No te atrevas a cantar
No sonríes como deberías.
Alicia no comprendió al instante que se dirigían a ella. Tenía la mirada fija en sus manos, reposando sobre las rodillas, encima del vestido azul marino que jamás habría escogido por sí misma. Demasiado ceñido en los hombros. Demasiado brillante. Demasiado ajeno.
Alicia. He dicho que no sonríes como tienes que hacerlo. Estás rígida. Y la gente lo nota.
Ignacio murmuraba sin girarse, atento al salón donde los invitados empezaban a acomodarse. Celebración del vigésimo aniversario de su empresa. Fiesta grande. Noche importante. Su papel estaba pactado, anotado como una cláusula más: sentarse a su lado, estar presentable, no hablar más de la cuenta, no beber más de una copa, no entablar conversación con nadie relevante sin su permiso.
Perdón susurró ella.
No pidas perdón. Hazlo bien.
El restaurante era uno de esos lugares en los que parece que el dinero se posa sobre el ambiente. No lo gritan, se siente: en el peso de los manteles, el brillo dorado de las lámparas, en la forma en que los camareros se deslizan casi flotando. Alicia había ido antes y siempre tenía la misma sensación: era una intrusa. No como esposa de un empresario triunfador, sino como persona viva. Como mujer con nombre, recuerdos y ese algo propio que una vez la habitó.
Estaba en su año cincuenta y seis. Veintiocho de ellos casada con Ignacio Mirasol. Se conocieron cuando Alicia terminaba el conservatorio. Era una joven radiante, de voz poderosa, apasionada de Albéniz y Falla. Él era un empresario joven, tan convencido de que el mundo era suyo que parecía capaz de moldearlo a placer. La miraba como si ella fuese ese universo. Al final, solo pretendía modelarla.
Ignacio, ¿puedo ir un rato con Elena? Está sentada sola allí.
Elena puede esperar. No tienes que hacer nada en la mesa de los Torres.
Pero la conozco desde hace veinte años.
Alicia. Su tono carecía de ira; solo agotamiento, como el de quien explica repetidamente lo mismo a un niño. Esta noche es especial. Limítate a sonreír.
Alicia sonrió. Como indicaba el guion.
El salón se iba llenando: socios, clientes, cargos públicos, esposas de políticos. Todos elegantes, todos animados en la medida adecuada, conversando sobre lo que se debe conversar en una noche así. Alicia escuchaba retazos de conversaciones y se preguntaba cuándo fue la última vez que habló de algo verdaderamente suyo. De música. De la arquitectura de una fuga. De por qué el segundo concierto de Rachmaninov la desgarraba aún cuando lo oía solo de fondo en la radio.
En casa la radio apenas sonaba. Ignacio odiaba la clásica. Decía que le ponía nervioso.
En la mesa de al lado, una mujer de vestido rojo soltaba una carcajada profunda, libre. Alicia sintió una punzada de envidia, pero no por el vestido ni por la juventud o belleza de la otra. Envidiaba la forma en que reía, como si nadie debiera pedirle permiso.
La cena transcurría entre brindis, discursos de logros y futuro glorioso. Ignacio levantó su copa con una intervención breve y concisa. Todos aplaudieron. Él tenía el don de dominar a la audiencia. Alicia batió palmas también y pensó que, quizá, hubo un tiempo en que lo supo hacer ella. Dominar una sala. Pararse y cantar hasta robar el aliento.
La última vez que cantó ante público fue hace veinticuatro años, en un acto del conservatorio al que la llevó Ignacio y del que la sacó antes del final porque recibió una llamada urgente.
El maestro de ceremonias anunció después del postre un concurso de talentos. Entre copa y copa, cualquiera podía subir a la pequeña tarima y mostrar su gracia: un chiste, un truco, una canción. Ignacio arrugó el entrecejo.
Qué vulgaridad murmuró.
Alicia no respondió. Miraba el escenario. Había un micrófono, y junto a él un pianista joven, rostro amable, dedos largos, con la costumbre de menear la cabeza al ritmo incluso tocando pianísimo. Lo había notado ya al principio: había en su modo algo sincero.
Subieron dos: uno contó un chiste, otro tocó la armónica. El público aplaudió con cortesía, sin entusiasmo. Luego, silencio flotante. El maestro repitió la invitación.
