Mi prometida, Valentina, y yo nos queremos muchísimo. Ambos tenemos veinte años. Somos amigos desde cuarto de Primaria y, en sexto, ya éramos pareja. Nos convertimos en padres a una edad muy temprana.
Por supuesto, no era lo que nuestras familias esperaban de nosotros. Pero sucedió, y nuestro hijo es el mayor tesoro de nuestras vidas. Hoy cumple tres años. Tenemos nuestro propio piso y he decidido casarme con Valentina, el amor de mi vida.
Para la boda hemos invitado a unas cien personas; la mayoría son familiares que vienen de distintos puntos de España. Aunque no tengamos una relación cercana con todos, en una ocasión tan especial sería un pecado no reunirnos.
Desde el momento en que anunciamos la boda, mi madre empezó a insistir en que sería mejor no llevar a nuestro hijo, sino dejarlo con una niñera.
Tenéis que pensar en su bienestar, en cómo se sentirá y no cargar a nadie con esa responsabilidad. Todos quieren divertirse y relajarse. Estar atentos al niño os supondrá un agobio. Es demasiado pequeño, ni va a entender nada.
Valentina y yo somos los únicos que creemos que nuestro hijo tiene derecho a estar presente en un acontecimiento tan importante de nuestra vida. Este instante no se repetirá jamás. Mi tía, la hermana de mi madre, se ofreció a cuidar de él durante la ceremonia, así que está todo solucionado y todos pueden estar tranquilos.
Solo mi madre sigue un poco rara, dando vueltas y quejándose de que el niño no debería estar en la boda. Al cabo de un tiempo entendí el motivo: mis padres habían decidido no contarle a nadie que tenía un nieto. Ahora no saben cómo explicarlo a la familia. Les da vergüenza que se sepa la verdad.
Mi madre dice que sería embarazoso para ella que la gente supiera que tuvimos un hijo antes de casarnos. No es común tener hijos tan jóvenes. Se reirían de nosotros. Mejor no contar este secreto, dice.
Creo que en realidad mi madre está más preocupada de que los familiares no entiendan su actitud. De vez en cuando hablan con algunos de ellos, pero nunca mencionan nada.
Me enfadé mucho con ella, y ella también conmigo.
Me siento incómodo, como si hubiéramos hecho algo ilegal al ser padres jóvenes. Ya hemos hablado muchas veces con mis padres sobre la situación. Yo sigo firme en mi decisión y ellos en la suya.
Las personas más cercanas a nosotros no nos han apoyado nada. Mi madre insiste en que, si no le hago caso, dejará de considerarme su hijo. Jamás pensé que iba a vivir algo así.






