Notificación al azar
El móvil descansaba boca abajo en la mesilla, como siempre. Carmen ni siquiera tenía intención de tocarlo. Solo estiró el brazo para coger el vaso de agua, rozó el borde suave de plástico y la pantalla se encendió sola, por accidente, como prende a veces lo que siempre debería quedarse en la sombra.
Una línea. Solo una, en la notificación del chat.
«Yo también te echo de menos. Hoy ha sido tan especial. Tu Isa.»
Carmen tardó en entender. Miró esas palabras un segundo, otro, otro más, como si estuvieran escritas en un idioma extranjero que hubiera que traducir. Después se giró hacia su esposo dormido. Ricardo estaba de costado, cara a la pared, el hombro levemente encogido, respirando hondo, regular, como alguien de conciencia limpia.
«Tu Isa.»
Isa, Isabel Gadea. Amiga. La misma con la que tres meses atrás eligieron juntas el papel para la habitación del niño. La que había compartido cien cafés en esa cocina, fácil. La que, apenas la semana pasada, llamó a Carmen quejándose de lo mismo de siempre: que no encontraba hombre decente en Madrid, que todos repetían el mismo patrón, que estaba agotada de su soledad.
Carmen, con sumo cuidado, tomó el vaso de agua. Bebió. Lo dejó en su sitio. Se levantó de la cama con tanta delicadeza que ni la tarima crujió. Salió al pasillo, cerró la puerta del dormitorio discretamente, caminó hasta la cocina, encendió la luz pequeña, solo la que hay junto a la vitro, para no deslumbrarse demasiado, aunque quizá aquello que dolía en los ojos no era la luz.
Se sentó y clavó la mirada en la mesa vacía.
Detrás de la ventana, la noche. Una noche cualquiera de octubre en Madrid, húmeda y cargada de luces deslavazadas de la calle. El hervidor seguía en su sitio con el agua de ayer. No lo encendió. Solo se limitó a estar.
«Hoy ha sido tan especial.»
¿Cuándo hoy? El miércoles, Ricardo llegó a casa a las ocho y media, dijo que había quedado con clientes, cenaron en un restaurante, estaba cansado, que se iba directo a dormir. Carmen calentó la cena que él casi no probó. Luego pusieron el telediario, él se quedó dormido en el sofá, y ella lo tapó con la manta. Ella misma. Sus propias manos.
Apretó los dedos al borde de la mesa.
Lucas dormía al otro lado del pasillo. Ocho años, dormilón, a veces se reía hablando en sueños, diciendo cosas de fútbol o del colegio. Al día siguiente habría que llevarle al entrenamiento a las nueve, comprar pan, llamar a su madre, que seguro andaba resentida por los días sin noticia.
La vida, la de verdad, estaba en esos detalles pequeños. Y por debajo, comprendió Carmen, existía otra vida callada. Paralela. De mensajes, cenas, una mujer que firmaba «tuya».
Se acercó a la ventana. En el alféizar, una maceta de geranio, flores resueltas y medio polvorientas. Carmen no amaba esa planta, pero la regaba con terquedad porque se la regaló una vecina. El geranio subsistía, rebelde.
Se quedó mucho tiempo pensando, sin razón aparente, en esa planta. Y después volvió a la mesa.
Había que tomar una decisión. O dejarlo para después, no decidir nada ahora. No sabía qué era lo correcto. Por dentro, todo quieto. Como la calma exacta que precede a la tormenta. No llanto, no grito, solo un silencio filoso.
Pasó en la cocina hasta las cuatro. Sin hacer nada. Simplemente estuvo allí, mirando cómo, al otro lado del patio interior, una ventana después otra se iban apagando. Encendió al fin el hervidor, preparó un té que dejó a medias, fregó la taza, y regresó al dormitorio. Se tumbó junto a Ricardo, sin tocarle, con la vista fija en el techo.
Él dormía.
