sólo él sabía.
Victoria es especialista, le dice a Luis. Los expertos a veces sólo teorizan, ¿sabes? Victoria lleva mucho sin encargos grandes.
Se hace el silencio. Marta me mira, Luis da un trago.
Sonrío. Termino la cena. Me acabo la copa, disimulo y llamo a un taxi.
En el coche, Enrique feliz, parloteando sobre los negocios de Luis. Yo miro la Gran Vía y pienso sólo una cosa, clarísima: no puedo más.
No es mala persona, no soy infeliz. Sólo: no puedo más. Como toparte con una pared y saber que ya ni intentarlo.
Tardé tres meses en decidirme. Busqué piso, encontré éste en Carabanchel. Llevé las cosas en dos coches. Enrique estaba de viaje. Dejé las llaves y una nota con una sola palabra: Perdón.
Luego pensé, ¿para qué la escribí? Ni idea, simplemente salió.
***
Noviembre en Carabanchel tiene algo especial. El parque cercano, y por las noches a veces vuelvo dando un rodeo, bajo los árboles desnudos. Las hojas ya se cayeron todas, el suelo está húmedo, pero hay calma y ese olor a tierra mojada y corteza me llena como si fuera aire necesario.
En casa hace frío. La calefacción central va y viene. Los radiadores, de los antiguos, o te cuecen o no calientan nada. El grifo de la cocina goteaba. Llamé al dueño varias veces para que trajera al fontanero, pero nunca venía.
Compré yo misma la junta de goma en un Leroy Merlin y la cambié. Cuarenta minutos, dos uñas partidas y una maldición bien soltada cuando la llave inglesa saltó. Luego abrí el grifo. Fluía perfecto, ni una gota.
Sentí algo parecido al orgullo. Tonto, pero real.
Por las noches trabajo en la cocina. Saco los planos, enciendo la lámpara vieja que me llevé, la misma de pantalla verde que compré en El Rastro en los noventa. A Enrique no le gustaba nada, decía que estropeaba la decoración. Allí estaba metida en la trastero. Aquí es mi luz.
El proceso de la finca avanza lento, como todos los grandes proyectos. Medidas, archivos, análisis de daños, luego la idea general. Me gusta por eso, por honesto, porque no puedes mentirle al edificio. La pared aguanta o se cae; el ladrillo vive o está muerto. La historia o existe, o se finge.
En el Archivo de la Villa de Madrid encontré documentos sobre la finca. Descubrí que en el siglo XIX perteneció a los Ruiz de Luna, comerciantes de azulejos; después la heredó una hija, que la utilizó como escuela para chicas. Vino la guerra, luego la almacén. La hija, Josefa, sale en una foto: unos cincuenta años, espalda recta, mirada que parece saber algo que el fotógrafo ignora.
Miré mucho esa foto ese día.
Luego volví a los planos.
***
Un día, David me preguntó cómo había llegado yo a la restauración.
Estábamos en su coche, esperando que calentara el motor antes de salir al archivo. Fuera nevaba, la primera nieve del año.
En los noventa hacía edificios nuevos, le dije. Pisos, oficinas, se cobraba bien. Pero me invitaron por casualidad a una rehabilitación de una ermita en Guadalajara. Fui con una amiga, y ahí lo supe.
¿El qué?
Que eso era lo mío. Que tenía sentido.
Él estuvo en silencio.
Eso es raro: saber lo que de verdad importa.
¿Tú también lo descubriste así?
No, tardé mucho. Demasiado en hacer lo correcto. Luego me paré y aquí estoy.
Lo miré. Observaba el parabrisas donde la nieve ya se derretía bajo los limpiaparabrisas.
¿Y ahora?
Ahora esto, se encoge de hombros hacia la finca invisible tras los muros. Y me basta.
Dentro del coche olía a polipiel y a café, de esos vasos pequeños que toma por la mañana.
Arrancamos rumbo al archivo.
***
Enrique vino un miércoles.
No le esperaba. Llamó a la puerta a las ocho de la tarde, cuando yo estaba en la mesa con los planos y tomando yogur griego con una cuchara. El timbre es el típico de los portales antiguos, metálico y chillón.
Pensé que sería el dueño o un vecino.
Allí estaba Enrique, en el rellano, con su abrigo caro y un ramo pequeño, crisantemos. No me gustan los crisantemos. Ocho años y nunca lo supo.
Hola, dijo.
