Noche, mujer, gato y frigorífico

Noche, mujer, gato y frigorífico

¡No me mires así!

Catalina fulminó al gato con la mirada todo lo severa que pudo, alzando la ceja como solía hacer de niña, aunque su madre se lo prohibía: demasiado intimidante aquella ceja espesa y unida de las que, a su madre, tanto le disgustaban. Las cejas de Catalina eran las de su padre, anchas y negras; ella hubiera preferido las de su madre: finísimas, depiladas en línea, siempre delicadas. Claro que Catalina, con los años, había aprendido a domar sus cejas, ordenando a su antojo aquel rasgo familiar en su rostro ya adulto.

Y el gato, cómo no, lo sabía. Inmutable, seguía sentado en el alféizar, observando a su dueña con ojos verdes, misteriosos, casi inquietantes cada vez que la luz cálida del pasillo se colaba por la puerta entornada. La puerta, que Catalina había dejado así a propósito, como si esa rendija le permitiese mantenerse pegada a la realidad y no perderse del todo en la cocina a oscuras. A veces el aire hacía que la puerta se moviera ligeramente, pero nunca llegaba a cerrarse, negando a Catalina esa satisfacción absoluta. Le hubiera gustado, vaya si le hubiera gustado oír el portazo y así tener la excusa definitiva para abrir la puerta más deseada: la del frigorífico.

Catalina llevaba ya más de una hora sentada en el suelo, pegada a la pared, frente al gran frigorífico blanco. Le estudiaba hipnotizada. Sabía exactamente el lugar de cada loncha de jamón, de cada bote de aceitunas o queso manchego, porque era ella quien llenaba la despensa. Motivo de bromas en casa.

Catalina, ¿para qué compras alcaparras? ¿Quién se las va a comer en esta casa? protestaba su marido, agitando el frasco. ¿Por qué lo compras?

Porque están riquísimas, ya está esbozaba una sonrisa resignada.

Vale, pues inventa alguna receta para usarlas y no acabar hartos de ellas.

Y Catalina siempre inventaba algo. Nunca cocinaba siguiendo ninguna receta: cada plato era una pequeña obra suya, fruto del impulso y de la intuición, algo extraño pero delicioso, que al principio ponía a la familia en guardia y luego dejaban el plato limpio pidiendo más.

Toda la familia. Excepto Catalina.

Nunca era capaz de probar su propia comida. El proceso la fascinaba, la consumía durante horas y le daba instantes únicos de felicidad, pero justo en el momento en que el plato coronaba la mesa, ocurría algo extraordinario: una especie de sombra ajena se posaba sobre ella, la abuela de ninguna rama, una presencia extraña que murmuraba y resoplaba, que sonreía con malicia y después la dejaba hambrienta, incapaz siquiera de mirar ese plato que minutos antes le había ilusionado.

Catalina sufría por eso y lo compensaba probando alguna cosa rica, algo que no hubiera cocinado ella. Para ella la clave era no pasar por la cocina: el chorizo cortado, el queso curado, magdalenas, chocolate y, a veces, las galletitas de su hijo pequeño, que robaba en silencio. Le consolaba pensar que lo que es bueno para los niños debía ser sano también para ella, y así la culpa era menor: se decía que cuidaba de su salud.

Y le hacía falta salud.

No, Catalina no era gruesa. Todo se consumía al ritmo incesante de su vida: madre de tres hijos, esposa, dueña de casa y gato. Todo dependía de ella, y además, el trabajo, que a veces incluso disfrutaba, cuando podía dedicarse a fondo.

De hecho, Catalina nunca se quejaba de su salud. Desde niña tenía grabada la frase que le repetía su madre:

¡Se te pasará solo!

Sí, así lo decía Ana, su madre. Cuando Catalina llegaba quejándose de algún dolor, Ana le tomaba el termómetro, la escuchaba y siempre acababa con la misma receta:

¿Ves? Ni tienes fiebre. Bueno tómate una infusión con miel y acuéstate. ¡Ya verás cómo se te pasa!

Esa frase mágica la acompañaba desde la infancia y, aunque con los años Catalina se formó como médico y sabía perfectamente que los consejos de su madre servían poco, tras el nacimiento de su primer hijo ni se planteó preocuparse por los achaques de su cuerpo. Se pasará solo. ¡No tengo tiempo!.

Con su segundo hijo todo fue mucho más duro. Catalina apenas podía abrir los ojos ante el llanto exigente del pequeño, pero no se atrevía a pedir ayuda. ¿Qué madre sería si no podía cuidar de su hijo?

Samuel, su marido, lo comprendió enseguida.

Cata, déjame a mí le decía, tomando al bebé y apartando al mayor de la habitación. Nosotros nos apañamos bien; tú descansa, que falta te hace.

Catalina se dormía entonces profundamente, horas enteras, pero nunca recuperaba las fuerzas. La asaltaba una culpa feroz por no servirles ni a sus hijos ni a Samuel.

¿Qué clase de mujer era ella, si no valía para nada?