Carmen escuchaba su respiración y se acordó de que hasta la noche anterior ese sonido era solo parte de la noche, tan común como la nevera o los coches lejanos en la Castellana. Pero ahora cada inspiración resultaba diferente. Como si la oyera de verdad, por primera vez en muchos años, y fuera insoportable.
Por la mañana se levantó antes. Despertó a Lucas, le preparó un tazón de cereales que él tomó protestando, porque quería tostadas con jamón. Se las hizo. Ató sus deportivas porque aún no manejaba bien los cordones y el tiempo apremiaba. Se lo llevó de la mano fuera del piso.
Hacía frío en la calle; olía a hojas y alquitrán mojado. Lucas iba a su lado contándole el último lío de matemáticas, que la profe fue injusta, que él lo tenía bien, pero ella dijo que no. Carmen lo escuchaba, asentía cuando tocaba. Responder bien era casi un superpoder aprendido en años de costumbre.
Llegaron a tiempo. Entregó el niño al entrenador, se quedó en la puerta del polideportivo, mirando como corría hacia el grupo, riendo, empujando a los otros, un chaval normal, con su mochila, su uniforme. Luego salió.
En el banco de la entrada, sacó el móvil. Buscó en la agenda «Isa G.». Miró el nombre. Guardó el teléfono.
No ahora.
Aún no.
En los días primeros, pensó mucho en cuándo había empezado todo. Repasó mentalmente los meses pasados como quien examina viejas fotografías, buscando señales invisibles. Recordó aquel cumpleaños de Isa en mayo, los tres juntos, Ricardo riendo una broma de ella, Carmen agradecida de que se llevaran tan bien, no todos tenían esa suerte. Isa llegó otro sábado ayudando con las cortinas, y se quedó hablando con Ricardo mucho rato en la cocina mientras Carmen acostaba a Lucas. Cuando preguntó de qué charlaban: «De trabajo, es diseñadora, le consultaba sobre oficinas». Carmen asintió. Claro.
Por supuesto.
No lloraba. Eso le sorprendía a sí misma. Esperaba lágrimas que no venían, solo un nudo seco en la garganta, una losa fría bajo el pecho. Comía, dormía, respondía llamadas, cocinaba. Ricardo, igual que siempre. Atento a su modo. Preguntaba cómo fue el día. A veces besaba su mejilla al irse al despacho. Carmen ponía la cara.
El cuarto día llamó Isa.
El móvil vibró en el bolsillo. Ver ese nombre en la pantalla le quitó el aire. Soltó el suspiro, contestó con la voz más corriente del mundo.
¿Isa?
¡Carmen! ¿Dónde te has metido? Te escribí el lunes y nada.
Voz de siempre. Cálida. Un poco de culpa, como quien teme haber herido sin querer. Esa calidez resultaba ya insoportable.
Perdona, llevo una semana mala. Lucas ha estado algo resfriado.
Ay, ¿y eso? ¿Fiebre?
No, solo mocos. Ya está mejor.
Menos mal, me asustas. Oye, ¿el sábado tenéis plan? Me apetece quedar, que hace mil años que no nos vemos.
Carmen miraba la pared enfrente. Allí colgaba una foto: ella y Ricardo en La Manga, hace seis años, antes de que naciera Lucas, los dos riendo, el pelo revuelto de viento. Muy buena foto.
El sábado no creo, pero te aviso para final de semana, ¿vale?
Vale, cuando puedas. ¿Estás bien? Se te nota la voz rara…
Cansada solo. Todo bien.
Seguro, Carm? Llámame si quieres.
Lo haré, gracias, Isa. Un beso.
Colgó. Se levantó, fue a la pared, se paró ante la foto de la playa. La descolgó, la guardó en el cajón de la cómoda, lo cerró.
Esa noche lloró al fin. Bajito, en el baño, con el grifo abierto para que no se oyera. Lloró largamente, nada bonito, hasta que no quedó ni voz. No por haber perdido a Ricardo ni por descubrir que no era quien pensaba. Lloró por otra cosa: los años, la confianza, aquella parte suya tan ingenuamente creyente. Por la necedad de esa fe. Porque Lucas crecería en una familia donde el padre mentía, y él no lo sabría o lo sabría ya tarde.