No reaccioné rápido. Me quedé tres segundos mirándole.
¿Cómo sabes la dirección?
Carmen me dijo.
Así que Carmen. Mentalmente guardé ese dato.
¿Qué quieres? pregunté.
Hablar. Esbozó esa media sonrisa suya. ¿Me dejas pasar?
Lo pensé. Me aparté.
Entra, observa el mini recibidor, el papel despegado de las paredes, el perchero torcido, mis botas junto a la puerta.
Vives aquí, lo dice constando.
Aquí vivo.
Victoria… me toma de la mano. Me la quito. No se inmuta, cambia el ramo de mano y pasea hasta la cocina, donde mira los planos. ¿Trabajas?
Trabajo.
¿En qué?
Restauración de una finca en El Retiro.
Está bien, dice en ese tono paternalista que me sé de memoria. Te conviene.
Me viene bien a mí y al edificio, que es del XVIII.
Pone el ramo sobre los planos. Lo retiro.
Victoria, ¿sabes qué haces? Vives aquí. Hace un gesto general. En esto.
Sé dónde estoy.
Quiero que vuelvas.
Le miro. Enrique sigue siendo atractivo, objetiva y elegantemente vestido. Sesenta y cinco, bien llevados.
¿Para qué, Enrique?
Parece sorprendido por la pregunta.
¿Cómo que para qué?
Dices que me quieres de vuelta. ¿Para qué?
Pues… titubea. Me haces falta.
¿En qué exactamente?
Victoria, ¿es necesario este interrogatorio?
Es una conversación normal. Dices que te falto. ¿En qué aspecto? ¿En qué te lleno?
Me observa con ese aire de disgusto disimulado.
Me faltas tú. Como persona. Ocho años juntos.
Lo recuerdo.
¿Y ya está? ¿Te vas así de fácil?
No me fui así, cruzo los brazos, en mi suéter viejo y vaqueros, nada que ver con la mujer de antes. Me fui durante ocho años. Tú no lo viste.
No lo entiendo.
Lo sé.
Explícamelo.
Ya lo intenté. Mi voz suena serena. Me asombro de ello; hace medio año habría llorado. ¿Te acuerdas de la cena con Luis y Marta?
¿Qué cena?
Dijiste que era sólo teórica, que no hacía proyectos serios, delante de ellos.
Piensa.
Fue un comentario de broma. No sé, bromeaba.
Puede. Pero fue una broma entre muchas. Yo me acuerdo de todas.
Eres muy sensible.
Quizá.
No era humillación.
Quizá. Pero aún así me dolía.
Por una tontería.
Por ocho años de tonterías.
Guarda silencio. Mira la cocina, el vaso grueso en la encimera, la lámpara con pantalla verde.
¿Y aquí eres feliz? me interroga incrédulo.
Lo pienso, no por él, sino para mí.
Depende, respondo sincera. A veces es duro. Es solitario. La calefacción no tira. Pero aquí estoy mejor que allí.
Eso es una ilusión.
Quizá. Pero es la mía.
Toma el abrigo, se lo pone. Me mira. Por un instante parece real, sin máscara.
Victoria, no soy un extraño para ti.
No, pero tampoco eres mío. Enrique, vete a casa.
Se queda un instante. Luego camina al portal, se viste, abre la puerta.
Te arrepentirás, dice.
No es amenaza. Más bien resignación.
Puede, reconozco.
Se va. Me quedo en el recibidor, mirando la puerta tapizada y su mirilla. Luego vuelvo a la cocina. Meto los crisantemos en un bote viejo, con agua. Flores al fin. Sería una lástima tirarlas.
Vuelvo a los planos.
Por la ventana resuena el tranvía. Una vez y otra, después desaparece.
Ya no lo escucho como un estorbo.
***
La defensa del proyecto la fijaron para la segunda semana de diciembre. Una ronda preliminar, el cliente quería ver el enfoque global: qué se conserva, qué se reconstruye y por qué. Me lo tomé a pecho. David también. Por las noches hablábamos para pulir detalles, discutíamos bastante.
Una noche debatimos sobre el forjado del sótano. No estábamos de acuerdo, y pasamos cuarenta minutos discutiendo hasta darnos cuenta de que ambos teníamos razón, pero diferentes prioridades: yo pensaba en el aspecto, él en la resistencia.
Eres dura, dijo, sin acritud.
Sólo en el trabajo.
En el trabajo, bien.
Nada más. No añadió sentimentalismos.