Alicia notó un desplazamiento interno; no un golpe, sino más bien el abrir una puerta cerrada demasiado tiempo. Dejó la servilleta sobre la mesa. Se levantó.
¿A dónde vas? preguntó Ignacio.
Al baño.
No fue al baño. Se acercó al maestro de ceremonias y le susurró algo. Él alzó las cejas, luego asintió. Luego fue al pianista, habló con él unos segundos. Otro asentimiento, y un destello de interés en los ojos del muchacho.
Cuando anunciaron su nombre, Ignacio tardó en entender. Cuando por fin reaccionó, Alicia lo vio de reojo pero evitó su mirada. Solo miraba el micrófono.
Tres peldaños. Los subió y se detuvo ante una multitud de rostros desconocidos, trajes costosos, vestidos lujosos. Algunos charlaban, otras la miraban esperando: a ver qué nos toca ahora.
Alicia asintió al pianista.
Él ejecutó los primeros acordes y el murmullo del público fue disipándose, porque no era una canción conocida ni un estribillo fácil. Era Rachmaninov. Un vocalise, de los más difíciles y hermosos del repertorio, que Alicia cantó en su examen final en el conservatorio. Sin palabras. Solo voz y música.
Empezó a cantar y, por primera vez, dudó que aún existiera su voz. No se había marchitado en los años de silencio. Estaba ahí, distinta, más oscura, enriquecida, pero viva.
El silencio se apoderó del salón en la tercera frase. No lentamente; al unísono, las conversaciones cesaron, las copas se posaron y los ojos buscaron el escenario. Alicia apenas lo notaba. Cantaba y solo pensaba en respirar, en sostener la frase, en no recordar la cara de Ignacio ni preocuparse por nada después.
Después daba igual. Solo importaba salir de allí.
Al concluir, un instante eterno de vacío. Luego el público de pie. No todos de golpe, pero sí verdaderamente, aplaudiendo. La mujer del vestido rojo gritaba ¡brava!. El pianista la miraba extasiado, como si acabara de presenciar algo raro.
Alicia bajó de la tarima. Las piernas blandas, el pulso firme. Caminó de vuelta a su mesa y ya vislumbraba el rostro de Ignacio.
No aplaudía.
Siéntate ordenó.
Obedeció.
¿Te das cuenta de lo que has hecho?
He cantado.
No seas lista voz helada. Te has expuesto en mi propio evento. Sin permiso. ¿Sabes cómo queda esto?
¿Cómo queda?
Como que mi mujer busca llamar la atención. Que no le basta. Tomó la copa, la apoyó con lentitud. Nos marchamos. En diez minutos.
Ignacio, aún no…
En diez minutos, Alicia.
Se le acercaron tres personas: la mujer del vestido rojo, que se presentó como Carmen y le apretó la mano: Eres increíble, ¿de dónde has salido?. Un hombre mayor, barbilla de profesor, solo le murmuró: Maravilloso. ¿Con quién formaste?. Elena Torres, la amiga de siempre, corrió a abrazarla y olía a colonia y a hogar; Alicia estuvo a punto de romper a llorar allí mismo.
Alicia, ¿dónde has estado todo este tiempo? Dios, cantabas como…
Elena, nos vamos Ignacio apareció. La tomó del brazo, no bruscamente, más bien con falsa ternura, pero los dedos apretaban tanto que Alicia lo sintió bajo la tela. Disculpadnos, a Alicia le duele la cabeza desde esta mañana. Tenemos que irnos.
En el coche no dijo una palabra. Nada en todo el trayecto; peor que cualquier reproche. Alicia miraba las luces, los escaparates del Madrid nocturno. Pensó que, dentro, el sentimiento que ahora tenía no era ni alegría ni miedo: era otra cosa. Como si, de pronto, hubiera recordado su propio nombre.
En casa, él colgó la chaqueta, se volvió.
Mira, Alicia. Sé que te aburres. Sé que querrías otra vida, quizá. Pero entiéndelo: hay límites. Hoy me has puesto en un aprieto con gente de la que dependo.
He cantado. La gente aplaudió.
Te has hecho la artista, en mi evento. ¿Ves la diferencia?
No replicó Alicia, asombrada de oír cuán tranquila sonaba. Explícamelo.
La miró largamente. Contestó al fin:
Lo tienes todo: casa, dinero, posición. No sé qué te falta y francamente, ya dejo de intentar entenderlo.
Te lo diré yo. Me falta algo: me falto yo.