Después se lavó la cara con agua helada. Se miró al espejo. Treinta y ocho años, ni joven ni vieja. Un rostro cualquiera, hinchado por el llanto. Pensó que mañana tocaría fingir alegría en la oficina.
Pensó también que no podía dejarles seguir. Que no debían pensar los dos que todo podía continuar igual, su vida oculta paralela y la suya propia, la de Lucas, usada como tapiz o coartada. No.
Volvió al dormitorio. Ricardo dormía. Carmen volvió a acostarse.
Había mucho que pensar.
Las siguientes dos semanas, Carmen vivió entre dos mundos. Por fuera, rutina: comidas, trabajo, entrenamientos, charlas con Ricardo, incluso reía sus bromas algunas seguían siendo ingeniosas, eso no se podía negar. Hasta olvidaba a ratos, y entonces se sentía especialmente mal, porque significaba que aún podía vivir junto a él, como si no pasara nada.
Por dentro, un trabajo lento y metódico. No contrató detectives. Observaba. Notaba cómo Ricardo cogía el móvil y se iba al baño, cómo sonreía al leer la pantalla y luego, al notar sus ojos, escondía el aparato. Una vez más aquel miércoles llegó tarde con la excusa de los clientes, y apenas probó la cena.
Un día, mientras él se duchaba, Carmen cogió el teléfono. Sabía el código: el año de Lucas. Abrió el chat. Buscó la conversación con Isabel.
Leyó rápido, no todo, solo para medir el alcance. Bastaron cinco minutos. Empezó en julio. Tres meses. Mientras pintaban la habitación, mientras Lucas estrenaba curso, mientras ella visitaba a su madre sola porque Ricardo dijo que trabajaba.
Dejó el móvil en su sitio y salió a la cocina. Encendió la vitro, cortó cebolla para el puchero. Picaba en dados perfectos.
Ricardo salió del baño húmedo, enrollado en la toalla, se asomó a la cocina.
¿Puchero? Menos mal, tengo hambre.
Estará en media hora contestó.
La voz, plana. Los dados de cebolla, iguales. Todo lineal.
Esa noche decidió celebrar una cena.
No enseguida. Necesitaba tiempo, prepararse. No como venganza, no. Solo quería verlos juntos, en su mesa, y decir lo que tuviera que decir, tranquilamente, sin gritos. Sabía de sobra que los gritos no servían; solo conseguían que luego ellos conversaran en silencio: «Está desquiciada».
Llamó a Isa un viernes.
Isa, te llamo por lo del sábado. ¿Ibas en serio?
Claro, ¿entonces sí podéis?
Vente a casa. Preparo algo decente, hace siglos que no os invito de verdad. Estará Ricardo, tomamos algo.
Un microsegundo de pausa.
Genial. ¿A qué hora?
A las siete. ¿Vienes?
Sí, ¿llevo algo?
Nada, de verdad.
Colgó. Fue al salón, Ricardo veía un reportaje.
He invitado a Isa a cenar el sábado. Así hacemos algo normal, que hace mucho que no.
Ricardo giró la cabeza. Por un instante pasó algo en sus ojos. Algo fugaz.
Me parece bien dijo.
Eso creo yo respondió Carmen, regresando a la cocina.
Sabía que al momento hablarían entre ellos, pactarían gestos, actuaciones. No le importaba. No habría escena pública. Lucas se iría con la abuela ese sábado. La cena sería tranquila.
Pasó la semana pensando el menú. Era importante. No por lucirse, sino porque cocinar le ayudaba a tener la mente ocupada. Decidió: pollo asado con romero y patatas; ensalada de rúcula y pera la favorita de Isa, tarta de manzana, que le salía como a nadie. Que todo estuviera perfecto. Que la mesa brillara hermosa.