Colgué y me descubrí sonriendo.
***
Tres días antes de la defensa, llamó Carmen. Por la noche.
Mamá, su voz sonaba distinta, no como estos meses. ¿Puedo ir?
Ven.
Llegó con una botella de Rioja y aire de alguien que ha decidido algo pero aún busca palabras. Se parece mucho a mí de joven, los mismos pómulos, las mismas manos. Treinta y dos años, diseñadora, vive con su pareja en Lavapiés.
Nos sentamos en la cocina. Puse el vino en dos vasos normales, porque no tengo copas, salvo una de adorno, pero Carmen dijo que así también está bien.
¿Él te llamó después de venir?
No. Me manda mensajes.
¿Y qué dice?
De todo. No siempre contesto.
Carmen hace girar el vaso entre las manos.
Mamá, yo le di tu dirección. ¿Te molesta?
No.
Creí… No sé qué creí. Que si os veíais
Ya nos vimos.
¿Y?
Nada. Se fue.
Carmen calla y luego, mirando el vaso:
He estado a su favor todo este tiempo. ¿Entiendes?
Sí.
Me autoengañé pensando que te daría por regresar a la normalidad. Me daba pena. Estaba solo, desubicado.
Sabe dar esa impresión.
Sí. Me mira. Lo entendí hace poco. Me llamó después de salir de aquí y me soltó Dijo que siempre has sido una inadaptada, que él te soportó, que casi te hacía un favor al estar juntos.
Asentí.
Eso es típico suyo.
Mamá, me mira con sinceridad, algo nuevo desde hacía meses. ¿Lo pasabas mal?
Mucho.
¿Por qué no me lo decías?
Lo pienso.
Porque no tenía palabras. Si no hay gritos, ni infidelidades, ni te echan de casa, cuesta explicar. Sobre todo a tu hija, que le ha visto sólo amable.
Carmen se levanta, me abraza. De golpe, fuerte. Tardo en reaccionar, pero la abrazo. Huele a su champú, ese de pera que usa desde adolescente.
No eres tonta me dice al oído. Tía Consuelo no tiene razón.
Río bajito.
Me alegra saberlo.
Acabamos el vino. Carmen curiosea los planos y pregunta por la finca. Le enseño la foto de Josefa Ruiz de Luna. Dice: Se parece a ti. Miro la foto otra vez. Tal vez.
Se va a las once y media. Quedamos en vernos el sábado.
Recojo los vasos, guardo los planos. Me quedo un minuto en la ventana.
El tranvía ya no pasa, es tarde. El patio de abajo está azul por la farola. En un piso vecino aún hay luz y una figura pasa fugaz.
Pienso que debería llamar a David para repasar los detalles. Pero ya es tarde. Mejor mañana.
***
El acto de defensa fue en la sala grande de la consultora. El cliente, muy exigente, vino con abogados y un asesor de patrimonio, que preguntó con mucha mala leche. Yo contesté. David aportó la parte técnica. Una vez preguntaron por los plazos de las vigas, y respondí con franqueza: si conseguimos la madera a tiempo, todo bien; si no, nos vamos tres semanas. El asesor frunció el ceño. Añadí: «Prefiero decir la verdad ahora que dar explicaciones después.»
Eso, curiosamente, fue lo que más gustó.
Después, en el pasillo, David llevaba la carpeta.
Yo creo que aprueban dijo.
Yo también.
Me miró. El pasillo estaba lleno de gente con papeles.
¿Te apetece cenar? Hay un sitio bueno cerca. Podríamos celebrarlo.
Le miré.
Me apetece.
Anduvimos callejeando por el Retiro, con las luces encendidas y la nieve en los balcones antiguos. David iba a mi lado, la cabeza un poco baja como siempre. Hablábamos de las vigas, del asesor, de lo pronto que anochecía en diciembre.
El sitio era pequeño, cálido, con cortinas pesadas y mesas de madera. Pedimos algo caliente y un rioja. Charlamos largo rato, ya no sólo de trabajo. De la ciudad, de cómo cambia, de libros. Yo sentí que no tenía prisa.
Al irnos, David se quedó a sujetar mi abrigo mientras yo me lo ponía. Un gesto sencillo, cotidiano. No le di importancia. O tal vez, no me asustó.
En la calle dijo:
Me gusta que trabajemos juntos.
Respondí:
A mí también.
Fuimos cada uno hacia nuestro metro.