Si alguna vez Catalina hubiera pensado en el origen de ese miedo, habría entendido muchas cosas. Pero no podía ser feliz quien crece con el lema de tú eres un poco diferente

Y fue la herencia de su madre y, sobre todo, de su abuela, Doña Pilar.

¡Siéntate derecha, por favor! ¡Pareces una nota musical doblada! Ana, ¿es que no ves que así la niña tendrá problemas de columna? chasqueaba Pilar, siempre elegante y firme.

¡Mamá, claro que me doy cuenta! Pero Catalina no hace caso. Come todo y no tengo manera de pararla. ¿Te crees que no he probado a castigarla? Nada, no funciona.

La pequeña Catalina, casi tan ligera como el gato de la casa, se sentaba tiesa y callaba, a veces con lágrimas resbalando al plato, temiendo que la reprendieran de nuevo.

Quizá no entendía entonces por qué esa obsesión con la delgadez; años después, en el instituto, algo rellenita, tímida hasta la exageración, descubrió viejas fotos de su madre. Se llevó un golpe tremendo: también su madre había sido una muchacha con cara redonda y mejillas sonrosadas, con la misma tendencia a los granitos. Entonces, ¿por qué tanto reproche, tanta exigencia, tanto tienes que cambiar?

Con el tiempo, la respuesta fue apareciendo en forma de frases sueltas:

¡No comprendes! Mírate al espejo, ¿quién te va a querer? Ni yo me ilusionaba con casarme hasta que me puse a dieta en serio con ayuda de mamá. Ni cocinaba para tu padre. ¡Toda la familia hacía régimen!

Mamá, ¿y el abuelo cuándo dejó a la abuela?

¿Pero qué preguntas son esas? Eso no tiene nada que ver Mis padres tenían diferencias, y se acabó, como yo con tu padre. Así es la vida.

De esas conversaciones Catalina aprendió que si no podía ser hermosa, lo mejor era hacer algo útil. Resultar imprescindible servía más que ser guapa.

Mamá, quiero ser médico.

¿Y de dónde te sale a ti eso? Con tus notas

Vamos, no me juzgues por cómo soy, si estudio bien.

Bueno, allá tú. Médico es buena profesión, no peor que otras.

Así que Catalina lo fue. Muy buena, además. Como no tenía casi vida social, estudió sin descanso.

Su madre, resignada, suspiraba al verla tan entregada. La abuela, ya frágil y enferma, necesitó atenciones y Ana volcó ahí toda su energía. Catalina tuvo una tregua.

Pero no para siempre.

Esta niña nunca se casará sola, Ana. Hay que buscarle solución. Nunca se fija en nadie, solo estudia.

Y gracias a la abuela, apareció en casa Doña Maruja, la casamentera del barrio. Nadie supo nunca de dónde la habían sacado. Era bajita, muy movida y de lengua afilada.

Vuestra hija es un encanto, lista y guapa, ¡ya lo veréis!

Catalina casi se echó a reír. ¿Guapa, ella? Había adelgazado, cierto, y mejorado la piel con cremas y paciencia, pero seguía siendo una más; nunca una belleza.

Sin embargo, el pretendiente llegó rápido.

La primera cita fue rara. Él era un chico apocado, bajo, incómodo en su propio cuerpo, que no sabía dónde poner las manos. Catalina, educada como era, se mostró amable. Sabía lo importantes que eran para su familia aquellos encuentros.

El café transcurrió en calma y se fijó otra cita. Catalina llegó tarde, tras múltiples imprevistos en la facultad. El chico ya se había ido, dejando tan solo una nota No me busques.

Catalina sonrió para sí, como quien se quita una losa de encima: ahora tenía una excusa ante su madre, me dejaron, y ni tan mal. Mejor eso que cargar con alguien extraño que le causaba indiferencia.

El camarero, testigo mudo de la escena, le preguntó:

¿Te apetece una copa esta noche?

Catalina, casi sin pensarlo, dijo:

¿Cómo te llamas?

Samuel.

¿Por qué lo preguntas? ¿Por compasión?

Para nada respondió serio y sincero Samuel.

Catalina le propuso un plan: le citó en la entrada del parque junto a la Facultad de Medicina, y Samuel aceptó.

Aquella noche fue inolvidable. Tantearon las afinidades y todo encajó: detestaban el requesón, amaban el jazz y soñaban con adoptar un gato, jamás un perro, imposible encontrar tiempo para paseos largos. Ambos querían una vida útil para los demás, y no solo para el bolsillo. Fue como encajar dos mitades de una figura rota y perdida.

Salieron juntos más de un año.

La madre de Catalina perdió el juicio:

Samuel no es para ti.

¿Por qué, mamá?

¿De camarero? protestaba Ana.

Sabes que estudia por las mañanas y trabaja por las tardes, y ¿qué tiene de malo ser camarero?

Pero Ana insistía:

Tiene una madre enferma y una hermana pequeña, ¿quieres cargar con eso?