¿Y eso qué significa?
Tú lo sabes.
Se fue al dormitorio y cerró la puerta. Se tumbó sin desvestirse, mirando el techo blanco y plano como todo en la vida visible. Oía los pasos de Ignacio recorriendo la casa, los armarios abriéndose y cerrándose. Luego silencio.
No durmió. Pensaba. Recordó cómo, quince años atrás, aceptó dejar la escuela de música donde enseñaba canto. Ignacio dijo que no era digno de su esposa, que apenas pagaban nada, que no necesitaba trabajar. Aceptó, creyendo que lo suyo estaba en otro sitio. Pero lo otro nunca llegaba: siempre que lo intentaba, Ignacio encontraba un motivo para disuadirla.
Nunca le levantó la mano. Tampoco voceaba. Solo explicaba, con infinita calma, qué estaba bien y qué mal. Y Alicia, tras veintiocho años, dejó de oír su propia voz. Literalmente. Hasta en la cabeza.
Hasta la noche anterior.
A la mañana siguiente, mientras él se duchaba, sacó una antigua maleta del armario. Metió documentos. El pasaporte, el diploma del conservatorio hallado entre papeles viejos, algunas fotos. El móvil y unos pocos billetes ahorrados durante tres años, sin saber exactamente para qué. Ahora sí sabía.
Se vistió con sencillez: vaqueros, jersey, cazadora. Cuando Ignacio salió, ella ya aguardaba en la puerta con la maleta.
¿A dónde vas?
Me voy.
Pausa.
No digas tonterías.
No son tonterías. Me voy.
Alicia. Se secaba las manos, con cara de hombre saturado de las locuras ajenas. Esto son emociones. Duerme, tranquilízate. Hablamos esta noche.
Ya hemos hablado.
No tienes dinero. No tienes trabajo. ¿Dónde vas a ir?
Ya lo encontraré.
Eres ridícula. Tienes cincuenta y cinco años. ¿A dónde…?
Abrió la puerta y salió. Oyó la voz de Ignacio pero las palabras se diluían. El ascensor bajaba lento, y Alicia se miraba en las puertas metálicas: reflejo desarreglado, difuso. Sonrió casi, vagamente, a esa imagen.
Anduvo sin rumbo. Caminó por la ciudad aspirando el aire; otoño seco y frío, aroma a hojas y a café. Entró en una cafetería, pidió un vaso, se sentó al ventanal y llamó al único ser a quien podía llamar entonces.
Elena, necesito ayuda.
Dios, ¿qué pasa?
He dejado a Ignacio.
Silencio.
¿Dónde estás?
Elena vivía sola, en un piso sencillo de la periferia de Madrid. Los hijos lejos, el marido fallecido años atrás. Abrió la puerta y, sin una palabra, simplemente cedió el paso:
Pasa. Tengo el té listo.
Pasaron la tarde conversando sin interrupciones, sin suspiros ni reproches. Elena solo rellenaba las tazas. Al final dijo:
Has salido. Eso es lo que importa. Lo demás tiene solución.
Ignacio bloqueará mis cuentas. Seguro que ya lo ha hecho.
¿Lo ha hecho?
Sí. Me lo advirtió el año pasado, cuando discutimos: Si te vas, ya verás.
Pues ahora le toca a él ver murmuró Elena.
Ignacio no tardó. Primero llamó él, luego la secretaria, luego la madre de Alicia, que seguramente ya había escuchado su versión. La madre lloraba por teléfono, asegurando que Ignacio le contó que Alicia había sufrido un colapso después del evento y que necesitaba ayuda.
No tengo ningún colapso, mamá.
Hijita, él está muy preocupado. Dice que anoche actuaste raro, que necesitas ir al médico…
Mamá, solo canté. Subí al escenario y canté. No es un delirio.
Él dice que fue inapropiado, que lo dejaste mal…
Estoy bien, mamá. Estoy con Elena. Te llamo mañana.
Las cuentas, en efecto, estaban bloqueadas. Alicia lo vio al intentar sacar dinero. El efectivo se evaporaba rápido; Elena se negaba a cobrarle, pero eso no podía durar.
A los tres días, Ignacio envió unas bolsas con sus cosas a la casa de Elena, ni siquiera vino él mismo: dos hombres desconocidos dejaron paquetes con ropa aleatoria, vestidos de verano en octubre, tacones, figuritas absurdas. Nada útil. Ni un jersey, ni un libro querido. Un mensaje en sí mismo.