El sábado llevó a Lucas a casa de su madre a las dos. Como siempre, ella tanteó ¿Estás bien, hija? Tienes mala cara. Carmen respondió que solo había dormido poco. Besó a Lucas, que enseguida se olvidó saltando a ver los dibujos, y regresó sola a casa.
Silencio. Ricardo había salido temprano, dijo que iba al mercado. Volvió a las tres, con bolsas. Trajo un vino bueno, de los caros, Carmen lo reconoció.
Para la cena comentó él. Espero que no te moleste.
Me parece perfecto dijo ella.
Estaba tenso. Ella lo captó. Movía rápido, revisó dos veces el móvil delante de la nevera. Al final se sentó con el ABC, fingiendo leerlo.
Carmen cocinaba. Lavó el pollo, frotó especias, cortó patatas. El aroma de romero y ajo inundó la casa. Abrió la ventana: entró aire fresco, olor a octubre.
A las seis puso la mesa. Tres platos, tres copas, nada de velas demasiado cruel, solo mantel limpio, flores en el centro, compradas la víspera.
A las siete en punto sonó el timbre.
Isa llegó con abrigo nuevo, azul marino, el pelo arreglado y un perfume conocido de lejos. Traía bombones, aunque Carmen lo desaconsejó.
Qué bonito siempre lo pones, y qué bien huele dijo quitándose el abrigo.
Pasa, me alegro respondió Carmen. Y era cierto, aunque fuera una verdad torcida, sangrante.
Ricardo apareció. Saludos de mejilla, normales, como siempre. Los dos sabían fingir, costaba admitirlo.
Se sentaron.
Media hora de charla trivial. Isa, nuevo proyecto: oficina, clientes con gustos excéntricos, quieren pomos dorados. Ricardo soltando anécdotas de sus clientes. Carmen bebía, escuchaba, intercalaba alguna frase y llenó las copas.
Fuera, noche cerrada. Encendió la luz de la mesa, ambiente cálido, pero esa tibieza dolía el doble.
Esperó a la segunda copa. Cuando el hilo de conversación se aflojó, Isa cogió ensalada con el tenedor. Carmen habló, sin preámbulos:
Quiero deciros algo. Escuchad, por favor.
La miraron. Isa con el tenedor en el aire, Ricardo con la copa a medias.
Sé lo vuestro. Desde julio. Leí los mensajes, Ricardo. Sé todo lo que tengo que saber.
Silencio. Solo el reloj de la cocina.
Habló Ricardo primero, la voz disminuida, como encogida:
Carmen…
Espera. No he venido a gritar. Solo quería decirlo ahora que estáis los dos presentes. Que lo sepáis. Lo sé. Es la diferencia.
Se volvió a Isa, que miraba la mesa. Carrillos rojos, dedos apretados.
Isa, has estado aquí doscientas veces. Lo sabías todo. Cuando estuve mal, aguantaste noches enteras. Cuando nació Lucas, esperaste en el hospital. No es para que te sientas culpable, sino para que recuerdes que yo recuerdo. No lo olvido.
Isa levantó la mirada, con algo brillante y frágil en los ojos.
Carm, yo…
No hace falta susurró Carmen. No ahora.
Se dirigió a Ricardo.
Doce años juntos. No repasaré fallos ni tus permisos para esto. Es un tema largo, y no para hoy. Hoy solo quería sentarme aquí, juntos, y decirlo alto. Porque creíais que no lo sabía. Pero lo sé. Esa es la diferencia.
Ricardo dejó la copa, cuidadosamente, como temiendo romperla.
Carmen, es más complicado de lo que piensas. Deberíamos hablar a solas, sin…
Ya sé que hay que hablar. Lo haremos. Pero hoy no.
Se levantó. Acabó su copa de vino.
Hoy quiero que terminéis el pollo. Salió bien. Luego podéis iros los dos. Lucas dormirá hoy en casa de mamá. Yo tengo algo que hacer.