Creo que eso habla bien de él, que se responsabilice de su familia respondía Catalina. Además, me ha pedido matrimonio.

La boda tuvo que esperar.

No sé qué haré cuando mi madre falte decía Samuel, llorando sobre la almohada.

La cuidas a ella y a tu hermana, y yo contigo.

¿Y si no soy capaz?

Salimos adelante, juntos.

Catalina se volcó con la madre de Samuel, pero el final era irremediable. Cuando solo quedaba esperar, Catalina y Samuel fueron al juzgado y se casaron, llevando a Inés, la hermanita, de testigo.

¿Ahora somos familia? preguntó la niña, seria y perspicaz.

Sí, cariño. Ahora tú eres parte de la nuestra.

La suegra de Catalina, en su agonía, agradeció el gesto:

Gracias por Inés, por Samuel Siento que te dejo con tanta carga.

No hablemos de eso. ¿Recuperarte o lamentarte?

Lo intentaremos sonrió la suegra.

Un mes tras la boda, la madre de Samuel falleció. Catalina gestionó el duelo y calmó a la pequeña Inés:

¿Ya no le duele a mamá? lloraba la niña.

No, cielo, ahora descansa. Ya no habrá más dolor.

El golpe fue fuerte para todos, Catalina incluida. Enseguida se arrepintió del poco tiempo que había tenido para conocer a aquella mujer buena.

Cuando la madre de Catalina supo de la boda secreta, se sintió mortalmente ofendida.

¡Para esto te crie, para casarte en secreto, sin avisar a tu madre y sin fiesta!

Mamá, sabes que no era momento.

Pero Ana, herida, recortó las visitas a lo estrictamente necesario: tareas, médicos, papeleo. Apenas diálogo, pura formalidad. Por mucho que Catalina intentara acercarse, la frialdad no cedía.

Al cabo de años, Catalina estalló:

¿Tienes más hijos, mamá?

Claro que no.

Entonces explícame por qué vas a perderme también a mí. Nunca te lo pregunté, pero, ¿por qué parece que no me quieres?

La reacción de Ana desconcertó a Catalina: rompió a llorar, como una niña.

Te quiero, claro que te quiero balbuceó entre sollozos. Solo que nunca supe cómo demostrarlo. Mi madre decía que con los hijos hay que ser dura, que no se les consienta mucho, para que no se lleven golpes luego. Así fui educada, sin mimos… Y así te hice a ti Y a veces sueño que te llamo y no puedes oírme, y me da miedo mucho miedo

Catalina la abrazó y la animó como pudo; esas palabras la inquietaron. Temía repetir el error: sentía que, aún rodeada por el afecto de Inés y sus hijos, a veces les daba poco amor.

Samuel lo advertía y trataba de ayudarla, pero ella sentía que esa lucha debía librarla sola.

Por eso, muchas noches, le encontraba sentada en la cocina, sólo acompañada por el gato y el gran frigorífico, donde se refugiaba para pensar.

Desmenuzaba su vida, analizando a su madre, a la abuela y a sí misma… ¿Cómo habría cambiado todo si hubiera hablado antes? Tal vez, perder el halo de niña buenísima le habría dado más seguridad, más voz.

Ese pensamiento era a la vez un alivio y una pena.

Una noche más, la puerta se abrió y Samuel entró en silencio, cogió queso, pan y tomate, y, sentándose junto a ella, le preparó un bocadillo.

Toma, muerde.

Samuel, así voy a acabar sin entrar en ninguna falda.

Come. ¡Dale, mujer! dijo, compartiendo el queso también con el gato, que aceptó encantado y se acurrucó en las piernas de Catalina.

Sigo queriéndote, aunque pesaras una tonelada. Lo sabes, ¿verdad? le susurró Samuel.

Catalina acabó el bocadillo, se acurrucó en el cuello de su marido y acarició al gato.

Todo va bien… con el 46 de talla me conformo, Samuel.

Nunca vi mujer más guapa.

Dímelo más a menudo.

¿Y dejarás de venirte por las noches al frigorífico?

¡Samuel!

Anda, vamos a dormir, mujer.

Catalina tomó su mano y se dejó llevar al dormitorio, prometiéndose contarle algún día todo lo que la atormentaba.

Samuel

¿Dime?

¿Sabes que vamos a tener otro bebé?

¿Y cómo me he enterado? ¿Crees que no te conozco? Todas estas noches por aquí, ya me lo conocía. ¿Cuánto llevas?

Tres semanas.

¡Genial! Samuel la abrazó y ella le tapó la boca con la mano. Baja la voz, despiertas a los niños.

El gato los siguió hasta la puerta y se quedó allí, antes de volver a su puesto en la ventana, enrollándose en silencio.

Poco tiempo después, la calma reinó en la cocina de noche. Catalina tendría nuevas tareas, y el gato la seguiría al dormitorio infantil, prefiriendo el calor de la cuna reciente, con olor a leche y bebé, antes que el frío del alféizar.

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Elena Gante
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Noche, mujer, gato y frigorífico
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