Al día siguiente, su madre contó que Ignacio fue a su casa, le habló de los nervios y desequilibrio de Alicia, de todo lo que le había dado y de lo malagradecida que era. Está muy preocupado, pero necesitas ayuda seria. Su madre, que siempre había sabido escuchar a los que hablaban con calma.
Mamá, ¿de verdad crees que debo volver solo para que deje en paz mis cuentas y deje de decir que estoy loca?
Su madre guardó silencio.
Es hombre, hija. Así son cuando se sienten heridos.
Alicia colgó y miró largo rato por la ventana. Luego sacó el diploma de la maleta y lo dejó sobre la mesa: portada azul, letras doradas: Alicia Torres Morales. Licenciada en Canto. No lo sostenía desde hacía más de quince años.
Al día siguiente llamó a su antiguo maestro en el conservatorio, don Eugenio Serrano, sin esperanza de que aún siguiera allí. Pero seguía. Seguía enseñando con más de setenta.
¿Maestro Serrano? Soy Alicia Torres. ¿Se acuerda de mí?
Pausa.
¿Torres? ¿La de cuarto curso?
Sí.
Claro que te recuerdo. ¿Dónde te metiste, hija?
Desaparecí. Así fue. Maestro, necesito ayuda.
Quedaron en el conservatorio, en un aula pequeña del segundo piso. Don Eugenio era el mismo: menudo, ágil, ojos penetrantes, las manos descansando en las rodillas. La miró y le dijo:
Has envejecido.
Usted también.
Es la vida sonrió. Canta.
¿Ahora?
¿Para qué esperar?
Cantó. Al principio insegura, la voz temblona, la respiración descoordinada. Don Eugenio no la interrumpió. Al terminar, guardó silencio unos segundos.
La voz sigue ahí dijo. Tienes que rehacer la técnica, recuperar el aliento. Pero la voz está. Lo demás es trabajo.
¿En cuánto?
Depende de ti. Si te lo tomas en serio, en dos o tres meses estarás lista para algo real.
¿Por qué lo dejé? preguntó ella en voz baja.
Te casaste.
¿Mi marido me lo prohibió?
No te lo prohibió. Simplemente… así pasó. Poco a poco.
El maestro bajó la cabeza.
Poco a poco repitió. Bueno, Torres. Vamos a trabajar.
Las clases eran diarias. Alicia iba a las nueve, salía a las dos, a veces más tarde. La voz volvía despacio, a veces fluía, a veces parecía volver al punto de partida. Don Eugenio era estricto, no tenía paciencia con la edad ni el pasado: La voz no tiene años. Tiene técnica, tiene voluntad. Lo demás son excusas.
Elena le consiguió un trabajo de profesora de canto en el centro cultural del barrio para jubiladas. Pagaban poco, pero era dinero suyo. Alicia enseñaba tres tardes por semana. Eran señoras de más de sesenta que querían disfrutar cantando; verlas era un alivio y una cura.
Mientras, Ignacio tejía rumores: decía a conocidos que Alicia lo dejó por un profesor, que tenía problemas mentales, que él la soportó años y que al final renunció. Las versiones variaban según el oyente, pero la esencia era la misma: ella, la loca; él, la víctima. Algunos conocidos lo creían, otros se conformaban con callar. La madre llamaba muy de vez en cuando, escudriñando palabras.
¿Piensas en el futuro? ¿En dónde vas a vivir?
Lo pienso, mamá.
Dice que quiere hablar en calma si vuelves.
No volveré.
Quizá podéis llegar a un acuerdo… divorcio, reparto…
Mamá, me deja sin acceso a mi dinero y cuenta historias de que estoy desequilibrada. A personas así no se les convence de nada. Solo se las deja atrás.
Su madre suspiraba y cambiaba de tema. Alicia no se enfadaba. Su madre creció en otra época, otra idea de matrimonio y paciencia. Enfurecerse sería como odiar a alguien por no hablar un idioma desconocido.
Un mes después, don Eugenio le propuso algo importante. Al terminar una clase, sin mirarla:
En dos meses habrá un gran concierto benéfico en Madrid. Buscan solistas. Puedo recomendarte.
Alicia se paralizó.
Maestro, llevo veinticuatro años sin subir a un escenario.
Ya lo sé.