Nadie se movió.
Ricardo la miró con una expresión rara, que tardó en descifrar: no culpa, más bien desconcierto, como esperando un grito y sin saber qué hacer con ese silencio.
Isa musitó, a punto de romperse la voz:
Lo siento, Carmen.
Carmen la miraba. Ese rostro conocido de quince años. El rímel corrido. El perfume que ella misma le recomendó un día.
No sé, Isa dijo al fin. Quizá algún día. Pero hoy no.
Salió de la estancia. Se encerró en el dormitorio. Se sentó en la cama. Oyó en la cocina susurros, el arrastre de una silla. La puerta sonó una vez. Luego, al rato, otra.
Silencio.
Escuchó el silencio. La casa olía a pollo con romero y al perfume leve de Isa, que se iba difuminando. Sobre la mesa, tres platos. Uno casi intacto.
No supo cuánto tiempo pasó. Volvió, recogió, envolvió las sobras en papel de aluminio y las guardó, lavó platos, limpió la mesa, eliminó las migas.
Se sentó en mitad de la cocina limpia.
Ya está. Lo grande reducido a algo pequeño. Doce años, la mejor amiga, todo lo que hubo. Una mesa recogida y olor a jabón.
Llamó a su madre.
Mamá, ¿Lucas puede quedarse hasta el domingo?
Por supuesto, ya duerme. ¿Carmen, ha pasado algo?
Sí. Ya te contaré. Pero no ahora.
Vente tú también, estoy despierta.
No, mamá. Prefiero quedarme. Lo necesito.
Su madre no insistió, supo cuándo parar.
¿Has cenado siquiera?
Sí. Cociné algo bueno hoy. El pollo salió rico.
Mejor así dijo su madre. Ese mejor así dolió más que todo lo anterior.
Carmen colgó y rompió a llorar. Ahora sin baño, sin grifo, sentada en la cocina, sin contener el ruido. Lloró y lloró. Después, se sonó, se lavó la cara en el fregadero.
Madrid fuera, luces, noviembre, un sábado como tantos. En algún rincón estarían Ricardo y Isa, probablemente juntos en algún coche, quizá hablando. Ya no le importaba mucho saber qué se decían.
No pensaba en el futuro. No esa noche. Bastaba con no haberse roto y haber dicho lo que quería decir.
Ricardo volvió a la una.
Carmen no dormía. En la oscuridad, le oyó entrar, descalzarse, pasar a la cocina y servirse agua. Se detuvo ante la puerta.
Abrió despacio la hoja.
No duermes dijo, sin preguntar.
No.
Entró y se sentó en la esquina de su lado de la cama. Silencio largo.
Carmen, no sé por dónde empezar.
Entonces no empieces ahora. Acuéstate. Hablamos luego.
¿No quieres…?
Ricardo. Es de noche. Estoy cansada. Mañana.
Se tumbó. Ella, ojos cerrados, sin tocarle. Él tampoco a ella. Dos desconocidos arrojados juntos en una cama por la suerte o por años, cada cual en su mundo.
Por la mañana, Carmen se levantó antes. Mientras él dormía, preparó una pequeña bolsa. No era irse de verdad, aún no. Solo algunas cosas imprescindibles. DNI, pasaporte, tarjeta, algo de ropa, la foto de Lucas de la mesilla.
Dejó la bolsa junto a la entrada.
Luego hizo café. Esperó a que Ricardo saliera de la habitación.
Él vio la bolsa. Se paró en seco.
¿Te vas?
Me quedo unos días con mamá. Con Lucas. Hay que hablar, Ricardo, pero primero necesito estar sola. Unos días.
Él miró la bolsa, luego a ella.
Quiero explicarme.
Te escucho.
Guardó silencio. Carmen tomó café, mirándolo sobre la taza.
No sé cómo ha pasado. No lo planeé…
Nadie lo planea, Ricardo. No funciona así.
¿Quieres divorciarte?