¿Será público serio?
Se retransmite en la tele regional. Fondos para un hospital infantil. Sí, público serio.
Alicia dudó.
Lo pensaré.
No tardes. No esperan a nadie.
Aceptó dos días después. Don Eugenio no se sorprendió.
Las seis semanas siguientes fueron las más intensas desde sus tiempos de estudiante. El repertorio: arias de ópera, romances y, al final, nuevamente Rachmaninov, en una obra más larga y complicada. Alicia acababa las clases tan agotada que a veces dormía en el sofá de Elena sin cenar. Pero el cansancio era distinto: no de asfixia y grisura, sino de vida.
Elena se desvivía por cuidarla, le llenaba el plato, le regañaba por comer poco y trabajar mucho. Alicia bromeaba: así debía ser. Se hicieron más amigas en meses que en años: no hay nada más directo que convivir sin máscaras.
Tres semanas antes del concierto comenzó el acoso. Primero el responsable del concierto, joven ansioso, llamó: Tenemos dudas sobre su participación. Titubeante, evasivo. Alicia preguntó de lleno:
¿Ha llamado Ignacio Mirasol?
Pausa larga.
No puedo entrar en eso.
No necesitaba más.
Avisó a don Eugenio. El asunto se solucionó; no preguntó cómo, pero al final Alicia siguió en el cartel. Sin embargo, las maniobras continuaron: a una semana, Elena avisó preocupada:
Alicia, han venido dos a preguntar si vives aquí. Decían que venían de parte de Ignacio.
¿Qué les dijiste?
Que no conozco a ninguna Alicia. Pero rondan por el barrio. Prudencia.
Alicia sintió un frío en el vientre. No miedo exactamente: un saber que Ignacio jamás soltará nada sin lucha. Para él, la pérdida no es dolor propio: es una anomalía, algo que hay que reparar.
Se lo contó a don Eugenio. Él se quitó las gafas, las limpió, las puso de nuevo.
Intentará boicotear el concierto.
Seguramente.
¿Tienes miedo?
Alicia fue honesta.
No. Ya no. Estoy cansada de tener miedo.
Bien musitó. Al concierto vendrá Víctor Hernández.
¿Quién es?
Productor. Bastante influyente, maneja teatros grandes. Vino a raíz de aquel número tuyo en el restaurante: alguien de su equipo lo presenció. Quiere escucharte. Hazlo bien, Torres.
Alicia lo miró, llena de gratitud y sobresalto.
¿Todo esto…?
Enseño desde hace cuarenta años repuso don Eugenio. Tuve tres alumnas con una voz real. Una se fue a Alemania y triunfa allí. Otra murió joven. La tercera se casó y desapareció. Siempre pensé en la tercera. Me alegro de que haya regresado.
El día del concierto fue gris, encapotado. Alicia llegó a la sala de la Fundación Juan March dos horas antes, paseó sola sobre el escenario, escuchó el eco en la sala vacía. Casi ochocientos asientos aguardando. Siempre amó ese instante: el teatro aún vacío, la escena expectante.
Una hora antes, se le acercó el organizador:
Alicia Torres, afuera están dos hombres. Dicen venir en nombre de su marido. Exigen hablar con usted.
No es mi marido. Es mi pasado.
Dicen que traen un parte médico: que debe ingresar por motivos psiquiátricos.
Alicia respiró hondo.
Pueden decir lo que quieran. Yo voy a cantar. Si quieren verme, que pasen al público.
El hombre dudó. Alicia insistió:
Este es mi concierto. Nadie puede impedirme cantar. ¿Está claro?
Sí, pero…
Llame a don Eugenio.
Don Eugenio lo solventó. Los hombres no entraron. Justo antes de empezar, Alicia reconoció en el hall a un hombre alto, abrigo caro; don Eugenio hablaba con él. Era Víctor Hernández.
Alicia salió tercera en el programa. La sala llena. Cámaras de televisión en la esquina. Vestía un sencillo vestido azul oscuro, elegido por fin por ella. Se plantó frente al micrófono; sostuvo la mirada.
Y empezó a cantar.
La primera pieza fluyó ligera y jubilosa. En la segunda se esforzó por no perder el aliento. En la tercera ya solo existía la música, nada más: ni público, ni cámaras, ni amenazas. Solo la certeza de estar en su sitio.
Al empezar el Rachmaninov, reinó en la sala ese silencio especial del asombro. Alicia cantaba y sentía algo parecido a cómo debe sentirse quien, tras una larga enfermedad, sale a la calle y ve que el cielo sigue azul. Que nunca se había ido. Que solo esperaba.
En la frase final vio por el ojo derecho cómo Ignacio cruzaba el pasillo, espalda tensa, rostro rojo, forcejeando con un acomodador. Pero Alicia concluyó la última nota.
El público, de pie.
Ignacio se quedó plantado a mitad de sala. Víctor, el productor, se acercó a él, gesticulando despacio, hablando con serenidad. Alicia vio cómo Ignacio replicaba, la cara desfigurada en un instante de derrota. Era como si, súbitamente, entendiera que allí ya no era nadie.
Ignacio giró sobre sus talones y se marchó.
Entre bastidores, Víctor Hernández le estrechó la mano.
He oído hablar de ti. Ahora te he oído. Tenemos que hablar.
¿Hablar de qué?
Contrato. Giras. Empezamos aquí, luego fuera. Hay teatros en Europa buscando voces así le sonrió. Y nadie volverá a impedirte nada. Te lo prometo.
Don Eugenio la contemplaba desde cerca; solo asintió, una vez, como si ya estuviera todo dicho.
Con su madre conversó de verdad después. Alicia acudió a verla; se sentaron en la cocina y la madre mantuvo el silencio mucho tiempo. Luego admitió:
Te vi en la tele, en el concierto.
¿Sí?
Elena me avisó. Sintonizé. La madre jugaba con el mantel. No sabía que cantabas así.
Me escuchaste en el conservatorio.
Era diferente. Allí era tu madre, nerviosa. Aquí, te vi en la pantalla, eras tú. Levantó la mirada. Perdóname, hija.
¿Por qué?
Por creer más en él que en ti. Él sabía hablar. Y tú callabas. Creí que si callabas, era que todo iba bien. No lo entendí.
Alicia la tomó de la mano.
Mamá, entendiste lo importante. Solo tardaste. Está bien.
¿No me guardas rencor?
No, mamá.
La madre lloró en silencio. Alicia la sostuvo y pensó que perdonar es, más que fingir que nada pasó, saber llevar solo lo que te va a servir. Dejar el resto atrás.
Pasó un año.
Alicia aguardaba en el backstage de un pequeño teatro en Salamanca, escuchando ese rumor común de todos los auditorios: roces de telas, murmullos, ritmos cautos. Fuera caía una nevada indecisa.
Su vida era esta: un piso alquilado en un barrio de Madrid, contratos con Víctor que la llevaban de sala en sala, un par de maletas, llamadas semanales con don Eugenio, alguna visita de su madre sorprendida de su persistente energía.
De Ignacio solo llegaban noticias ocasionales y vagas: problemas en la empresa, un matrimonio exprés con una joven casi desconocida. Alicia lo supo y solo sintió comprensión cansada. Algunos nunca cambian. Solo buscan a la próxima persona manejable. Pobre mujer. Pero eso ya no era asunto suyo.
Su historia era otra: madrugar en ciudades nuevas, disputar con directores de orquesta, desorientaciones lingüísticas, soledad en hoteles; pero también ventanas abiertas a mañanas desconocidas, aplausos que eran para ella y para nadie más, la libertad de elegir un vestido o de decidir a quién llamar, cerrar la puerta sabiendo que nadie espera tras ella para juzgar su forma de vivir.
A veces pensaba en los años perdidos, sin rencor pero con honestidad: veintiocho años. Es mucho. Podría haber cantado todo ese tiempo. Ser otra persona, o la misma pero antes.
Pero lamentarse era inútil. Entendía bien que lo único que existe es ahora: la voz ahora, la escena ahora.
La regidora asomó y avisó:
Alicia Torres, en tres minutos.
Voy.
Alicia se arregló el vestido sencillo, azul, elegido solo por ella. Hizo un par de respiraciones. Cerró los ojos un instante.
Recordó sin querer el rostro de Ignacio, aquel antiguo no sonríes bien. Lo de pedirle perdón. Su sonrisa estirada de entonces, su silencio; recordar cómo ya no se oía ni por dentro.
Sonrió ahora con naturalidad. No bien ni mal. Tal y como le nacía.
Salió al escenario.
El teatro calló.
Y Alicia, sencillamente, cantó.