La palabra cayó entre los dos. Carmen sostuvo la mirada.
No lo sé. Necesito descubrir lo que quiero. Pero esto, seguir aquí como si nada… no puedo. ¿Me entiendes?
Él asintió. Lento, resignado.
Lucas…
Lucas está bien. Estará bien. Esto es entre nosotros, no le afecta. Me encargaré.
Bebió el café, dejó la taza en el fregadero, cogió la bolsa.
Te llamo.
Y salió.
En el portal hacía fresco y olía a madera vieja, a tostadas lejanas. Bajó la escalera contando peldaños, aunque los sabía de memoria doce tramos, sexto piso, hoy los contaba como si fuera la primera vez.
Salió a la calle.
Aire frío, húmedo, hojas mojadas pegadas al suelo, el barrendero, en chaleco butano, las empujaba en montones. El cielo, gris, sin rastro de sol, noviembre puro en Madrid. Y sin embargo, Carmen respiró hondo y sintió, por primera vez, algo parecido al alivio, solo por estar ahí, de pie, sin esconderse.
Pensó en Lucas, despertando pronto en casa de la abuela, pidiendo tortitas y quedando contento, sin saber nada de nada. Ojalá así fuera aún un tiempo, solo dibujos animados, entrenamientos, protestas a la profe. Lo otro, ya lo pensaría ella.
No sabía bien qué haría después: divorcio, reconciliación, o qué. Ni si podría perdonar a Isa. Eso era lo más difícil, incluso más que Ricardo. Con el marido, a veces pasaba: decepción, abandono, dolor, pero comprensible. Con la amiga, ese otra cosa. Había tiempo que dolería.
De momento, estaba en la acera, bolsa en mano, una mañana gris, y en dos calles estaría Lucas comiendo tortitas. Dio un paso adelante. Solo caminó.
Su madre la recibió sin preguntas. Abrió la puerta, miró la bolsa, la cara, lo entendió todo y solo dijo:
Anda, lávate, que pongo el té.
Lucas salió corriendo, en calcetines, revuelto de pelo.
¡Mamá! ¿Qué haces aquí? Dijiste que no venías hoy.
Te echaba de menos respondió ella, abrazándole fuerte, rostro escondido en su coronilla, olía a champú de niño y sueño.
Cosquillas, mamá gritó él, escapando de vuelta al salón a ver dibujos.
Carmen lo siguió con la mirada.
Pasó a la cocina, donde su madre hacía ruido de vajilla. Cocina pequeña, cortinas viejas, la nevera llena de imanes uno hecho por Lucas en infantil, torcido y precioso. Todo tan familiar que casi volvió a llorar.
Se contuvo.
La madre le puso una taza.
¿Me lo contarás?
Claro… pero más tarde. Dame tiempo.
¿Es Ricardo?
Sí.
Ella asintió, ni una palabra más. Cogió su taza. Bebieron juntas en silencio. Al fondo, dibujos, risas infantiles.
¿Me puedo quedar unos días?
Todo el tiempo que quieras. Tu habitación es tuya.
Eso bastaba.
Luego empezó una vida que Carmen no sabía nombrar. Ni nueva ni temporal, simplemente otra vida, día por día.
Hablaron, Carmen y Ricardo. Varias veces, charlas largas, sin gritos. Mantener la calma era difícil, pero no se rompió. Ricardo reconocía, confesaba, decía no entender cómo llegó ahí, que pensaba en Lucas, que no sabía qué era lo correcto.
Carmen escuchaba. Sin perdonar ni maldecir.
El divorcio fue largo y feo, como suelen. Papeles, abogado, piso, la custodia de Lucas. Pero avanzó.
Isa no llamó en semanas. Un día escribió: «Aquí estoy si necesitas». Carmen leyó. No contestó, no por castigarla, sino porque aún no sabía qué decir.
Un día, casi diciembre, fue a buscar a Lucas tras el entrenamiento. Primera nevada en Madrid ligera, dudosa, nieve que ni cuajaba. Lucas salió, la cara al cielo, atrapando copos con la lengua.
¡Nieve, mamá!
Miró arriba. Los copos bajaban oscuros hacia las farolas. Parecía que venían desde abajo, raro, como esas veces en los sueños en que el cielo se gira. Uno rozó su mejilla y se fundió.
Lo veo.
¿Hacemos muñeco de nieve?
Cuando caiga buena manta.
Jo, mamá…
Que sí, que sí, anda, que te me helas.
Él le cogió la mano, con la manopla azul de Spiderman. Así caminaron bajo la nieve anaranjada de las farolas, Lucas contando historias de muñecos gigantes del cole.
Carmen le apretó la mano, sin decir nada.
Dolía. Claro, no iba a pasar de golpe: doce años no se esfuman en un noviembre. Pero junto al dolor, algo parecido al aire. Caminar ella sola, tomar sus pasos.
Sabía que había hecho lo correcto, aunque eso y que doliera menos fueran cosas distintas. Lo entendía ahora, a sus treinta y ocho, bajo la primera nevada.
La semana siguiente encontró un anuncio de piso en Chamberí. Pequeño, cuarto con vistas al patio. Los caseros, una pareja mayor, discretos. Recorrió el piso vacío, escuchó la paz. La cocina pequeña pero luminosa. Desde la ventana del cuarto infantil se veían árboles.
¿Lo quiere?
Lo quiero.
En un día se mudó. Los vecinos ayudaron con los muebles pesados. Ricardo llevó las cosas de Lucas, las dejó en silencio.
Buen piso dijo él.
Sí.
Se marchaba, se detuvo antes de salir.
Carmen. Lo siento.
Carmen lo miró. Un hombre desconocido, cansado, mayor, bastante normal.
Lo sé. Márchate, Ricardo.
Él se fue.
Ella cerró. Se apoyó en la puerta. Luego, a deshacer cosas.
Lucas llegó a la tarde, corriendo a descubrir su cuarto, la vista a los árboles, queriendo subirse al alféizar para ver bajar gatos. Carmen rió.
Rió sin querer, como si algo se aflojara dentro. Lucas la miró extraño.
¿Mamá, qué te pasa?
Nada. Vamos a cenar, he comprado croquetas.
¡Croquetas! salió disparado a la cocina.
Encendió la luz de la encimera, puso agua a hervir. La cocina olía a casa ajena, a paredes viejas, pero eso se irá, siempre se va cuando uno empieza a cocinar de verdad.
Cuando hirvió, echó las croquetas caseras.
Lucas dibujaba deberes olvidados, porque mañana tenía que entregar un dibujo.
Mamá, ¿lo del muñeco de nieve lo prometes?
Cuando caiga bien la nieve. Vamos juntos y lo hacemos.
¿Me lo prometes de verdad?
De verdad.
Él quedó conforme y volvió a su dibujo.
Afuera, nieve de verdad, no la titubeante de noviembre; era nieve de diciembre, más seria, que cubría los árboles, el alféizar, los portales. La ciudad callaba bajo ese manto, más blanca, hasta más amable.
Carmen removía las croquetas en la olla, pensando en nada, escuchando a Lucas murmurar con sus lápices, mirando la nieve caer fuera.
No sabía qué vendría después.
Solo que mañana madrugaría, prepararía a Lucas para el cole, pasaría por el mercado a comprar pan, llamaría a su madre porque llevaba días sin hacerlo. Por la tarde quizá seguiría abriendo cajas… o no, no importaba, nadie corría.
Dolor habría, claro, de noche, a veces de día, sin aviso. Algún recuerdo, un olor de colonia, una voz conocida en la radio, o un momento bueno de cuando aún estaban todos enteros. Eso no se borraría rápido. No quería que se borrara rápido.
Pero las croquetas estaban listas. Lucas, cuaderno ya a un lado, la miraba impaciente.
Ya va, Lucas, ya va dijo Carmen.






